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En torno a los problemas planteados por la lucha de clases concreta y la organización popular

category bolivia / peru / ecuador / chile | movimiento anarquista | opinión / análisis author Sunday January 27, 2008 08:31author by José Antonio Gutiérrez D. Report this post to the editors

Reflexiones desde una perspectiva Anarco-Comunista

El siguiente artículo se comenzó a desarrollar durante diversas discusiones que impulsamos a comienzos del 2003 en Chile y luego en el 2005 en Irlanda. Ese año, publicamos una primera versión en inglés de este artículo, en el cual prescindimos de ciertas notas que aquí se agregan por ser pertinentes para una versión en castellano. En este artículo definimos nuestra posición respecto a los distintos tipos de organización popular (social, político-social y político-revolucionaria) y cómo entender su autonomía, los espacios de su competencia y la interacción entre ellos. No se trata de una mera tipología de las organizaciones populares, sino que apunta a un proyecto de construcción libertaria de masas como objetivo estratégico. Este artículo es parte de una serie de artículos sobre los problemas del desarrollo del movimiento libertario que empecé con "La importancia de la Crítica" en Noviembre.

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En torno a los problemas planteados por la lucha de clases concreta y la organización popular



Reflexiones desde una perspectiva Anarco-Comunista




En momentos en que los anarquistas han comenzado a discutir las perspectivas de la actividad anarquista a mediano plazo, se evidencia mejor el nexo que existe entre táctica y estrategia: es decir, entre aquello que consideramos nuestro objetivo, la sociedad libertaria, y los medios con los cuales buscamos alcanzarla. Teniendo en consideración que el anarquismo tradicional ha tendido a rechazar de manera tajante la distinción artificial entre “fines” y “medios”, resulta sorprendente el enorme divorcio con que éstos se presentan frecuentemente en la práctica anarquista. Esto se debe, en gran medida, a la falta de planificación estratégica, que debiera crear el puente que una a aquel “distante futuro”, con aquellos asuntos que nos surgen en el día a día.

Es verdad que muchas veces no hay, en realidad, mayores diferencias en cuanto a lo que debemos hacer en el día a día y aquello que anhelamos como ese “futuro distante” (pese a que se encuentra de todo en la “jungla anarquista”), sino que, claramente, es en las perspectivas a mediano plazo donde la mayor parte de los desacuerdos salen a flote. Esto se debe a que es en este punto donde se comienza a tratar el problema que qué vía revolucionaria hemos de seguir para lograr el derrocamiento de la vieja sociedad y el nacimiento de la nueva. Es solamente cuando hemos optado por ciertas perspectivas a mediano plazo cuando las luchas se vuelve en realidad “revolucionaria”, ya que entonces comienzan a servir a un objetivo con un claro sentido, ya que entonces podemos tomar la iniciativa política y ya que es solamente entonces cuando aquel distante futuro deja de ser un sueño utópico para convertirse en un programa revolucionario.

Sabemos que necesitamos conseguir algo más que un espacio en los noticiarios o un puñado de militantes nuevos con nuestras luchas particulares. Sabemos, además, que necesitamos crear ciertos mecanismos para atestiguar que, efectivamente, estamos dirigiéndonos hacia algún lado. Esto supone la creación de vínculos orgánicos de carácter permanente que, de una manera u otra, sobrevivan a los ciclos pasajeros de rebelión, dando un sentido de continuidad a esas rebeliones. Y, al mismo tiempo, necesitamos tener una serie de objetivos a los que apuntar, ya que ellos servirán como la guía para nuestras actividades y como mecanismo de evaluación con el cual medir nuestra efectividad.

Con respecto a los vínculos orgánicos entre las distintas luchas y los diferentes “capítulos” en el desarrollo histórico de la lucha de clases, debemos primero analizar la naturaleza de los actores que luchan, para saber cómo tratar, desde una perspectiva libertaria, el problema de las diferentes organizaciones que existen en la sociedad.

Los sujetos populares



Primero que nada, y claramente que no hay necesidad de argumentar esto con lujo de detalles con los anarquistas de tradición clasista y revolucionaria, la base de la lucha revolucionaria es la contradicción entre dos clases fundamentales; la clase trabajadora y la burguesía. Como lo planteó el camarada Mac Giollamóir en la edición No.86 de “Workers Solidarity”, “la clase trabajadora es uno de los polos de una relación social que define al capitalismo.Esta relación es la relación del empleador con el empleado. Es la relación entre el capitalista que compra la habilidad del trabajador para laborar y que vive libremente, y el trabajador que debe entregarle esa habilidad a fin de poder, sencillamente, vivir”. Es parte de una relación dinámica, dialéctica, y no un conjunto de personajes inmutables. Las principales características de la clase trabajadora son: su dependencia del sistema salarial; su condición subordinada en la organización jerárquica del trabajo (en la cual todos terminamos siempre teniendo a alguien sobre nuestras cabezas); su condición de generadora de plusvalor que es apropiado por los capitalistas; y por consiguiente, el hecho de que experimenta la explotación.

Esta es la realidad que subyace y que da forma a la sociedad –capitalista- moderna. Es una realidad, pero se refiere a una relación, es la descripción de un proceso, a un modelo teórico útil para comprender una realidad que es lejos más compleja que la visión esquemática de estos dos polos antagónicos (de ser de otro modo, la revolución no plantearía ningún problema, ya que, solamente por una cuestión de número, la clase dominante ya hubiera sido expulsada de la cima del poder hace mucho tiempo). Entre estos dos polos, existe una amplia gama de grises. Y, por lo demás, el conflicto de clases asume expresiones concretas en sujetos concretos. ¿Quiénes son estos sujetos? Tal es una pregunta de la mayor importancia para cualquier revolucionario, y es que la definición de esos actores en lucha determinarán, en gran medida, las tácticas que se elijan.

Podemos clasificar a estos sujetos de la lucha según varios indicadores:

1. Sus problemas e intereses inmediatos;
2. Su tradición de lucha y organización, que emana de este conjunto de problemas e intereses;
3. Un lugar o actividad común en la sociedad.
Sin importar que estos sujetos se encuentren en estado pasivo, su potencial para convertirse en un factor detonante de la lucha de clases puede estar presente aunque hibernando.

