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Las primeras luchas obreras en Chile y la Comuna de Iquique

category bolivia / peru / ecuador / chile | workplace struggles | opinion / analysis author Sunday December 23, 2007 00:51author by Julio César Jobet Report this post to the editors

Reproducimos el siguiente artículo del historiador chileno Julio César Jobet, tomado del libro "Recabarren: los orígenes del movimiento obrero y del socialismo chilenos", (Prensa Latinoamericana, Santiago, Chile, 1955). Lo reproducimos como un homenaje a uno de los pioneros de la historia del movimiento obrero chileno, y como un homenaje al pueblo obrero al que él rindió estas notas a guisa de tributo. Pese a algunas imprecisiones históricas (como afirmar incorrectamente que Olea murió en la Escuela), este documento sigue siendo una breve, valiosa e informativa ojeada al movimiento obrero chileno en sus albores.

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Desde comienzos de la República organizada se produjo un cons­tante desarrollo de la minería (plata, carbón, cobre y salitre); de los bancos y el comercio; la agricultura se extiende con la incor­poración de nuevas regiones; se construyen numerosas obras pú­blicas (ferrocarriles, puentes, puertos, caminos, edificios), todo lo cual produce una profunda transformación en la estructura económica y social del país. El desenvolvimiento de estas acti­vidades económicas por medio de una explotación intensa del trabajo humano provoca un proceso de acumulación primitiva de capitales que, a su vez, acelera y amplía el proceso capitalista de Chile. Coexisten formas semifeudales de producción, en el cam­po, con formas capitalistas de producción. Al lado de la clase latifundista se constituye una pujante burguesía minera y, tam­bién, se forma una importante oligarquía bancaria. El capitalis­mo naciente se mantiene dentro de los límites de un capitalismo comercial y bancario. En la habilitación o financiamiento minero (préstamo garantizado con la venta de la extracción minera) tie­nen su origen poderosos bancos con asiento en Valparaíso. Este capital mercantil-bancario ayudó a ampliar la minería, impul­sando una forma más avanzada de desarrollo económico. Al mercantilismo sucede la etapa industrial. La minería se conso­lida como una industria poderosa. Se forman grandes capitales industriales y se constituye una burguesía mercantil manufactu­rera, a través de decenas de sociedades anónimas mineras, comer­ciales e industriales. La expansión de la etapa mercantil manu­facturera permitió una apreciable exportación de capitales en busca de fuentes más lucrativas. Desde ese instante se intensificó la explotación del guano y salitre de Tarapacá.

La exportación de capitales de Valparaíso contribuyó al desarrollo de Tarapacá, y cuando tuvo que retirarse a causa de la política nacionalizadora peruana se concentró en Antofagasta. En defensa de esos capitales, por un menor derecho de expor­tación, se produjo la guerra de 1879, pues los capitalistas afecta­dos poseían una fuerte intervención política.

La formación del proletariado y sus primeras actividades



En la base del progreso económico analizado, se constituye el proletariado como clase social. A raíz del proceso de expropiación y concentración de la propiedad agraria, en el campo se verifica un constante despido de inquilinos y peones que dan vida a un proletariado sin tierra ni hogar. La mayor parte es absorbida por las minas y las obras públicas, formando el proletariado minero y de la construcción; otro sector se fija en aldeas, donde vive de minúsculos trabajos; otra porción se convierte en vagabundos y bandoleros, dedicados al robo de animales (abigeato). De ahí el dictado de drásticas leyes para reprimir con fuertes castigos la vagancia, la mendicidad y el robo de animales (leyes penales de 1874). En las faenas mineras el trabajo es durísimo y la explo­tación intensa, experimentándola por igual hombres, mujeres y niños. Cuando se discutió el Proyecto de Código de Minería en d Congreso, en 1874, se estableció que 12 años sería la edad mí­nima para trabajar en las minas, pues lo hacían niños menores de esa edad.

