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Monday March 26, 2007 07:42
by José Antonio Gutiérrez D.

Reflexiones sobre el Bicentenario de la abolición del tráfico esclavista en Inglaterra
El siguiente artículo tiene por intención, a la luz de los 200 años de la abolición del tráfico esclavista en el parlamento británico, analizar cuál fue el rol y el impacto de la esclavitud, así como cuáles fueron las causas que determinaron su abolición.
Las tésis centrales son que la esclavitud fue un aspecto primordial del desarrollo capitalista; que los esclavos rebeldes jugaron un rol crítico en el término del tráfico humano; que en un momento, la clase capitalista industrializada no requiere más de la esclavitud y el libre mercado desplaza al antiguo capitalismo monopólico; que la abolición de la esclavitud hizo que las potencias imperialistas se centraran en el colonialismo en su relacion con África; que la esclavitud es aún una realidad y que la lógica del capitalismo es obtener el máximo de ganancia posible donde sea que se pueda oprimir a un sector vulnerable de la sociedad.
AÚN BUSCANDO EL CAMINO A CONGO...
“Tanta miseria concentrada en tan reducido espacio, es más de lo que la mente humana hubiera jamás concebido”
(William Wilbeforce, 12 de Mayo de 1788, se refiere a los barcos esclavistas durante el primer debate sobre la abolición del tráfico esclavista en el Parlamento Británico)
“Si en ningún lugar de la tierra se concentraba mayor miseria que en un barco esclavista, en ningún lugar del planeta una superficie rendía tanta riqueza en relación a su dimensión como en la colonia de San Domingo” (CLR James, 1938)[1]
Este 25 de marzo se celebró el bicentenario de la abolición del tráfico atlántico de esclavos por parte del legislativo de Inglaterra. Como todo acto oficial, se celebró con toda la pompa que tan destacada ocasión amerita. El primer ministro británico, Tony Blair, ha aprobado un presupuesto de £20 millones para conmemorar la fecha. Hubo galas, fracs y ternos punta en blanco, champaña a granel, besos, sonrisas, palmaditas en la espalda. Muchas fotografías para la prensa. Luego vendrán los discursos, donde se elogiará, por supuesto, el espíritu benevolente de Inglaterra, que pletórica de humanismo y guiada por los excelsos ideales de la cristiandad, terminó con el tráfico humano, por motu propio, por obra de unos cuantos filántropos desinteresados. Un minuto de silencio. Unas cuantas lágrimas de cocodrilo. Blair ha expresado arrepentimiento por el rol de Inglaterra en el brutal tráfico, como ya lo ha hecho un par de veces, y dijo que el rol de Inglaterra en la esclavitud es cosa del pasado (aunque las riquezas y las miserias derivadas de éste no lo sean), dando a entender que esta potencia purgó sus culpas mediante el decreto de William Wilbeforce del 25 de marzo de 1807, según el cual se abolió el tráfico de esclavos, más no así la esclavitud.
Y por ventura que se han “arrepentido” de la esclavitud, aunque aún los políticos ingleses parecieran carecer de la estatura moral para pedir públicamente perdón (ni siquiera mencionemos las reparaciones o un análisis serio de la verdadera dimensión que tuvo la esclavitud en la historia de Europa). Pareciera ser que los ingleses han tardado un poquito más que lo que tardaron los alemanes en reconocer las abominaciones del nazismo, aunque, comparativamente, la esclavitud haya tenido un impacto mucho mayor, causado mucha más miseria y muertes en total –sin que jamás se haya reparado a sus víctimas, quienes aún sufren las consecuencias sociales y materiales del holocausto africano. Pero bueno, más vale tarde que nunca se dirá.
Por supuesto, no se habló en los discursos oficiales de las rebeliones de esclavos, del cimarronaje, de la Revolución Haitiana. Menos se hablará de las condiciones sociales y económicas que permitieron a Inglaterra abolir la esclavitud, manteniendo su supremacía económica intacta.
Como siempre, se invisibilizó el rol de las masas en lucha. Que no se oiga nada de esclavos alzados por favor. La sombra de los parlamentarios obscurece siempre el tosco rostro del esclavo rebelde. La tinta con que se firmó un decreto ahoga la sangre vertida por miles de cimarrones que conquistaron con sus venas abiertas el derecho a la libertad.
Muy poco, en concreto, se habló del tráfico humano actual, de los miles de seres humanos que hoy, en pleno siglo XXI siguen siendo vendidos, forzados a trabajar y traficados de distintas maneras, al amparo de un sistema perverso, el sistema capitalista, cuyo único objeto es maximizar las ganancias de unos pocos a costa del padecimiento de los muchos.
Lo más notable, como siempre, no ha sido lo que se dijo, sino lo que no se dijo. Esos silencios que gritan desde lo más hondo del alma. Lo importante no será quienes hablen, sino que la voz sofocada de aquellos que no pueden hablar, pero cuyo clamor se hace sentir ocasionalmente como estallido por las fracturas del sistema. Y el caso es que, si los de arriba no hablan, a los de abajo les toca entonces sacar su propia voz, buscar su propia historia. Pues en esa historia reposan siempre las claves para el futuro.
LA ESCLAVITUD: CIMIENTO DE LA MODERNIDAD
“El tráfico de esclavos es la única rama del comercio que presenta perspectivas de ganancia. La necesidad de esclavos de las colonias es tan grande, que siempre serán recibidos con agrado” (Chaurand Fréres, Nantes, 1782)[2]
El tráfico humano, la esclavitud, es un fenómeno que no es nada nuevo. En casi todos los rincones del mundo, desde tiempos inmemoriales, ha existido. Todas las civilizaciones de la antigüedad se sustentaron en la esclavitud. Blancos, negros, amarillos, todos a su momento padecieron de esta abominación de la historia humana. En la Edad Media, los vikingos alcanzaron notoriedad con sus incursiones esclavistas en tierras eslavas y en las islas del mar de Irlanda, y las ciudades-Estado italianas florecieron al calor del comercio de esclavos. No fue sino hasta entrado el siglo XIII que el esclavizar a otros cristianos fue mal visto en Europa.
Paralelamente, los árabes participaron desde el temprano medievo en el tráfico de esclavos desde el Africa subshariana. Con el desarrollo de la navegación en el siglo XV, y con el consecuente impulso a conquistar el mundo que desarrollaron los imperios de España y Portugal, Europa por primera vez entraba en contacto directo con el África subsahriana (los reinos en el Congo, Guinea, Benin, Angola –áreas geográficas mucho más amplias y no tan demarcadas, como las actualmente comprendidas por los países de tales denominaciones). Entonces, poca gente habría tenido la clarividencia para adelantar la inmensa tragedia que habría de desencadenarse durante los siguientes cuatro siglos. Con la incorporación de las potencias europeas al tráfico esclavista, operó una transformación cuantitativa de tal magnitud en éste, que se convirtió en un cambio verdaderamente cualitativo en cómo se desarrolló el esclavismo hasta ese entonces. Efectivamente, el tráfico de esclavos había sido una realidad antes de la llegada de los europeos a las costas de Guinea; pero este tráfico había sido de carácter marginal, uno entre muchos de los artículos del comercio que habían unido a África con el resto del mundo. Durante los siguientes cuatro siglos, la escala de este tráfico se incrementó exponencialmente, con lo que la importancia relativa de éste asumió dimensiones gigantescas que terminaron por desplazar, casi por completo, a otros artículos de comercio africano: África, desde entonces, quedaría reducida a la monoproducción de mano de obra esclavizada. No es necesario ser adivino para imaginar los nefastos efectos que esto acarrearía.
