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El Terror en una Cáscara de Plátano

category venezuela / colombia | represión / presos | opinión / análisis author Tuesday September 25, 2007 08:04author by José Antonio Gutiérrez Danton Report this post to the editors

El siguiente es un artículo que trata sobre el rol de las empresas trasnacionales en Colombia en alimentar el paramilitarismo -particularmente, con el reciente caso en contra de Chiquita- y los llamados a boicot que de éstas empresas se hacen.

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A fines de Julio de este año, durante la apertura del II Encuentro de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo en San Cristóbal de las Casas –México-, el Sub comandante Marcos, durante la introducción que hizo a tal evento, comentaba una anécdota acerca de la Coca Cola. Recordaba como uno de los miles de visitantes que reciben los zapatistas les había reprochado que en las comunidades se siguiera vendiendo la Coca-Cola. El “Sup” divagó un rato sobre la arrogancia del susodicho personaje y entrando en diálogo con la lata de aquel negro brebaje, llegaba a la esencia del asunto: no se trata puramente de cambiar los hábitos de consumo, sino que las relaciones de producción. En eso reposa la esencia de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona –cuestionar las relaciones de propiedad, producción y circulación propias del capitalismo. Apuntar a cambiar de raíz la sociedad y no solamente cuestionar aspectos parciales de ésta. No basta con un “capitalismo ético”, como si tal cosa existiera, ni con buscar un “estilo de vida” alternativo en convivencia con el sistema, el cual, frecuentemente, está solamente al alcance del bolsillo de unos pocos.

En eso no podemos sino estar en el mayor de los acuerdos con el “Sup”. Sin embargo, un diálogo un poco más profundo con la susodicha lata, demuestra que en el caso de la Coca-Cola hay algo un poco más turbio que su desagradable color. Y la respuesta a ello se encuentra en un país un poco más al sur de México llamado Colombia. En aquel país 9 sindicalistas de diversas plantas de Coca-Cola han sido asesinados a manos de paramilitares en connivencia con sus empleadores . Este hecho ha sido denunciado internacionalmente por diversos activistas, grupos solidarios y militantes de izquierda.

Sabemos que todo capitalista, en lo fundamental, es lo mismo, ya que ocupa la misma posición en las relaciones sociales de producción y en la división social del trabajo. Pero en este caso, el de Coca-Cola, no se trata sencillamente de un capitalista más; se trata de una empresa que no solamente explota y hambrea, sino que asesina a sus obreros sindicalizados. Se trata de una empresa que financia el terrorismo paramilitar en Colombia y aprovecha el conflicto para deshacerse de elementos “molestos” en sus instalaciones.

Cierto es que no se puede boicotear a todo el capitalismo; por eso hay que desarrollar la lucha revolucionaria. Pero tampoco se puede esperar a la revolución para tomar acción de solidaridad con nuestros hermanos más golpeados ni para tomar posición activa contra aquellos que practican, en su sentido más literal, el terrorismo patronal. Si una empresa cualquiera comenzara directamente a financiar a los paramilitares que hostigan a los zapatistas y abiertamente entregaran armas a éstos... ¿no sería el mismo Marcos quien llamaría al boicot?

Es que el boicot, particularmente como se ha planteado con la Coca-Cola, no tiene nada que ver con los “estilos de vida” alternativos. No se trata de no tomar Coca-Cola sencillamente porque es una transnacional, porque sea un mero emblema. No se trata de empezar a medir quien es el más rebelde en base a lo que toma o deja de tomar; no se trata ni siquiera de que el boicot sea suficiente. No. Se trata de que esta empresa financia el terror. Punto. Y se trata de que los sindicalistas colombianos, particularmente los de SINAITRANAL, han pedido la solidaridad de sus hermanos en todo el globo. Esto convierte al boicot en una estrategia solidaria con la lucha de nuestros compañeros colombianos, en una forma concreta de estrechar nuestras manos.

Desconozco los términos en que esto haya sido planteado en la comunidad zapatista de Oventik por parte del individuo del incidente. Lo que sí sabemos es que el boicot no es un invento de la sociedad de consumo para tranquilizar la conciencia del ciudadano primer mundista: el boicot ha sido un arma tradicional de la clase obrera. El acta fundacional de la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo) de Chile, plantea en 1919 que un aspecto fundamental de la lucha obrera es el “negarse a comprar las producciones o los artículos que caigan bajo la sanción el boycott”. Esto mucho antes del surgimiento de la sociedad de consumo, de los créditos a plazo, de las tarjetas de descuento y todo eso.

También en épocas más recientes se ha recurrido al boicot como manera de castigar a regímenes particularmente virulentos en su desprecio por los derechos más fundamentales del pueblo. Hay que recordar que el boicot a los productos sudafricanos jugó un rol nada despreciable en acumular presiones en contra del régimen racista del Apartheid. Con esta misma lógica, muchos sectores hoy proponen un boicot contra los productos israelíes como una manera de solidarizar con la justa causa del pueblo palestino.