Además, es necesario mencionar que estos sujetos populares no representan, necesariamente, a una clase en sí mismos; tomemos, por ejemplo, a los sujetos tradicionales –estudiantes, trabajadores (urbanos), pobladores y campesinos. Solamente los trabajadores pueden ser considerados como una clase “pura”, mientras que en todos los otros sujetos, contienen miembros de diferentes clases y toda suerte de escalas de grises (pequeñoburguesía, burguesía, la nebulosa clase media, elementos marginales y clase trabajadora). La naturaleza clasista de los sujetos populares, en general, demanda de una tendencia clasista, de raigambre proletaria, que se exprese como fuerza política, con capacidad de ganarse a otros segmentos de la sociedad para la causa revolucionaria y su programa.

Estos sujetos, a su vez, son categorías que no existen aisladas las unas de las otras. Los hijos del obrero son estudiantes, y todos son pobladores de un determinado barrio. Pero su identificación primordial con un determinado sujeto popular se intensifica en presencia de la lucha y se articula en función de una tradición organizativa específica. Por poner un ejemplo, en Chile en 1983 estallaron masivas manifestaciones en contra de la dictadura de Pinochet; pese a que los llamados a luchar vinieron originalmente de los sindicatos mineros, la debilidad relativa de los sindicatos en un contexto de semi-clandestinidad[1], hizo que el principal foco de protesta fuesen las poblaciones populares –donde vivían los trabajadores, pero donde también vivían otros sectores sociales, como los tenderos, quienes frecuentemente se unieron a las protestas junto a los trabajadores, con las contradicciones de clase que eso a veces implicaba[2]. Pero la identidad de estas luchas se constituyó en torno a ciertas organizaciones y luchas localizadas en un espacio concreto –las poblaciones en este caso. Quienes luchaban, lo hacían como movimiento de pobladores. Pero muchos de ellos eran la misma gente que, diez años antes, había articulado su identidad alrededor de los Cordones Industriales, durante el período de la Unidad Popular (1970-1973). Esto refleja la naturaleza dinámica de los sujetos populares, así como de su identidad. La creación de tal identidad, anclada en una problemática, experiencias, así como en demandas comunes, es el suelo donde la lucha germina; ésta no germina sobre declaraciones teóricas vagas sobre el conflicto social en abstracto, o sobre demandas utópicas de cambio social.

Una vez que hemos definido a los sujetos populares en un momento y espacio dados, podemos comenzar a pensar demandas concretas de lucha a mediano plazo, en el marco de un programa revolucionario de largo aliento, y es este paso el que nos permite recuperar la iniciativa política. Pero también podemos comenzar a pensar las formas de organizar a aquellos sectores en acuerdo con nuestras propias convicciones de base, anti-autoritarias y basadas en la democracia directa, o, al menos, podemos ver la manera de cómo influir sus propias organizaciones de una manera saludable y libertaria. Pero en este punto debemos tener mucho cuidado de no confundir los diferentes espacios y tipos de organizaciones, si lo que queremos generar es unidad y no discordia. El mejor ejemplo de cómo no hacer las cosas, es el estilo típicamente trotskista que confunde los dominios del partido, con los del movimiento popular. Esta miopía política conlleva la contracción y el divisionismo en el seno del movimiento popular, lo que es la constante de todos las iniciativas que logran copar, las cuales se reducen y dividen hasta que es imposible distinguir el “frente de masas” de su respectiva fracción política que la tutela. El sectarismo es la única consecuencia lógica que se desprende de esta práctica, y esto debilita a las fuerzas populares. Los anarquistas no han sido inmunes a tendencias semejantes, particularmente en el anarco-sindicalismo (al menos, en sus versiones contemporáneas más sectarias), el cual tradicionalmente ha confundido lo que es una “organización política” (o partido) con lo que es un “sindicato”. El resultado, es que rara vez han actuado como una fuerza propiamente política, sin tampoco actuar como una fuerza propiamente sindical. Esto ha causado que, salvo muy contadas excepciones, esta corriente haya tenido un breve auge, para luego rápidamente declinar en casi todas partes.

Entonces debemos explicar a qué nos referimos cuando hablamos de organizar al pueblo para la lucha, ya que existen infinidad de tipos de organización, y debemos, como libertarios, tener políticas específicas para cada uno de los diferentes ámbitos de organización del pueblo.

Tres ámbitos de la organización



Tomando en consideración lo ya mencionado (es decir, la naturaleza de la clase trabajadora y de los sujetos populares como expresión concreta de la lucha de clases), podemos entonces entrar en materia: los tres ámbitos en que se organiza el pueblo y la manera de construir un movimiento de naturaleza libertaria y revolucionaria. Debe decirse que no existen fórmulas mágicas para ninguno de estos problemas, y que la descripción que haremos de los tres ámbitos de la organización del pueblo es, quizás, tan general y teórica como la definición abstracta y descontextualizada del proletariado. Existe un modelo teórico general, pero éste se expresa de modos concretos y específicos también.

Los ámbitos de la organización están determinados por el cruce entre un programa de acción y la naturaleza de los sujetos populares con quienes damos la lucha. Antes de seguir, permítasenos acordar primero en torno a un dilema ineludible de cualquier movimiento revolucionario: el reconocimiento de que tan sólo la unidad de la clase trabajadora puede derrocar a la clase capitalista, pero que, al mismo tiempo, la clase trabajadora no es un bloque homogéneo –presenta diferentes niveles de conciencia de clase y política, presenta diferentes opiniones, ideas y tendencias, algunas más inclinadas hacia el polo libertario, y otras más inclinadas hacia el polo autoritario. Por consiguiente, la unidad es necesaria, pero una unidad cabal es imposible. Para ello, necesitamos determinar los niveles de unidad que precisamos alcanzar en los diferentes ámbitos de organización[3]. No es posible dividir esta cuestión de la naturaleza de cada ámbito de organización y de su definición en términos lo suficientemente precisos. Los diferentes ámbitos son:

1. El ámbito de las organizaciones sociales, populares y de masas –o el ámbito social:

Este ámbito se compone de aquellas organizaciones que agrupan a un único sujeto popular de lucha, irrespectivamente de sus inclinaciones políticas (sindicatos, consejos estudiantiles, organizaciones vecinales, etc.) En ellas, la unidad debe ser tan amplia como sea posible, y debemos luchar contra todo sectarismo en ellas. La manera de lograr influir en ellas es mediante la agitación de demandas concretas, mediante nuestras prácticas y mediante la denuncia constante en su seno de las contradicciones sociales. Es en este tipo de organizaciones donde la unidad del más amplio conjunto del pueblo es posible, y es ese el objetivo que estas organizaciones debieran perseguir. Y pese a no ser de una naturaleza “política” (entendido no en el sentido más amplio del término “política”, sino que en el sentido de que no se constituyen desde un marco doctrinario y un programa social dado, reuniendo a gente de un diverso espectro), pueden politizarse con el curso de la lucha y con el natural curso de la lucha de clases. Sin importar cuán politizadas puedan estar, no pueden jamás confundirse con un grupo político o con una tendencia. Y debemos dejar siempre en claro que nuestro objetivo es que nuestras ideas influyan sobre la mayoría, pero que debemos, a la vez, evitar imponer etiquetas ideológicas sobre ellas, y evitar las purgas ideológicas –particularmente con los sectores minoritarios.

