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¿Qué significa la liberación del Tibet para usted?

category asia oriental | imperialismo / guerra | opinión / análisis author Tuesday April 08, 2008 00:46author by Laure Akai - akai47@gmail.com Report this post to the editors

La lucha por ser libres es recomendable y merece de toda nuestra simpatía. En momentos en que el Estado comete actos brutales de violencia en contra del pueblo, la solidaridad y la acción son necesarias y, de hecho, en todo el mundo la gente de bien ha expresado su indignación por la situación en el Tibet. Movimientos de protesta han llamado a terminar el “imperialismo cultural”, a la “libertad”, más aún, a “aplastar al opresor” y buscan la unidad mediante tales consignas y demandas. Sin embargo, ¿qué pasaría si el Tibet conquistara su independencia de China” [ English]
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La lucha por ser libres es recomendable y merece de toda nuestra simpatía. En momentos en que el Estado comete actos brutales de violencia en contra del pueblo, la solidaridad y la acción son necesarias y, de hecho, en todo el mundo la gente de bien ha expresado su indignación por la situación en el Tibet. Movimientos de protesta han llamado a terminar el “imperialismo cultural”, a la “libertad”, más aún, a “aplastar al opresor” y buscan la unidad mediante tales consignas y demandas. Sin embargo, ¿qué pasaría si el Tibet conquistara su independencia de China”

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La cuestión de la liberación nacional es un tema complejo. La discriminación, la destrucción de una cultura y comunidad son formas de represión que se asumen como la lucha de una nación en contra de otro, en lugar de situarlas en el contexto de la lucha de las clases dominantes en contra de sus súbditos. Es así como los movimientos de liberación nacional de toda clase, tienden a crear la ilusión de un interés común de la masa en contra de un opresor el cual es siempre extranjero. “Autodeterminación”, es frecuentemente una consigna que no significa, en realidad, más que establecer el derecho de las elites de una nación determinada a ejercer su poder e influencia, tanto económica como política, sobre aquellos que se convertirían en los súbditos del nuevo Estado-Nación.

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No es una coincidencia, entonces, que las “luchas de liberación” sean apoyadas de manera selectiva. Individuos o segmentos de la sociedad dan prioridad a una lucha por sobre otras, por diversas razones, y en Europa y Norteamérica podemos observar la existencia de “causas célebres” que son apoyadas por personas famosas y poderosas y que reciben una atención mediática desproporcionada, en comparación a otras luchas análogas. Las causas célebres son capaces de atraer y movilizar al pueblo, y reunir ardientes partisanos para la causa. Pero no todas las luchas sociales o tragedias humanas califican como causas célebres.

Las causas célebres son fácilmente convocadas por aquellos movimientos de liberación nacional que, y esto no es para nada una coincidencia, se relacionan con el establecimiento de independencias respecto a los súper-Estado creados por el mal llamado “bloque comunista”. La naturaleza totalitaria y brutal de tales Estados es profusamente descrita con indignación por países que han cometido iguales atrocidades. Miembros de la élite política norteamericana se apresuran a condenar las condiciones humanitarias en China, y algunos llegan al extremo de proponer un boicot a los juegos olímpicos semejante al de 1980 (cuando los juegos fueron en Moscú, nota del traductor), mientras los EEUU siguen matando civiles en guerras petroleras, apoyan a asesinos paramilitares derechistas, ejecutan a sus prisioneros y apoyan, financieramente, condiciones de semi-exclavitud en fábricas a lo largo y ancho del mundo que producen productos para el mercado norteamericano. Solamente unos pocos “ciudadanos del mundo concientes” fueron acarreados en tal frenesí para demandar un boicot a las Olimpíadas en los EEUU.

Con esto no quiero decir que la situación en el Tibet no amerite nuestra respuesta. Todo lo contrario. Pero, sin embargo, quisiera poner algunas interrogantes a su consideración.

La situación del Tibet es tratada por muchos, como es normal, con un gran sentido de urgencia. En mi ciudad, al menos tres piquetes han sido convocados durante la semana pasada, con gran asistencia, y en el resto del país la gente se movilizó de manera instantánea. Se nos exhorta de manera apasionada a boicotear la compañía que produce los uniformes olímpicos, a ir a la embajada china, a boicotear los productos chinos y a cualquier persona que no muestre demasiado entusiasmo sobre este asunto, se le tilda de cómplice de genocidio. En comparación, otros muchos eventos han sido mayoritariamente ignorados por esta misma gente, tales como las recientes acciones militares turcas en contra de los kurdos, o aún más trágicamente, la persistente e indignante situación del Congo. ¿Cómo es posible que, con el asesinato de más de 5 millones de personas en el Congo en el último decenio, las masas de activistas locales hayan permanecido pasivas, sino completamente ignorantes de la situación?

Las respuestas son complejas y, desafortunadamente, no muy convenientes. Los tibetanos pueden fácilmente ser descritos como las víctimas por excelencia. Como argumentaba algún personaje en internet, los tibetanos son quienes más merecen nuestro apoyo, en comparación con los kurdos, pues ellos no han sido violentos. Yo le respondía preguntándole que cuánta gente había sido asesinada por los tibetanos en comparación con los kurdos.

No creo que historiador alguno esté en posición de responder esta pregunta. Durante la resistencia tibetana que apoyó la CIA, está comprobado que decenas de miles de chinos fueron asesinados, pero los simpatizantes de la causa tibetana argumentan que esto fue puramente auto-defensa. En la actualidad, algunos tibetanos también han practicado actos esporádicos de violencia étnica que, de hecho, pudieran ser clasificados como pogroms, los cuales tienden a ser justificados por los simpatizantes de su causa como una reacción apropiada a la colonización china en el Tibet. Esta clase de episodios, si llegan a ponerse sobre el tapete, son fácilmente yuxtapuestas a las imágenes dominantes de monjes budistas, liderados por el Dalai Lama, como hombres de paz, en noble oposición a los chinos, violentos y bárbaros.