El Circuito Atlántico
Dos hechos fundamentales en este proceso fueron la conquista de América por la corona hispánica y el desarrollo de la navegación moderna, que permitió un inmenso traslado de seres humanos desde África hacia las colonias americanas. Estas colonias requerían de una inmensa fuerza de trabajo: el Caribe se vió casi despoblado apenas pasadas dos décadas de aquel traumático “encuentro” de los dos mundos. El maltrato, las enfermedades, la super-explotación y la violencia de la conquista aniquilaron completamente a las poblaciones originales caribeñas pasado un par de décadas y produjeron una hecatombe demográfica sin parangón en la historia humana en el continente americano. Ante la incapacidad de conseguir mano de obra suficiente y para explotar en la medida necesaria[3], los hispanos solucionaron el problema de la mano de obra mediante la esclavitud de africanos. El negro africano, además, se veía mejor capacitado físicamente para el trabajo arduo en climas tropicales que el europeo. Esto no quiere decir que los esclavos no murieran como moscas con las inhumanidades del trabajo esclavo: de hecho, los africanos eran explotados hasta el agotamiento, teniendo una esperanza de vida bajísima (que en muchos casos, no pasaba de ser más que un par de años) y siendo el crecimiento demográfico de la población esclava negativo. El flujo de esclavos, por tanto precisaba de ser constante. Pero, como decían los piadosos hacendados de la época, África resultaba ser una buena madre.
Esto convertía al tráfico de esclavos en un excelente negocio, donde la inversión tenía casi siempre un seguro retorno. Si bien fueron portugueses y españoles quienes inauguran el tráfico del Atlántico, Francia e Inglaterra pronto se convierten en las principales potencias esclavistas, con sus propias posesiones en el Caribe, establecidas hacia fines del siglo XVII y con una burguesía mercantil más desarrollada capaz de tomar a su cargo esta tarea de manera más eficiente[4]. Pero Inglaterra llevaba, de lejos, ventaja a cualquier otra potencia en el terreno del tráfico esclavista y del comercio atlántico. Esto, por una serie de ventajas como ser la existencia de un sistema financiero estable y una banca nacional, así como de un sistema estatal eficiente en cuanto a las finanzas, supervisado rígidamente por un parlamento que ya desde mediados del siglo XVII, tras una serie de revoluciones, estaba en manos de la burguesía; además, contaba con un poderío naval y con una clase mercantil vibrante, que se expandía y re invertía las ganacias, y generaba un importante sector crediticio[5]. Después de la revolución de 1688, Inglaterra gozará de un período de estabilidad política, con un Estado fuerte que respaldará en todo a los monopolios mercantilistas, a la sombra del cual se desarrollará el tráfico esclavista y, con él, se acrecentará meteóricamente la acumulación capitalista en ese país. Francia, en cambio, si bien de la mano del absolutismo pudo desarrollar en un comienzo un sistema monopolista eficaz, que estimuló la formación de una burguesía mercantil vigorosa, la cual catapultó, a su vez, el desarrollo capitalista en Francia, hacia mediados del siglo XVIII padecía de un sistema financiero desastroso y de una monarquía en bancarrota, que no ayudaron a darle ventaja por sobre sus rivales ingleses –la revolución estallaría en 1789, con la nueva burguesía (incluídos importantes sectores mercantes) a la cabeza, mientras Inglaterra, cuya burguesía ya se había hecho del poder hacía un siglo, seguía sacando ventaja[6].
Inglaterra pasó a convertirse rápidamente en la principal potencia esclavista: durante el siglo XVIII el 42% de los esclavos fueron traficados por barcos ingleses, y si nos concentramos en el período exclusivamente entre 1791 a 1807 (años de agitación social en Francia), la proporción del tráfico esclavista correspondiente a los capitalistas ingleses aumenta a un 52%. En términos numéricos, esto significa que entre 1791 y 1800 cerca de 400.000 esclavos fueron traficados por Inglaterra, y desde 1690 hasta 1807, la cifra es de casi tres millones de esclavos[7].
Así nació el llamado “Circuito Atlántico”, mediante el cual las potencias europeas proveían a África de manufacturas (armas, herramientas, textiles, licores, etc.)[8], África proveía de esclavos, los esclavos eran explotados inmisericordemente en las plantaciones y la producción de éstas era llevada de vuelta a la metrópolis en Europa, donde enriquecía a la burguesía mercantilista y proveía de materias primas a la naciente industria europea, cuya producción era destinada a los mercados de las colonias y de África, empezando el circuito nuevamente. Este circuito, en el que se victimizó a los esclavos hasta extremos insospechados, sin lugar a dudas no hubiera sido posible sin la complacencia y participación activa de algunos reyes africanos, que se enriquecieron enormemente a costa de este tráfico[9]. Pero enriquecerse no es lo mismo que acumular capital. Y es evidente que el circuito acumuló capital en Europa, que de la mano de las demandas de sus manufacturas, entró de lleno al proceso de acumulación de capital que permitió durante el siglo XVIII la revolución industrial. Mientras tanto, África permanecía en el estancamiento, exportando aquella mano de obra que podría haber seguido desarrollando las sociedades africanas.
“Al exportar esclavos, los Estados africanos exportaban su propio capital sin ninguna posibilidad de retorno en intereses o en la expansión de su sistema económico. (...) Los traficantes de África, sin lugar a dudas, recibieron pagos por los esclavos que vendieron; pero la naturaleza de su pago fue, estrictamente hablando, improductiva (...) Desde un punto de vista económico, en breve, el esclavismo europeo puede ser correctamente visto como (...) el intercambio (...) de bienes de consumo por la materia prima del trabajo esclavo”[10]
Pero, para comprender la enorme complejidad del proceso que llevó a la abolición del tráfico esclavista, así como del tráfico mismo, es necesario comprender que el mero tráfico de esclavos no constituye sino una mínima parte de una sistema económico mucho más amplio, que incluía la producción de manufacturas, el comercio con tres continentes y la prodigiosa producción de las plantaciones en el Caribe.