2. El ámbito de las tendencias, redes, corrientes o frentes –el ámbito político-social:

Este representa un nivel intermedio en el que se aglutinan elementos de un sujeto popular específico, pero que tienen en común ciertos lineamientos políticos. Este último punto marca la diferencia más sensible con el ámbito social. Esta inclinación política, no puede ser, en todo caso, tan definida como la requerida para pertenecer a un mismo partido o grupo político. Ciertos militantes o activistas que comparten una misma visión y que comparten políticas en relación al punto específico que les une (sea la actividad sindical, estudiantil o poblacional), se organizan para formar una cierta tendencia en el seno de un movimiento u organización mayor. Un buen ejemplo, podría ser la formación de una tendencia en una organización sindical: sus integrantes pueden estar en desacuerdo en varias cuestiones políticas, pueden provenir de diferentes vertientes doctrinarias, pero estarán de acuerdo, por ejemplo, en desarrollar un sindicalismo clasista y combativo que se oponga al pacto social. No es necesario estar de acuerdo en todo; sería un error confundir esta confluencia con un “matrimonio”, y tal cosa pondría en riesgo el logro de las tareas más urgentes. Estas organizaciones serían más específicas, hablando en términos políticos, que el sindicato en cuestión; pero no se corresponderían con una fuerza política homogénea. Otro buen ejemplo, son las experiencias de construcción de “frentes libertarios” en Sudamérica –que agrupan a estudiantes, pobladores y trabajadores que comparten una aproximación libertaria a la política, en cuanto a lo que se refiere a cuestiones organizativas y métodos de lucha, y que comparten un conjunto específico de propuestas referentes a sus problemas específicos en el lugar de trabajo, residencia o estudio. Pero quienes componen estos frentes, pueden estar en desacuerdo en muchas otras cosas que no afectan la lucha específica ni el trabajo cotidiano en la organización a la que pertenecen y que, por consiguiente, son irrelevantes para el nivel de unidad requerido en estos espacios.

3. El ámbito de la organización o partido revolucionario –el ámbito político-revolucionario:

Este ámbito es el más específico de todos ellos, y se compone de personas provenientes de diversos sujetos populares (estudiantes, trabajadores, etc.), quienes comparten una orientación política y un programa (que en nuestro caso es de corte libertario y revolucionario). Al ser provenientes de diversos espacios sociales, resulta evidente que éste ámbito podrá referirse, primordialmente, a cambios de toda la sociedad. La unidad, en este ámbito, es mucho más restringida; la unidad, precisa de niveles superiores de unidad táctica e ideológica. La unidad no tendría mayor sentido ante la incapacidad de acordar un programa colectivo de intervención en la sociedad, debido a la misma heterogeneidad de sus componentes, que imposibilita el trabajo en reivindicaciones más cotidianas. Estos componentes heterogéneos solamente se unen por cuestiones transversales. Aquí se reflejan más claramente las posiciones de lucha de clases y las diversas opciones clasistas asumidas por las diferentes fuerzas políticas, pues es el espacio transversal donde se decanta la naturaleza policlasista de los sujetos en función de un proyecto dado.

Es necesario aclarar que, como concebimos este modelo, todos los ámbitos son autónomos los unos de los otros, en la medida en que las decisiones deben ser tomadas por las bases de cada uno de estos ámbitos. En nuestra concepción libertaria, no basta con saber qué organización hace qué, o cuál es su naturaleza y alcances, sino que también es necesario resaltar que, a fin de que cada tipo de organización realice plenamente su potencial y el potencial de sus miembros, la democracia directa y la participación de base son requisitos fundamentales. Rechazamos radicalmente el viejo modelo leninista según el cual las organizaciones sociales son el patio trasero de las organizaciones políticas, así como también rechazamos el extremo opuesto que convierte a las organizaciones políticas en una mera caja de resonancia de las organizaciones populares.

Dicho esto, es legítima la interacción entre los diferentes ámbitos organizativos: así como es legítimo que la organización político-revolucionaria agite su programa y sus postulados en el seno de todas las organizaciones populares donde tenga miembros, con el objetivo de popularizar sus ideas y tratar de ganar respaldo e influir saludablemente en las masas, es también perfectamente legítimo que la organización político-revolucionaria se muestre permeable a los aportes que realice el movimiento popular, y sus expresiones sociales y político-sociales.

Este es un breve repaso del problema de los sujetos populares en lucha, las clases y las organizaciones. No pretende ser más que un esqueleto para comenzar la discusión sobre nuestras perspectivas a mediano plazo, y de cómo solucionar los problemas que tenemos por delante cuando tratamos de definir una ruta revolucionaria para nuestra respectiva región en el siglo XXI.

José Antonio Gutiérrez D.

15 de Julio del 2005.



[1] Los sindicatos eran permitidos, pero su actividad estaba fuertemente restringida.

[2] Recuerdo en las asambleas barriales argentinas, era particularmente evidente las tensiones y contradicciones expresadas en las diversas aproximaciones políticas de los diversos participantes –mientras los sectores trabajadores mostraban una disposición más radical, los tenderos locales, técnicos o profesionales, mostraban, como tendencia general, mucha más mesura.

[3] Es mérito de Bakunin y de la Plataforma Organizativa para una Unión General de Anarquistas, entregar algunos elementos bastante interesantes sobre estas cuestiones.

author by Ricardo Fuego - Comunistas por la Autoliberación Integralpublication date Sun Aug 16, 2009 00:15author email fuego.ricardo at gmail dot comReport this post to the editors

Hago algunos comentarios a tu texto, en general estoy de acuerdo con él, sobre todo en la propuesta final de los tres ámbitos de organización (que coincide con la que hemos venido desarrollando en el CICA, ver el texto "Proyecto de Programa de Cooperación Obrera", http://www.geocities.com/cica_alt/cica/CO_proyectoprogr...a.zip). Igual que en mi comentario a tu texto sobre el programa anarquista, no todo lo que digo aquí es en crítica a tu artículo, sino que en todo caso aprovecho la oportunidad para exponer mis perspectivas propias sobre los mismos asuntos que has tocado y sobre otros que traigo a colación.

