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El Secuestro ¿Método de lucha revolucionario a favor de los débiles? (Una postura libertaria)

category venezuela / colombia | imperialismo / guerra | opinión / análisis author Saturday January 19, 2008 03:50author by Iván Darío Alvarez Report this post to the editors

Desde Colombia, una postura libertaria sobre el "secuestro revolucionario"
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"La vergüenza es un sentimiento revolucionario" Karl Marx

Hay ideas y acciones sobre el mundo que pretenden transformarlo, ese es el leitmotiv del quehacer político, en donde las ideas del "Deber ser" acerca del bien Público son imperativos de lo social. Esto sucede en los extremos polémicos de las posiciones ideológicas que surgen de los sectores tanto de la "reacción" como de la "revolución", los que situados frente a la marcha de los acontecimientos históricos no solo se polarizan, sino que además cada uno en su postura no está exento de contradicciones o denostados equívocos. En esos territorios movedizos que sacuden las continuas tormentas de los conflictos sociales, la discusión acerca de los fines y los medios sigue estando a la orden del día en la política contemporánea.

En Colombia, país de múltiples contradicciones y contrastes sociales, ese difícil debate está presente. En él, la acción insurgente ha instalado como modo de lucha "política" una práctica que suscita grandes interrogantes. Uno de ellos sería: ¿Es posible legitimar el secuestro con intenciones de carácter económico o político?

Por un lado, el secuestro económico se ha adoptado como una táctica de "la guerra o la lucha de clases". En esa óptica, se le pretende distinguir del secuestro que realiza la delincuencia común, porque mientras ésta, en sus fines buscaría satisfacer la ambición y enriquecimiento de un grupo, quienes a cambio de los secuestrados tendrían como recompensa las utilidades del preciado botín, para los otros por el contrario serviría como un medio de financiamiento destinado a un propósito superior, altruista y justiciero, como es la revolución social.

De otra parte, el secuestro político intenta el golpe espectacular de gran impacto, mediante la retención y cautiverio de figuras de poder significativas, con el fin de servirse de ellas como medio de presión para obtener a cambio reivindicaciones sociales, derogación de leyes represivas, zonas de despeje militar, o producir canjes de "intercambio humanitario", para lograr la liberación de otros luchadores sociales y políticos, presos sindicados por los llamados "delitos de rebelión".

A primera vista aunque los medios no sean "legales" para el establecimiento, quienes los ejecutan los hacen ver como "legítimos" para el resto de la sociedad. Con este tipo de versiones de "la lucha armada" pretenden ser adalides de la justicia social y fuerza de choque para la defensa de los más desfavorecidos, frente a los abusos del poder. La argumentación también busca de paso advertir y castigar a los poderosos de toda laya, que con cinismo encubren y niegan la desigualdad y la injusticia. Esta acción desafiante es una forma audaz de responder, mediante el uso de la fuerza, a la "legalidad" y "moralidad" propia de los privilegiados. Sin embargo, esa lógica suele pasar por alto la relación entre los fines y los medios de la lucha social, ya que ese accionar no se pregunta si tales fines se justifican por tan pretendidos medios. Tampoco se cuestiona, desde otros aspectos de la justicia, la privación de la libertad, las vejaciones y/o suplicios tortuosos a los que se ven sometidos los prisioneros, el sufrimiento y desasosiego de seres queridos, además, el efecto contraproducente y repulsivo que generan estos métodos de lucha frente a una conmovida y vulnerable opinión pública.

Resulta paradójico, que desde esa orilla "revolucionaria" se cuestione con razón "la desaparición forzada" o el asesinato político, como formas crueles y execrables en la violación de los derechos humanos, perpetrada por acciones facistoides que buscan a sangre y fuego, disuadir, desmoralizar o suprimir del escenario social a las fuerzas de la oposición.

¿Hasta qué punto, la lucha política cuando se separa de la ética, termina desdibujando el proyecto de una sociedad mejor?

Desafortunadamente en América Latina y en particular en Colombia, donde aún sobrevive la lucha armada a favor de una supuesta "nueva" sociedad, está ha ido virando, desde hace algún tiempo, hacía el peligroso camino autoritario del Stalinismo. Lucha, en las que minoritarias elites "vanguardistas" y mesiánicas, gracias a la acción militarista, se han creído portadoras de la verdad y el derecho absoluto de disponer de la vida de toda clase de personas, disidentes o secuestrados, y del destino de un país.