Esclavitud y Expansión del Capitalismo
La enorme acumulación generada con el circuito atlántico (según Blackburn, del orden de los £4.336.000 en el caso inglés, hacia 1770 solamente[11] -en dinero actual, esto es equivalente a más de £500.000.000; para el período de 1783-93, los esclavistas de Liverpool producían ganancias del orden de los £2.360.000[12]) permite una inusitada expansión de la industria metropolitana, que llevará al desarrollo del industrialismo capitalista[13]. El indicador más evidente del vínculo entre esclavitud y el capitalismo industrial, es el desarrollo que tuvieron todas las ramas de la industria vinculadas a las materias primas provenientes de las plantaciones: en Inglaterra la industria textil floreció en lugares como Lancaster y Manchester alimentada por el algodón producido en las colonias americanas por mano de obra esclava. Hacia fines del siglo XVIII tres cuartas partes de las importaciones de algodón de Inglaterra provenían de las plantaciones[14]; durante este mismo período, las importaciones algodoneras de quintuplicaban en volumen[15]. Pero hacia 1803, menos del 8% de las importaciones de algodón provenían de Turquía o lugares con mano de obra libre, siendo todo el resto del algodón producido por esclavos[16]. Las exportaciones de productos de algodón de Inglaterra, aumentaron de un valor de £23.000 en 1701 a £5.500.000 en 1800[17]. Las refinerías de azúcar de Londres, Bristol y Liverpool, al igual que las industrias tabacaleras de Maryland en EEUU y de Glasgow en Escocia, todas dependían del producto de los esclavos.
La industria metalúrgica tuvo una gran expansión con los requerimientos de herramientas y maquinaria para las plantaciones, así como con la producción de manufacturas para enviar a África. Para dar una idea de la proporción del tráfico de manufacturas en metal hacia África, hacia fines del siglo XVIII, Inglaterra exportaba, anualmente, entre 283.000 y 394.000 armas de fuego al África occidental[18]. En 1770 el 96% de los clavos producidos en Inglaterra iban a África[19].
Pero los mercados coloniales no solamente requerían de textiles y herramientas: harina, aceite, vinos, carnes saladas, entre otros, constituían los productos cuyo comercio enriquecía a la burguesía mercante. Además, crecientemente, las economías antillanas requerían de la importación de madera y alimentos, pues los efectos de la monoproducción intensiva de productos de plantación (café, tabaco, algodón, azúcar) ya se comenzaban a hacer sentir, en términos del hambre y la deforestación. Estando la producción centrada en las necesidades de la metrópoli y no en las necesidades internas de las colonias, frecuentemente, no se producían suficientes productos alimentarios de primera necesidad[20]. A su vez, el margen de control de esta burguesía mercante sobre los precios era considerable, particularmente en el caso de St. Domingue donde, dependiendo de la época, el margen de diferencia en los precios coloniales y metropolitanos, variaban de 6 a 70%[21].
Las exportaciones de Liverpool, por citar al puerto más próspero del circuito, aumentaban de 18.371 toneladas registradas en 1719 a 260.382 en 1792[22]. La demanda por manufacturas aumentaba exponencialmente, y fue el aumento de esta demanda, íntimamente ligada al circuito atlático, lo que estimuló los genios inventores de Watt, Kay, Hargreaves y Arkwright a aplicar los principios y descubrimientos científicos al desarrollo técnico de la industria durante el siglo XVIII, constituyendo la llamada “Revolución Industrial”.
En el caso francés, los puertos que participaron activamente en el circuito –Bordeaux, Nantes, La Rochelle y Rouen, entre otros- también se beneficiaron enormemente de esta acumulación de capital, y vieron prosperar la industria de la refinación del azúcar, la metalurgia, la cordelería y los astilleros. La industria textil francesa desarrollada en Normandía también dependía casi exclusivamente de la importación de algodón antillano[23], y esta industria, a su vez, estimuló el desarrollo, hacia 1770 de una industria química vinculada estrechamente a la textilería[24]. Se calcula que hacia 1790 unos 5.000.000 de franceses dependían directa e indirectamente, de las actividades vinculadas y alimentadas por el trabajo esclavo[25]. Sin embargo, el desarrollo industrial en Francia durante el siglo XVIII no fue sino un desarrollo localizado e incapaz de impulsar un mercado capitalista nacional unificado[26] hasta después del período revolucionario abierto en 1789 que aseguró la hegemonía burguesa y la modernización del Estado. Pero no nos cabe ninguna duda de que el desarrollo logrado por las colonias y el trabajo esclavista durante los siglos XVII-XVIII precipitaron el conflicto entre el antiguo régimen y la burguesía que culminó en la Gran Revolución Francesa.
Pero los efectos del circuito atlántico en la expansión del capitalismo se hacían sentir también en el terreno del crédito y el préstamo. Muchas industrias y negocios pudieron expandirse y comenzar por el capital adelantado en forma de préstamo por parte de la burguesía mercante[27]. La burgesía mercante invertía o prestaba capital para inversiones, que tejieron una red de créditos sólida que jugó un papel de gran importancia en las economías metropolitanas de esa época[28].
La relación entre la acumulación del capital que produjo la esclavitud y la expansión capitalista que llevó al desarrollo industrial es un hecho suficientemente demostrado[29]. Pero no es un hecho mecánico: la acumulación de riquezas, como hemos dicho, no se traduce necesariamente en inversión ni en desarrollo industrial si no están las relaciones sociales capitalistas necesarias para producir este resultado. Los ejemplos de España y Portugal, naciones involucradas en el tráfico esclavista desde sus inicios, nos recuerda que la esclavitud por sí sola no producía más que fabulosas ganancias que, en el mejor de los casos, no fueron más que eso, fabulosas ganancias, y en el peor de los casos, sirvieron solamente para engordar a los banqueros alemanes y holandeses quienes sí supieron darle buen uso al flujo de capitales[30]. Solamente se pudo producir con la riqueza generada por la esclavitud un salto al industrialismo en las sociedades inglesa, y en menor medida, en la francesa y norteamericana, por las relaciones sociales prevalecientes en éstas, que hicieron que la burguesía, como clase social hegemónica, capitalizara este inmenso flujo de riquezas y lo transformara en desarrollo industrial y capital productivo.
Hacia comienzos del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, el circuito atlántico pasaba por uno de sus mejores momentos. Pese a que St. Domingue se encontraba en pleno proceso revolucionario y que la demanda de esclavos decreciera en la Sudamérica Hispana[31], las colonias inglesas aumentaban su producción y demanda de esclavos. Inglaterra transportó entre 1791 y 1800, 400.000 esclavos hacia el Caribe, pese a las dificultades causadas por la guerra con Francia en esos años[32]. Jamaica producía 60.000 toneladas de azúcar en 1791, y hacia 1805 casi duplicaba la producción, llegando a las 100.000 toneladas. Cuba también expandía dramáticamente su producción azucarera, aumentando el número de acres dedicados a la plantación de zafra de 3.000 en 1762 a 500.000 en 1792[33], e importando entre 1790 y 1810 unos 150.000 esclavos[34]. Portugal no se quedaba atrás y entre 1801 y 1810, 200.000 esclavos fueron importados al Brasil[35]. Ya hemos visto a comienzos de este capítulo las ganancias que el circuito produjo para la ciudad de Liverpool durante el decenio de 1783-93. ¿Qué factores son, entonces, los que llevan al término del tráfico? Para responder a estas preguntas no podemos dejar de ver el contexto general dentro del cual el tráfico tuvo lugar, ni podemos pasar por alto las profundas transformaciones sociales vividas por los países involucrados en el circuito durante esos años, así como tampoco podemos ignorar, como frecuentemente se hace, el rol activo que los mismos esclavos tuvieron a la hora de romper sus cadenas.