El movimiento mancomunal



Las combinaciones mancomúnales de obreros son en realidad los primeros sindicatos de obreros, con características muy propias de Chile. Tienen más de sindicato de resistencia que de mutual. Nacen en los puertos de la región salitrera y en la zona del carbón. Pronto se desarrollan hacia el interior: pampas, minas, ciudades industriales. Fomentan la solidaridad obrera y organizan a los trabajadores; protegen a sus afiliados con ayuda asistencial, crean escuelas y publican periódicos de lucha. Son auténticos orga­nismos de la clase obrera, mezcla de sociedad de resistencia y de socorros mutuos. Su finalidad esencial es la defensa del tra­bajo y del obrero, creador de la riqueza. De aquí la furia con que son atacadas por los patrones y por el Gobierno, que ampara a la clase capitalista. Al comienzo, el propósito de las mancomúnales aparece oculto en fines de unión y bienestar mutuos; pero a medida que crece la organización, se precisa su verdadera finalidad, y así queda claramente manifestada cuando la Combinación Mancomunal de Atacama habla de que "esta ins­titución trabajará por la emancipación social y económica de los trabajadores, emancipación que considera como principio inalie­nable". Del mismo modo, la Federación de Trabajadores de Lota y Coronel proclama la emancipación social y económica de la clase trabajadora como su razón de ser. Por otra parte, el carácter proletario de estos organismos se refleja en la exigencia de "per­tenecer a la clase obrera" para obtener la afiliación. Su orga­nización interna parte de la consideración de grupos y gremios, como base, hasta la constitución de un Consejo Directivo Gene­ral y de un Congreso General. Para evitar la burocratización exi­gen que su presidente y vicepresidente estén "en servicio activo de trabajo". De esta manera, los líderes desempeñan sus activi­dades gremiales y realizan sus tareas para sustentarse.

La primera "Combinación Mancomunal de Obreros" se cons­tituyó el 21 de enero de 1900, en Iquique, organizando a los por­tuarios de esa ciudad Su primera directiva estuvo presidida por Abdón Díaz, lanchero. A fines de 1902 tenía 2.800 afiliados y en los años de 1903 a 1904 llegó a tener de 4.000 a 6.000 miembros. Publicó el periódico "El Trabajo", cuyo primer número apareció el 6 de julio de 1901, dirigido por el periodista Ariosto Zenteno. Se transformó en diario, con una tirada de varios miles de ejem­plares y duró hasta 1908. Señala las condiciones de vida de los obreros, los problemas locales, las huelgas. Simpatiza con el so­cialismo. La Mancomunal de Iquique se extendió a Pisagua y Caleta Buena y mantuvo filiales en las Oficinas salitreras. Realizó grandes campañas contra la explotación y los abusos (los cachu­chos que no poseían rejillas protectoras, el peso de los sacos, que era de 130 kilos, las pulperías de precios extorsionadores), condujo huelgas y sufrió grandes persecuciones.

La organización sindical del puerto de Iquique creó, en 1903, el "Partido Obrero Mancomunal", que editó una hoja: "El Obrero Mancomunal".

El 1o de mayo de 1902 se formó la "Combinación Manco­munal de Obreros" de Tocopilla, presidida por Gregorio Trinca­do, lanchero. Publicó "El Trabajo", cuyo primer número apare­ció el 18 de octubre de 1903 y duró hasta 1905 más o menos (su lema era: "La libertad de pensar es un tesoro que sólo se conserva gastándolo"), bajo la dirección de Luis Emilio Recabarren, quien ayudó al abogado Lindorfo Alarcón para que sacara a luz "El Proletario", como órgano del Partido Democrático, en 1903-1904.

En agosto de 1902 se formó la Federación de Trabajadores de Lota y Coronel, que al año de funcionar contaba con 2.000 afiliados. Sus principales dirigentes fueron: Luis Morales Morales, presidente, y Víctor Alarcón, ambos anarquistas. Editó en Coronel el periódico quincenal "El Alba", durante los años 1902-4, que se transformó en "La Defensa", en favor de las sociedades de resistencia y de las huelgas de los mineros.

Las grandes huelgas y represiones sangrientas de comienzos del siglo XX



La propaganda realizada por sus diversas publicaciones, en don­de denuncian los abusos del capitalismo y las míseras condiciones de vida de las multitudes laboriosas; la constitución de sus pri­meras organizaciones de lucha, y la presentación de coyunturas especiales, de carácter económico, provocan las primeras huel­gas violentas y las anexas represiones de las autoridades, de nuestra historia social.