La creación de tal imagen de los tibetanos, como pacíficos y alegres, es probablemente el resultado de una larga campaña de relaciones públicas, alimentada por crédulos ingenuos, y bien intencionados, tanto como por propaganda gubernamental. Pocos se interesan en conocer las realidades del sistema feudal que existía en el Tibet hasta la segunda mitad del siglo XX, ni desean saber que “su santidad” el Dalai Lama es una deidad humana que vive en un enorme palacio, mantenido y atendido por servidumbre, y como una persona cuyo objetivo principal ha sido mantener el sistema de servidumbre social y a las élites tibetanas. La composición social de la sociedad Tibetana no entró en juego cuando la CIA apoyó la resistencia tibetana; su apoyo estuvo ausente cuando éstos necesitaron a China como un aliado político y volvió cuando la prioridad política se convirtió la “lucha en contra de la expansión comunista”.

La campaña por la liberación del Tibet que surgió en los ‘80s, fue en gran medida lanzada con ayuda de la CIA y del NED (Fundación Nacional para la Democracia). Con tales patrocinadores, tuvo un buen comienzo que luego, con la constitución de movimientos de base y grupos estudiantiles, recibió la legitimidad de los activistas. Los tibetanos son sujetos ideales para presentarlos como víctimas: amantes de la paz, religiosos, sabios, viviendo en Shangri-La y oprimidos malévolamente por el peor de los violadores de derechos humanos en el mundo. Budistas célebres y gente adepta al movimiento New Age ayudaron a que esta causa encontrara la atención de las masas. Así, habiéndose legitimado por los medios de masas y habiéndose convertido en una causa célebre, miles de personas interesadas en la paz y en la justicia social en el mundo han hecho esta causa suya. Algunos prevén el desarrollo de una cierta forma de sociedad civil burguesa luego de la liberación del Tibet, mientras que otros se aferran a una visión idealizada de un Tibet espiritual y asisten a las manifestaciones en trajes de color naranja y portando imágenes del Dalai Lama. Y en tanto esta causa es asumida por miles de personas, cientos de luchas igualmente urgentes, permanecen en el desconocimiento o son despreciadas ya que los actores de estas luchas no parecieran ajustarse a esta visión de la víctima perfecta. Han sido definidos y presentados al mundo a través de los ojos de la prensa capitalista, o de cualquier modo, no inspiran la suficiente empatía como para movilizar apoyo.

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La lucha por la liberación del Tibet puede que comience con la lucha en contra del Estado policial chino –pero ciertamente que no concluye ahí. La autodeterminación es frecuentemente un código para la determinación nacional, pero la auténtica autodeterminación comienza por la autogestión.

¿Puede, el movimiento tibetano, convertirse de un movimiento de liberación nacional en uno de lucha por la revolución social? No tenemos evidencia de tendencias revolucionarias, aunque la información que recibimos está filtrada por la visión ideológica de la élite liberal. Experiencias recientes tienden a demostrar que el pueblo puede desembarazarse del yugo de un estado totalitario “comunista” pero, sin experiencias de auto-organización de base, y lanzados al vacío, esos países pueden convertirse en economías de mercado más o menos democráticas, gobernadas por élites económicas, o pueden convertirse en autocracias o regímenes antidemocráticos, tales como aquellos de Asia Central.

La lucha por la liberación del Tibet, por tanto, no solamente es una lucha en contra del Estado chino, sino que también es una lucha en contra de todos los poderes que someterían al tibetano común y corriente una vez conquistada la independencia nominal. Al orden feudal representado por los monjes, el Dalai Lama y por los hijos de la clase mercantilista en el exilio, no se le debe permitir echar raíces nuevamente en aquel país.

Uno debiera apresurarse a decir que el feudalismo no podría restaurarse en el Tibet, pero esto no significa que condiciones similares no puedan surgir bajo un régimen socio-económico diferente. Muchos trabajadores se encuentran bajo servidumbre aún en la Europa occidental, en los EEUU y en los Estados del Golfo Pérsico, en donde la servidumbre como sistema económico no existe técnicamente. En fábricas en toda Asia los obreros son tratados como esclavos, pese a que sus países gozan de independencia nacional. Las cadenas impuestas por una clase dominante fueron, sencillamente, reemplazadas por otra, y las formas de la esclavitud fueron simplemente modificadas.

La liberación del Tibet no puede ser reducida a la libertad religiosa, a la libertad de asociación, al respeto de las organizaciones civiles u otras libertades que son conquistadas por los movimientos democráticos de independencia. Ciertamente, no puede justificarse la represión a tales libertades; incluso alguien crítico del clericalismo puede condenar la represión basada en convicciones religiosas y comprender el impulso a luchar contra esta situación. Sin embargo, todas estas libertades no equivalen a una sociedad con un auténtico control popular, donde los trabajadores y sus comunidades colaboren en la creación de la igualdad social y en donde las élites políticas y financieras sean despojadas de su poder, de sus mecanismos de explotación y de control social. La visión de un Tibet liberado es inspiradora pero que, lamentablemente, aún carece de imaginación popular.

Laure Akai

author by Chacalón - Anarkismopublication date Tue Apr 08, 2008 00:48author address author phone Report this post to the editors

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