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rusia / ucrania / bielorrusia / historia del anarquismo / opinión / análisis Friday July 19, 2019 07:11 byJesús Aller

Para desentrañar los hechos de la Revolución majnovista disponemos de las crónicas de algunos de sus protagonistas en los distintos bandos enfrentados, y de otros testimonios, más raros, de personas que no militaron en ninguno de ellos. Si a esto unimos la gran cantidad de documentos tales como: publicaciones periódicas, actas de congresos y reuniones, manifiestos y proclamas, queda completa la base fundamental para el conocimiento histórico de aquel proceso. A partir de estas fuentes primarias, numerosos autores han acometido la tarea de elaborar un relato de lo sucedido y alcanzar una interpretación de los factores que lo condicionaron, así como de su influencia en el contexto, enormemente complejo, en el que se enmarcaba.

Entre estos trabajos, un grupo esencial lo conforman los escritos de los historiadores soviéticos. La victoria de los bolcheviques en la que se denominó “Pequeña guerra civil” generó intentos de idear una explicación para el hecho misterioso de que una revuelta en una zona relativamente pequeña hubiera sido capaz de traer en jaque al Ejército rojo durante tanto tiempo. Las conclusiones de estos autores se caracterizan, como veremos, por una desfiguración grosera del movimiento, atribuyéndosele rasgos carentes de base documental, pero que servían para justificar lo sucedido, al tiempo que descalificaban a los enemigos y excusaban la represión desencadenada contra ellos.

La mala noticia cuando tratamos de acercarnos a esta historiografía soviética sobre la Majnóvschina es que son textos difíciles de encontrar y que apenas han sido traducidos. La buena noticia es que diversos autores, y principalmente Alexander Skirda, presentan resúmenes de estas fuentes en algunos trabajos que se citan al final de este artículo. Mi intención ha sido sólo sintetizar los datos que allí se aportan con el objetivo de despertar el interés de los lectores hacia las páginas que exponen el asunto con mayor detalle.

Un problema para abordar esta síntesis es que la imagen de la Revolución majnovista que nos proponen los autores soviéticos va variando con las vicisitudes de la historia de la URSS, y ello hace necesario tratar por separado las publicaciones que corresponden a los diferentes momentos de ésta. Nos encontraremos así, si se me permite el símil musical, con una sinfonía en cuatro movimientos, en la que algunos temas principales se repiten y entrelazan, al tiempo que los cambios que observamos en orquestación, ritmo y tratamiento de los motivos nos ilustran sobre la evolución del régimen.

Primer movimiento: años 20

En Rusia y Ucrania se distinguían en el tiempo de la revuelta varios grupos de campesinos: ricos (kulakí), que explotaban el trabajo de otros; medios (seredniakí); pobres (bedniakí) y peones contratados (batrakí). Las fuentes primarias disponibles indican claramente que los majnovistas defendían los intereses de los más pobres a través de la expropiación de terratenientes y kulakí o kulaks, y la formación de comunas rurales autogestionadas. Sin embargo, una acusación recurrente contra ellos va a ser un supuesto carácter de “movimiento de kulaks”. Este infundio aparece por primera vez el 2 de junio de 1919 en un artículo de Trotsky, pero va tener un enorme éxito en la historiografía soviética posterior.

Los trabajos de esta primera época resultan valiosos, de todas formas, porque aportan gran cantidad de datos hemerográficos y documentales de sumo interés. La obra más rigurosa y fundamentada de este periodo es la que publica en 1927 Mijaíl I. Kubanin, un miembro de la oposición de izquierdas que morirá en las purgas estalinistas, en 1941. Éste mantiene que el movimiento actuó correctamente y defendió los intereses de los campesinos más pobres durante 1918 (lucha contra la ocupación austro-alemana) y 1919 (lucha contra los blancos), y sólo se descarrió a finales de ese año, cuando la influencia de los kulaks dentro de él propició la ruptura con el estado soviético. Por otra parte, admite que hasta 1920 no existen evidencias de bandidismo ni saqueos de los majnovistas, sino que, por el contrario, este tipo de comportamientos fueron reprimidos con dureza por sus dirigentes.

Es Kubanin también quien descubre y edita un supuesto diario de la esposa de Néstor Majnó, que contiene graves acusaciones de ejecuciones sumarias por parte de los insurgentes. Éstas fueron rebatidas por el propio Batko. Posteriormente, V. N. Litvínov en un estudio sobre este documento realizado en 1990 concluye que se trata probablemente de una falsificación urdida por la Cheká.

Segundo movimiento: la era de Stalin

Hay que esperar bastante para que aparezca en la URSS un nuevo trabajo de cierta extensión que trate sobre la Revolución majnovista. Ye. M. Yaroslavski en su libro de 1937 sobre el anarquismo en Rusia, traducido a varios idiomas, reconoce que el movimiento favoreció la lucha contra la reacción en algunos momentos, pero recoge las acusaciones más graves e infundadas sobre él para perfilar la imagen de unos bandidos-kulaks hostiles al “poder soviético” a los que no hubo más remedio que exterminar. De todas formas, Yaroslavski no deja de tender una mano a ciertas corrientes del anarquismo, principalmente anarcosindicalistas, que no dudaron en colaborar con el “poder soviético” o, mientras él escribía, se planteaban asumir en España responsabilidades gubernamentales.

En la estela de este libro, la primera edición (1938) de la Gran Enciclopedia Soviética define la Majnóvschina como un “Movimiento de kulaks, anarquistas y guardias blancos (…), que practicó pogromos antisemitas, saqueos salvajes y asesinatos de comunistas.” Son ésos los años también en que Trotsky revisita el tema en algunos de sus últimos textos. El fundador del Ejército rojo no es capaz de percatarse de que él mismo servía por entonces a la máquina brutal que ahora lo persigue y está a punto de destruirlo. Contra la losa suenan sólo las falsas monedas de siempre: kulaks, reaccionarios, bandidos, antisemitas…

Tercer movimiento: postestalinismo

Ciertamente, no podemos hablar de deshielo tras la muerte de Stalin para el asunto que nos ocupa. En su trabajo de 1964, I. Ya. Trífonov reproduce todos los clichés denigratorios mencionados, aunque capta el espíritu de su propio tiempo planteando por primera vez que la Revolución majnovista fue inspirada y organizada por el imperialismo internacional. Completa su labor con una crítica despiadada de los aspectos más positivos del análisis del ya asesinado Kubanin. Los escritos de S. N. Semánov (1968) y S. N. Kánev (1974) insisten sin ningún propósito de enmienda en las calumnias habituales. Resulta difícil comprender la incapacidad del sistema para realizar una revisión del pasado que en aquel momento seguramente hubiera sido posible sin que peligrara la vida del cronista.

Cuarto movimiento: rehabilitación

Hubo que esperar a la Perestroika para que se produjera la rehabilitación de Néstor Majnó en la URSS. El 8 de febrero de 1989, Vasili Y. Golovánov publica en la sección histórica de la influyente Gaceta literaria, editada en Moscú por la Unión de Escritores, un artículo que rompe de forma contundente con la triste tradición que venimos refiriendo. A través de un refrescante retorno a las fuentes primarias, los infundios contumazmente vertidos sobre el movimiento son reconocidos como tales, y la responsabilidad de la ruptura en dos ocasiones de los acuerdos firmados entre majnovistas y bolcheviques es imputada con total claridad a estos últimos. Cae esta deuda en solitario sobre Trotsky para la represión del año 1919, y en 1920 se reparte entre el conjunto de los mandatarios del Kremlin. Néstor Majnó es presentado en este trabajo como el líder de un movimiento autogestionario de soviets libres y como un talentoso jefe militar que, contando con un amplio apoyo popular, fue capaz de poner en jaque a enemigos muy poderosos, y sucumbió al fin sólo por la aplastante superioridad de los medios que el Ejército rojo lanzó contra él.

Emociona pensar que esta rehabilitación se produjo a los pocos meses del centenario del nacimiento de Néstor Majnó, y nada nos impide imaginar que podría haber sobrevivido hasta ese momento, y estar entre los llamados a la nueva lucha en la que Rusia se lo jugaba todo otra vez. Mucho podía haber aportado allí su confianza absoluta en la capacidad del ser humano para organizarse libre y democráticamente en todos los reductos de la vida, y para construir una sociedad basada en la solidaridad, el diálogo y la federación. Sin embargo, otros impusieron sus mentiras en esta encrucijada y al fin la libertad fue sólo la de los mafiosos para dominar y explotar a sus semejantes.

Hay que decir que en la nueva Rusia, escritores e historiadores regresan cada poco a los hechos decisivos de aquellos años de vértigo a orillas del Dniéper. Son trabajos como Tachankas del sur (1997) del propio Golovánov, que a partir de una búsqueda concienzuda en los archivos militares, despliega potentes recursos literarios para transmitir al lector la esencia del movimiento majnovista. El historiador Aleksandr Shubin en 1998 aporta también nuevas fuentes que le sirven para elaborar una minuciosa biografía de Néstor Majnó, y alumbrar el sentido de su lucha y su carácter constructivo y humanista.