Desde fines del siglo XIX, en 1898, se desatan grandes huel­gas. Se inician en Iquique, llegan a Santiago y afectan a diversos puertos. De estas huelgas, alcanzan caracteres extraordinarios la de diciembre de 1901 y enero de 1902, en Iquique, dirigida por la Combinación Mancomunal de Obreros de Iquique. Durante 60 días se mantuvieron firmes los distintos gremios del puerto, a pesar de la prisión de Abdón Díaz, presidente de la Manco­munal, y de diversas medidas ensayadas para romperla. Más tar­de se suceden huelgas continuas en Antofagasta, Lota (mayo 1902), Valparaíso (agosto 1902), Santiago (en abril de 1902, en la Empresa de Tracción Eléctrica, con mítines, desfiles, sablazos y heridos), Tocopilla (en diciembre y enero de 1903, los lan­cheros permanecen paralizados más de 30 días). El 28 de enero de 1903 estalló una huelga general en la región carbonífera, di­rigida por la Federación de Trabajadores de Lota y Coronel, que duró 43 días. Fuerzas militares y marinería del "Zenteno" pro­vocaron diversos muertos y heridos.

El 15 de abril de 1903 se inició en Valparaíso un movi­miento que alcanzó contornos dramáticos. Se declararon en huel­ga 600 estibadores de la P.S.N.C. al serles rechazadas sus peti­ciones cíe mejoramiento económico. Se sumaron a ellos los es­tibadores de la C.S.A.V., los vaporinos, tripulantes, lancheros, has­ta paralizarse totalmente el Puerto. Se agregan los jornaleros de aduana. Los patrones y las compañías traen, entonces, gente de afuera, originándose incidentes graves. En Santiago se realizan actos de solidaridad, el 11 de mayo, y en ellos se destaca como orador el dirigente anarquista Magno Espinoza. El 12 de mayo, en el Puerto, los huelguistas llegan a los muelles a impedir el trabajo de los rompehuelgas, produciéndose violentos choques, con muertos y heridos. Desembarca la marinería, pero se niega a disparar. Los obreros incendian el edificio de la Compañía Sud­americana de Vapores; luego, tratan de quemar "El Mercurio", cuyo personal mata a siete manifestantes. (Desde entonces lo denominaban "Matasiete".) Incendian el malecón y diversos edi­ficios; asaltan agencias de préstamos y despachos. Hubo más de 50 muertos y 200 heridos, y centenares de detenidos. El Go­bierno envió seis regimientos para mantener el orden público. Sólo el 16 de mayo volvió la normalidad a Valparaíso. La so­lución del conflicto quedó entregada a una Comisión Arbitral, y ésta dio su fallo el 4 de agosto, haciendo plena justicia a las aspiraciones de los huelguistas.

El 12 de mayo tuvo grandes repercusiones y pasó a ser una fecha símbolo para los obreros y, con razón, se ha afirmado que es la manifestación revolucionaria inicial de la cíase trabajadora chilena, indicando el comienzo de una lucha de clases activa.

Se desencadenan nuevas huelgas en Antofagasta, Valparaíso (julio-agosto 1903), Santiago, Coronel, Taltal, Chañaral. En enero-febrero de 1904, durante 30 días, estuvieron en huelga los mi­neros del carbón en Lota; en setiembre del mismo año se para­lizaron las oficinas salitreras del interior de Tocopilla. Para so­focarla, intervinieron tropas y barcos de guerra, quedando varios muertos. En esta "operación" se distinguió el Comandante de la I División, general Roberto Silva Renard.

El 22 de octubre de 1905 las clases laboriosas de Santiago realizan un gran mitin en la Alameda, convocado por el "co­mité pro-abolición del impuesto al ganado argentino" (del cual era miembro Luis E. Recabarren), y al que asisten cerca de 30.000 personas. En ese instante estaba renunciado el Gabinete, y el Ejército se encontraba en maniobras en Quechereguas. Una delegación se trasladó a la Moneda llevando las conclusiones del Comicio. El pueblo quiso entrar a la Moneda, y se produjo un choque con la policía. Toda la tarde del domingo hubo inciden­tes entre los manifestantes y la policía. Se formó una guardia blanca, que unida a los bomberos armados comete tropelías y exaspera a las masas; ocurren desmanes y quedan numerosos he­ridos. El lunes se declara una huelga general. El pueblo asalta agencias, despachos y castiga a numerosos especuladores. La po­licía dispara, haciendo numerosas bajas: alrededor de 70 muer­tos y 300 heridos, y 530 detenidos. ("El Ferrocarril".) La policía tuvo que retirarse de la Capital a reunirse con el Ejército; el pueblo tomó posesión de las comisarías. El martes llegó el Ejér­cito a Santiago, siendo convertido en campo de batalla. No se supo el número exacto de muertos y heridos[1].

