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Reseña del Libro: “La Abolición del Estado”

category internacional | miscellaneous | reseña author Thursday November 22, 2007 01:08author by José Antonio Gutiérrez Report this post to the editors

El mayor mérito del libro es el de sostener la posición anarquista contra el Estado de una manera muy de sentido común, libre de cualquiera retórica deliberadamente difícil de seguir. El anarquismo es deseable y fácil de entender y, cuando está propiamente explicado –como hace este libro- es difícil para cualquiera no compartir la visión básica anarquista de una sociedad cooperativa y verdaderamente democrática.
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Reseña del Libro: “La Abolición del Estado”

(Wayne Price, Autor House, 2007)



El frecuente colaborador de Anarkismo.net, Wayne Price, regresa con un libro que detalla la crítica anarco-comunista del Estado tanto desde un punto de vista teórico como de uno histórico. Debido a la magnitud de tal tarea, es imposible que este libro se extienda demasiado en el examen de todos los aspectos del tema. Pero el libro está repleto de ideas y nociones que pueden seguir siendo desarrolladas. Todo el libro está libre del pesado léxico académico, lo que lo hace de una lectura fácil y estimulante.

El mayor mérito del libro es el de sostener la posición anarquista contra el Estado desde el sentido común, libre de cualquier retórica deliberadamente difícil de seguir. El anarquismo es deseable y fácil de entender y, cuando es apropiadamente explicado –como se hace en este libro- es difícil para alguien no compartir la visión básica de los anarquistas de una sociedad basada en la cooperación y verdaderamente democrática.

A pesar de que un número de izquierdistas y anarquistas incluyendo la famosa Plataforma del grupo Dielo Trouda, a la que el autor adhiere, rechazan el concepto de “democracia” por considerarlo demasiado entrelazado con el capitalismo, esto, como demuestra el libro, es realmente una discusión de forma y no de contenido. Lo que realmente importa son las ideas núcleo más que las palabras usadas. Wayne usa el término democracia en su sentido literal y original y no en la forma distorsionada y oportunista en que los políticos occidentales tienen a manipularlo. En el capitalismo, como fue probado por la experiencia de Chile, Bolivia, Argentina, España, Grecia, etc., “democracia” (limitada, burguesa, vigilada) y dictadura no son más que dos facetas del dominio capitalista en que muchas veces ambas van de la mano. Este hecho sólo demuestra cuán rápido la camarilla capitalista está dispuesta a abandonar sus “elevados” principios democráticos cuando ven sus privilegios económicos desafiados.

El Anarquismo, como Wayne dice, es nada más que democracia sin Estado, una genuina forma de democracia, ya que la democracia capitalista es nada más que la ilusión del dominio de la mayoría cuando el verdadero poder está en manos de una minoría de ricos que controlan la economía, la burocracia y el ejército, así controlando las vidas de millones sin poder. Por el contrario, el anarquismo es una forma orgánica de democracia, que emana desde abajo, desde cada uno y todos los que forman parte de la sociedad que construimos entre todos. Para que esta sociedad exista, no sólo el Estado, sino también la desigual distribución de la riqueza y el imperio de la propiedad privada deben ser desafiados.

Pero el Anarquismo, como enfatiza el autor desde el comienzo, no es sólo un programa político y económico sino que también desafía la red de opresiones del día a día que experimentamos a todos los niveles en nuestras vidas. Así, propone una nueva ética que une fuertemente su alternativa política y económica con una nueva forma de relacionarse entre iguales diversos.

El argumento principal del libro es que la gente común y corriente, en una serie de situaciones revolucionarias a lo largo de la historia (de la cuál Wayne repasa únicamente las revoluciones rusa y española, así como la comuna de parís, a pesar de que menciona a otras, desde Chile a Alemania), han, una y otra vez reemplazado al Estado con otras forma de democracia directa para manejar sus propios asuntos. Así, todo el argumento de “¿Cómo podría ser una sociedad sin Estado?” es respondido por este simple ejercicio: mírese a la historia de las revoluciones de la clase trabajadora y muchas respuestas se encontrarán allí. Claro que las experiencias históricas no pueden ser replicadas; sin embargo, arrojan luces sobre las posibilidades futuras y, esto es aún más importante, comprueban la posición anarquista de que una sociedad sin Estado es posible y deseable.