CIMARRONES Y AMIGOS DEL NEGRO
“Quien sea que justifique tan odioso sistema, merece el silencio burlón por parte del filósofo y una puñalada por parte del negro”
(Abbé Guillaume Raynal, 1770)
“Se ou ki fè-n youn jan youn mannyè
Nou pa kou tout nèg”[36]
(Mési Papa Desalin, Felix Morisseau-Leroy, 1979)
Para comprender la abolición del tráfico esclavista hace dos siglos debemos tener por punto de partida en el análisis al mismo esclavo, no como un sujeto pasivo, no como la simple mercancía que se compraba y vendía, sino como un sujeto de cambio, que de hecho forjó su propia historia. La lucha de los esclavos por lograr su liberación es, sin lugar a dudas, uno de los capítulos más llenos de inspiración y, a la vez, más desconocidos, de la historia de las colonias.
No creo que sea necesario detenerse en todos los macabros detalles del tráfico esclavista: tal cosa ha sido bastante bien descrita en otras ocasiones. La muerte iba de la mano de todas las fases de este tráfico. Primero, pues uno de los medios para hacerse de esclavos era estimular el conflicto entre las distintas sociedades africanas. Luego venía el largo camino del interior de África a la costa, donde los débiles morían en el camino, para ser amontonados en los puertos esclavistas, donde alrededor del 20% de los cautivos morían antes de ser embarcados, y luego en el viaje, se calcula que al menos un 13% de los esclavos morían debido a la fatiga, los malos tratos, la mala alimentación y sobre todo, el insalubre hacinamiento[37]. Estas cifras son enormes si consideramos que durante el tráfico 12 millones de seres humanos fueron embarcados, de los cuales unos 10 millones llegaron al continente americano, pereciendo el resto en la inmensidad del océano[38]. Pero, ¿Cuál fue el porcentaje de seres humanos en total que fueron asesinados en este tráfico? Es muy difícil de estimar, pero todos los investigadores concuerdan en que sería una cifra muy superior a la cantidad de esclavos que llegaron al Nuevo Mundo: contando las víctimas de las cacerías, conflictos, del camino a la costa y del paso del Atlántico, ciertos investigadores han estimado una cifra de 50.000.000 de personas muertas durante este tráfico[39]. Otros han calculado para el período entre 1650 y 1850 un total de 21.000.000[40].
En el barco esclavista, cientos de seres humanos eran apilados uno sobre otro, como costales de harina, sin espacio para moverse ni suficiente aire para respirar. Y tal cosa no era sino el comienzo de una vida de esclavitud en las plantaciones, la cual estaría marcada por el trabajo extenuante, de sol a sol, la mala alimentación, el trato bestial y toda clase de vejaciones. El látigo no es nada comparado a otras formas más refinadas de crueldad que ingeniaron los amos en las plantaciones. Como consecuencia de este trato, se calcula que uno de cada tres esclavos moría a los 3 años de arribar a las colonias en el Caribe[41]. En semejantes condiciones, no es de sorprenderse que la rebelión del esclavo haya sido una constante, y no como se pretende hacer pasar, un hecho excepcional.
La prensa burguesa, como siempre, será muy cuidadosa en ocultar y bajar el perfil a las luchas de los mismos esclavos por su emancipación. Tal hecho, no tendría por que extrañar: la burguesía siempre ha sentido pánico del solo pensamiento de que las masas hagan su historia, de que su dominio de clase se vea desafiado desde abajo. Las masas populares, según su visión, ocupan un rol más bien pasivo y, a lo más, aspiraron a ganarse la compasión de los poderosos para que éstos, los “legítimos” sujetos históricos, se decidieran a llevar adelante la reforma.
Esta conocida fórmula ha sido aplicada hasta la saciedad por la historiografía “oficial” de la abolición de la esclavitud. Las luchas de los propios esclavos no aparecen más que como notas marginales al desarrollo de la auténtica historia: el surgimiento del humanismo. Los esclavos, lejos de ser sujetos en esta historia, son pasivos beneficiarios de algunas cuantas almas caritativas, de los amigos del negro, que en los pasillos del legislativo británico hicieron un gesto noble, indeleble en la memoria de la humanidad. La liberación, de ser una conquista revolucionaria, se transforma, en un increíble travestismo histórico, en un acto parlamentario.
La Rebelión: un Factor Constante en la Sociedad Esclavista
Pero, en realidad, la historia de la esclavitud está llena de ejemplos de rebeliones tanto individuales como colectivas, tanto temporales como permanentes. De hecho, no es una exageración decir que, en muchos casos, los esclavos rebeldes precedieron en muchos aspectos, al movimiento obrero que se desarrollaría desde el siglo XIX en adelante. La experiencia de vivir en grandes concentraciones en las plantaciones, la regimentación de todos los aspectos de la vida, la participación en un sistema altamente explotativo y proto-industrial, al menos en el caso de los ingenios azucareros, todo esto contribuyó a dar a las insurrecciones de esclavos algunos elementos que parecieran del movimiento proletario del siglo XX. Mediante estas rebeliones, buscaron la implantación de un régimen propio y distinto de la sociedad colonial, mediante estas rebeliones buscaron mejorar sus condiciones y presionar negociaciones. CLR James nos cita un ejemplo que a todas luces nos ilustra sobre la concepción extremadamente avanzada de estos esclavos: un oficial francés que interrogaba a un bracero sublevado, capturado durante las campañas militares de 1803 en
St. Domingue, le preguntaba al prisionero por qué los braceros alzados quemaban todo a su paso. La respuesta, nos sorprende hasta el día de hoy:
“Tenemos derecho a quemar lo que cultivamos, puesto que todo hombre tiene derecho a disponer de su propio trabajo”[42]. ¿Podríamos sorprendernos de que CLR James llamara a este desconocido bracero con el título de “anarquista”?
Estas rebeliones existieron desde los mismos inicios del régimen esclavista en América: la primera rebelión de esclavos que se registra en el “Nuevo Mundo”, ocurrió en la isla de la Hispaniola (posteriormente dividida en una parte francesa –
St. Domingue- y una parte hispánica –Sto. Domingo[43]) la noche de navidad de 1522 en el ingenio azucarero del gobernador almirante Diego Colón[44]. Desde entonces, las rebeliones de esclavos fueron una constante donde quiera que la esclavitud se estableció como sistema de producción: en St. Domingue, en Jamaica, en Barbados, en EEUU, en Colombia, en Guyana, en Venezuela, en Surinam, en Mexico, en Brasil, en Cuba, donde quiera hubo grandes aglomeraciones de esclavos, la historia de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX está plagada de innumerables rebeliones de gran envergadura y de gran violencia.