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"Es verdad que muchas veces no hay, en realidad, mayores diferencias en cuanto a lo que debemos hacer en el día a día y aquello que anhelamos como ese “futuro distante” (pese a que se encuentra de todo en la “jungla anarquista”), sino que, claramente, es en las perspectivas a mediano plazo donde la mayor parte de los desacuerdos salen a flote."

No sé muy bien de qué habla este pasaje. O sea, no sé entre quienes se coincide generalmente en lo que se debe hacer en el día a día y el objetivo último. ¿Entre l*s anarquistas y los demás seres humanos? ¿Entre l*s anarquistas y otros sectores que militan por un cambio social? ¿Entre l*s mism*s anarquistas? Por lo que dice entre paréntesis, parece lo último.

Pero si este es el caso, no creo que esa afirmación sea correcta. Las diferencias tácticas entre distintos sectores anarquistas (y, en general, sectores revolucionarios anticapitalistas) son profundas, y esto suele pasar porque las diferencias tácticas evidencian diferencias de fondo (estratégicas, programáticas, de principio), aun si, nominalmente, se coincide en el objetivo al que se quiere llegar o en cierta fraseología o escuela doctrinal.

Si no se comprende esto, se reduce todo el problema de la ausencia de un movimiento anarquista articulado a nivel local, nacional y mundial a factores como el sectarismo, la falta de formación intelectual, el voluntarismo, la malinterpretación de la doctrina anarquista, etc. O sea, se presenta como causa lo que es una consecuencia.

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"táctica y estrategia: es decir, ... aquello que consideramos nuestro objetivo, la sociedad libertaria, y los medios con los cuales buscamos alcanzarla"

Acá faltó algo, que es la clave para explicar el divorcio entre fines y medios en la actividad de los individuos y grupos anarquistas. La táctica no sólo son los medios con los que buscamos alcanzar determinado objetivo, sino que son los medios con los que buscamos alcanzar determinado objetivo desde nuestra situación actual.

Tenemos el punto de llegada y tenemos una idea de cual será el camino para llegar a él, pero la cuestión de cómo avanzar desde donde estamos ahora no puede deducirse, de manera abstracta, del mismo objetivo o del carácter general del camino para alcanzarlo. Los medios que elijamos deben adecuarse a nuestra situación actual y las posibilidades efectivas que tenemos de dar pasos hacia ese objetivo.

O sea, que el análisis de nuestra situación actual, de la realidad concreta, es lo que precede a la elección de una táctica. La táctica no puede deducirse de los principios ni del objetivo último.

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"Esto se debe a que es en este punto donde se comienza a tratar el problema que qué vía revolucionaria hemos de seguir para lograr el derrocamiento de la vieja sociedad y el nacimiento de la nueva."

La creación de la nueva sociedad, no su nacimiento. No es, aunque lo parezca, una diferencia semántica. El nacimiento es un hecho biológico, involuntario. La creación es un acto no sólo voluntario, sino libre. Esta distinción es clave para nuestra concepción de la actividad revolucionaria. El aspecto positivo de la actividad revolucionaria no debe derivarse de su aspecto negativo. La crítica y la oposición a las actuales relaciones sociales son, en una actividad revolucionaria verdadera, herramientas para la superación positiva de las actuales relaciones sociales.

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“Es solamente cuando hemos optado por ciertas perspectivas a mediano plazo cuando las luchas se vuelve en realidad “revolucionaria”, ya que entonces comienzan a servir a un objetivo con un claro sentido, ya que entonces podemos tomar la iniciativa política y ya que es solamente entonces cuando aquel distante futuro deja de ser un sueño utópico para convertirse en un programa revolucionario.”

Esto es crucial. Mientras no se toma la iniciativa, mientras llevamos adelante una actividad que se limita a oponerse o “atacar” al capitalismo y a reaccionar ante los ataques del capital y del Estado, nos privamos de accionar a favor de nuestra propuesta.

Y esto también se debe a que, en general, a la propuesta revolucionaria de una sociedad (y humanidad) pos-capitalista le falta mucha concreción. Se define más por la negativa que por la positiva (una sociedad sin explotación, sin clases sociales, sin autoritarismo, sin guerras, etc.).

Yo la mejor definición que tengo sobre la sociedad pos-capitalista es aquella donde el libre desarrollo individual sea el fundamento del libre desarrollo general. O sea, la satisfacción plena de todas las necesidades humanas de todos los seres humanos.

Pero esto implica un conocimiento positivo, e independiente del capitalismo, de qué son las necesidades humanas. Sólo sobre esto se puede llegar, además, a la definición de libertad.

Al no existir este conocimiento por parte de los grupos radicales, lo que esto ocasiona es que tengan una concepción positiva de las necesidades humanas adaptadas al capitalismo (ya sea si se restringen a las necesidades básicas o de supervivencia o incorporan otras necesidades intermedias como la necesidad de cultura, de recreación, etc.).

Si queremos revolucionar esta sociedad no es solamente porque ésta niega la satisfacción de las necesidades básicas e intermedias a una parte cada vez mayor de la humanidad. Además, esta sociedad exige que esas necesidades sean satisfechas de una forma funcional a su reproducción (el trabajo asalariado, la compraventa, etc.). Y además, esta sociedad impide que otras necesidades humanas, superiores a las básicas y las intermedias, emerjan a la consciencia y, por lo tanto, busquen ser satisfechas.

O sea, esta sociedad pone una traba para el desarrollo del ser humano. L*s revolucionari*s, entonces, sólo pueden ser aquellas personas que se opongan a esta traba porque aspiran a un desarrollo del ser humano que supera positivamente al existente y lo demuestran cotidianamente en su praxis, empezando por su propia autotransformación revolucionaria.

Si yo soy partidario del comunismo no es por odio a la propiedad privada y a la injusticia que de ella se deriva. Es por mi convicción de que para asegurar que todas las necesidades de todas las personas puedan ser satisfechas, no sólo hay que modificar cómo se distribuye la riqueza social, sino cómo se la produce. Sólo el “entre tod*s, todo” hace posible el “para tod*s, todo”.

Si soy partidario de la victoria del proletariado revolucionario contra la burguesía no es por odio a la burguesía y por amor al proletariado. Es porque este modo de producción comunista sólo puede establecerse de manera anti-capitalista, mediante un movimiento revolucionario mundial del proletariado que destruya al poder de la burguesía y lleve adelante las reformas sociales necesarias para abolirse a sí mismo como proletariado y transformar a la sociedad en sentido comunista: abolición del aparato represivo y de toda otra estructura pública autonomizada de la comunidad; gestión de la economía y de los demás asuntos comunes de los individuos por los mismos individuos libremente asociados; socialización efectiva de la riqueza social, del conocimiento, de la cultura.

