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La movilización del 4 de Febrero en Colombia: ¿despertar o caminata de sonámbulos?

category venezuela / colombia | imperialismo / guerra | portada author Thursday February 28, 2008 21:44author by José Antonio Gutiérrez D. Report this post to the editors

Algunas notas sobre el actual conflicto en Colombia a la luz de las recientes movilizaciones

El 4 de Febrero, marcharon unos tres millones de personas en Colombia en contra de las FARC-EP. Es un número importante, que plantea a esta organización insurgente la necesidad inaplazable de corregir sus métodos viciados.

Hubo muchos que dijeron (uniéndose al coro de A. Rangel) que esta marcha representaba un supuesto “despertar” de la “sociedad” colombiana, en que ya no habría, supuestamente, espacio para la indiferencia. Pero el 6 de Marzo es cuando realmente tendremos la oportunidad de comprobar si esto fue genuinamente un “despertar” o, sencillamente, una marcha de sonámbulos en medio de la larga noche del Plan Colombia. Ese día los que marcharán serán las víctimas de la violencia, todas las víctimas, convocadas en una manifestación de repudio a la violencia de Estado –lo que por extensión incluye al paramilitarismo. Pero lo más importante es el espíritu de construcción de paz con justicia social que anima a esta nueva convocatoria: su principal mensaje será el acuerdo humanitario y la salida políticamente negociada al conflicto


Algunas notas sobre el actual conflicto en Colombia a la luz de las recientes movilizaciones.






La movilización del 4 de Febrero en Colombia: ¿despertar o caminata de sonámbulos?

El pasado 4 de Febrero se realizó, como se había previsto, la marcha del oficialismo colombiano contra las FARC-EP. Pese a haber sido convocada en todo el mundo, la convocatoria internacional no fue significativa – aunque se llevó a efecto en un gran número de ciudades, la mayor parte de los actos fueron diminutos. Es en Colombia donde la marcha tuvo un carácter de masas indiscutido.

Y no es de extrañarse: el secuestro de civiles y otras acciones aberrantes que realizan las FARC-EP, los cuales atentan directamente en contra de los valores que esta organización dice sustentar, generan un justo rechazo e indignación en amplios sectores de la población. El carácter multitudinario de esta manifestación se explica, en gran medida, por los errores políticos fatales y por las acciones inexcusables que las FARC-EP vienen realizando por lo menos desde hace 15 años, cuando el aparato militar se terminó de comer, completamente, el ala política de la organización. Pero no es sencillamente el rechazo a estas prácticas lo que explica el carácter masivo de la manifestación del 4 de Febrero –mal que mal, tales prácticas, y bestialidades aún peores, son realizadas rutinariamente por los paramilitares aliados al Estado y por las fuerzas del Estado mismas (mutilaciones con motosierra, ejecuciones con granada en la boca, jugar al fútbol con las cabezas decapitadas de campesinos, desapariciones, etc.).

Manufacturando la “opinión” pública



Lo que vimos el 4 de Febrero no fue solamente la justa indignación a ciertas acciones censurables de las FARC-EP. Lo que vimos es, también, el resultado de una fuerte campaña propagandística e ideológica desde el Estado, a cuya cabeza se encontraron los medios de comunicación que en Colombia funcionan como meras máquinas de propaganda de guerra, exagerando los crímenes del adversario y minimizando y ocultando los crímenes del propio bando. Pues el drama de los secuestrados se instaló desde la prensa hasta la televisión, la cual repetía una y otra vez, hasta la saciedad, imágenes y ciertas declaraciones de los secuestrados y capturados[1] (solamente aquellas declaraciones de su conveniencia), mientras guardaba un mutismo interesado sobre los nuevos desplazamientos y crímenes de los paramilitares y del Ejército. Tan sólo en Enero, cuando los medios, partiendo por Caracol y El Tiempo, se llenaban la boca hablando de los derechos de los secuestrados, el Ejército realizó 16 ejecuciones extrajudiciales y los paracos realizaban dos masacres, ocho homicidios y desparecían a una decena de personas. Ninguna de estas noticias tuvo la misma cobertura que los secuestrados en poder de las FARC-EP.