Documentación utilizada:

Historia del anarquismo en Rusia de Ye. M. Yaroslavski (1937).

The rehabilitation of Makhno de A. Skirda (1989).

An unsolved mystery - The diary of Makhno’s wife de V. N. Litvínov (1990).

Nestor Makhno-Anarchy’s cossack. The struggle for free soviets in the Ukraine (1917-1921) de A. Skirda (2004).

netherlands / germany / austria / anarchist movement / anarchist communist event Tuesday July 16, 2019 22:28 bydie plattform

We’re glad, that we are now able to publish our first text in English. Since the beginning of our initiative we made international contacts to other anarchist-communist organizations. We hope that we will be able to reach out even further internationally – to spread the good news of our new initiative – now that our text is accessible in English.

Since the beginning of the year, we have continued to develop and expand. Nevertheless, in many respects, steps still have to be taken in order to achieve our great goal of establishing a third anarchist federation in the German-speaking area in this year. International exchange is as exciting as important for us – especially the experiences of other platformist and especifist organizations are essential to make our approach a success.

For the international struggle against the rise of the rightwing and towards the social revolution!

https://www.dieplattform.org/wp-content/uploads/2019/07/textenglisch1.pdf

iberia / workplace struggles / opinión / análisis Sunday July 14, 2019 19:10 byJosé Luis Carretero Miramar

El despliegue de las nuevas tecnologías en el ámbito laboral ha generado enormes expectativas y una sostenida alza de la productividad del trabajo. Las nuevas tecnologías están revolucionando la sociedad del capital, aunque no queda aún claro si podrán constituir una sacudida lo suficientemente fuerte para remontar el bloqueo en la acumulación que dio lugar a la crisis sistémica del 2007 y que no ha podido ser resuelto del todo con la flexibilización cuantitativa y la austeridad, generando un nuevo ciclo de desarrollo.


NUEVAS TECNOLOGÍAS EN EL TRABAJO. EL PANÓPTICO LABORAL.

El despliegue de las nuevas tecnologías en el ámbito laboral ha generado enormes expectativas y una sostenida alza de la productividad del trabajo. Las nuevas tecnologías están revolucionando la sociedad del capital, aunque no queda aún claro si podrán constituir una sacudida lo suficientemente fuerte para remontar el bloqueo en la acumulación que dio lugar a la crisis sistémica del 2007 y que no ha podido ser resuelto del todo con la flexibilización cuantitativa y la austeridad, generando un nuevo ciclo de desarrollo.

Sus límites parecen inscritos en el despliegue cada vez más acusado de la crisis ecológica en ciernes, en la dificultad para valorizar sus avances, que muchas veces parecen pensados para una sociedad otra, centrada en lo común y en lo distribuido, lo que ha dificultado su conversión en plusvalor en los últimos decenios, pese los crecientes desarrollos gerenciales en la transformación de la experimentación tecnológica de masas en beneficios superlativos para las grandes tecno-com, por la vía de la comercialización de los datos, etc. Y, también, por las crecientes tensiones geopolíticas que acompañan su despliegue en un mundo cada vez más multipolar y donde se está ensayando el regreso a una dialéctica de “guerra fría” entre el Centro imperial norteamericano y sus emergentes rivales globales. Una guerra de nueva generación en la que la tecnología juega un papel fundamental como ponen de manifiesto affairs internacionales como el de Huawei.

En este escenario, por ejemplo, China calcula que su sector productivo dedicado al desarrollo de la inteligencia artificial podría alcanzar un valor de 150.000 millones de dólares para 2030. Un jugoso botín que la Administración Trump pretende restituir a las empresas tecnológicas e industriales norteamericanas, por la vía de una guerra comercial sin cuartel que está poniendo en riesgo la estabilidad del conjunto del proceso de acumulación capitalista global

Por otra parte, esta mutación acelerada del entorno productivo mediante la tecnología implica fuertes contrapartidas en lo que tiene que ver con el respeto a los derechos civiles en el gigante asiático y, muy probablemente, pronto (si no está sucediendo ya de manera no regulada) en nuestro propio bloque occidental: China ya alberga gran parte de las empresas de reconocimiento facial del mundo. SenseTime, por ejemplo, con una valoración de más de 4.500 millones de dólares, diseña software capaz de analizar imágenes de una red de cámaras de seguridad de ámbito nacional (y recordemos que quiere decir “ámbito nacional” en China). Start-up Face++, valorada en más de 1.000 millones de dólares y respaldada por un fondo de capital riesgo de la República Popular China, desarrolla hardware para proyectos de vigilancia con cámaras de video. China, de hecho, cuenta con la mayor base de datos de fotografías identificativas de sus ciudadanos, del mundo (por encima de los mil millones de registros). Robots y drones de seguridad, armados de tecnologías de reconocimiento facial recorren las populosas ciudades chinas, donde ya se puede pagar en restaurantes y otros comercios mediante sistemas de reconocimiento facial altamente fiables.

Aunque no todo son avances triunfales del “Gran Hermano” tecnológico. Cuatro años tras la implementación de un plan de créditos sociales que se hizo famoso en el mundo, por el que los ciudadanos chinos podían tener acceso (o no) a descuentos en viajes, créditos, seguros y otros productos o derechos, en función de su puntuación en una red social omnicomprensiva y omnisciente, sólo Pekín y Hangzhou la han implantado, y con un éxito bastante modesto.

Pero no podemos pensar que este tipo de riesgos son sólo una desviación del modelo inherentemente democrático de funcionamiento de internet, generada por el autoritarismo de un modelo dictatorial de gestión de lo público como el chino. Los reiterados escándalos relacionados con la utilización política o comercial de los datos de los usuarios de Facebook, como el de Cambridge Analytica, en el que los datos fueron usados para realizar consultoría y minería de datos en apoyo de la candidatura presidencial de Donald Trump, y otros gigantes tecnológicos, así como las filtraciones de Wikileaks ,combinadas con la furia represiva transnacional contra su fundador, Julian Assange, que se ha desplegado en abierta conculcación de cualquier criterio democrático y garantista del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, o el brutal y masivo espionaje del conjunto de los ciudadanos globales por parte de la Agencia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSA) hecho público con infinidad de pruebas por Edward Snowden, nos demuestran, más allá de toda duda, que la potencia invasiva de los avances tecnológicos que la sociedad está desarrollando bajo el dominio del capital, está siendo utilizada extensivamente por quienes quieren sostener su mando antidemocrático sobre el proceso productivo y sobre el conjunto social que lo sostiene, tanto aquí como en cualquier otro lugar del mundo.

Podemos intentar, por ejemplo, aterrizar los efectos de este Gran Hermano tecnológico para centrarnos en lo referente a las posibilidades de control, en nuestro propio país, de los trabajadores en el marco de la relación salarial, existente o potencial. Es decir, no tanto en aquello que más ha atraído los focos de los medios de comunicación de masas, como la polémica sobre el uso de los datos que dejamos en nuestra navegación en las redes sociales con fines comerciales o como las posibilidades ubicuas del espionaje tecnológico y político de la ciudadanía, sino en lo que nos puede pasar a todos, y muy sustancialmente a aquellos que tienen que trabajar para otros para vivir, en nuestra vida cotidiana, en ese espacio en el que, como decía Marx, al traspasar su umbral las reglas democráticas dejan de tener virtualidad en lo sustancial: el lugar de trabajo.

Y no nos referimos sólo a los efectos brutales de la innovación tecnológica sobre las relaciones laborales de los ámbitos más afectados por su despliegue, como las referidas a los trabajadores de las plataformas colaborativas. Ya hemos escrito un artículo en esta misma revista sobre ello. Ahora vamos a hablar de las relaciones laborales más comunes, de la posible incidencia del uso disciplinario que los patronos pueden hacer de las nuevas tecnologías en la práctica generalidad de los trabajos, por tradicionales y poco virtuales que sean. De algunos de sus efectos más señalados que ya se están dando en el día de hoy.

Empecemos por el principio. Por el principal agujero negro de nuestra legislación laboral: el proceso de selección de nuevos trabajadores. Se trata de un ámbito donde, en respeto de la discrecionalidad de la decisión empresarial en el ámbito privado, la legislación laboral no sólo es parca, sino inmensamente difícil de hacer cumplir. Si bien parece claro, desde el punto de vista teórico, que está prohibido introducir criterios discriminatorios en las pruebas de un proceso de selección de personal, incluso en el caso de empresas privadas, lo cierto es que para el cumplimiento de estos píos deseos, no existen apenas cauces legales, normativa concreta ni posibilidades de prueba admisible.

Pero en este campo está impactando fuertemente la tecnología. No sólo porque ya es prácticamente universal la práctica de que los técnicos de selección de las empresas rastreen en Google o en las redes sociales a los candidatos, obteniendo así mucha información personal sobre ellos, tenga o no que ver con las capacidades del postulante para el puesto al que postula, sino porque, además, la automatización de los procesos de selección genera nuevas posibilidades de discriminación entre los postulantes a un puesto de trabajo. Algunas, incluso, ni siquiera deseadas por el propio equipo gerencial que realiza la selección.