Soy partidario de la autosupresión del proletariado porque la condición proletaria es un obstáculo a la autorrealización del ser humano.

Cuando nuestra motivación revolucionaria se define exclusivamente por la negación del capitalismo, entonces lo que terminamos llevando adelante no es una actividad revolucionaria, sino una actividad de oposición radical al capitalismo. Y esto no sólo es un callejón sin salida para los individuos o grupos pro-revolucionarios actuales, sino que además a nivel de masas tiene sus peligros, porque el antagonismo con el capital también puede resolverse “por derecha”, hacia el stalinismo o el fascismo.

El antagonismo con el capital sólo sirve como elemento revolucionario si está funcionalmente subordinado a una aspiración a una vida cualitativamente superior a lo que puede ofrecer el capitalismo más avanzado. El fracaso de todos los anteriores movimientos revolucionarios anti-capitalistas se explica no sólo por su falta de articulación mundial, su aislamiento, el programa de sus dirigentes o el mismo hecho de que tuvieran dirigentes, sino porque su motivación revolucionaria no superó la satisfacción de las necesidades humanas del proletariado tal y como son definidas y delimitadas por el capitalismo. Fueron movimientos revolucionarios pero no comunistas, y por lo tanto, cuando no fueron inmediatamente aplastados por la fuerza bruta, terminaron o siendo recuperados por facciones burguesas distintas a las desplazadas o promoviendo una reforma del capitalismo.

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“… necesitamos crear ciertos mecanismos para atestiguar que, efectivamente, estamos dirigiéndonos hacia algún lado. Esto supone la creación de vínculos orgánicos de carácter permanente que, de una manera u otra, sobrevivan a los ciclos pasajeros de rebelión, dando un sentido de continuidad a esas rebeliones.”

Esto también es importante. La organización autónoma permanente de las clases productoras, de sus sectores más militantes, y de l*s revolucionari*s comunistas/anarquistas, es crucial para el desarrollo sostenido del movimiento revolucionario.

El primer esbozo de esta autonomía se encuentra en las luchas que l*s explotad*s y oprimid*s se ven obligad*s a llevar adelante como reacción ante un ataque a sus condiciones de vida y la incapacidad/complicidad de las organizaciones que les representan para defenderles de ese ataque. De ahí las luchas autónomas, que en la clase obrera ocupada se expresan en las huelgas salvajes y en los sectores más pauperizados, sin representación obrera oficial, se expresan en las tomas de terrenos, los piquetes, etc.

Pero en este primer esbozo, gran parte de la autonomía conseguida durante la lucha se va con la lucha misma (ya sea que termine en derrota o victoria). Son los sectores más militantes quienes toman consciencia de la necesidad de la organización autónoma permanente, tanto para preparar la lucha como para defender lo que se logró con ella.

Pero el mismo hecho de la autonomía ocasiona que otras necesidades humanas, distintas de las que motivaron a la misma lucha, emerjan a la consciencia. Para los sectores que han llegado a esta consciencia, la autonomía colectiva no sólo es considerada un medio para arrancar reivindicaciones a este sistema, sino el prototipo de una nueva forma de vida social.

Lo que viene después de esto es la consciencia de que la autonomía colectiva necesita, para consolidarse y desarrollarse, de la autonomía personal. Sin individuos autónomos no puede haber una comunidad autónoma.

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“Primero que nada, y claramente que no hay necesidad de argumentar esto con lujo de detalles con los anarquistas de tradición clasista y revolucionaria, la base de la lucha revolucionaria es la contradicción entre dos clases fundamentales; la clase trabajadora y la burguesía.”

La totalidad que contiene a la clase trabajadora y a la burguesía es la sociedad capitalista. Primero tenemos que saber cómo funciona esta sociedad, conocer su dinámica, para así después complementar este conocimiento con la dinámica de cada clase dentro de esta sociedad.

¿Por qué es esto importante? Porque la lucha de clases, por sí misma, no es revolucionaria. Es, la mayor de las veces, un mecanismo de autorregulación del modo de producción capitalista. Esto es clave para entender que el capitalismo actual también ha sido obra del mismo proletariado, y no sólo de la burguesía. El capitalismo sólo es el régimen de la burguesía en su aspecto político y cultural. En su dinámica económica, es el capitalismo quien emplea a la burguesía. Sólo puede durar como capitalista quien adapta su conducta a las necesidades de acumulación de su capital.

La intervención revolucionaria en la lucha de clases tiene un objetivo exterior a la lucha de clases: el comunismo. La superación revolucionaria del capitalismo requiere de la lucha revolucionaria del proletariado, y ésta se funda en la autonomía individual y colectiva de l*s proletari*s. El comunismo es el desarrollo de la autonomía de l*s proletari*s más allá de los límites del capitalismo. Entonces, de lo que se trata la intervención revolucionaria en la lucha de clases es de llevar la autonomía de l*s proletari*s siempre un paso más delante de donde está.

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“Una vez que hemos definido a los sujetos populares en un momento y espacio dados, podemos comenzar a pensar demandas concretas de lucha a mediano plazo, en el marco de un programa revolucionario de largo aliento, y es este paso el que nos permite recuperar la iniciativa política.”

Muy de acuerdo.

El programa revolucionario no es un conjunto de medidas ideales para la “lucha por la revolución”, sino un conjunto de medidas concretas que parten desde las luchas actuales tal como son hasta el establecimiento de la sociedad post-capitalista.

Por lo tanto este programa combina objetivos de mínima, transicionales, y de máxima; todos ellos adecuados a llevar al movimiento un paso adelante a partir de la coyuntura en la que está. Sino, se trata de esos programas maximalistas adaptados a la pureza doctrinal de quien los hace (y por lo tanto sólo son autorreferenciales, sólo cumplen una función identitaria) o esos programas “multi-sectoriales” de quienes buscan subordinar todas las luchas parciales del momento a su dirección política/ideológica (así como la izquierda ha incluído en su programa a la emancipación de la mujer).

Este programa es resultado de un análisis del capitalismo actual, del movimiento proletario, y de sus necesidades actuales para avanzar en su desarrollo revolucionario-comunista a partir de su desarrollo actual. O sea, que este programa va cambiando a medida que cambia el capitalismo, que cambia el movimiento proletario, y que cambian las necesidades de su desarrollo ulterior.