Algo de experiencia ya teníamos de la parcialidad de la prensa colombiana: cuando organizamos la conferencia de prensa de la Misión Internacional de Verificación sobre la Situación Humanitaria y Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas de Colombia (MIV, Sept. 2006), tan sólo Caracol nos dio medio minuto de transmisión. Un tiempo completamente mezquino, si se considera que la misión tenía importantes resultados, como dar a conocer la existencia de las “Águilas Negras” así como el hecho de que en las zonas supuestamente desmovilizadas las estructuras paramilitares se mantenían intactas. Hay que recordar también que la misión tenía un perfil bastante elevado, siendo integrada por agencias de ONU, de la UE y de la OEA. En El Tiempo no apareció ni siquiera una nota mugrosa. El contraste con la difusión que recibió hasta la más mínima manifestación internacional del 4 de Febrero es notable. Ya habíamos visto, también, a fines de Septiembre del 2006, en el contexto de la misión, una manifestación de 80.000 personas en pleno centro de Bogotá marchando en contra de la política tributaria de Uribe la cual no fue reportada, al día siguiente, en ninguno de los periódicos ni noticieros. Esta experiencia de primera mano nos sirvió para entender como la prensa de ese país tiene un rol claro en la propaganda de guerra.

Es verdad que los ataques insurgentes a la población civil son injustificables. Pero hay que ser claros en que los medios tuvieron un rol nada menor en “manufacturar” un cierto consenso de la opinión pública y en denunciar hasta el cansancio ciertos crímenes pero no otros, según sus propios intereses políticos, beligerantes y de clase. Que los errores y actos aberrantes de una organización insurgente han sido explotados por el gobierno y por sus medios de comunicación subalternos para ocultar sus propios crímenes y para reforzar su propaganda belicista es un hecho indudable.

Tan indudable como que la propaganda que busca retratar a la insurgencia como vaciada de todo contenido político, como una expresión del crimen organizado, como delincuencia común a gran escala y terrorismo, busca evitar cualquier iniciativa de negociación política para terminar al conflicto. Tal salida negociada, implicaría poner en el tapete los orígenes de un conflicto que cada vez se pretende retratar más como un conflicto sin historia y sin causas estructurales. Y significaría, además, poner en la mesa de negociación, no solamente las condiciones para el cese de las hostilidades por parte de los insurgentes, sino que también redefinir las relaciones sociales basadas en la violencia constante, sistemática y tradicional que el Estado colombiano junto a las clases dominantes han practicado en contra de sus “subalternos” como una práctica normal durante toda la vida republicana de Colombia. La salida negociada pone en riesgo el monopolio absoluto de la riqueza, de la fuerza y del poder que detentan unos cuantos gomelos en el país. Pero sin esa salida negociada el conflicto se seguirá prolongando ad infinitum o bien reaparecerá, como lleva ya décadas haciéndolo, en nuevos ciclos de violencia.

La manipulación del dolor de las víctimas para así crear, tranquilamente... ¡nuevas víctimas!



El 4 de Febrero, marcharon unos tres millones de personas en Colombia en contra de las FARC-EP. Es un número importante, que plantea a esta organización insurgente la necesidad inaplazable de corregir sus métodos viciados. Esto, porque no fueron solamente los uribistas duros (quienes indudablemente estuvieron en pleno) los que se manifestaron. Es verdad que contribuyó a la masividad de la marcha, aparte de los factores ya mencionados y la manipulación mediática, el hecho de que las clases fueran suspendidas para asegurar que los estudiantes marcharan, el hecho de que la parte patronal diera a sus trabajadores permiso para ausentarse o que les dieran tres horas de almuerzo, y el hecho de que militares y policías hayan marchado de civil. Nunca antes una manifestación en Colombia había sido hecha con tanta facilidad –cuando son las víctimas las que se manifiestan, de rigor es el ESMAD quien les está acosando del comienzo al final. Pero lo que es indudable, es que, con todo, este número es importante y expresa la necesidad profunda de revisar sus tácticas a las FARC-EP; y de revisarlas no solamente en el plano de lo militar.