La semana roja fue la protesta multitudinaria por el enca­recimiento de la vida (sobre todo, del alza del precio de la car­ne), los bajos salarios, la incapacidad e incomprensión del Go­bierno y de los partidos políticos para solucionar los problemas que agobiaban a las clases modestas.

La represión del movimiento de Santiago no atemorizó a los sectores populares, y nuevas huelgas estallan en Valparaíso, Pisagua, Coquimbo, Punta Arenas.

En Antofagasta, el 1 de febrero de 1906, los operarios del ferrocarril de Antofagasta a Bolivia presentan a su administra­dor una solicitud, pidiendo hora y media para almorzar, pues con una hora no alcanzaban a llegar a tiempo, motivo por el cual los multaban y castigaban abusivamente. Es rechazada, y dos días después se declaran en huelga; se les unen los obreros do la Compañía de Salitres (quienes solicitan un 20% de aumento de salarios); pronto solidariza la Mancomunal y se paran los portuarios y fábricas. Llega el crucero "Blanco Encalada", desembarca tropas con ametralladoras; se forman guardias de oí den. El martes 6 de febrero se lleva a efecto un mitin en la plaza Colón. La guardia de orden y la tropa disparan: quedan 48 muertos. El pueblo desesperado quema agencias, diarios, al­macenes. La represión total dejó más de 100 muertos. Fue aprehendido Recabarren, candidato a diputado; se clausuró "La Van­guardia" y se apresó a su personal y al del periódico "El Ma­rítimo". (No obstante, Recabarren fue elegido diputado.)

La ola de huelgas no se detiene: en Santiago (una gran huelga ferroviaria que duró mes y medio, a raíz de su exigencia de (junio el pago de los salarios se hiciera en moneda de 16 d.); en Concepción (junio de 1906), Valdivia, Coronel...

El 1 de mayo de 1906 adquirió grandes proporciones. En Santiago desfilaron más de 10.000 obreros. En el comicio el orador principal fue Luis E. Recabarren. Asimismo fue grandioso en Valparaíso, bajo la dirección de la Confederación Mancomunal de Trabajadores de Chile.

En 1907 las huelgas prosiguen a lo largo del país, y la celebración del 19 de mayo sirvió para exteriorizar una vez más el fervor de las clases laboriosas. En Santiago se paralizaron todas las faenas, y en el desfile participaron más de 30.000 personas, terminando en un gran mitin en el Parque Cousiño. El acto fue dirigido por la recién fundada Mancomunal y la Federación de Trabajadores de Chile. Alcanzó grandes caracteres esta celebración en Iquique, Valparaíso, Talca, Concepción, Valdivia...

Pero más tarde, el 27 de mayo, estalló una huelga en la Maestranza de los FF. CC. del Estado, en Santiago, siendo apoyada por las demás maestranzas del país, haciéndose total. Duró hasta el 10 de junio. Diversos gremios solidarizaron y plantearon sus propias reivindicaciones.

En diciembre de 1907 se produjeron numerosas huelgas en el norte. El 13 paralizó la Oficina de San Lorenzo, y pronto se propagó a las diversas zonas de la Pampa. Los obreros abando­nan los campamentos, y en columnas ordenadas bajan a Iquique. Los obreros de Iquique también se paran. Se reúnen más de 20.000 trabajadores en la Escuela Santa María. Eligen su co­mando y redactan su pliego de peticiones; aseguran el normal abastecimiento de alimentos y el problema de la habitación, e impiden que se altere la tranquilidad. Estos hechos son, incluso, reconocidos por la prensa de derecha. El Comité de Huelga lo preside el obrero-mecánico José Briggs (presidente de la Socie­dad de Socorros Mutuos Unión Pampina) y vicepresidente es Luis Olea, destacado dirigente anarquista, y lo integran repre­sentantes de las diversas oficinas del Cantón.