La creciente utilización de los portales virtuales de empleo y de las apps descargables en los dispositivos móviles para la búsqueda de trabajo viene acompañada de diversos potenciales efectos perversos. Mediante esta programación informática el proceso de selección se automatiza. En un portal de empleo virtual como Infojobs, los departamentos de recursos humanos que buscan fuerza de trabajo no son informados de todos los candidatos existentes, sino que es el propio portal el que decide que postulantes presentarles, en base a algoritmos matemáticos que tienen en cuenta determinadas características de los mismos.

Si antes, en un proceso de selección, eran los técnicos de las empresas contratantes, quienes podían ejercer una arbitraria elección discriminatoria entre cientos de currículos, en base a criterios raciales o de pertenencia pública a una organización sindical, por ejemplo, ahora la idea es que esos sesgos se van a poder evitar, precisamente, gracias a la utilización automática de criterios objetivos por parte de un programa informático que decide, previamente, que currículums presentar o no ante el futuro entrevistador.

Pongamos algunos ejemplos: Infojobs, concretamente, dispone de una función denominada “adecuación” que jerarquiza automáticamente a los postulantes considerando variables como la localización, los conocimientos, condiciones laborales de la oferta de empleo, etc. La app Worktoday, por su parte, indica que su algoritmo informático sólo propone a las empresas el candidato que considera más adecuado. Determinados postulantes nunca aparecerán ante los ojos del seleccionador, y serán descartados sin intervención humana.

Pese a lo que pueda parecer el potencial discriminatorio de este tipo de uso de los avances tecnológicos es tremendo. Nadie controla en modo alguno que tipo de criterios se valoran por el algoritmo, y tampoco se puede evitar que determinados sesgos de la realidad generen decisiones materialmente discriminatorias (el hecho, por ejemplo, de que un criterio como “mayor adaptación a una determinada condición de trabajo”, como la disponibilidad, se superponga estadísticamente de manera consistente con otro criterio como “pertenencia un determinado género” en un espacio laboral o territorial concreto, e implique el rechazo de la mayor parte de las candidatas mujeres para el puesto). Características personales como el género, el origen de clase, la raza o la procedencia geográfica, pueden operar como claves discriminatorias en el proceso de funcionamiento del algoritmo sin necesidad de que el mismo haya sido programado expresamente para ello, por su prevalencia estadística en sectores sociales que dicho algoritmo si contempla.

Se trata de la llamada “discriminación algorítmica”, posible gracias a una tecnología tremendamente compleja en unas condiciones de opacidad que no sólo no disminuyen con este proceso de contratación de la fuerza de trabajo, sino que pueden aumentar exponencialmente. No es fácil de detectar, y aún menos de denunciar ante la inspección de trabajo u otros organismos semejantes por la complejidad técnica de la base informática del proceso de decisión.

Obviamente, como ya dijimos, el proceso de selección de trabajadores ha sido siempre un gran agujero negro para el respeto de los derechos humanos de los candidatos a un puesto de trabajo , sólo potencialmente solucionable de manera creíble mediante la generación de un servicio de empleo público realmente funcional y bajo directo control sindical, Justo el camino contrario que el que se ha seguido en nuestro país, con la legalización de agencias de colocación privadas, Empresas de Trabajo Temporal y todo tipo de prácticas opacas de selección, al tiempo que se vaciaba de funciones y se permitía la degradación del Servicio Público de Empleo hasta convertirlo en una simple oficina de control disciplinario ( y cada vez más asfixiante e injusto) de los perceptores de las prestaciones del paro.

Pero una vez ocupado el puesto de trabajo por el candidato seleccionado no acaban los peligros para sus derechos fundamentales derivados del uso intrusivo de las nuevas tecnologías. Se ha generado un enorme mercado en el que operan empresas especializadas en el control de la productividad de los trabajadores por medios informáticos. Un control que se ejecuta mediante la utilización de los datos que, en el transcurso de la relación laboral, van dejando los trabajadores en sus redes sociales, ordenadores corporativos o, incluso, correo electrónico y mensajería instantánea.

Es el uso del big data para garantizar la disciplina laboral. Según la consultora Gartner, más de la mitad de las empresas con una facturación superior a los 750 millones de dólares usaron “técnicas no convencionales” de control de sus empleados en 2018. Se calcula que en 2025 las start up dedicadas a este lucrativo negocio tendrán un valor de 2000 millones de dólares.

Empresas como Activtrack, que captó 20 millones en una ronda de financiación en marzo de 2019, cuyos productos permiten que los empresarios conozcan las páginas web que visitan sus empleados, cuánto tiempo dedican a buscar información “improductiva” y a que tipo de contenidos acceden. O como Teramind, que ha generado una herramienta que crea perfiles de comportamiento de los trabajadores analizando su actividad diaria a base de grandes cantidades de datos, y que se puede llegar a usar de “forma poco ética”, como reconoce su consejero delegado Isaac Kohen, aunque afirma que no es esta su intención.

Tanto la tecnología de Teramind como la de Activetrack permiten realizar capturas de pantallas periódicas -con o sin el consentimiento de los trabajadores- y utilizar la inteligencia artificial para evaluar esa información. Una captura de pantalla puede informar, por ejemplo, del tiempo dedicado por el empleado a buscar otro puesto de trabajo en Linkedin. También puede incluir detalles de los mensajes privados del usuario o, incluso, datos bancarios o de las tarjetas de crédito utilizadas en el e-commerce.

Otra vía de control que está en sus inicios es la instalación de asistentes virtuales en las instalaciones, como Alexa de Amazon, que potencialmente podrían ser usados para grabar sonidos, conversaciones y conexiones electrónicas en toda la oficina o centro de trabajo. Jeff Bezos ha indicado que esto no es aún posible con su tecnología, pero probablemente no lo es más por una razón comercial (Amazon no está aún interesada en el descrédito que esto implicaría, cuando está intentado que todos metamos sus altavoces inteligentes en nuestras casas) que por las reales posibilidades técnicas de realizarlo.

Pero, por supuesto, la tecnología que se usa para controlar el desarrollo del proceso de trabajo, y la actuación del trabajador humano en el mismo, también puede ser usada para sancionarlo. Nuestros tribunales tienen que hacer frente a una creciente ola de procedimientos de despido en los que la posibilidad de control de la actuación del trabajador, dentro o fuera del trabajo, gracias a la monitorización de las redes sociales o de las apps de mensajería, se vuelve el elemento decisivo.

Así, por ejemplo, la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Galicia de 16 de noviembre de 2012 declara procedente un despido disciplinario basado en la información obrante en el perfil de Facebook personal del trabajador, que recoge una serie de trabajos como camarero y un largo viaje realizados mientras estaba en situación de baja laboral. En la Sentencia del mismo tribunal de 21 de noviembre de 2016, donde de nuevo se admite la procedencia de un despido motivado por realizar actividades incompatibles con la situación de incapacidad temporal, no sólo se usan fotografías obrantes en el perfil de Facebook del trabajador, sino también otras extraídas de los perfiles de otras personas que nada tienen que ver con la empresa.

Las apps de mensajería instantánea no se libran tampoco de ser usadas para fundamentar despidos: la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Galicia de 25 de abril de 2014 admite como medio probatorio de las actividades faltas de profesionalidad de una cuidadora de una residencia geriátrica los mensajes de Whattsapp que la misma intercambia con otra trabajadora de la empresa. Es de destacar que, además, en este caso, el empresario no es parte de la conversación, sino que termina enterándose por informaciones de la otra interlocutora.

Y no hace falta que el empresario conozca los datos obrantes en las redes sociales de manera directa desde el perfil del trabajador: la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de 23 de enero de 2012 declara procedente el despido de una trabajadora de baja, tras conocer la existencia de unas imágenes por medio de la hija de la propietaria de la empresa, que las había descargado desde el perfil de un contacto común con ella. El tribunal entiende que no hay vulneración de los derechos a la intimidad personal ni al secreto de las comunicaciones, si se accede a los datos de forma accidental o a través de un tercero.

Por supuesto, si el desarrollo tecnológico puede ayudar en el control y en la compulsiva búsqueda de la máxima productividad del trabajador individual, también lo puede hacer en relación con los comportamientos del colectivo de trabajadores como tal. Y muy señaladamente con sus comportamientos de resistencia, y ello aunque los mismos puedan estar amparados por normas que los consideren derechos fundamentales, como es el caso del derecho a huelga.