Este programa debe actualizarse no sólo cuando detectamos errores o fallas en él sino también a medida que ampliamos y profundizamos nuestra visión de la sociedad y del movimiento proletario.

Por lo tanto, desde esta concepción programática, la elección de las tácticas para realizar cada objetivo del programa no puede realizarse por las preferencias doctrinales o personales de l*s revolucionari*s. Las tácticas a utilizar deben ser aquellas que sean capaces de ser aplicadas ahora para avanzar hacia el objetivo en cuestión.

Es preciso entender esto porque cuanto más atrasado esté el movimiento más estarán nuestras táctica en contradicción con nuestros principios. Cuando esta contradicción no se acepta, tenemos sectarismo, cuando esta contradicción no se reconoce, tenemos oportunismo.

“Pero también podemos comenzar a pensar las formas de organizar a aquellos sectores en acuerdo con nuestras propias convicciones de base, anti-autoritarias y basadas en la democracia directa, o, al menos, podemos ver la manera de cómo influir sus propias organizaciones de una manera saludable y libertaria.”

En esto no estoy de acuerdo. Porque en esta visión los sectores son vistos como objetivos a ser modelados de acuerdo a nuestras convicciones, y no se trata de ello. Hacer lo mismo que la izquierda, pero cambiando el autoritarismo por el antiautoritarismo, el centralismo por la asamblea, y con una política “no-sectaria” que distinga los “dominios del partido” de los “dominios del movimiento” no significa ningún cambio esencial en cuanto a la concepción de la praxis revolucionaria comunista.

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Sobre los 3 ámbitos de organización, estoy bastante de acuerdo. Algunos comentarios:

Las organizaciones de masas:

Estoy de acuerdo que estas organizaciones nunca deben ser confundidas con partidos, por más politizadas que estén. El objetivo de estas organizaciones es la lucha por las demandas específicas del sector que las ha creado. Pero esto me lleva a algunos cuestionamientos sobre la importancia de la unidad.

La unidad no es antídoto del sectarismo. Se debe aspirar a la más amplia unidad pero dentro de los objetivos genuinos de estas organizaciones, los que les dieron razón de existir en primer lugar. En una huelga la más amplia unidad de l*s trabajador*s es importante para la lucha por la victoria de la huelga, pero esto no quiere decir que el comité de huelga pueda incluír a l*s trabajador*s rompehuelgas.

Nuestro objetivo no es que nuestras ideas influyan en las mayorías (esto es dirigismo, siendo la única diferencia con el dirigismo de la izquierda en que su objetivo es la hegemonía ideológica conseguida por consenso o democráticamente en vez de la hegemonía política conseguida autoritariamente). Nuestro objetivo no es que l*s demás asuman nuestra opinión, sino que nuestra opinión contribuya a la autonomía de l*s demás.

No se trata de influir en las masas para que adopten nuestros principios y así se conviertan en “libertari*s” como nosotr*s. Se trata de contribuir al desarrollo de su autonomía de clase y personal, en la lucha y en la vida (y sólo podemos hacer esto si trabajamos consecuentemente por nuestra propia autonomía).

Es por eso también que “la más amplia unidad” también debe estar subordinada a las formas más avanzadas de organización autónoma. Una huelga salvaje generalmente desarrolla formas de participación democrática de l*s huelguistas más avanzadas que las huelgas dirigidas por los sindicatos. Una huelga dirigida por un sindicato puede tener una adhesión mayor de l*s trabajador*s, pero con una considerable menor participación democrática en las decisiones que afectan a la huelga.

Si están dadas las condiciones para que una mayoría o una minoría numéricamente importante desarrolle formas más avanzadas de participación que las normales hasta entonces, l*s revolucionari*s deben apoyar esa ruptura, no priorizar “la más amplia unidad”.

Las organizaciones militantes intermedias:

Estoy en todo de acuerdo con lo dicho, pero agrego algo más.

Estas organizaciones están compuesta por los individuos pertenecientes a las organizaciones de masas que están militantemente comprometidos con el avance cuantitativo y cualitativo de estas organizaciones y sus luchas, y por lo tanto su objetivo es convertirse en herramientas para el avance en dicho sentido.

Las organizaciones revolucionarias:

De acuerdo en cuanto a su composición de estas organizaciones, pero en desacuerdo que su condición sea la unidad “táctica e ideológica”.

La unidad revolucionaria no puede darse sobre una unidad táctica abstracta e independiente de la práctica, decidida a priori en base a cuestiones de preferencia personal o cuestiones ideológico-identitarias (“somos libertari*s y por lo tanto siempre vamos a utilizar la táctica X y no la Y”).

Tampoco puede darse sobre una unidad ideológica (entendiendo a las ideologías como sistemas de ideas cerrados). Una ideología libertaria no lleva necesariamente a una actividad libertaria, creo que ello está más que comprobado. La fidelidad a una ideología hace depender a nuestra actividad intelectual (tanto de análisis de la realidad como de elaboración de propuestas) de la coherencia lógica con la ideología, cuando lo que nos debe interesar es que nuestra actividad sea coherente con las necesidades de desarrollo del movimiento revolucionario.

La condición de una organización revolucionaria es la unidad programática entre sus miembros, lo cual presupone que hay una unidad en cuanto al objetivo último (por ejemplo, la sociedad comunista) pero también una unidad en la concepción del programa (la función que cumple en el desarrollo del movimiento) y en la metodología teórica utilizada para delinearlo.

De esta manera, la unidad programática no excluye eventuales diferencias sobre táctica (o sea, que se discutan distintas ideas sobre cómo implementar tal punto del programa). Claro que al momento de la acción sí se necesita de una unidad táctica, resolviendo la cuestión por mayoría si no se resolvió antes unánimemente. Después de todo, la misma práctica será la que dé el veredicto final sobre qué táctica es la correcta. Pero la unidad de l*s revolucionari*s, más que sobre la “letra” del programa (que puede y debe actualizarse a medida que vayamos contrastando nuestras ideas en la práctica y se amplíe nuestra visión del mundo) es sobre el proceso que resulta en la creación de ese programa.

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De acuerdo con la autonomía de cada ámbito y que la participación democrática-directa de sus miembros es muy importante y que debe combatirse la tendencia al verticalismo donde éste. Pero agrego unos matices.

Lo esencial no es combatir a las tendencias que quieren dirigir a las masas, sino combatir la tendencia de las masas de ser dirigidas.

Esto significa estimular el desarrollo de la autonomía de l*s proletari*s no sólo en su lucha, sino en su vida, no sólo en su cooperación, sino personalmente. El comunismo es el desarrollo de la autonomía proletaria más allá de los límites soportables para el capitalismo (pues cierto grado de autonomía proletaria es inevitable, incluso en las formas más limitadas).