Los esclavos se rebelaban desde el momento mismo de su captura; solamente la violencia desmedida podía someterlos. Una de las formas de esta rebelión era netamente destructiva, buscando la muerte al negarse a comer, al azotarse la cabeza, o durante el embarco desde África hacia las colonias, al menor descuido del capitán, se lanzaban por la borda. El suicidio a veces no sólo reflejaba desesperación: en las plantaciones a veces el suicidio se realizaba colectivamente por el puro afán de arruinar a un amo cruel. La misma lógica se aplica a la ampliamente difundida práctica del aborto y hasta del infanticidio. Otras veces, la rebelión asumía formas afirmativas, cuando en los barcos esclavistas se amotinaban, asesinando cuanto blanco hubiera a bordo[45]. Algunos escasos de estos barcos lograron regresar a las costas de África –como el
“Industry” que volvió a las costas de Sierra Leona. El veneno fue un arma letal en manos de los esclavos, que sembró el pánico en la sociedad colonial, particularmente en
St. Domingue. Sus víctimas eran los hijos y familiares del amo, el ganado, el mismo amo y a veces, hasta otros esclavos, a fin de arruinar al amo. Con el veneno, los esclavos vengaron individualmente las innumerables vejaciones que padecieron, pero tambien fue usado colectivamente, principalmente, en la notable rebelión organizada por François Mackandal en 1757, la cual pese a fracasar, fue el primer intento revolucionario por parte de los cimarrones de acabar con la esclavitud en su conjunto, de acabar con los blancos (que en este sentido se correspondían con la clase dominante) y de apoderarse de la isla, planteando el término del régimen colonial[46]. Para apreciar la magnitud de esta insurrección, se calcula que unos 6.000 blancos fueron envenenados o asesinados por la banda de Mackandal, desde aproximadamente 1750 hasta la muerte de este cimarrón en enero de 1758.
El Cimarronaje y la Lucha Activa en Contra de la Esclavitud
El cimarronaje[47] también fue un fenómeno que se vió en todas las colonias que importaron esclavos. A veces, los escapes de esclavos eran colectivos, otras veces individuales. Los cimarrones que se encontraban merodeando por cerros y forestas inaccesibles, formaban colonias llamadas palenques (quilombos en Brasil), en las cuales intentaban reconstituir –y reinventar- un modo de vida africano y desde el cual hostigaban y atacaban a la sociedad colonial. Fue tal el nivel de terror que produjo el cimarronaje que en las colonias hispano-americanas se instauró una milicia especial para reprimir, perseguir y combatir a los cimarrones, llamada la “Santa Hermandad”[48], así como también se cobró un impuesto a la importación de esclavos que financiara la lucha contra los que, eventualmente, se escaparan. Además de este impuesto, frecuentemente, los propietarios financiaban de su bolsillo muchos de los gastos de las campañas militares en contra de los palenques y cimarrones.[49] Semejantes campañas y milicias no fueron una peculiaridad de Hispanoamérica, sino que se dieron en todos los rincones donde hubo esclavos –en
St. Domingue tal milicia fue conocida con el nombre de
maréchaussée, establecida en 1707, apenas una década desde la formalización de la posesión francesa de la colonia[50].
A veces estos palenques fueron irreductibles y enfrentaron exitosamente los embates de las autoridades coloniales, llegando algunos a constituirse en Pueblos Libres, como los más famosos casos de San Lorenzo en Mexico (1612), y San Basilio en Colombia (1714). A este tipo de cimarronaje que pretendía romper definitivamente con la esclavitud y buscar la libertad a toda costa, incluso al precio de la muerte, se le conoce por parte de ciertos investigadores como “gran cimarronaje” y los paralelos con los movimientos revolucionarios e insurgentes del siglo XX en America Latina son asombrosos en muchos casos.
Pero muchas veces, los actos de cimarronaje fueron utilizados no con la intención de una evasión permanente, sino que con vistas a mejorar su situación, como un mecanismo de presión: esta clase de acción es conocida a veces como “pequeño cimarronaje”. En este sentido, los paralelos con el movimiento obrero que se desarrolló desde el siglo XIX son sorprendentes y muchos han comparado a esta forma de rebelión como formas arcaicas de huelgas laborales[51]. A veces, los esclavos se escapaban temporalmente para tomarse un día libre, o para a su regreso poder estar en condiciones de mejorar ciertas cuestiones particulares con sus amos (más tiempo para sus cultivos propios, más terrenos, más tiempo con la familia, menos castigos, etc.). A veces su objetivo era lograr ser vendidos a otro amo. Pero la idea, invariablemente, era utilizar su abandono temporal de labores como una forma de negociación y de mejorar su condición de una u otra manera.
A veces los esclavos aplicaron formas de sabotaje como mecanismo de presión sobre las condiciones de trabajo o para mejorar el trato. Estos sabotajes podían ir desde la disminución del ritmo de trabajo hasta la quema de plantaciones: un caso interesante de esto último (interesante, pues nos muestra hasta qué grado la psicología del esclavo es una psicología en ciertos aspectos proto-proletaria) es el del citado desconocido “anarquista” de
St. Domingue. En ciertos casos, llegaron hasta presionar por formas incipientes de negociaciones colectivas. Ciertamente, todos estos esfuerzos eran resistidos por los hacendados y los amos coloniales con una violencia absolutamente degenerada. El progreso social, como puede apreciarse, pareciera siempre fecundarse sobre la sangre.
Revolución en St. Domingue: el Comienzo del Fin de la Sociedad Esclavista
El período de fines del siglo XVIII vió innumerables y poderosas insurrecciones de esclavos, que tuvo por cenit la gran revolución de
St. Domingue, única revolución exitosa de esclavos en la historia, que llevará a la creación de la República de Haití, primera república negra, primer país en abolir la esclavitud y primer país independiente de América Latina. Desde 1791, hasta fines de 1803, una marea humana de ex-esclavos, con una poderosa combinación de guerrillas cimarronas, tropas regulares negras y rebelión generalizada de los esclavos de las plantaciones, derrotaron a las tropas de los colonos, a las tropas francesas y a las tropas inglesas y españolas que intentaron arrebatar la Colonia a Francia, en beneficio de sus respectivas “majestades”.
Esta revolución fue, con su fuerza telúrica, el más duro golpe que sufrió la podrida sociedad colonialista en el nuevo mundo –por primera vez, los esclavos no se cansaron de luchar sino hasta lograr su libertad absoluta y hasta la caída del régimen colonial; los “pueblos libres” que se habían consolidado hasta ese momento, buscaron su reconocimiento por parte de la sociedad colonial, reconocimiento y coexistencia que en ocasiones, incluyó colaborar con hombres para reprimir otras insurrecciones de esclavos. Pero nada de esto ocurrió en la revolución de
St. Domingue: aquí, los esclavos lograron forjar una identidad propia, nacional, original en un proceso de lucha frontal y sin cuartel en contra de la sociedad colonial-esclavista. Fin a la esclavitud, para todos y sin condiciones. Soberanía e Independencia. Tales fueron las consignas grabadas en sangre y fuego por los revolucionarios haitianos, que no solamente dieron su más duro golpe al régimen esclavista, sino que abrieron todo un capítulo que culminaría con la independencia de las republicas latinoamericanas[52].