Hablamos del llamado “esquirolaje tecnológico”, cada vez más polémico en el ámbito del Derecho del Trabajo, y al que algunos dotan de la prometeica capacidad de vaciar de contenido la práctica secular de la huelga, como pulso obrero contra el poder patronal. Es decir, del uso de la programación informática y de la inteligencia artificial para sustituir momentáneamente el trabajo de los huelguistas, sin intervención humana.
Es un ámbito que ya ha dado que hablar. Desde hace unas décadas se relacionaba casi exclusivamente con el funcionamiento de los medios de comunicación masivos durante las huelgas. Cadenas televisivas y emisoras de radio sustituían el trabajo de los huelguistas emitiendo contenidos pregrabados, lo que ha sido finalmente admitido por nuestra jurisprudencia.

Este tipo de técnicas tienden a multiplicarse, extendiéndose las posibilidades de utilizar medios técnicos preexistentes en la empresa (pero cuyo uso se extiende con respecto al que es habitual), preprogramar días antes de la huelga máquinas para que funcionen supliendo a los huelguistas, aunque sea ese su uso habitual, o, incluso contratando para la ocasión recursos tecnológicos que puedan suplir temporalmente la fuerza de trabajo humana.

Tras varias sentencias del Tribunal Supremo que habría limitado las posibilidades de utilización de esta forma de esquirolaje, que pretende vaciar de contenido el derecho a la huelga, el Tribunal Constitucional se ha pronunciado mediante su sentencia de 2 de febrero de 2017, facilitando, de manera amplia, el recurso a estas técnicas empresariales para derrotar a la fuerza de trabajo en revuelta.

Este pronunciamiento del tribunal tiene como supuesto de hecho la convocatoria de huelga general del 29 de septiembre de 2010. Ese día, en Telemadrid, donde no se había alcanzado un acuerdo de servicios mínimos, el seguimiento de la huelga fue muy elevado, por lo que la cadena no pudo emitir ninguna programación, salvo un partido de Champions League, que pudo ser emitido gracias a la utilización de toda una serie de medios técnicos que no eran de uso habitual y que permitieron la locución del partido, mediante la realización de trabajos por los no huelguistas distintos a los que suelen realizar, y su emisión por canales tecnológicos distintos a los habituales.

Así, la sentencia del Tribunal Constitucional (que contó con un voto particular en contra) afirma, en definitiva, que “la efectividad del derecho de huelga no demanda del empresario una conducta dirigida a no utilizar los medios técnicos con los que cuenta la empresa”, pudiendo usar la tecnología para reventar la insurgencia obrera y, con ella, toda virtualidad del derecho constitucional de huelga.

Todo ello dibuja un panorama ciertamente preocupante, pero no por ello inesperado. Las tesis que tradicionalmente han hablado de la adecuación sociotécnica de la maquinaria en los lugares de trabajo con respecto a las necesidades de control y supervisión del trabajo, pueden entenderse extensibles, también, a las nuevas tecnologías. Si antes hablábamos, por ejemplo, de la distribución de los espacios de trabajo para limitar la sociabilidad obrera en la fábrica o del diseño específico de las partes y de los protocolos de manejo de la maquinaria en función de las necesidades de control del patrono, ahora este mismo tipo de lógicas se están utilizando con los nuevos avances tecnológicos de manera intensiva.

Hay una gran guerra por el control de la productividad potencial y por la determinación de los usos posibles de la nueva tecnología. Una guerra que adquiere tintes geoestratégicos en el marco de un mundo crecientemente multipolar en el que grandes potencias se enfrentan entre sí, pero que también presenta rasgos materialmente apegados al día a día del funcionamiento de las unidades productivas y de las relaciones y articulaciones entre ellas en el marco de la sociedad-fábrica del posfordismo. Es la vieja línea de ruptura de la lucha de clases, que se despliega sobre la cotidianidad productiva, afectando de maneras diversas y conflictuales a la composición misma de la clase trabajadora y a sus experiencias cotidianas de sociabilidad y de trabajo.

Nuevas formas de control, de fabricación de líneas de exclusión y de facilitación de prácticas represivas del comportamiento desviado del elemento proletario en el marco de la cotidianidad de la relación Capital-Trabajo. Un intento emergente por encauzar hacia la generación de plusvalor las potencialidades para el exceso y para la fuga generadas por los productos del trabajo cognitivo de la sociedad sometida al mando capitalista.

Ese es, precisamente, el corazón de la apuesta: el intento de embridar la abundancia cada vez más exuberante de la creatividad humana, en la forma de tecnologías sostenidas y hechas posibles por una fuerte socialización del saber y el desarrollo productivo, para hacerlo funcional al proceso de acumulación capitalista, que se despliega en nuestros días en una crisis intermitente y cada vez más profunda y caótica.

Se trata del uso de las nuevas tecnologías en la lucha de clases y en el pulso por la acumulación. Un uso para el dominio y la sobredeterminación de la excedencia y la insurgencia del trabajo vivo, o un uso para la fuga y la confrontación, para construcción de alternativas vivenciales y culturales, desde un abajo que también se quiere ubicuo y proliferante.

Rediseñar la tecnología, reapropiándosela y desviando sus potencialidades para la distopía panóptica, constituye un frente de lucha, y de construcción e innovación, de máxima importancia para quienes desean levantar alternativas al constante influjo del dolor, la alienación y la desestructuración vital en que el mando capitalista en los centros de trabajo consiste.

José Luis Carretero Miramar

Διεθνή / Αναρχική Ιστορία / Γνώμη / Ανάλυση Friday July 12, 2019 19:47 byΑργύρης Αργυριάδης

«Η κοινωνική αλληλεγγύη είναι ο πρώτος ανθρώπινος νόμος. Η ελευθερία ο δεύτερος»

. Αν και ο όρος Αναρχισμός ως όρος συνδέεται ξεκάθαρα ως σύνολο πολιτικών ιδεών μονάχα όταν το διακήρυξε περίτρανα ("Είμαι Αναρχικός!") ο Προυντόν στο πολύ σημαντικό έργο του «Τι είναι ιδιοκτησία», αναμφίβολα ένας από τους πιο σημαντικότερους εκφραστές του κλασικού αναρχισμού της νεωτερικότητας είναι ο Μιχαήλ Μπακούνιν. Συμπληρώνονται φέτος 143 χρόνια από τον θάνατό του και στο κείμενο αυτό θα προσπαθήσω να συνοψίσω τις επαναστατικές ιδέες του και την διαχρονικότητα τους στο σήμερα.

H διαχρονική αξία των ιδεών του Μιχαήλ Μπακούνιν

Ο Μπακούνιν εντρύφησε στον Αναρχισμό μετά την γνωριμία του με τον Προυντόν, ο οποίος του ανέπτυξε τις ιδέες του ομοσπονδιακού φεντεραλιστικού ελευθεριακού σοσιαλισμού. Αλλά ο Μπακούνιν είναι αυτός που θα θέσει τις βάσεις για τον Ιστορικό Μείζονα Αναρχισμό ως κοινωνικό κίνημα και που σήμερα προσδιορίζεται ως Κοινωνικός Αναρχισμός. Η πεποίθησή του για τον επαναστατικό και ταξικό αγώνα των εργαζομένων αποτέλεσε το αντίπαλο δέος για τον «επιστημονικό» σοσιαλισμό (ή καλύτερα ηγεμονισμό) του Μαρξ και των οπαδών του στην Πρώτη Διεθνή. Η αντίθεση στον κρατικό «σοσιαλισμό» και η πρόβλεψη για την δυστοπία στην οποία τελικά θα κατέληγε, έθεσαν τις βάσεις για την ανάπτυξη του κολεκτιβιστικού αναρχισμού και τη μετεξέλιξη του στον κομμουνιστικό αναρχισμό (αναρχοκομμουνισμό), καθώς και του αναρχοσυνδικαλισμού. Η κριτική δε που άσκησε στο κράτος, τον καπιταλισμό και την θρησκεία παραμένει επίκαιρη μέχρι σήμερα. 


Οι ιδέες του Μπακούνιν, σύμφωνα με το ιστορικό πλαίσιο της εποχής του, έχουν ως αφετηρία τον υλισμό. Από εκεί ορμώμενος, δημιουργεί μια αρκετά συγκροτημένη προσέγγιση υπερασπιζόμενος την ατομική ελευθερία και τη σημασία για μια ελεύθερη κοινωνία και την δυνατότητα συνεργασίας που αυτή δημιουργεί μεταξύ ίσων ανθρώπων. Στο πλαίσιο αυτό, ο Μπακούνιν απορρίπτει τον ατομικισμό καθώς και τον φιλελευθερισμό, θεωρώντας ότι η πραγματική ελευθερία είναι εφικτή μόνον όταν υπάρχει ταυτόχρονα οικονομική και κοινωνική ισότητα. Για τον Μπακούνιν «ο απομονωμένος άνθρωπος δεν έχει ιδέα της ελευθερίας του, διότι η ελευθερία είναι προϊόν της αλληλεπίδρασης που είναι μορφή ένωσης και όχι αποκλεισμού». Υπερασπίζεται δε την δυνατότητα του ανθρώπου να πράξει συνειδητά καθώς, «από αυτό ακριβώς συνίστανται η ελευθερία, η ηθική και η ανθρώπινη αξιοπρέπεια: κάνει το καλό όχι γιατί είναι αναγκασμένος να το κάνει,
αλλά επειδή το σκέφτεται ελεύθερα, το θέλει και το αγαπά».