Nosotros, junto a las organizaciones populares y de derechos humanos que resisten en Colombia los devastadores efectos para los pobres principalmente del campo que ha acarreado consigo la Política de Seguridad Democrática implementada por Uribe, nos opusimos a la convocatoria, no porque estemos de acuerdo con el secuestro de civiles o con otras prácticas igualmente aberrantes de las FARC-EP, sino porque veíamos, claramente, que esta iniciativa, supuestamente “apolítica” y “espontánea”, era una jugada orquestada desde el gobierno a fin de crear consenso en torno a su política militarista y a fin de desviar la atención del resurgimiento del paramilitarismo. No estábamos de acuerdo con que el dolor y la indignación fueran manipulados por un gobierno de parapolíticos y de violadores de derechos humanos. No estábamos de acuerdo con una política de denuncia selectiva, ni de verdades a medias, que servirían para canalizar apoyo a uno de los bandos beligerantes pues sabemos que la solución al conflicto colombiano no puede ser de carácter militar.

Los hechos nos dieron la razón: pese a que se decía que la marcha era “apolítica”, que no era pro-Uribe, el mismísimo Uribe Velez salió a dar las “gracias” al pueblo colombiano por su manifestación... ¿gracias de qué? ¿sería ese el lapsus mental que dejó entrever que la inocente marcha apolítica era, en realidad, política de gobierno para canalizar apoyo a su bando? Pero el descaro no terminó ahí: a los pocos días ya había quienes hablaban seriamente de un tercer período para Uribe... ¿con qué cara puede desmentirse que se manipuló el dolor de los familiares con afán político? En fin, el gobierno ya había movilizado a sus ministros y personeros por todo el país, estando el propio Uribe en Valledupar y había dado orden a sus cónsules y embajadores que lanzaran las manifestaciones. Esto demuestra hasta que punto era importante para el uribismo esta manifestación y hasta qué punto puede sospecharse que ellos mismos estuvieran detrás de ella desde un comienzo. A fin de cuentas, si se han hecho hasta auto-atentados (los atentados de la XIII Brigada de Bogotá antes de la asunción de Uribe el 2006), ¿por qué no podrán orquestar acciones utilizando a la “sociedad civil”?

Una manipulación que no se impuso del todo



Y sin embargo, el gobierno no pudo lograr la manipulación absoluta de la jornada ni alcanzar todos sus objetivos políticos. No hubo un mensaje unívoco que saliera de la manifestación, más allá de la consigna de “no más secuestros”. Es verdad que los uribistas estuvieron presentes al grito de “Uribe, amigo, el pueblo está contigo”; es verdad que Salvatore Mancuso apoyó la marcha y sus paramilitares diz que desmovilizados marcharon; es verdad que los militares y policías marcharon también (mientras sus camaradas en uniforme se preparaban para una nueva escalada bélica); es verdad que hasta neonazis marcharon en Bogotá, para pueda apreciarse que muchos se tomaron la marcha como un acto de respaldo a una política beligerante y no a la búsqueda de la paz sustentable y duradera. Es verdad todo esto.

Pero también es verdad que marchó un número importante de personas que no respaldaron la solución bélica, que se manifestaron contra la violencia hacia los civiles viniera de donde viniera y que se manifestaron por el acuerdo humanitario y la salida negociada al conflicto. Hubo otros que también manifestaron la realidad silenciada del paramilitarismo. Hasta hubo expresiones, principalmente en provincias (Caquetá, por ejemplo) donde la convocatoria a la marcha fue contra toda la violencia, incluida la paramilitar. Uribe esperaba un espaldarazo a su política belicista y tenía ya movilizadas las tropas y esperaba que las multitudes le dieran el vamos: y eso no ocurrió, aunque hubo sectores nada despreciables que indudablemente lo planteaban.