Y la situación de nuestros hermanos en Colombia no es mucho mejor. Por eso existe un movimiento internacional que ha llamado a boicotear a grandes empresas trasnacionales que han estado directamente vinculadas al asesinato de dirigentes y militantes sociales. El nexo de los paramilitares colombianos con estas empresas transnacionales ha comenzado a salir a luz con diáfana claridad. Particularmente, se han esclarecido con el juicio llevado en contra de “Chiquita”, la compañía bananera heredera del imperio de la United Fruit Company. El 14 de marzo los tribunales yanquis condenaban a Chiquita a pagar una multa de U$25 millones, tras reconocer haber financiado con U$1.7 millones a las AUC entre 1997 y el 2004. Eso es lo que reconocieron abiertamente. Quién sabe cuánto es lo que quizás jamás saldrá a la luz de esta historia de terrorismo patronal. Si bien los ejecutivos dicen haber actuado bajo presión y extorsión, habiendo cancelado según ellos “vacunas” también a las guerrillas, lo cierto es que el Tribunal Permanente de los Pueblos de Colombia ya había denunciado que, en el 2001, Chiquita había entregado 3.000 fusiles AK-47 y 5.000.000 de municiones a los paramilitares en Córdoba y Urabá. Esta denuncia, bien fundamentada, contradice la versión oficial de los ejecutivos de la empresa que dicen haber actuado bajo presión y intentando de esta mañosa manera deslindarse de su responsabilidad. Pues esos fusiles y municiones demuestran una participación un poco más entusiasta que el mero pago de “vacunas”.

Bien es sabido que Chiquita tiene experiencia de estas cosas, así que no hay sorpresa en la revelación: su antecesora, la United Fruit Company fue notable por su comportamiento salvaje y neo-colonial. De hecho, el término República Bananera se desprende del control efectivo que la United Fruit Co. sostenía en los países donde operaba. Y cuando las cosas no le parecían que caminaban bien, no se amilanaba para meter tiros. En Guatemala es bien conocido el rol que esta compañía tuvo en el golpe de Estado criminal que derrocó a Jacobo Arbenz (y sumió al país en décadas de terrorismo estatal y conflicto) en 1954. Los magnates de la United Fruit se habían exasperado un poquito por la reforma agraria que Arbenz estaba comenzando a implementar y que les achicaría el rancho. Así que las cabezas rodaron sin asco. Con la United Fruit no hay que meterse, ese era el mensaje de fondo.

En la misma Colombia ya antes habían dejado en claro que estos capitalistas bananeros no se desmayan ante la sangre. En diciembre de 1928, en Ciénaga, Santa Marta, el Ejército colombiano, a instigación de los ejecutivos de United Fruit Company, asesinaron a alrededor de 2.000 obreros en huelga. La Masacre de las Bananeras representa uno de los momentos más trágicos en la trágica historia colombiana.

Así que bueno, con semejante historial ya era hora de que la “justicia” les diera una palmadita en la mano. Literalmente, porque la magnitud del crimen, no tiene correlato con el “castigo”. El periódico colombiano El Tiempo se escandalizó, con justa razón, por la magra multa a una empresa terrorista que financió la muerte de miles de campesinos, e indicaba que la escudería de fórmula 1 McLaren tuvo que pagar U$100 millones por espionaje a sus competidores (edición del 18 de Septiembre). Pero bueno, se sabe que los campesinos colombianos no valen lo mismo que un “Alfa Romeo” ante los ojos de un juez yanqui, claro está. A fin de cuentas, como decía el bueno de Galeano, estamos en el país de los “nadie”, de aquellos que son más baratos que las balas que los matan.

Como sea, si algo queda en claro, es que los paramilitares ni bajaron de la luna, ni surgieron sencillamente del narcotráfico; son la expresión armada de la oligarquía colombiana. Y esta oligarquía está en estrecha alianza con estas empresas trasnacionales. Eso es lo que son y eso lo han sido siempre. Después de Chiquita ya vendrá el turno de Coca-Cola y de Nestlé, que tienen una serie de cadáveres escondidos debajo de su cama. Nuestros compañeros en Colombia luchan porque se haga un poco de justicia; porque haya algo de reparación a las víctimas; porque estas compañías, particularmente Chiquita, dejen de operar en Colombia; porque las causas estructurales de este terrorismo se terminen. Es una lucha muy ardua y larga. Y llena de sacrificios. Lo menos que podemos hacer nosotros es apoyar el boicot como una manera de solidarizarnos de su lucha y de denunciar. Porque puro dejar de comer plátanos de Chiquita o de tomar Coca-Cola no sirve de nada, si no hay una denuncia clara y firme.

Pero que no se diga que no estábamos avisados; Chiquita, mata.

José Antonio Gutiérrez D.
23 de Septiembre del 2007

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