La revolución en
St. Domingue se vio acompañada de rebeliones de enorme magnitud en las colonias británicas de St. Vincent, Jamaica y Granada, las cuales solamente pudieron ser controladas luego de que 32.000 tropas británicas fueran enviadas. Las pérdidas tanto para franceses así como para ingleses durante estas campañas fueron enormes: durante la campaña en St. Domingue murieron 40.000 soldados británicos y cerca de 60.000 quedaron inválidos de por vida[53], sumados a unos 16.000 que murieron en la campaña en las colonias británicas[54]. Francia, por su parte, perdió cerca de 60.000 soldados en estas campañas[55]. Los costos económicos también fueron enormes. Francia perdía su colonia más productiva, la llamada “perla de las Antillas” y los costos militares así como los daños ocasionados por los alzados, fueron elevadísimos. Fue en este contexto que muchas personas comenzaron a preguntarse si realmente valía la pena el sacrificio por las colonias caribeñas. Tal pregunta se tornó mucho más espinuda, pues ambas potencias imperialistas expandían sus dominios hacia nuevos territorios –la India, Medio Oriente, y posteriormente África- con lo cual existían, en efecto, sustitutos para las posesiones antillanas.
¿Valían la pena todos estos sacrificios humanos y económicos para mantener las plantaciones en las colonias con su imperenne hambre de esclavos? ¿No habrían alternativas que a la larga pudieran ser más provechosas? Este es el telón de fondo, mientras se desarrolla la campaña de los “amigos del negro” por abolir la esclavitud. Lo cierto, es que el rol de los propios esclavos en su liberación ha sido, convenientemente, subestimado por esos burgueses que tanto temen a la rebelión popular. La presión constante ocasionada por los amotinamientos, los costos humanos y económicos incurridos en garantizar la subyugación de las masas esclavas que sobrepasaban enormemente (al menos en el Caribe) a las poblaciones blancas, todos estos factores juegan un rol que fue, sin lugar a dudas, decisivo en la abolición del sistema esclavista.
Los amos y todos los defensores del régimen colonialista sintieron pavor ante el ejemplo haitiano. Después de que los esclavos conquistaran la libertad con sus propias manos y por medios revolucionarios, nada volvería a ser igual.
LA CAMPAÑA ABOLICIONISTA Y LA EMERGENCIA DE LA BURGUESIA MODERNA
“Se desprende... de la experiencia de toda época y nación... que el trabajo realizado por hombres libres resulta, a fin de cuentas, más barato que aquel realizado por esclavos” (Adam Smith, “Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones”, 1776)
Mientras en
St. Domingue y las colonias se desarrollaba la historia de la sublevación de los esclavos, en Inglaterra se desarrollaba otra historia, con el surgimiento de los movimientos abolicionistas. Los historiadores “oficiales”, siempre deseosos de desplazar de escena a las masas en lucha, han preferido, convenientemente, recordar a estos movimientos abolicionistas como el factor crítico en la abolición del tráfico esclavista, ignorando por completo el rol que los mismos esclavos jugaron en romper sus cadenas[56].
Ciertamente, que los abolicionistas jugaron un rol como un sector de presión en el corazón mismo de la metrópolis (lo que hoy nos recuerda de la responsabilidad que cabe a los pueblos en las potencias imperialistas ante las agresiones de sus gobiernos[57]). Ciertamente, que de no haber sido por su presión la abolición de la esclavitud hubiera tardado quizás bastante más en ser un hecho. Ciertamente, que muchos de sus más destacados miembros fueron sinceros de corazón y motivados por lo mejor de la tradición humanista desarrollada en el siglo XVIII. Pero tanto el abolicionismo, como el desarrollo del humanismo mismo, no pueden ser considerados al margen de las transformaciones concretas que afectaron a las sociedades europeas en ese período. Desde siempre, individuos excepcionales y espíritus sensibles se horrorizaron con las atrocidades del tráfico esclavista. Desde siempre hubo voces críticas que lograron en cierta medida atenuar los rigores del régimen esclavista –por ejemplo, ciertas medidas de protección de los esclavos están contenidas en el Código Negro francés de 1685. Pero estas voces individuales no lograron convertirse en un movimiento que convocara a las masas o las pasiones que se despertaron con la cuestion de la esclavitud hacia finales del siglo XVIII. El abolicionismo, como un movimiento político eficaz, fue un producto de su tiempo y no sencillamente, como se nos quiere hacer creer, el fruto extemporal del espíritu de unos cuantos personajes notables.
Es esa época la que hay que estudiar en detalle para poder comprender plenamente qué procesos sociales posibilitaron la emergencia de un movimiento abolicionista significativo y con capacidad de presión social.
El Comercio Atlántico y las Tensiones Políticas del Imperio
“Pareciera ser que la Providencia, al quitarnos América, no nos dejó a nosotros, su pueblo favorito, sin un amplio sustituto; o quien diría que la Providencia, al quitarnos un miembro, lo ha hecho solamente para impresionarnos más seriamente con el valor de otro”
(Randle Jackson, 1793)
Inglaterra poseía la hegemonía indiscutida en el tráfico esclavista en el Atlántico. Sin embargo,
St. Domingue, la “perla de la Antillas” era la colonia más productivas y más eficiente del mundo colonial. Hacia 1767,
St. Domingue exportaba 72.000.000 de libras en azúcar sin procesar y 51.000.000 de libras en azúcar refinada (aparte de un millón de libras de indigo y dos millones de libras de algodón)[58]. Y la producción iba en aumento; de 100.000.000 de libras de azúcar en 1765 pasaba a ser 200.000.000 en 1788[59]. Debido a su mayor productividad, los franceses podían vender su azúcar a un 30 ó 40% más barata que los ingleses a mediados del siglo XVIII, con lo cual Inglaterra perdía terreno en los mercados europeos. Esta situación se agravó cuando se produjo la independencia de sus colonias en Norteamérica (1776-1783), con lo cual vino a perder aquel importante mercado que mantenía gracias al monopolio.[60]
Pero la debilidad de Francia consistía en que no le bastaba su propio tráfico esclavista para suplir con suficientes esclavos sus colonias. Era Inglaterra quien traficaba, ilegalmente, gran parte de los esclavos en las colonias francesas. ¿Y si
St. Domingue ya no recibiera más esclavos? Después de todo, era Inglaterra quien con su tráfico esclavista
“incrementaba la producción colonial de Francia y ponía el mercado europeo en manos de Francia”[61]. Francia, por su parte, comenzaba a aumentar su propio aprovisionamiento de esclavos, con lo que la necesidad por comprar esclavos a Inglaterra disminuía. La burguesía inglesa, que comenzaba a desarrollar las premisas del libre comercio y del laisser-faire en oposición a la regulación y el monopolio, pudo apreciar nítidamente las inmensas posibilidades existentes en India solamente tras la pérdida de las colonias norteamericanas, como nos señala la cita inicial de Randle Jackson. ¿No habrían alternativas entonces al sistema esclavista desarrollado en el Caribe? El trabajo libre en la India, insospechadamente barato, podría perfectamente suplir la demanda de azúcar y algodón en Inglaterra ¿El fin de la esclavitud no sería la mejor manera de arruinar a Francia, al quitarle la ventaja que este país tenía en la invaluable posesión de
St. Domingue? La burguesía recién comenzaba a entretener semejantes ideas a mediados de la década de 1780 al divisar alternativas en el horizonte.
