El Estado, fiel a su tradición histórica, se erige como institución tiránica, garantizando de esta manera el mantenimiento de los privilegios de las clases dominantes. Y es que el sistema estatal-capitalista tiene muchas caretas. Habitualmente, en los regímenes democráticos el control social es más sutil y se ejerce indirectamente mediante los medios de comunicación, el ocio, la cultura y por supuesto, la educación. Pero a veces, no es suficiente, porque resulta que los dominados, a veces, se despiertan del letargo impuesto y reaccionan. Es entonces cuando se recurre a una represión directa y descarada, como sucedió hace días en Grecia y pasa ahora en Valencia.
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