Esto no creo que haya sido casual y creo que es fruto del esfuerzo de las organizaciones populares que con gran valentía y enfrentando al macartismo y los señalamientos, se atrevieron a denunciar la manipulación, y desde diversas tácticas –participación crítica o no participación- lograron instalar temas, de una u otra manera, que no hubieran sido instalados sino por su esfuerzo. Los argumentos planteados, forzaron a muchos de los que participaron a posicionarse. Creo que de no ser por la valiente posición de estas organizaciones, el mensaje final hubiera sido muy distinto. Creo que de no haber habido quienes denunciaron la manipulación, la polarización hubiera sido absoluta. Creo que de no haber habido quienes valientemente y a sabiendas de la dificultad denunciaron la manipulación, el mensaje que hubiera salido habría sido "más Plan Colombia, más guerra, más Uribe". Y no fue así. Se forzó a expresiones del pueblo a posicionarse, se forzó un debate que quizás ni siquiera hubiera estado presente, ya que, si se recuerda, el mensaje original de la convocatoria no decía nada de otras formas de violencia, era FARC, FARC sólo FARC y nada más que FARC. Pero las declaraciones posteriores tuvieron que mencionar que había otros actores del conflicto, principalmente, el paramilitarismo, aunque no fuera sino de pasada y casi como un saludo a la bandera. En dos semanas de intensa labor se pudo cambiar eso.

La importancia de los ausentes



Por otra parte, es de destacar que la marcha, aunque su número haya sido importante, se limitó principalmente a los bastiones de la derecha uribista: las grandes ciudades de Cali, Medellín, Bogotá y Barranquilla. Ahí se concentró el grueso de los manifestantes. En el campo la manifestación no tuvo el mismo carácter masivo –incluso en el Huila, no se marchó pues se planteó que la manera en que se planteaba no podría redundar en buscar una solución al conflicto. Incluso en los territorios propuestos para el despeje algunos campesinos accedieron a manifestarse solamente acarreados por el ministro de agricultura. No puede explicarse esta ausencia del campo sencillamente por un supuesto miedo a las FARC-EP –tal explicación es muy cómoda y cínica. En realidad, cuando se habla de un carácter de masas tan importante como el de esta manifestación, hay algo más que opera para explicar las ausencias, algo que es de carácter político. Es necesario recordar que es en la Colombia rural donde se vive en su mayor rigor la política de Seguridad Democrática y su contraparte de terror paramilitar, lo cual nos hace suponer que es quizás en este factor con el cual se explica el silencio del campesinado el día 4 de Febrero. Pues es un campesinado que, sin embargo, lleva largo tiempo cuestionando y protestando en contra de la militarización, ante la indiferencia de los medios.

Como planteábamos antes de la marcha, tan relevante como quienes estuvieron es quienes no estuvieron: esto no solamente se refiere a lo planteado respecto al silencio del campesinado, sino también al por qué ninguna de las organizaciones de derechos humanos o de víctimas, ni siquiera los familiares de los secuestrados (quienes de congregaron en un servicio religioso) se hicieron presentes. Este hecho habla por sí solo. Los desplazados tampoco marcharon. Es decir, los sectores más golpeados por el conflicto (el campo, víctimas y desplazados) fueron los grandes ausentes de la jornada. No porque tengan posiciones ambiguas respecto al tema del secuestro, para apresurarme a responder a aquel que quiera ponerse maniqueísta: sino porque no quisieron caer en un juego de manipulaciones de parte de uno de los más activos violadores de derechos humanos en Colombia: el Estado.

La lógica de la polarización y la visceralización de la opinión pública



Sin embargo, debemos ser, en nuestro balance crítico, muy categóricos en que, aunque no haya servido la jornada para lanzar con respaldo de masas una nueva aventura militar del uribismo, de una u otra manera, ésta dejó en claro un respaldo indiscutido a Uribe en los grandes centros urbanos. Este respaldo no se explica solamente por un cierto sentido de seguridad hacia las clases medias y hacia los de arriba, ejemplificado en el control que el Estado ha retomado de las principales carreteras. También se explica por todo el bombardeo ideológico del Plan Colombia, por la eliminación física de miles de miembros de la oposición, por la aplicación sistemática del terror hacia las organizaciones populares en las ciudades y en el campo, por la completa destrucción del debate público, por los errores de las FARC-EP y su recurso a métodos criminales, y por una eficaz manipulación de un sentimiento patriotero, ejemplificado en la identificación absoluta de la “nación” con el “Estado” y en la amenaza externa, representada primordialmente, en el “cuco” de Chávez.