Wayne no pretende ni por un segundo que el anarquismo tenga todas las respuestas para crear mágicamente una nueva sociedad, pero afirma que éste tiene algunas críticas muy potentes, puntos de vista y propuestas. Es por esto que recurre al diálogo con otras corrientes políticas en los movimientos sociales: principalmente marxistas, pero también liberales (progresistas) radicales, así como socialistas de mercado. Prueba en varios casos la existencia en muchas de estas corrientes políticas de perspectivas comunes y una tendencia autoritaria y otra libertaria en cada una de ellas. Los anarquistas entonces, no vienen de la luna: es sólo una forma articulada y coherente de elaboración política de tendencias ampliamente extendidas entre la clase trabajadora y el pueblo llano. Por esto, revolución tras revolución, vemos siempre los mismos elementos emergiendo en propuestas de construcción social: el carácter igualitario común a todas las tendencias comunistas y un énfasis en la democracia directa que ha sido mejor desarrollado en el anarquismo más que en cualquier otra corriente.

Aprecio particularmente la forma en que Wayne encara el diálogo respetuoso con otras corrientes de izquierda. Esto, porque para la mayoría de la izquierda, el principal objetivo a largo plazo es el mismo; el problema, como expone Wayne, es es el período de transición. La mayoría de las corrientes marxistas han argumentado que durante el período de transición el Estado seguiría siendo necesario: alguna forma de Estado sería requerida principalmente para la coerción necesaria contra los enemigos de clase. Así, hay un énfasis en la centralización en los intentos revolucionarios por construir una nueva sociedad, tendencia que ha convertido buenas intenciones en pesadillas totalitarias. Aunque podemos sentarnos y decir que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones, debemos reconocer la necesidad de emprender este diálogo –porque a diferencia de un Hitler que sabía lo que hacía (y que hablaba el lenguaje de la autoridad y la supremacía), el desarrollo del totalitarismo socialista fue un horrible resultado, inevitable por las tácticas utilizadas, de un programa que genuinamente trataba de cambiar para mejor la sociedad. Así, la burocratización y el desarrollo del Estado totalitario terminaron sepultando cualquier buena intención que haya existido –a menudo, sepultando con ellas a los revolucionarios que ayudaron a construir el nuevo régimen.

Mientras que reconocemos que algunas de las tareas realizadas por el Estado será necesarias en una sociedad post-revolucionaria –incluso la coerción-, Wayne convincentemente sostiene que organizaciones democráticas de base pueden desarrollarlas perfectamente sin el peso de una burocracia, o una élite puesta por encima del resto de la sociedad, haciendo las políticas en lugar del pueblo –y sin el riesgo de la restauración de una nueva sociedad de clases inherente a cualquier Estado. Por supuesto este tipo de organizaciones democráticas de base variarán enormemente de lugar a lugar, de acuerdo a las necesidades de cada pueblo, o de su historia y tradiciones. Es ciertamente imposible y nada deseable el venir con un molde a aplicar en todas partes y en cualquier momento. Es el genio popular quién ha demostrado ser suficientemente sabio para proveer de las mejores soluciones para contextos específicos a lo largo de la historia y sabemos que será este mismo genio el que siempre buscará la manera de salir adelante en la historia a través de su propia experiencia. Es por esto que Wayne cree que es mejor hablar de una sociedad “experimental” antes que transicional. La única guía que necesitamos, como Wayne brillantemente resume esquivando cualquier falsa dicotomía, es que haya tan poca centralización y jerarquía, y tanta descentralización y autonomía y decisión desde abajo como sea posible. Y aquí subyace otro mérito de este trabajo: rechaza ver en el federalismo una absoluta oposición al centralismo. El Federalismo, al menos en el significado anarquista de la palabra, significa nada más que el balance correcto entre el mínimo razonable y necesario de centralización y el máximo nivel viable de autonomía para las partes.

Este diálogo respetuoso con otras corrientes políticas es muy necesario, no sólo para construir puentes con esos sectores del pueblo que sostienen ideas distintas a las nuestras –aunque sus intenciones puedan ser equivalentes. sino también para llegar a entender correctamente por qué han fallado y se han podrido desde adentro con el autoritarismo experiencias revolucionarias previas. Un entendimiento político de, por ejemplo, el fracaso en Rusia, debe reconocer el problema de los medios y fines, en vez de caer en tonterías moralistas de buenos y malos que desafortunadamente plagan la literatura anarquista. Esto significa empezar a deshacerse de definiciones que no aportan nada a nuestro entendimiento de la realidad, que incluso a veces lo dificultan. Términos como “fascistas rojos”, para referirse al Leninismo, sólo clarifican que quién los usa o no sabe nada del fascismo o no entiende correctamente al leninismo. Es interesante que Wayne analiza el fracaso para impedir el ascenso del nazismo en Alemania en los 20 y confronta definiciones equívocas del Partido Comunista Alemán, fruto del sectarismo maníaco de la internacional comunista del tercer período. Etiquetaban básicamente a cualquiera fuera de sus filas como un fascista: así veían a los social-demócratas como social-fascistas y a los anarquistas como anarco-fascistas; por esto fueron incapaces de ver el verdadero peligro del fascismo que se venía. Este sectarismo, de hecho, abrió las puertas al fascismo para que entrara sin mayores problemas. No es muy difícil trazar paralelos entre el sectarismo del estalinismo y el sectarismo prevalente muchas veces entre algunos anarquistas. La actitud elitista es la misma y, hablando a grandes rasgos, también lo es la forma de pensar de ambos extremos.