Ο Μπακούνιν απορρίπτει την εξουσία. Γι’ αυτόν «ως αρχή, η εξουσία αποτελεί μια θεολογική μεταφυσική και πολιτική ιδέα» για την καθυπόταξη του ανθρώπου. Στον αντίποδα της εξουσίας αντιπαραβάλει αυτό που αργότερα θα γίνει γνωστό με τον όρο αυτοδιεύθυνση και αυτοργάνωση. Εφόσον η ελευθερία είναι αποτέλεσμα σύνδεσης και όχι απομόνωσης, ο τρόπος οργάνωσης υποδεικνύει αν είναι εξουσιαστικός ή ελευθεριακός. Με τον όρο «εξουσιαστική αρχή» ο Μπακούνιν ουσιαστικά εννοεί την ιεραρχία, καταδεικνύοντας ότι οι αναρχικοί αναγνωρίζουν ως μόνη φυσική εξουσία το συλλογικό αποτέλεσμα μιας κοινωνίας που είναι εδραιωμένη πάνω στην ισότητα και την αλληλεγγύη, καθώς και στον αμοιβαίο σεβασμό όλων όσων την απαρτίζουν. Η ευημερία του κράτους είναι η εξαθλίωση του πραγματικού έθνους, του λαού. Το μεγαλείο και η ισχύς του κράτους είναι η υποδούλωση του λαού. Ο λαός είναι φυσικός και νόμιμος εχθρός του κράτους. Ακόμα και αν ο λαός υποκύπτει –πολύ συχνά, αλίμονο – στις αρχές, κάθε αρχή τού είναι μισητή.

Λόγω αυτής της αγάπης για την ελευθερία και της εχθρότητας απέναντι στην εξουσία, ο Μπακούνιν απορρίπτει το κράτος, τον καπιταλισμό και την θρησκεία ως μια αδιαίρετη τριάδα για την υποδούλωση του ανθρώπου. Απέναντι σε αυτό το μυθολογικό – μεταφυσικό κατασκεύασμα, ο Μπακούνιν διακηρύσσει το περίφημο «Ακόμα κι αν υπήρχε ο Θεός, θα έπρεπε να τον ανατρέψουμε». Η εναντίωση απέναντι στην οργανωμένη θρησκεία υπογραμμίζει την ευρύτερη επικριτική στάση του Αναρχισμού απέναντι στην Εξουσία γενικότερα. Η ιδέα του θεού αντιπροσωπεύει την έννοια ενός «υπέρτατου όντος» ο «άρχων νου» που απαιτεί απόλυτη και αναμφισβήτητη εξουσία. Αναρχικοί της τότε εποχής όπως ο Προυντόν και ο Μπακούνιν, θεωρούν ότι η αναρχική πολιτική φιλοσοφία πρέπει να βασίζεται στην απόρριψη του Χριστιανισμού, επειδή μόνο τότε τα ανθρώπινα όταν θα μπορούσαν να θεωρηθούν ελεύθερα και ανεξάρτητα.

Για τους αναρχικούς είναι δεδομένο ότι η πολιτική και η θρησκευτική εξουσία εργάζονται από κοινού. Γι’ αυτό και «η κατάργηση του κράτους και της εκκλησίας πρέπει να είναι πρώτιστη και επιτακτική συνθήκη της πραγματικής απελευθέρωσης της κοινωνίας», σύμφωνα με τον Μπακούνιν. Το ότι η θρησκεία αποτελεί ένα από τα βασικά στηρίγματα του κράτους (αν δεν είναι η ίδια το κράτος) έχει επιβεβαιωθεί ιστορικά. Η θρησκεία αποτελεί μια ιδεολογία υπακοής και υποταγής τόσο στους πνευματικούς ηγέτες όσο και στους επίγειους εξουσιαστές. Οι κάθε λογής επίγειοι εξουσιαστές συχνά στράφηκαν στην θρησκεία για να νομιμοποιήσουν την εξουσία ή ακόμα και τις πράξεις τους (βλέπε, χούντα ή, πιο ή πρόσφατα, Χρυσή Αυγή), με χαρακτηριστικότερο το δόγμα της «ελέω θεού εξουσίας» των βασιλέων. Αυτό εξηγεί τους λόγους που κατά τον 19ο αιώνα ο Αναρχισμός ευδοκίμησε σε χώρες αγροτικές, με ισχυρές θρησκευτικές παραδόσεις, όπως η Καθολική Ισπανία, η Ιταλία και η Γαλλία. Ωστόσο, η εναντίωση του Μπακούνιν στην καταπίεση δεν σταματάει στην θρησκεία αλλά επεκτείνεται και στον σεξισμό, την ηγεμονία και τον ιμπεριαλισμό: «...Είμαστε επίσης εχθροί της πατριαρχικής και νομικής εξουσίας των συζύγων πάνω στις συζύγους τους, των γονέων πάνω στα παιδιά τους επειδή η ιστορία μας διδάσκει ότι ο δεσποτισμός στην οικογένεια είναι το σπέρμα του πολιτικού δεσποτισμού στο κράτος…»


Ο Μπακούνιν όπως και οι μεταγενέστεροι αναρχικοί, δεν έβεπαν την ανατροπή του κράτους ως αυτοσκοπό. Απεναντίας, θεωρούσαν ότι «η πολιτική εξουσία και ο πλούτος είναι αδιαχώριστα». Επισημαίνει ότι το κράτος αποτελεί ένα εργαλείο της άρχουσας τάξης, γι’ αυτό εκτός από τον αντιθεολογισμό προτάσσει και τον αντικρατισμό, για να καταλήξει ενάντια στον καπιταλισμό ως το πιο «απεχθές ιεραρχικό σύστημα εκμετάλλευσης». Για τον Μπακούνιν το κράτος είναι ένας μηχανισμός πάνω και έξω από τον άνθρωπο, γι’ αυτό και ουδέποτε μπορεί να υπάρξει ένα πραγματικά δημοκρατικό κράτος, επειδή η φύση της εξουσίας είναι να προσεταιρίζεται τους λίγους και ισχυρούς.

Η κριτική του Μπακούνιν στο κοινωνικό σύστημα της εποχής του έχει αρκετές ομοιότητες με το σήμερα, καθώς θεωρούσε ότι ο άνθρωπος έχει τρεις τρόπους για να ξεπεράσει την καπιταλιστική εξαθλίωση: Την κατάχρηση (αλκοολισμός, «ουσίες-σημείωση δική μου»), την εκκλησία και την κοινωνική επανάσταση. Η πρώτη αποτελεί την αποκτήνωση του σώματος, ενώ η δεύτερη του μυαλού. Μόνο η κοινωνική επανάσταση αποτελεί πραγματική ελπίδα. Η συμμετοχή του Μπακούνιν στην Πρώτη Διεθνή ήταν αποτέλεσμα της πεποίθησης ότι η κοινωνική επανάσταση δεν είναι ένα τυχαίο γεγονός, αλλά αποτελεί συνειδητή απελευθερωτική πράξη που πρέπει απαραιτήτως να είναι οργανωμένη. Γι’ αυτό και προέτρεψε του αναρχικούς να μετέχουν ενεργά στο εργατικό κίνημα, ασχέτως αν ήταν εργάτες ή αγρότες (μια βασική διαφορά από τον Μαρξ, ο οποίος θεωρούσε τον βιομηχανικό εργάτη ως το μόνο επαναστατικό υποκείμενο). Η πεποίθηση αυτή, καθώς και η απόρριψη του κοινοβουλευτισμού (ως μορφή πάλης), τον έφερε σε αντιπαλότητα με τους μαρξιστές, καθώς τον θεωρούσε ως ένα εργαλείο της αστικής τάξης για να επιβληθεί στους καταπιεσμένους. 
Κατά τον 19ο αιώνα, οι αναρχικοί στην πλειονότητα συμμετείχαν στο αναδυόμενο κίνημα της εργατικής τάξης και αρχικά υποστήριξαν μια γενική σοσιαλιστική φιλοσοφία. Στην εποχή τους ο καπιταλισμός γίνονταν αντιληπτός με τους εξής ταξικούς όρους: υπήρχε μια «άρχουσα τάξη», η οποία εκμεταλλευόταν και καταπίεζε τις μάζες.