Lo más vergonzoso del asunto es que con esto, en el continente, están contribuyendo a una suerte de harakiri político del socialismo, ya que sus prácticas suicidas en casi nada se diferencian de la barbarie dictatorial, paramilitar y fascista. Monstruo narco terrateniente de varias cabezas, que se ha engendrado a imagen y semejanza de sus opositores. Es a todas luces claro que por ese atajo autoritario no solo se pervierte la lucha por la justicia social, sino que se corre el desdichado riesgo de terminar pareciéndose al "enemigo".

Privar de la libertad a seres humanos ricos o pobres, (como soldaditos y policías rasos) y usarlos maquiavélicamente como botín o escudo de guerra, en improvisados e incomunicados remedos de "archipiélagos gulag" en lo más espeso y precario de la selva, durante largas temporadas en el infierno, es simple y llanamente Fascismo. Quienes amamos la libertad y la justicia social no podemos caer en la trampa y creer con ingenuidad, que hay un fascismo bueno de izquierda, justificado, y otro, malo de derecha, injustificado. El fascismo es precisamente una oligarquía armada y antidemocrática, que se vale del monopolio de las armas para imponer a ultranza su voluntad. El pueblo como sociedad organizada, el individuo libre y crítico, deben oponerse por entero a tan nefastos medios, si no quieren ser tarde o temprano cómplices o victimas de tan fatales propósitos. Es urgente también empezar por defendernos de quienes dicen defendernos.

Lo pavoroso y trágico de una guerra sucia y soterrada como la colombiana, es que nos vamos acostumbrando a una pérdida de valores éticos donde se nubla el horizonte de la justicia, y ya no se reflexiona acerca de lo prudente, perjudicial e inconveniente de las acciones políticas emprendidas contra la integridad ética de otros.

¿Qué sentido o qué valor tendría permanecer anclados a los inhumanos principios de una guerrilla histórica, cuando sus prácticas de supuesto brazo armado del pueblo, lo único que hacen es ahondar un sentimiento de repudio nacional e internacional y fortalecer a su vez, leyes o gobiernos de derecha, que so pretexto de "combatir el terrorismo", criminalizan todo signo pacifico de protesta social?

Sí lo que se busca es una transformación más humana y justa de la sociedad, está no se puede construir con la misma lógica de poder autoritario como la que por tradición ha manejado la derecha más reaccionaria. Además, ¿Cuánto más daño seguirá haciendo está equivocada práctica, a la causa de un socialismo libre y democrático, distinto al del estalinismo, el cual sigue haciendo curso en América Latina a través de sus actuales epígonos?

* Iván Darío Alvarez (Bogotá)

author by José Antonio Gutiérrezpublication date Sat Jan 19, 2008 09:50author address author phone Report this post to the editors

Gracias por la contribución. La verdad que el tema colombiano es muy complejo y, frecuentemente, se trata con groseras simplificaciones en la prensa internacional, por lo cual una visión crítica y libertaria desde Colombia es siempre bienvenida.

Respecto a los puntos que plantea el autor, creo que hay que destacar un par por ser de gran importancia:

1. Que mientras la prensa colombiana e internacional, responsabilizan del conflicto exclusivamente a los grupos guerrilleros, se desprende claramente del texto del autor que éstos no son los causantes originales del conflicto ni que son la “madre del cordero”, sino que las agudas contradicciones sociales de Colombia. Por tanto la crítica de este autor, bajo ningún prisma, puede confundirse con las distorsiones groseras de la prensa de derecha.

2. Que las prácticas más desagradables en que han llegado a incurrir ciertos grupos insurgentes no son una práctica revolucionaria, como interesadamente la prensa reaccionaria quiere hacer creer, sino que son una degeneración de ésta. Degeneración la cual, me apresuro a agregar, se deriva en gran medida por la misma prolongación de un conflicto que se ha arrastrado por décadas, así como por el anquilosamiento estaliniano de ciertos planteos políticos.