Otro aspecto importante del trabajo de Wayne es desafiar la creencia, aún prevalente entre gran parte de la vieja izquierda, de que el centralismo en la arena económica es más eficiente o siquiera necesario como usualmente se asume. Así, el federalismo anarquista era descartado como poco adecuado para lidiar con la complejidad de la vida y producción modernas. La evidencia sin embargo, contradice esta visión simplista: transformaciones económicas recientes muestran que de hecho el capitalismo en su intento de aumentar la productividad ha pasado del centralismo a niveles cada vez mayores de descentralización. La mayoría de los teóricos modernos de la administración posteriores a Fayol resaltan la necesidad de deshacer jerarquías estrictas en el trabajo, rotar a los trabajadores en la producción en cadena, acabar con la repetición y rutina innecesarias, introducir niveles limitados de participación de los trabajadores en la toma de decisiones y el planeamiento, lo que incluso disfrazan en teoría como formas de “autogestión”, etc. con una visión general de descentralización. Me estoy refiriendo a autores como Tom Peters (“Liberation Management”) [1]. Esto, han demostrado, lleva a un incremento en la productividad y la motivación de la fuerza de trabajo.

Esta tendencia, sin embargo, presenta sus problemas para los trabajadores como clase: a menudo, estos privilegios son reservados para los segmentos más especializados y acomodados de la fuerza de trabajo (como profesionales, técnicos o especialistas con un alto grado de entrenamiento) y, hablando en general, la idea principal es hacer a los trabajadores cómplices de su propia explotación. Y en tanto la propiedad no sea tocada y la primacía quede en manos de la burguesía, los jefes pueden permitir sin problemas ciertos niveles de “democracia” dentro de los lugares de trabajo.

También, no debemos perder de vista que descentralización y tercerización, son términos frecuentemente usados por la clase capitalista, muchas veces apuntando a desmantelar las corporaciones mastodónticas del Estado y facilitar la intervención capitalista; otras veces (como en Chile con las leyes laborales de Piñera en 1980) para facilitar la división de los trabajadores y debilitar sus sindicatos. Lo que quiero subrayar, es que la descentralización en sí no es inherentemente revolucionaria. Puede ser usada por la clase capitalista para alcanzar sus propios objetivos siempre que la propiedad no sea tocada. Mientras Wayne dedica un importante esfuerzo a demostrar como el centralismo ha sido usado por el capitalismo por motivos financieros y políticos, falla en no dedicar una cantidad de tiempo similar para demostrar lo mismo sobre la descentralización. Es relevante insistir sobre este punto, particularmente en la era de las Tecnologías de la Información en que la centralización se ha vuelto, en el lapso de una década, prácticamente redundante.

Sea cual sea el caso, el desarrollo del capitalismo moderno demuestra que incluso algunas limitadas cantidades de autogestión y técnicas de administración de recursos humanos apuntadas a motivar a los trabajadores, prueban la afirmación anarquista: el control obrero no sólo es mejor para los trabajadores sino también para la productividad. Esto ya fue probado en términos revolucionarios por la Comuna de Barcelona durante la Revolución Española de 1936. Más de medio siglo después, no sería una exageración decir que es el propio sistema capitalista, a través de las Tecnologías de la Información y los desarrollos en la administración de la última década, quien ha hecho más por el avance de la causa comunista que toda la izquierda junta. Sin embargo, sabemos que ninguna de estas transformaciones, aunque desarrolle y expanda las condiciones “objetivas” para una sociedad emancipada, llevará mecánicamente a una nueva sociedad. De hecho, sólo están sirviendo para aumentar los niveles de alienación de la clase trabajadora y para incrementar el abismo entre las clases al maximizar las ganancias de una manera nunca antes vista en la historia. Sin una fuerza política anarquista y revolucionaria, consciente y organizada, podemos esperar por siempre. Y esta fuerza debe desafiar las fuentes del poder burgués –a esto es a lo que Wayne se refiere como “tomar el poder”, un término que puede ser problemático para algunos anarquistas pero que cualquier lector honesto no fallará en entender en su contexto como libre de cualquier connotación autoritaria.