Ωστόσο, οι αναρχικοί δεν ερμήνευαν την έννοια της «άρχουσας τάξης» σύμφωνα με τη μαρξιστική αντίληψη και με στενούς οικονομικούς όρους, αλλά θεωρούσαν ότι περιλάμβανε όλους εκείνους που έλεγχαν τον πλούτο, την εξουσία ή τα προνόμια στην κοινωνία. Περιελάμβανε δηλαδή βασιλείς και πρίγκιπες, πολιτικούς και κρατικούς αξιωματούχους, δικαστές και αστυνομικούς, ιερείς και επισκόπους, όπως επίσης βιομηχάνους και τραπεζίτες. Ο Μπακούνιν υποστήριξε πως σε κάθε ανεπτυγμένη κοινωνία μπορούν να αναγνωρισθούν τρείς κοινωνικές ομάδες: Μια ευρεία πλειοψηφία που είναι θύμα εκμετάλλευσης, μια μειοψηφία που επίσης αποτελεί αντικείμενο εκμετάλλευσης αλλά που με τη σειρά της εκμεταλλεύεται άλλους στον ίδιο βαθμό και, τέλος, μια μικρή μειοψηφία από «νέτους σκέτους εκμεταλλευτές και καταπιεστές, οι οποίοι απαρτίζουν την «ανώτατη άρχουσα τάξη».

Ως κοινωνικό κίνημα, ο Ιστορικός Μείζων Αναρχισμός ταυτίστηκε με τους φτωχούς και του καταπιεσμένους, επιδιώκοντας την πραγματοποίηση μιας κοινωνικής επανάστασης στο όνομα των μαζών που έπεφταν θύματα της εκμετάλλευσης. Στην επανάσταση αυτή, τόσο ο καπιταλισμός, όσο και ο κράτος θα εξαλείφονταν ολοσχερώς. Αντιλαμβάνεται κανείς λοιπόν γιατί η δικτατορία του προλεταριάτου αποτελούσε για τους αναρχικούς ένα εξίσου «απεχθές ιεραρχικό σύστημα». Αυτό κυρίως για δυο βασικούς λόγους, καθώς σήμαινε την επιβολή μιας μειοψηφίας και αν αναλογιστούμε ότι σύμφωνα με τον Μαρξ προλεταριάτο ήταν μόνο οι εργάτες, αυτό αυτομάτως απέκλειε μερίδα πληθυσμού –εργαζομένων ή μη- που δεν πληρούσαν τους όρους. Στη δικτατορία αυτή ο Μπακούνιν διέβλεπε την ανάδυση μιας νέας αριστοκρατίας και τη δημιουργία ενός εξουσιαστικού κράτους με διαφορετικό όνομα.

Ο δεύτερος λόγος ήταν ότι στην ουσία «το προλεταριάτο» δεν θα μπορέσει να ηγηθεί της «δικτατορίας» του, αλλά θα κυβερνηθεί από αυτήν διαμέσου λίγων και εκλεκτών. Κάτι που επιβεβαιώθηκε αργότερα με τον Λένιν και το καθεστώς του. Συνεπώς, η εναντίωση του Μπακούνιν στο «εργατικό» κράτος δεν είχε να κάνει με την οργάνωση ή την υπεράσπιση της επανάστασης όπως επικαλούνται οι μαρξιστές. 
Η βασική ένσταση του ήταν στο ζήτημα της εξουσίας και της επιβολής της. Εφόσον ο απώτερος στόχος είναι η χειραφέτηση της εργατικής τάξης, τότε το κράτος θα πρέπει να καταργηθεί. Εφόσον υπάρχει κράτος, θα συνεχίσουν να υπάρχουν εξουσιαστές και εξουσιαζόμενοι. Γι’ αυτό και οι αναρχικοί αρνούνται ακόμα και στην φάση του επαναστατικού μετασχηματισμού, την ύπαρξη «μεταβατικών» κυβερνήσεων.

Το όραμα του Μπακούνιν εμπεριέχει την κατάργηση του κράτους και, ταυτόχρονα, την ανατροπή του καπιταλισμού. Η ελεύθερη κοινωνία που οραματιζόταν είχε συλλογική ιδιοκτησία και οργάνωση μέσω ελεύθερων αγροτικών και κοινωνικών ενώσεων. Γι’ αυτό, εκτός από οικονομική η επανάσταση θα πρέπει να είναι ταυτόχρονα πολιτική και κοινωνική. Η νέα κοινωνία κατά τον Μπακούνιν θα πρέπει να οργανωθεί από την βάση, από την κοινότητα (κομμούνα). Στη συνέχεια, η οργάνωση προχωράει σε ένα επόμενο συλλογικό επίπεδο που είναι η φεντεραλιστική (ομοσπονδιακή) συνεργασία. Με τον τρόπο αυτό «εξασφαλίζεται η υλική και ηθική δυνατότητα του ανθρώπου να αναπτύξει την ανθρώπινη φύση του» Στο σημείο αυτό αξίζει να επισημάνουμε ότι ο Μπακούνιν δεν χρησιμοποιεί στα γραπτά του την λέξη άτομο (individual) αλλά άνθρωπος (human). Είναι πασιφανής η επιδίωξη του για την κατάργηση όλων των εξουσιαστικών σχέσεων ως βασικό απαιτούμενο για αυτή την ανάπτυξη, ένα ενδελεχές και διακριτό στοιχείο του Αναρχισμού ως ιδεολογία. 


Φυσικά, ο Μπακούνιν δεν ήταν μια άγια και άσπιλη προσωπικότητα. Όπως όλοι οι άνθρωποι είχε τα αρνητικά και τα πάθη του. Ένα από αυτά είναι η απέχθεια του απέναντι στους Εβραίους και τους Γερμανούς ως προϊόν των κοινωνικών αναπαραστάσεων της εποχής του. Ένα άλλο ήταν οι συμμετοχή του σε μυστικές εταιρείες σε επίπεδο που τροφοδοτεί τη συνωμοσιολογία και σίγουρα αποτελεί βασική αντίφαση στο λόγο του. Ωστόσο, αυτά δεν μειώνουν την σημασία του στην ανάπτυξη της αναρχικής θεωρίας. Σε αντίθεση με άλλες «επιστημονικές» ιδεολογίες και ακριβώς επειδή οι αναρχικοί δεν είναι οπαδοί κανενός (γι’ αυτό και δεν υπάρχουν «Μπακουνινστές»), μπορούν να κατανοήσουν την ιδιοσυγκρασία αλλά και να απορρίψουν τις ιδέες ακόμα και των πιο σεβαστών αναρχικών. Κι αυτό διότι δεν υπάρχουν θέσφατα.

Αρκετοί αναρχικοί θεωρούν ότι κάποιες από τις ιδέες του Μπακούνιν ήταν λάθος, αλλά σε καμία περίπτωση αυτό δεν μειώνει τη σημασία του έργου του στην ανάπτυξη του Αναρχισμού τόσο στην θεωρία όσο και στην πράξη. Και πώς άλλωστε να γίνει αυτό αφού σε μια εποχή που το κράτος και η εξουσία αντεπιτίθενται ενάντια στον άνθρωπο, ο λόγος του Μπακούνιν είναι αληθινός και όχι ξεπερασμένος επειδή «αληθινοί επαναστάτες είναι εκείνοι που δεν έχουν να χάσουν τίποτε». Σε μια εποχή κατακερματισμού της ζωής πίσω από τα ιδεολογήματα της συναίνεσης και του εθνικιστικού φαντασιακού, αλλά και της ανάθεσης, ο Μπακούνιν συνεχίζει ως φάρος να επισημαίνει το αυτονόητο: ότι «από την ελευθερία δεν μπορείς να κόψεις ούτε ένα κομματάκι, γιατί όλη η ελευθερία συγκεντρώνεται αμέσως μέσα σ’ αυτό το κομματάκι» διότι «η ελευθερία χωρίς σοσιαλισμό είναι προνόμιο και αδικία. Ο σοσιαλισμός χωρίς ελευθερία είναι υποδούλωση και βαρβαρότητα».

Σε ένα κόσμο που συνεχίζει να βρίσκεται σε αναβρασμό, με την αδικία να επανέρχεται αδίστακτη όσο ποτέ και σε μια περίοδο που ο εθνικισμός, ο φονταμενταλισμός και το κράτος επιβάλουν μια κατάσταση ανάγκης, όταν η ιστορία όπως και οι αναρχικές ιδέες είναι αναπόσπαστο κομμάτι εκείνων που μάχονται για την χειραφέτηση όλων των ανθρώπων, ο λόγος του Μπακούνιν θα επισημαίνει ότι ένα πράγμα είναι το μόνο σίγουρο: η αλήθεια δεν βρίσκεται ούτε στον λόγο του Θεού ούτε στου αφέντη, αλλά πάντα μέσα σε αυτόν που εξεγείρεται ενάντια σε κάθε εξουσία. (Ο Μπακούνιν παραμένει πάντα επικίνδυνος, απόδειξη ότι η βραζιλιάνικη αστυνομία 143 χρόνια μετά τoν θάνατο του προσπαθεί ακόμα να τον συλλάβει… Δεν θα τα καταφέρει!)

Βιβλιογραφία

• Avrich, Paul. Anarchist Portraits (Princeton: Princeton University Press, 1988).

• Barer, Shlomo. The Doctors of Revolution (London: Thames and Hudson, 2000).

• Carr, E.H. Michael Bakunin (New York: Octagon Books, 1975).