3. En esa degeneración, ciertas prácticas insurgentes han llegado a hacerse indisociables de aquellas practicadas por el “enemigo”, lo cual es contra-producente para los fines de una transformación genuinamente socialista. Este punto es importante: con él, se baja a patadas al Estado colombiano de ese supuesto estado de “superioridad moral” en que se pretende desvergonzadamente instalar en relación con sus opositores. “Es urgente también empezar por defendernos de quienes dicen defendernos”.

Sin embargo, creo necesario hacer algunas apreciaciones que creo que es importante tener en consideración:

1. Cuando se asume la lucha armada, por parte de todos los bandos, debe haber claridad de los riesgos que ella implica. Si un guerrillero sabe que su destino puede ser la muerte violenta o la cárcel por crimen de “rebelión”, el soldadito raso debe saber bien que su destino puede ser idéntico. Afirmar lo contrario, es resignarse al monopolio del Estado a la violencia de clase siempre hacia los de abajo.

2. Que otra cosa muy distinta –y execrable- en un conflicto armado son las acciones punitivas en contra de los civiles. Estos últimos no han “asumido” los riesgos de la lucha armada y no pueden caer injustamente víctimas de reglas que no asumieron. Secuestros son todos aquellos civiles, que no formaban parte de los destacamentos armados, que son apresados por uno u otro bando (incluídos los varios presos políticos pudriéndose en las cárceles colombianas que lamentablemente no reciben la misma atención que los secuestrados por las FARC). Aquellos que han sido capturados con las armas en la mano, sean soldados o guerrilleros, son prisioneros de guerra.

3. Que el repudio que nos puedan causar ciertos métodos de la insurgencia, no deben hacernos perder de vista que estos mismos métodos han sido realizados, en mayor medida y con mayor rigor, por el Estado, por las clases dominantes y sus organismos paramilitares. La diferencia es que los movimientos insurgentes dicen actuar desde valores diferentes, desde los valores de la sociedad nueva, cosa que los carniceros fascistas del paramilitarismo o del uribismo jamás han planteado siquiera. Este hecho, les da una responsabilidad moral de cara al pueblo mayor a los insurgentes.

4. Que para complementar lo anterior, si bien los movimientos insurgentes tienen una responsabilidad política y ética acorde a los valores desde los que dicen actuar, el Estado colombiano no es quien para pasar la cuenta en este punto: ellos (y no los guerrilleros) han firmado todas las convenciones habidas y por haber respecto a derechos humanos y debieran ser (supuestamente) los garantes del bienestar común, y en vez de ello, son una fuerza beligerante metida hasta el cuello en una guerra sucia. Los únicos, por tanto, que pueden pasar la cuenta son aquellos que desde el pueblo organizado luchan por una sociedad diferente, basada en los principios de la solidaridad y la justicia social.

5. Que la lucha armada, que la utilización de la violencia política ha sido consustancial al desarrollo de las luchas en América Latina debido al mismo carácter extremadamente autoritario y represivo de nuestras repúblicas. El origen de las guerrillas en Colombia mismo está de la mano de la respuesta violenta como respuesta tradicional privilegiada y única de los poderosos a las demandas de los pobres. A los poderosos y a los para-políticos no se les va a derrotar solamente con flores y buenas intenciones. Esto significa que como libertarios nos alejamos del pacifismo, pues creemos que es legítimo oponer a la opresión, al autoritarismo, al fascismo, en fin, a la violencia de los de arriba, la violencia de los de abajo.

6. Pero también nos alejamos del “violentismo”: como dice el autor, cuando la utilización de la violencia, que puede ser una herramienta legítima contra la opresión así como también una herramienta para oprimir dependiendo de cómo se use, se vuelve contraproducente, es una grave necedad el insistir en esta vía. Aunque sabemos que los argumentos para criminalizar la protesta los sacarán hasta por debajo de las mangas, y si no los tienen, los inventarán. Pero debemos ser precavidos de no ser nosotros mismos quienes les ayudemos.

7. La violencia política es para los oprimidos muchas veces un recurso inevitable, aunque de corazón la detestemos –pero jamás puede convertirse en el vehículo principal de transformación social, ni mucho menos, ignorar los vicios que conlleva, particularmente, cuando se le ha aplicado por tanto tiempo.

 
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