Y aunque, con todo, los resultados fueron ambiguos hacia el uribismo, también lo fueron hacia los sectores progresistas, pues de una u otra manera, se instaló, mediante la jornada un cierto macartismo bastante preocupante: o se está con Uribe o se está con las FARC-EP, una elección deshonesta que no tenemos por qué asumir. Cualquier categoría política de izquierda ya era, luego, tratada de ser el lenguaje de “Tirofijo”. La presión social sobre cualquiera que fuera crítico de los objetivos originales de la marcha era enorme, y aunque los planteamientos críticos lograron tener un efecto como ya vimos, también ha sido a costa de la estigmatización de quienes los han planteado. Estigmatización quizás no por todos, pero sí por muchos. La polarización se instaló de una manera brutal que será muy difícil de revertir a futuro.

Otro factor que nos parece preocupante, es la utilización de la “sociedad civil”, como una masa desorganizada, y por lo mismo, limitada en su capacidad de proyectarse de manera autónoma en el plano de la política nacional, como un grupo de respaldo abierto a uno de los bandos beligerantes y en gran medida responsable de crímenes de lesa humanidad, como es el Estado colombiano y sus aliados paramilitares[2]. Esta utilización, como dijimos, fue parcialmente frustrada, pero el intento quedó sentado como precedente y nada indica que no puedan volver a intentar nuevamente esta ruta a futuro.

E insistimos que, mientras se ataca a las organizaciones sociales y se estimula la atomización y el individualismo, se utiliza a la masa desorganizada, que no puede expresarse (por esa misma atomización) más allá del apoyo a un bando o al otro. Así, se busca que las masas irrumpan no como un factor creativo, propositivo o activo, con proyecto propio, sino como mera hinchada al servicio de quien les grite más fuerte. Por último, Uribe en su intento de orquestar una movilización de apoyo a su política belicista, sentó un nuevo precedente para el ya avanzado desdibujamiento de los límites entre la institucionalidad y lo que se conoce eufemísticamente como “sociedad civil”, el cual, dicho sea de paso, es propio de regímenes proto-fascistas y totalitarios.

En fin, la marcha pasó y dejó en claro un mensaje claro hacia las FARC-EP y muchos mensajes hacia Uribe. El más importante, es que no tiene carta blanca para nuevas aventuras militares y que no sería saludable para él tirar por la borda todas las posibilidades de búsqueda de solución política al conflicto. Esto no significa que después de esto dejen de plantear el tema de la salida militar o que dejen de manipular la marcha misma para acomodarla a sus intereses. Esto ya lo están haciendo. De hecho, los foros de diarios como El Tiempo llegan a dar susto en su agresividad y beligerancia.

Hacia el despertar de la conciencia propia (no de la prestada)...



Hubo muchos que dijeron (uniéndose al coro de A. Rangel) que esta marcha representaba un supuesto “despertar” de la “sociedad” colombiana, en que ya no habría, supuestamente, espacio para la indiferencia. Personalmente, creo que semejante visión falta el respeto a los miles de colombianos que jugándose el pellejo día a día, han dedicado por décadas sus mejores esfuerzos a la defensa de los derechos de las víctimas y por una Colombia con justicia social[3]. Pero independiente de ello, el 6 de Marzo es cuando realmente tendremos la oportunidad de comprobar si esto fue genuinamente un “despertar” o, sencillamente, una marcha de sonámbulos en medio de la larga noche del Plan Colombia. Ese día los que marcharán serán las víctimas de la violencia, todas las víctimas, convocadas en una manifestación de repudio a la violencia de Estado –lo que por extensión incluye al paramilitarismo. Porque se cansaron de tanta indiferencia ante las violencias y atropellos que han tenido que sufrir; se cansaron de tanto desaparecido, de tanto torturado, de tanto “falso positivo” (muertos civiles que son luego pasados por “muertos en combate”), de tanta mujer violada (en jerga se dice “enamoramiento”) y dijeron no más. Pero lo más importante es el espíritu de construcción de paz con justicia social que anima a esta nueva convocatoria: su principal mensaje será el acuerdo humanitario y la salida políticamente negociada al conflicto[4].