Así mismo, en cada ámbito debe haber una concepción flexible de las formas organizativas. Son éstas quienes deben adecuarse a los objetivos y el nivel de actividad de los individuos que luchan por ellos, no al revés. Nuestra adhesión a las formas de democracia directa no debe ser causa de una coherencia con una ideología libertaria, sino de una coherencia con la necesidad que tienen l*s proletari*s, para constituirse en sujeto revolucionario, de tomar sus asuntos en sus propias manos. En este sentido, para que l*s proletari*s gestionen sus asuntos comunes, la democracia directa es una forma de cooperación superior respecto a la democracia delegativa. Pero no deja de ser una forma de cooperación. Toda forma de actividad debe ser reemplazada por otra cuando los contenidos de la actividad (conformado no sólo por los objetivos declarados, sino por la subjetividad de ese sector de masas) se han desarrollado cualitativamente de tal manera que la vieja forma se transforma en un obstáculo para canalizarlos. El apoyo a ciertas formas de actividad respecto de otras o la propuesta de formas nuevas debe hacerse en función del desarrollo revolucionario-comunista de los contenidos de la actividad.

Por último, aclarar por las dudas que no se trata de 3 ámbitos estancos donde los individuos se reparten. Sino que la persona que participa en el segundo ámbito es porque también participa en el primero, y quien participa en el tercero es porque también participa en los otros dos. Por lo tanto podríamos decir que la diferencia entre cada uno de los 3 ámbitos no son sólo las tareas específicas que se propone, sino el diferente grado de compromiso con el desarrollo de la autonomía proletaria.

Así como las organizaciones militantes intermedias son herramientas para el desarrollo autónomo de las luchas y organizaciones de masas, las organizaciones revolucionarias son herramientas para el desarrollo revolucionario del movimiento en su conjunto.

“Dicho esto, es legítima la interacción entre los diferentes ámbitos organizativos: así como es legítimo que la organización político-revolucionaria agite su programa y sus postulados en el seno de todas las organizaciones populares donde tenga miembros, con el objetivo de popularizar sus ideas y tratar de ganar respaldo e influir saludablemente en las masas, es también perfectamente legítimo que la organización político-revolucionaria se muestre permeable a los aportes que realice el movimiento popular, y sus expresiones sociales y político-sociales.”

El programa revolucionario no se agita, se lleva adelante. Sólo puede agitarse en tanto tome forma de un documento que sea una propuesta de acción o de colaboración. Pero en su realidad efectiva, un programa es un conjunto de reivindicaciones antes que un escrito. Por eso cada ámbito organizativo ya tiene su programa. Lo que tienen que hacer l*s revolucionari*s que tienen un programa delineado es llevarlo a cabo más que agitarlo generalmente. La propaganda de este programa como escrito sólo interesa a otr*s revolucionari*s conscientes, lo que importa en relación a las masas es la propaganda de este programa en su práctica efectiva.

El programa de las organizaciones de masas son los objetivos reivindicativos que tiene por delante. El programa de las organizaciones militantes intermedias incluye al de las organizaciones de masas pero en una visión de mayor alcance, con objetivos transicionales para el avance cuantitativo y cualitativo de la lucha de masas. El programa de las organizaciones revolucionarias incluye al de las organizaciones anteriores pero en una visión aun más amplia, complementándolo con objetivos de máxima para la transformación comunista de la sociedad.

La “letra escrita” del programa revolucionario (que es sólo el resultado transitorio de un proceso de autodesarrollo revolucionario permanente de los individuos que conforman la organización revolucionaria) no constituye un documento a propagandizar entre las masas salvo que hablemos de un contexto de masas que ya sea inmediatamente revolucionario. Será, en todo caso, un documento a propagandizar entre los sectores más avanzados en las luchas que se están dando, entre quienes han desarrollado un grado de autonomía proletaria que ya les aproxima al comunismo, que en una situación no revolucionaria serán por fuerza una minoría.

Unas palabras más sobre la propaganda de textos revolucionarios:

La propaganda revolucionaria no consiste en tratar de convencer racionalmente a las masas de la necesidad de la revolución. Nadie va a convencerse de un programa revolucionario, por más brillantemente que esté explicado y fundamentado, si su propia experiencia de vida no le demuestra su necesidad.

La propaganda revolucionaria sólo funciona como estímulo intelectual efectivamente revolucionario en individuos que, por experiencias particulares de vida, ya han llegado a un nivel de consciencia anticapitalista práctica. A estos individuos la propaganda y la teoría revolucionarias les servirá como herramienta intelectual para explicar su propia experiencia, y por eso en estos sectores la propaganda cumple un papel efectivamente revolucionario, que contribuye al desarrollo de una consciencia revolucionaria plena (no sólo práctica, sino teórica).

Pero esto no es así para la gran mayoría de las masas en una situación no-revolucionaria, porque su subjetividad está formada de manera tal que no aspira a más que conservar su nivel normal de supervivencia, y esta subjetividad es refractaria a la propaganda revolucionaria, sin importar el fundamento y la superioridad lógico-argumental que esta última tenga frente a los argumentos de las ideologías reaccionarias y reformistas. Si la gente adopta estas ideologías no es por su calidad lógico-argumental, sino porque esta ideología es la más coherente con aquello que la gente concibe como sus intereses. No es que la gente haga lo que dicen las ideologías dominantes, sino que las ideologías dominantes son las que racionalizan lo que la gente hace. El problema está en la constitución pre-racional de la subjetividad, en la percepción sensible de las propias necesidades y en la forma de objetivar esas necesidades reconocidas (intereses). Y esto es algo que sólo cambia cuando la situación fuerza a los individuos a transformar la forma de objetivar sus necesidades y a percibir las necesidades que antes reprimían.

Por lo tanto la propaganda revolucionaria no tiene efecto en masas con una subjetividad reformista o reaccionaria, y la ceguera de los individuos y grupos radicales para comprender esto les lleva a la frustración y a considerar a estas masas como estúpidas, alejándose aun más de ellas. Para quienes tengan una subjetividad reformista o reaccionaria, la propaganda revolucionaria no es más que desvaríos de algún lunático o, para las capas más intelectualizadas, una pieza de literatura histórica/sociológica.

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Sobre la transitoriedad de la propuesta de los 3 ámbitos:

Así como en cada uno de estos 3 ámbitos es recomendable una concepción dinámica de las formas de actividad (pues el desarrollo de los contenidos de la actividad requiere formas más avanzadas de actividad), también es recomendable una concepción dinámica de este esquema de los 3 ámbitos.