William Pitt, primer ministro británico ponderó todos estos hechos cuando propuso a William Wilbeforce, en 1787, comenzar la campaña por la abolición del tráfico esclavista en el Parlamento Británico. Francia no tenía los medios para poder compensar en sus colonias la falta de provisión de esclavos por parte de los ingleses[62] e Inglaterra podría trabajar alternativas para subsistir al término del tráfico esclavista. La política imperial jugó un rol en lanzar esta campaña parlamentaria, que comenzaría en 1788, independientemente de la sinceridad de liberales convencidos como Charles James Fox o de la convicción moral de William Wilbeforce.
Pero esta política no encontró en los círculos políticos la acogida que Pitt hubiera deseado. El sector representante de los intereses de las colonias de las “Indias Occidentales” (como los ingleses llamaban a sus posesiones caribeñas) aún tenía un gran peso en las instituciones británicas y se opusieron enérgicamente a cualquier tentativa de cambiar el status quo. Era demasiado lo que para ellos estaba en juego: tres quintas partes del comercio de Bristol, solamente, dependían del tráfico esclavista[63]. Este sector, que aglutinaba a la familia real, a los dueños de las plantaciones, a la armada y a los comerciantes (es decir, a todos aquellos que dependían directamente del circuito atlántico) se organizó alrededor del
West Indies Committee para oponerse sistemáticamente a los abolicionistas. Aunque la idea fuera afectar la provisión de esclavos a las colonias francesas, resultaba imposible afectar ese tráfico sin tener un impacto en las colonias británicas y para estos intereses monopólicos, la abolición de la rentable esclavitud estaba fuera de todo plan[64].
El breve coqueteo de Pitt con la causa abolicionista fue posible solamente porque un nuevo panorama político aparecía, con el crecimiento explosivo y amenazador de
St. Domingue, el impulso de los partidarios del libre comercio y el desarrollo del capitalismo moderno de la mano de la industria, así como por las posibilidades abiertas a Inglaterra por las colonias orientales, donde la abundante mano de obra local era fácilmente explotable al costo mínimo por los métodos arcaicos de explotación prevalecientes. Estos factores ya no hacían necesaria la esclavitud como lo había sido hasta ese momento. Pero con la Revolución Francesa en 1789 y las subsecuentes repercusiones que tuvo sobre el comercio francés y sobre la estabilidad de las colonias, este panorama cambiaba, perdiendo importancia la variable de
St. Domingue. La crisis abierta en las colonias francesas produjo en Europa un serio desabastecimiento de productos coloniales, particularmente, de azúcar[65]. Este es, precisamente, el momento en que comienza una creciente bonanza del circuito atlántico para los ingleses que aprovechan la oportunidad abierta por el colpaso de su competencia francesa[66]. Pitt abandona, entonces, su pasajero romance con el abolicionismo y se cuadra con los colonialistas agrupados en el
West Indies Committee a favor de la esclavitud[67].
Cuando estalla la guerra con la Francia revolucionaria, a comienzos de 1793, Pitt no solamente estaba cuadrado con los esclavistas británicos, sino que además, con los planteurs franceses de
St. Domingue, que habían visto con horror cómo los esclavos insurrectos en aquella colonia habían conquistado su libertad a mediados de 1793. A fines de ese mismo año, Pitt, quien codiciaba largamente la “Perla de las Antillas” y buscaba un control absoluto en el Caribe, pacta con estos planteurs y envía una expedición militar para apoderarse de las colonias francesas antillanas, restaurando de paso, la esclavitud y la pigmentocracia –su intento de hacerse de esta colonia para la corona inglesa, empero, terminó en una de las peores derrotas militares inglesas de todos los tiempos. Así, efectivamente, daba la espalda de manera descarada a la causa del abolicionismo que había defendido en elocuentes discursos en el Parlamento, para la consternación de Wilbeforce y el resto de los abolicionistas[68].
Ciertamente, que las consideraciones políticas imperiales y la rivalidad con Francia tuvieron un peso innegable en explicar el lanzamiento parlamentario de la campaña abolicionista. Pero ni fue el único –o el más importante- de los factores que influyeron a la larga sobre esta campaña, ni explica por qué esta campaña continuó pese a las circunstancias favorables que se abrieron para el bloque esclavista inglés con la Revolución en Francia. Lo cierto, es que hay que buscar en otro lado los orígenes y la sabia vital que nutrió al movimiento abolicionistas en sus largas décadas de campaña por acabar con el tráfico humano. Y esa sabia vital no provenía de otra fuente sino del mismo desarrollo del capitalismo en Inglaterra.
El Desarrollo del Capitalismo y la Consolidación de la Burguesía Liberal
“Piadoso Jesús, ¿habrías predicho que tus dulces doctrinas podrían ser trocadas en la justificación de semejante horror?” (Abbé Guillaume Raynal, 1770)[69]
Como hemos visto, el tráfico atlántico de esclavos generó profundas transformaciones en los tres continentes que involucró: América, África y Europa. En el caso europeo, la acumulación de enormes capitales fruto del comercio esclavista llevó al desarrollo del industrialismo, el cual, revolucionó las formaciones sociales metropolitanas. Las transformaciones concretas en el modo de producción no solamente repercuten en cuestiones economicistas, que se pueden medir en términos de ganancias o pérdidas, sino que involucran la ideología, relaciones sociales y la cultura de una sociedad.
Mientras el mercantilismo se sustentaba sobre la mano de obra esclava y sobre el sistema monopolista, el capitalismo industrial precisaba de mano de obra libre, pero por sobre todo, de libre comercio. Al criticar al sistema esclavista, no se criticaba sencillamente al régimen de trabajo forzado, pues este era solamente un aspecto de un sistema social mucho más amplio: se criticaba también las premisas monopolistas que regulaban todo el circuito. En el sistema monopolista los productos manufacturados en las colonias sólo podían provenir de la metrópolis y ser transportados en barcos metropolitanos; la producción colonial sólo podía ser vendida a la metrópoli; las materias primas como el azúcar debían ser exportadas sin refinar y la refinación en las colonias debía enfrentar impuestos altísimos. Cualquier producto importado de otro lugar enfrentaba impuestos prohibitivos. Esto, muchas veces, creó un conflicto entre la burguesía mercantilista y los colonos, lo cual llevó a la revolución norteamericana en 1776 y precipitó la revolución de St. Domingue en el período de 1789-1791. Pero crecientes sectores de la sociedad metropolitana cuestionaban este monopolio desde el punto de vista del consumidor. ¿Por qué los consumidores ingleses debían subsidiar con los impuestos que pagaban sobre el azúcar a la burguesía mercante y los azucareros privilegiados y defendidos por el Estado? ¿Por qué no poder consumir azúcar de otras colonias o azúcar proveniente de oriente, de la India? La competencia reduciría el valor de este preciado producto el cual era consumido en todos los hogares metropolitanos[70].