Las aspiraciones de los obreros quedan condensadas en un petitorio digno de conocerse:

"Reunidos en Comité los represen­tantes de las Oficinas participantes, plantean el siguiente acuer­do:
1) Aceptar que, mientras se supriman las fichas y se emita dinero sencillo, cada oficina, representada y suscrita por su ge­rente respectivo, reciba las fichas de otra oficina y de ella misma a la par, pagando una multa de cinco mil pesos, siempre que se niegue a recibir las fichas a la par.
2) Pago de los jornales a razón de un cambio fijo de dieciocho peniques (18 d).
3) Li­bertad de comercio en las Oficinas en forma amplia y absoluta.
4) Cerramiento general con reja de hierro de todos los cachuchos y achulladores de las Oficinas Salitreras, so pena de cinco a diez mil pesos de indemnización a cada obrero que se malogre a con­secuencia de no haberse cumplido esta obligación.
5) En cada Oficina habrá una balanza y una vara al lado afuera de la pul­pería y tienda para confrontar pesos y medidas.
6) Conceder local gratuito para fundar escuelas nocturnas para obreros, siem­pre que algunos de ellos lo pidan para tal objeto.
7) Que el ad­ministrador no pueda arrojar a la rampla el caliche decomisado y aprovecharlo después en los cachuchos.
8) Que el adminis­trador ni ningún empleado de la Oficina pueden despedir a los obreros que han tomado parte en el presente movimiento, ni a los jefes sin un desahucio de dos o tres meses, o una indemni­zación en cambio de trescientos o quinientos pesos.
9) Que en el futuro sea obligatorio para obreros y patrones un desahucio de quince días cuando se ponga término al trabajo.
10) Este acuerdo, una vez aceptado, se reducirá a escritura pública y será firmado por los patrones y por los representantes que designen los obreros.
Iquique, 16 de diciembre de 1907. Briggs y demás, delegados de las Oficinas
".

Al Comité Pampino se agregaron los representantes de los gremios de Iquique. Se mantiene el más perfecto orden y, prác­ticamente, asume la dirección de la ciudad. El 15 llegó el inten­dente Carlos Eastman, con gran séquito militar (regimientos, barcos de guerra, marinería con ametralladoras). Los salitreros no quisieron ceder ante la presión de los obreros, porque ello significaba una imposición que anularía "el prestigio moral que siempre debe tener el patrón sobre el trabajador", para el man­tenimiento del orden en las faenas. La autoridad capituló ante los salitreros y empezó a reprimir con las armas a los obreros. El 21 de diciembre, Roberto Silva Renard ordenó una espantosa masacre. La defendió en las siguientes frases: "Había que de­rramar la sangre de algunos amotinados o la ciudad entregada a la magnanimidad de los facciosos que colocaban sus intereses, sus jornales, sobre los grandes intereses de la patria... Ante el dilema, las fuerzas de la nación no vacilaron". (Informe del ge­neral R. Silva R. al Gobierno, publicado en "El Ferrocarril", de 15 de febrero de 1908.) Más de 2.000 muertos, entre ellos el di­rigente Luis Olea y varios obreros bolivianos, peruanos y argen­tinos, quedaron en las calles de acceso a la Escuela Santa Ma­ría. Rendidos los obreros fueron trasladados al Club de Sport, donde la masacre continuó; luego fueron embarcados en trenes al interior, con nuevos muertos, ante las numerosas negativas de volver al infierno blanco.

El Gobierno aprobó la actitud de Eastman y Silva Renard, clausuró "El Pueblo Obrero", de Iquique; empasteló "La Refor­ma" y "La Época", de Santiago.

La masacre silenció la Pampa y significó un retroceso mo­mentáneo del movimiento obrero; pero pronto se desataron nuevas huelgas a lo largo del país y prosigue la tenaz lucha del pro­letariado por su emancipación.






[1] Véase el libro de Benjamín Vicuña Subercassaux: El socialismo revo­lucionarlo y la cuestión social en Europa y Chile, 1908, publicado con motivo de la aparición violenta, en la escena política, del proletariado nacional. La obra indicada refleja con toda nitidez el pensamiento de las "clases cultas", en esa época, frente a las doctrinas socialistas y al despertar popular. Su autor analiza y refuta las ideas de Marx (aunque confiesa: "Yo también... creía en Marx"), y, en general, ataca con violencia las afirmaciones del socialismo y el anarquismo según Bebel, Jaurés, Kropotkin, etc. Con respecto a lo sucedido en Chile, reproduce un artículo suyo escrito en "El Mercurio" sobre los sucesos del 23 de octubre, cuando, según B. V., el populacho de la capital, dirigido por cabecillas socialistas y oradores anarquistas, trató de despedazar el centro aristocrático de la ciudad. Describe con palabras entusiastas la actividad de los jóvenes que se armaron (guardias blancas) para repeler a los "descamisados-peonada de los suburbios", y cómo los rechazaron. Resume la jornada represiva en frases despiadadas: "por suerte, sus cadáveres quedaron tendidos al pie de los monumentos rotos. . . o sobre los jardines destrozados...".

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