Pues el ideal último es que el avance general del movimiento, el acercamiento entre la lucha reivindicativa y la lucha revolucionaria-comunista (que culmina cuando la misma revolución comunista es la reivindicación más prioritaria para las masas), vaya haciendo innecesarias las instancias de organización autónoma de los elementos más avanzados de las masas. La existencia separada de organizaciones que se ponen al servicio del desarrollo revolucionario de la lucha de masas pierde sentido cuando las masas han desarrollado las capacidades para realizar el trabajo de estas organizaciones.

En una situación revolucionaria, sin embargo, todavía puede tener sentido la organización separada de l*s comunistas, ya que si bien el comunismo sólo puede realizarse a través de una revolución proletaria, una revolución proletaria no se dirige automáticamente al comunismo, pues en el período revolucionario todavía sobreviven tendencias contrarias al comunismo. Sólo cuando las masas son inmediatamente comunistas y han desarrollado las capacidades para realizar por sí mismas las tareas que realizaban estos núcleos, estos núcleos resultan prescindibles.

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Con todo lo dicho, vemos que la participación de l*s revolucionari*s en el movimiento proletario (y no “intervención”, como si fuéramos de afuera) consiste en:

1) Participar en las luchas inmediatas que nos afectan directamente como integrantes de un sector de las masas.
2) Participar, en cooperación con los elementos más avanzados de ese sector de masas, en el propio autodesarrollo como militante social y en la creación y promoción de formas de lucha coherentes con el contenido de la misma lucha.
3) Participar, en cooperación de quienes han tomado consciencia de la necesidad de la transformación comunista de la sociedad, en el propio autodesarrollo como militante revolucionario y la radicalización de los contenidos de la autoactividad proletaria.

La diferencia es el grado de participación, no las ideas. Lo que se hace, no lo que se piensa. Por eso el objetivo no es lograr que la gente piense como nosotr*s sino que haga por sí misma lo que nosotr*s ya estamos haciendo, y mejor.

Esto también significa poner el eje en nuestro autodesarrollo personal, tanto en el sentido militante como en el sentido revolucionario, tanto para la lucha como para la vida. No podemos contribuir a la autoliberación de l*s demás sino nos dedicamos a nuestra propia autoliberación. El desarrollo de un movimiento revolucionario-comunista se basa en el desarrollo de las necesidades y capacidades humanas de l*s proletari*s de manera tal que supera el desarrollo (incompleto y alienado) ofrecido por el capitalismo. El movimiento comunista, que consiste en la negación y superación de las relaciones sociales capitalistas, es solamente la forma histórica y el principio dinámico de un movimiento por la autoliberación integral del ser humano.

Para esto hay que considerar a la sociedad capitalista como resultado de la autoalienación histórica de la especie humana y no como la encarnación de un mal intrínseco en la naturaleza humana o como resultado de designios malvados de un puñado de personas con poder. El comunismo es una cuestión de evolución hacia un grado superior de libertad y realización del ser humano, no es una cuestión de justicia ni mucho menos de venganza hacia quienes nos explotan y oprimen.

El capitalismo es una cadena que restringe nuestro desarrollo personal y social. En la humanidad explotada por el capitalismo existen distintos grados de actividad (y por lo tanto de conciencia), que pueden ejemplificarse así:

• Quienes no se mueven, y entonces no sienten la cadena.
• Quienes se conforman con los límites de movimiento que permite la cadena (o incluso con menos) y, en todo caso, sólo quieren embellecer a la cadena o hacerla más liviana.
• Quienes quieren moverse más allá de lo que permite la cadena y quieren alargarla.
• Quienes quieren romper la cadena.

No podemos pretender lograr una participación progresiva (o sea, no inmediatamente revolucionaria, pero en esa dirección) en el movimiento proletario actual si en nuestro discurso queremos romper la cadena pero en nuestra actividad cotidiana nos movemos voluntariamente dentro de sus límites y no sabemos cómo luchar para alargar la cadena o hacerla más liviana.

Para aportar algo positivo a las luchas actuales y promover su avance, debemos saber desenvolvernos personalmente en las luchas tal y como son. Lo cual no implica ser conformistas, sino cambiar lo que se puede cambiar hoy, saber soportar lo que no podemos cambiar hoy, y tener la sabiduría para distinguir entre lo que se puede cambiar hoy y lo que se puede cambiar mañana.

Y esto aplicarlo no sólo a las luchas sociales, sino al conjunto de la vida social, pues ésta se caracteriza por los procesos cooperativos (co-operar, actuar junt*s). Entonces, no sólo en las luchas, sino en nuestra vida cotidiana (íntima, familiar, vecinal, con nuestras amistades, en el mismo trabajo con nuestr*s compañer*s), es que debemos bregar por un mayor desarrollo de la autonomía individual y colectiva, por un desarrollo superior de la cooperación humana. Pues, salvo en un período revolucionario, las luchas suelen ser momentáneas y determinadas más por la agresión del sistema a nuestras condiciones de vida (cuando nos acorta la cadena o la hace más pesada) que por una aspiración a una vida superior a la que el sistema ofrece (a moverse más allá de las cadenas), y por lo tanto la vida cotidiana “normal” es el ámbito en el que transcurre la mayor parte de nuestras vidas. La transformación de la vida cotidiana es la única base para una transformación estable de las luchas por nuestras condiciones de vida.

Y de la transformación de nuestra vida cotidiana pasamos a nuestra transformación interior, psíquica. Porque no es posible una transformación estable de nuestra conducta sin una transformación de nuestra psique. Hemos nacido en esta sociedad alienada, y por lo tanto el punto verdadero de partida para nuestra autotransformación revolucionaria es nuestra autoalienación, que no desaparece por el mero hecho de adoptar ideas revolucionarias.

author by Mario Celis - Ecobarrialpublication date Wed Mar 19, 2008 22:33author address negriverde@gmail.comReport this post to the editors

Muy interesante articulo compa, me alegra poder leer algo lucido...voy a compartirlo.

author by ...publication date Fri Feb 01, 2008 05:46Report this post to the editors

Frente de Estudiantes Libertarios

www.felchile.org

author by todd - WSApublication date Tue Jan 29, 2008 06:54Report this post to the editors

"Otro buen ejemplo, son las experiencias de construcción de “frentes libertarios” en Sudamérica"

Tiene mas informacion sobre esos frentes?

Desculpa mi castellano companero.

solidaridad

 
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