• Crowder, George. Classical Anarchism: The Political Thought of Godwin, Proudhon, Bakunin, and Kropotkin (Oxford: Oxford University Press, 1991).

• Joll, James. The Anarchists (London: Eyre & Spottiswoode, 1964).

• Marshall, Peter. Demanding the Impossible: A History of Anarchism (London: Fontana Press, 1993).
• Morris, Brian. Bakunin: The Philosophy of Freedom (Montréal: Black Rose Books,1993).

• Nettlau, Max. Writings on Bakunin (London: Carl Slienger, 1976).

• Woodcock, George. Anarchism: A History of Libertarian Ideas and Movements (Harmondsworth: Penguin Books, 1975).

• Woodcock, George, ed. Anarchism and Anarchists (Kingston: Quarry Press, 1992).

*Ο Αργύρης Αργυριάδης αφού πρώτα έζησε την συγκλονιστική εμπειρία της συναυλίας του Rory Gallagher στην Νέα Φιλαδέλφεια το 1981 έκτοτε, από μικρή ηλικία τρέχει στα στενά των Εξαρχείων, πιστός στην Ιδέα της ελευθερίας, παραμένει πάντα καταληψίας «τρελός και ευτυχισμένος», υπερασπιστής του Ιστορικού Μείζονος Αναρχισμού και μέλους του Ενός Δυνατού Συνδικάτου. Μισό αιώνα μετά την γέννηση του, έχει αφιερώσει τις σπουδές του στην ιατρική, την ψυχιατρική και την ψυχολογία στον αγώνα για την κοινωνική χειραφέτηση. Όταν δεν διαβάζει επικίνδυνα βιβλία, δεν ακούει παράξενες μουσικές ή να γράφει ακατανόητες ιστορίες στο merlin's, συμμετέχει σε Αυτοργανωμένες Συλλογικότητες Υγείας,συνελεύσεις, πορείες και δράσεις διότι τίποτα δεν έχει τελειώσει ακόμα.

international / history of anarchism / review Friday July 05, 2019 07:47 byJosé Antonio Gutiérrez D.

This is, above all, a history of the anarchist movement from the perspective of those who were at the centre of its development, their voices recovered through a careful and extensive research of conference proceedings, journal articles, memoirs, etc. Altogether, this is a prime example of historical work which is not backward-looking, but forward-looking, bringing history back to life in order to feed contemporary agitated conversations, encounters and debates.


“Anarchist Perspectives in Peace and War 1900-1918” by A.W. Zurbrugg (London: Anarres Editions -Merlin Press, 2018)

A.W. Zurbrugg has edited and worked on some very interesting contributions on historical anarchism: his selection of Bakunin’s texts and his book on anarchists’ impressions on the Russian Revolution, had both been reviewed in anarkismo.net before and I absolutely recommend them to anyone interested in anarchism. Now Zurbrugg comes back with a more ambitious project: an international historical recount of anarchism in the 20th century in four volumes, of which the first one was published under the title “Anarchist Perspectives in Peace and War 1900-1918”.

So what’s different in this attempt at an international history of anarchism from others? This is, above all, a history of the anarchist movement from the perspective of those who were at the centre of its development, their voices recovered through a careful and extensive research of conference proceedings, journal articles, memoirs, etc. He doesn’t uncouple theory from practice –as in the famous Daniel Guérin anthology, Anarchism, in which theory and practice are treated as separable entities. On the contrary, Zurbrugg is interested in ideas as long as they spring from organisational practices and debates. This historical recount of anarchism is not as concerned with utopianism as it is with the development of ideas through practical engagement. As such, his approach to anarchism is eminently materialist, not based on immaculate ideal definitions but on the experiential dimension of anarchism as a movement. His view is also less canonical than that contained in works such as Van der Walt and Schmidt’s Black Flame, for he accepts contradiction as inherent in the dynamic and evolving process of the definition of a movement in motion. In his own words,

‘anarchism’ was not the result of some a priori theory, although no doubt revolutionaries were certainly influenced by several past theories; rather, ‘anarchism’ evolved and was defined in practice by the choices women and men made to join this or that workplace movement, or protest, stressing certain choices and perspectives. It was not one immutable doctrine, it was a set of mixed and agitated conversations, encounters, debates, reflections and synthesis, coming together at one moment and evolving. Out of these conversations there emerged strands of federalist and decentralised socialism (p.6).


I can’t think of a more useful –and at the same time, less canonical- definition of anarchism ever produced, which squarely places anarchism in a broader socialist tradition. Needless to say, his views of anarchism evolving as a ‘synthesis’ are not to be conflated with the idealist project of a ‘synthesist anarchism’ produced by Voline and his associates; while they referred to anarchism as deriving from distinctive ideal currents (individualism, communism and syndicalism), Zurbrugg refers to the synthesis of ideas emanating from practical engagement.

These ideas circulated mostly through publications. Anarchism had a flourishing press in the period covered by this book. Hundreds, if not thousands, of papers and pamphlets were produced in a multitude of languages all over the world. These papers, before the era of internet, were the means by which anarchists of various persuasions and continents stayed in touch with one another, made their ideas circulate, debated and took home practical ideas. But not only ideas circulated through the papers and through written propaganda; anarchists attempted to organise international networks and organised conference, such as the London conferences of 1896 and 1913 which are covered in this book, or the Amsterdam conference of 1907. On this occasions, anarchists from different persuasions and countries debated about some of the most pressing issues of the time, about the objectives and the methods of their movement, and on a variety of social, economic, and philosophical issues. Another source of circulation of ideas were migrants and refugees, who formed anarchist groups, circles and unions wherever they went, liaised with other anarchists in their countries of origin, and tried to keep an international –not only in outlook or spirit, but above all, in practice- movement to challenge am equally globalised unjust social system. Papers and their editors were persecuted and censored; conferences were often subject of close surveillance, banned and delegates prevented from reaching them; and migrants were extensively persecuted, deported, and subject to repressive ‘alien acts’. Although repression took a heavy toll on the anarchist movement at the turn of the century, it still managed to fight back.

This first volume is concerned with a period (1900-1918) marked in Europe by the escalating militarisation, growing conflicts over boundaries and the scramble for the colonies, and the entrenchment of toxic nationalistic jingoism. But this spirit also reached across the Atlantic Ocean to the American continent, and one may say, through the colonial tentacles of the European powers to every single continent in the world. This is the backdrop against which the anarchist movement had to organise, struggle and respond to. They tried to do so to the best of their ability and they did so across the globe. However, the scope of the book is limited to mostly to urban movements in Europe, the USA and Latin America (mostly, but not exclusively, Argentina and Cuba). A truly global history of anarchism, in both towns and countryside, is beyond the capacity of any individual; and yet, in spite of this limitation, the method of following the circulation of ideas through the press, congress resolutions and manifestos, works exceedingly well. Instead of focusing on anecdotes or minute details about the anarchist movement in many countries, Zurbrugg follows the trends as they developed in the movement in response to global challenges. This in itself is a remarkable achievement.

Naturally, the rise of militarisation, colonialism, and jingoism, dominate much of the debates of these anarchists, together with other issues such as the unity of action of the socialist movement and the labour movement. The volume is thus organised in two parts. A much larger part called ‘peace’, that is, the period before the outbreak of the Great War of 1914 –a period which can be hardly described as of peace in any meaningful sense of the word, being the period when all the causes leading to the mass slaughter of the 1910s were being incubated. And a much shorter part called ‘war’, in which the book deals with the perspectives and responses of anarchists in the face of the Great War, a fateful event to which they were proved to be ill-prepared and which seemingly took them by surprise to the point that the French anarchist paper Les Temps Nouveaux claimed, a week after war between France and Germany broke out, ‘what we had refused to believe until the last moment is now an accomplished fact. War has been unleashed’ (p.158). It is not that they didn’t see such a scenario coming: they fatally overestimated their own strength (with most unions claiming that they would call for a General Strike if war broke, a scenario which didn’t materialise when war actually stormed Europe) and the internationalist feelings of the European working class. If they were slow to realize about the seriousness of the situation they were facing in the advent of the Great War, they showed far more prescience about the fact that this first war would necessarily lead to another deadlier conflagration. In the words of Malatesta, ‘it is most probably that there will be no definite victory on either side. After a long war, an enormous loss of life and wealth, both sides being exhausted, some kind of peace will be patched up, leaving all questions open, thus preparing for a new war more murderous than the present’ (p.181).