Sólo desafiando estas fuentes de poder –lo que sólo puede hacerse por medios revolucionarios como ha sido probado por la experiencia- podemos apuntar a construir una sociedad verdaderamente democrática y humana. Porque no podemos olvidar que el capitalismo no sólo es antidemocrático y alienante, sino también un sistema plagado de atrocidades. A pesar de que a menudo insistimos sobre las abominaciones del nazismo y el Estalinismo, no es tan seguido que nos concentramos en los demonios del Capitalismo. Y no estoy siquiera mencionando los demonios del colonialismo, estrechamente relacionados con el desarrollo del sistema capitalista. De hecho podríamos hablar por siempre de las atrocidades practicadas por los belgas en el Congo, por los franceses en Argelia, las hambrunas causadas por las autoridades Británicas en la India. Ni siquiera hace falta que nos fijemos en las carnicerías asesinas causadas por las invasiones imperialistas del Siglo XX. Podríamos hablar por siempre de la invasión de los Estados Unidos a las Filipinas, sus atrocidades en Centroamérica, Hiroshima, Nagasaki, Vietnam o el carnaval de la desolación que está teniendo lugar en Irak ahora mismo. Podríamos hablar eternamente de los ingleses en Kenya o Dresden.

Pero no me referiré a nada de esto. Estoy pensando en la masacre silenciosa de 25.000 personas al día, muertas de hambre, por no hablar de aquellas que mueren por falta de acceso seguro al agua y por enfermedades prevenibles –todo esto en un mundo de abundancia. Estas cifras solas deberían ser suficientes para condenar al régimen capitalista –si viviéramos en una sociedad cuerda. No es sólo un resultado “indeseado” de políticas que de otro modo serían buenas, y que con el tiempo podrán ser mejoradas. Son los resultados directos y conocidos de la aplicación deliberada de políticas económicas y programas de ajuste estructural diseñados en los centros capitalistas del mundo, desentendidos de las tragedias que desatan, y reforzados por una miríada de instituciones financieras internacionales. Incluso un reporte de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano (2006) dice que “Como el hambre, la privación del acceso al agua es una crisis silenciosa experimentada por los pobres y tolerada por aquellos con los recursos, tecnología y poder político para acabar con ella”[2]. Debemos decir claramente que esta crisis no sólo es “tolerada” por aquellos con la riqueza y el poder: son ellos mismos quienes la han causado. Es el resultado directo del capitalismo a una escala global. Y estos desagradables “efectos colaterales” del capitalismo no han sido alivianados con el tiempo –están empeorando más y más con cada día que pasa. Añadido a la crisis ecológica, causada también por el derroche sin sentido de recursos de la sociedad capitalista, es el capitalismo el responsable principal de las hambrunas periódicas en muchas partes del Tercer Mundo. Tanto se ha escrito sobre el “libro negro” del comunismo o el fascismo, pero el capitalismo tiene tantos o más cadáveres escondidos y su libro negro es más oscuro que cualquier cosa.

Como Wayne correctamente afirma, el Estado, aún el más democrático de ellos, no es propiamente democrático. Pero no sólo es antidemocrático. Es asesino también. Por estos motivos debe ser abolido. Todas las condiciones están dadas para que nosotros comencemos con esta tarea. Y el libro de Wayne es definitivamente una contribución a explorar las posibilidades de una sociedad verdaderamente libre.

José Antonio Gutiérrez Danton
Noviembrer 4, 2007


Esta reseña fue traducida del original en inglés disponible aquí.



[1] Una muy buena discusión del trabajo de Peters y las nuevas tendencias en la administración puede encontrarse en http://mutualist.blogspot.com/2006/08/liberation-management-or-management-by.html. A pesar de que el autor tiene una posición reformista mutualista-libertaria, este documento es altamente recomendable. Sobre los conceptos capitalistas de la autogestión puede revisarse Abbasi, Sami M. y Kenneth W. Hollman. “Self-managed teams, the productive breakthrough of the 1990s”. Journal of Managerial Psychology 9 (December 1994) or Elmuti, Dean“Sustaining high performance through self-managed work-teams” Industrial Management (March 1996). Mucho más está disponible sobre estos temas.

[2] Human Development Report 2006, “Beyond Scarcity: Power, Poverty and the Global Water Crisis”, p.1.

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