Veremos como reacciona el pueblo colombiano. Los de arriba ya lo sabemos: ningún empresario, ningún parapolítico, marchará. Uribe ya se está haciendo el desentendido. Los políticos conservadores que se llenaron la boca con los secuestrados no acompañarán a sus familiares en esta ocasión. Los medios que con tanto entusiasmo apoyaron la iniciativa del 4 (y que dijeron cínicamente que apoyarían cualquier iniciativa por “la paz”) ya guardan silencio, ya hablan para expresar reparos, ya distorsionan la convocatoria. De las jerarquías católicas podemos esperar la misma actitud vacilante. Y todos ya preparan una interminable lista de excusas: qué la fecha no era la apropiada, que las instituciones, que esto que lo otro. Mamadas. No marcharán porque no les conviene que haya una marcha que denuncie la violencia cotidiana del sistema, la violencia de los poderosos ni que denuncie al Estado que recurre a prácticas terroristas con total naturalidad.

Sabemos que ellos no marcharán. Saben claramente cuáles son sus intereses. Sabemos que a ellos la única paz que les interesa es la paz de los cementerios: esa “hermosa” paz en la cual todos los “izquierdistas”, toda la “oposición”, todos esos “sindicalistas”, todos esos “molestos defensores de derechos humanos” estén bien guardaditos en el fondo de fosas comunes. Para que así Colombia pueda ser, por fin, el paraíso donde los inversores extranjeros puedan saquear sin problema todo cuanto estimen conveniente, donde los trabajadores trabajen sin quejarse cuando se les quiebra el lomo, donde los campesinos queden satisfechos con comerse el maíz de sus pollos y donde todo el mundo viva en una perpetua adoración al Supremo Líder.

Pero, ¿y el pueblo colombiano? Pues ahora veremos qué tan despierto anda. Lo que es cierto, es que, con todo en contra, el hecho de salir ese día será altamente significativo. Además, considerando que las amenazas de los paramilitares ya empezaron (los Awá de Nariño pueden dar prueba colectiva de ello[5]), así como los efectos de la polarización social que ya está tildando, con una irritante falta de respeto, a los organizadores de “chavistas”[6] o “terroristas”, la asistencia a esta marcha no oficialista será diez mil veces más valiosa. ¿Estará el pueblo colombiano a la altura del momento histórico? ¿Entenderá la importancia de esta iniciativa? ¿Sentirá el imperativo ético de acompañar a las víctimas ese día? ¿Tendrá el valor de los miles de hombres y mujeres dignos que marcharán ese día, libres de toda presión y es más, enfrentado la presión que ya se les viene encima? Solamente podremos saber las respuestas a estas preguntas el mismo 6 de marzo. Por ahora, solamente podemos pasar la voz y alentar a todos a unirnos en una gran voz para mostrar que con las víctimas también hay pueblo. Y que ese pueblo sea una masa pensante, crítica, osada, que pueda así aportar activamente a la construcción de una sociedad nueva.


José Antonio Gutiérrez D.

21 de Febrero, 2008


*El autor participó en la Misión Internacional de Verificación sobre la Situación Humanitaria y Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas de Colombia (MIV), en Septiembre del 2006.



[1] Es necesario hacer siempre la distinción entre el secuestrado, que es el civil, y el capturado, que es uniformado.

[2] Cada vez resulta más evidente que no se trataba sencillamente de aliados, sino que de actores los cuales no eran siquiera tan fácilmente distinguibles.

[3] Quiero decir, hay colombianos que ya despertaron hace rato y hay otros que, por haber asistido a una marcha de las características ya descritas y con semejante grado de polarización, no significa necesariamente que hayan despertado.

[4] Si se comparan las convocatorias de las víctimas con la convocatoria original del 4 de febrero, podrá verse gráficamente la diferencia notable entre el espíritu de esta convocatoria y de aquella.

[5] http://www.onic.org.co/actualidad.shtml?x=20192

[6] Como si serlo fuera algún pecado mortal que pusiera a los colombianos infieles en la categoría de los anti-patriotas.

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