While the anarchist and syndicalist movement took a decisively anti-war and internationalist perspective, the reformist labour movement and the social-democracy took a lukewarm approach to internationalism and refrained to condemn militarisation experienced in Europe way before the Great War broke. The French CGT, the most significant revolutionary union of the time together with the US IWW, were at the foremost of anti-militarist propaganda, and tried to call for coordination of action between the working classes of potential warring countries, facing the opposition of the German social-democratic labour movement who dismissed their attempts. In reality, this showed how the parliamentary left, as long as they saw themselves as having a stake in their national-State, became progressively identified with the elites’ agenda. When war materialised, they just followed their leaders and respective governments and rolled the drums of war. However, the CGT was unable to react, since they didn’t prepare for a scenario in which they, a French organisation, wouldn’t have a significant German counterpart to oppose the war with and practice internationalist working class solidarity. This major flaw, together with overestimating their own forces and their capacity to call for a General Strike in the event of war, proved fatal, and the organisation backed from their rhetorical anti-war position to a mild justification of the French government claiming that theirs was a “defensive war”. Pierre Monatte and other staunch revolutionary syndicalists reacted in disgust and distanced themselves from these positions, while anti-war activism was seriously repressed and persecuted.

Anarchist anti-militarism, although it found a common ground with the pacifist movement, differed with the latter in important respects. The former, didn’t simply advocated ‘peace’ but they advocated revolution. Their goal was to turn the crisis caused by war into a generalised struggle of the oppressed against their oppressors. As such, the accusation of the veteran anarchists (headed by none other than Kropotkin) who signed the so-called “Manifesto of the Sixteen” in support of the supposedly ‘progressive’ France against ‘autocratic’ Germany, who claimed that ‘talk of peace at this moment would be playing the game of the Bülow’s German ministerial party and its allies’ (p.179) was completely misplaced. The real problem for the vast majority of anarchists who rejected taking sides on behalf of any State in the face of war, in my opinion, was that they were seriously ill-prepared to oppose in practice and to turn any war between States into a war between classes. In spite of their best intentions, the sincerity of their convictions, and the intensity of their agitation, the anarchists were too disorganised to be able to challenge effectively the course of events. Their attempts to form an international coordination, networks or federations, came to nothing but the formation of corresponding bureaus, at best. While talking much about organisation in their propaganda (see for instance the writings of Malatesta), this talk rarely translated into solid organisational work in practice. As mentioned by Zurbrugg, there was no secure foundation for international federations ‘in the absence of a regular pattern of regional, national and international anarchist congresses’ (p.113) which meant that the far better organised Social-Democracy prevailed in the international socialist and labour movement. Thus, they lacked the organisational resources and solid international bridges which could have effectively challenged the haunting spectre of war over Europe, and then to capitalise the deep discontent left in the wake of war, which translated into (mostly unsuccessful and aborted) mutinies, uprising, and revolutions.

This organisational failure of anarchism, led many anarchists to turn to revolutionary unionism or syndicalism from the 1890s, which the veteran anarchist James Guillaume saw as the continuation of the work of the anti-authoritarians in the International Workingmen’s Association. The relationship of anarchists with the revolutionary unions and with the labour movement more generally, was another point of contention within the broad anarchist movement: while the syndicalist sector claimed that the unions were sufficient as revolutionary tools, others –with Malatesta being probably the most visible of the critics- claimed that anarchists should also be organised in political organisations as anarchists, and that they should avoid ‘politicising’ the unions and work in mainstream and all unions bringing their programme. In 1907, in the Amsterdam conference, this debate was the most important discussion in the agenda. However, the debate was misleading. The real question was not the nature of the unions, or what should anarchists do in relation to unions in abstract; the real point was to understand the unions in context, in relation to the prevalent fighting mood of the working class in a particular region or country, and the organisational resources available to anarchists to offer other alternatives. Without consolidated anarchist organisations, to turn away from revolutionary unions and to devote all efforts and energies to working in mainstream unions would have deprived anarchists of any effective influence in the current events at the time. Irrespective of one’s opinions in the union/anarchist debate, the incontrovertible truth is that, if anarchism had any historical significance at the turn of the 20th century was mostly because of their work in militant labour organisations. As put forward by Zurbrugg, in this debate, ‘Malatesta missed the spot: the USI (ie. Italian revolutionary union) had evolved out of real frustration and the failure of the CGL (ie. Italian reformist union) to support action, and those who joined the USI had chosen something beyond the CGL’ (p.117). Theoretical preferences for this or that type of union, in other words, shouldn’t take precedence over the general mood of the working class or a sound understanding of developments on the ground. Moreover, any serious criticism of the revolutionary unionist strategy should have gone hand in hand with the development of something else being offered alternatively by the ‘pure anarchists’, so to speak.

Alas, it is this alternative which was not properly worked about. The tragic lack of solid anarchist organisations, no doubt, didn’t help anarchists make a far bigger impact to prevent the bloodshed of the Great War and to turn this event into a full-scale revolutionary offensive. But it also could be detrimental at a more local level, as Malatesta himself acknowledged: ‘It’s good, when our propaganda obstructs the people sending to parliament socialists or republicans (…), if we have the capacity, with those we have wrenched away from electoral fetishism, to facilitate them becoming active and conscious fighters for true and complete liberation. If not, we would, and will, serve the interests of conservatives and the monarchy’ (p.28). Anarchist tactics, without an anarchist strategy and organisational capacity, could be easily capitalised by precisely some of their worst enemies. This is an extremely important lesson which should be carefully considered by committed anarchists today, and which Malatesta didn’t fully comprehend. In another article, he recommends that anarchists ‘should be in the front rank when it came to a fight, but when it came to negotiations with the bosses or authorities they should not take the lead’ (p.118). This attitude is not only self-defeatist but dangerous: so what if the negotiators call for strengthening discrimination against migrant workers or against women? Malatesta put forward these ideas at a time when unions in many countries, like the US, called for restrictions to Asian workers in particular, or at a time when, even in the French CGT, it was a prevalent idea that women should stay out of the workforce because they exercised negative pressure over salaries. As such, to claim that anarchists should not take a lead in negotiations could lead to disaster, particularly if anarchists had been at the forefront of struggle. The real question, again, was what sort of leading role should anarchists adopt and how those roles derived from clear organisational structures and mechanisms which gave full control to the rank and file?

However, if the anarchist thought during this period seems inadequate to address some crucial organisational issues, it was far-sighted on other subjects. One remarkable aspect which is clear in Zurbrugg’s work is how anarchist prefigured many of the current battles across the globe over a century ago: struggles for women’s self-determination at a time when discussion on abortion or contraception was considered obscene and could lead to heavy fines or terms in prison even. This was not only a debate taking place in the USA or in Europe; important papers such as La Voz de la Mujer in Argentina proved the debate was bot one confined to the so-called advanced capitalist countries. Struggles even for participatory budgets could be traced back to anarchist discussions: in 1896, an international congress of anarchists and syndicalists, meeting in parallel to the conference of the Second International in London, proposed that while the State was not abolished, ‘communal mass meetings should meet and vote on budgets, war credits and taxation’ (p.18). This idea was part and parcel of the syndicalist emphasis in disputing the State on the economic field, way before the Brazilian PT came with these ideas in Porto Alegre in the late 1980s. The anti-militarism of the anarchists and their transformational ethos linked to anti-militaristic campaigns, challenging colonialism, imperialism, the militarisation of society, and the rise of domestic repression which accompanies war, also prefigured some of the radical anti-war movements in the world from Vietnam, to Iraq. Finally, unlike the entrenched racism and chauvinism of many social-democratic movements and parties, which favoured racially segregated unions in places such as South Africa or Australia, or which lent credence to the ‘civilising mission’ of European powers, anarchists and revolutionary unionists tended to have a radical commitment to anti-colonialism and racial equality which was well ahead of its time. Of course, there were exceptions to the rule and it is possible to find casual racism in the anarchist press at the time, or lack of sympathy with the plight of colonised peoples on occasion. Sometimes, migrant communities failed to reach native populations and were ghettoised –but this was equally true for many Spaniards in Cuba, or for Italians n Egypt, as it was for the French in the UK. By and large, anarchists were uncompromising enemies of colonialism, they rejected the civilisation/savage dichotomy which underpinned the Age of Empire, and they generally advocated working class unity regardless of creed and race –which as truly revolutionary at the time. In the highly segregated US society, the IWW played a very inspiring role in this respect.

One flaw of the book is that it lacks a conclusion chapter. The immense wealth of reflections and topics touched upon throughout the book, as well as the critical issues here raised, required a conclusion to summarise and synthesise some key questions for the reader. To be sure, this was merely the first chapter of an ambitious project consisting of four volumes and I imagine that the author is saving the concluding remarks for the last volume. However, I would suggest that in the next two volumes, the author includes a concluding chapter. The ending is abrupt and leaves the reader with the impression that something was missing in order to wrap up an otherwise brilliant contribution to anarchist studies.

Altogether, this first volume is a prime example of historical work which is not backward-looking, but forward-looking, bringing history back to life in order to feed contemporary agitated conversations, encounters and debates. I am looking forward to the next three volumes of Anarchist Perspectives: the second volume ‘Syndicalism, Revolution and Fascism 1917-1930’, the third volume ‘Revolution in Spain 1931-1939’, and the fourth volume which will deal with anarchists perspectives after the Second World War. Judging by this first volume, they will all have much to say which is significant and of relevance for socialists and revolutionaries today.

José Antonio Gutiérrez D.
3 July, 2019

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