Libre Comercio, en el mercado y en la producción, trabajo libre, tales eran las nuevas premisas desarrolladas por la emergente burguesía moderna. Pero los comerciantes del circuito atlántico precisaban de las regulaciones, restricciones, de un fuerte intervencionismo estatal y del monopolio inherente a este sistema para asegurar sus mercados y para asegurar el trabajo en las plantaciones. Esta mentalidad estaba en creciente conflicto con la nueva racionalidad de la época.
Y a esta nueva racionalidad, se sumaría también la crítica religiosa de los cuáqueros, metodistas[71] y otras religiones protestantes disconformes[72] en Inglaterra, como el unitarismo, que reflejaban fielmente en términos espirituales la ética protestante y el espíritu moderno del capitalismo. Es la combinación de este fervor político, propio de una clase revolucionaria, ansiosa de abrirse paso en la historia, con el fervor religioso, lo cual genera la mezcla que convertirá al abolicionismo en un movimiento de masas desde la década de 1780 en adelante.
Este nuevo espíritu liberal que recorría los centros de acumulación capitalista puede constatarse claramente desde fines del siglo XVIII como un fenómeno distintivo. Los propietarios de Carolina del Norte, en vísperas de un congreso provincial a comienzos de la decada de 1770, emitirían las siguientes opiniones
“que el tráfico de africanos es dañino para esta colonia, obstruye su poblamiento por hombres libres, previene que los manufactureros y otros inmigrantes de utilidad se asienten entre nosotros, y ocasiona un incremento anual negativo del balance de comercio hacia la colonia”[73]. En ellas encontramos nítido el nuevo espíritu burgués que comenzaba a desarrollarse con los apóstoles del libre comercio –y el principal responsable en la gestación de este nuevo espíritu, paradójicamente, lo era el industrialismo y el desarrollo del comercio que se habían producido gracias al tráfico de esclavos.
Recordemos que desde siempre hubo personas que se escandalizaron con el tráfico, pero eran voces individuales que hablaban desde el aislamiento. Este movimiento de presión comienza a despegar hacia 1780, realizándose la primera petición para acabar el tráfico de esclavos al parlamento británico en 1784, por la municipalidad de Bridgwater[74].
Los Amigos del Negro
En 1787 se formó el
“Comité para Efectuar la Abolición del Tráfico Esclavista”, que contaba con gente como Thomas Clarkson, Granville Sharp, James Ramsay, Charles James Fox, William Wilbeforce, y con una importante participación de cuáqueros[75]. Ellos marcaron la pauta de lo que serían desde entonces los movimientos de presión y reforma: recopilaron evidencia para denunciar el tráfico (gracias, sobre todo, a la incansable labor de Clarkson), organizaron charlas y debates, publicaron folletos e imágenes que aún conservan gran poder para conmover el alma humana (como ser
“El Lamento del Negro” de William Cowper), movilizaron la opinión popular con campañas de recolección de firmas y con el boicot al azúcar importada desde el Caribe. En mayo de 1788 este grupo, a través de sus representantes en el Parlmento, introducen la primera moción para acabar con el tráfico esclavista, enfrentando la oposición del bloque reaccionario aglutinado en torno al Comité de las Indias Occidentales[76]. Sus mociones y esfuerzos, en estos años se limitan a pedir la abolición del tráfico esclavista, pues pensaban que una vez abolida la provisión de esclavos, los amos de las plantaciones se verían forzados a tratar mejor a sus esclavos y que gradualmente la esclavitud se eliminaría de esta manera.
También, dentro de la propaganda de esos años en contra de la esclavitud, jugaron un importante rol los escritos de doce africanos residentes en Inglaterra (esclavos liberados ellos mismos), los llamados “Hijos de África”, entre quienes se cuentan Ouladah Equiano y Ouobna Ottobah Cugoano, quienes escribían memorias y denuncias desde fines de 1780, que llevaron el horror de la esclavitud en las colonias mediante sus relatos a la metrópoli misma.
En Francia también soplaban vientos de cambio y esta burguesía liberal comienza a sentir su impulso histórico con certeza en el período pre-revolucionario. Ese mismo año de 1787 se funda la
Société des Amis des Noirs, la “Sociedad de los Amigos de los Negros”. En ella participan individuos que tendrán notoriedad posteriormente en la revolución, tanto burgueses, como miembros de la aristocracia radizalizada como el conde de Mirabeau, el duque de La Rochefoucauld, el marqués de Condorcet, el conde de Volney, Antoine Laurent Lavoisier, Abbé Sieyés, Pére Grégorie, Etiénne Claviére, Jacques-Pierre Brissot, Marshal Lafayette y Petion de Villeneuve[77]. Pero también el grupo de Francia debió enfrentar, en sus esfuerzos, la oposición irreductible del bloque reaccionario de mercantes, colonos y aristocracia moderada. Ellos se agruparon en torno al
Club Massiac[78].
Con la revolución en curso, los Amigos del Negro empezaron a plantear en las diferentes instancias legislativas (Estados Generales, la Constituyente y la Convención) la causa del abolicionismo y a capitalizar a su favor el odio popular que proliferaba en el humor de las masas en contra de todo lo que hediera al antiguo régimen.
Ambos grupos, en Inglaterra y Francia mantuvieron alguna clase de contactos, y Clarkson viajó en 1790, en pleno auge revolucionario[79]; en Francia, el Club Massiac acusaba a los abolicionistas de agentes británicos y en Inglaterra, el Comité de las Indias Occidentales acusaba a su contraparte de jacobinos[80]. Sin embargo, con la guerra iniciada en febrero de 1793 entre Francia e Inglaterra ambos grupos se distanciarían, aunque la rueda que se había echado a correr hacia la abolición ya no se detendría más.
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[1] “The Black Jacobins”, CLR James, p.37, Ed. Penguin Books, 2001.
[2] Citado en “The Slave Trade (the History of the Atlantic Slave Trade 1440-1870)”, Hugh Thomas, p.486 Ed. Papermac, 1997.
[3] En el caso de la colonia de St. Domingue, los franceses intentaron solucionar el problema de la mano de obra con un sistema de trabajo temporal en condiciones de servidumbre, en el cual, luego de un cierto tiempo (tres a cuatro años) el engagé –como eran llamados estos siervos- adquiría la libertad. Ciertamente, se trató de prolongar, por parte del terrateniente lo más posible el plazo de servidumbre del engagé –particularmente, mediante el endeudamiento. Pero la alternativa de mano de obra permanentemente esclava, proveniente de África y por tanto libre de la clase de consideraciones morales a las que la servidumbre o esclavitud de un crisitano europeo podría despertar, desplazó definitivamente el uso de estas formas de provisionamiento de mano de obra en servidumbre. Lo notable, es que se trabajaron alternativas que no fructificaron por cuestiones circunstanciales y porque la necesidad de mano de obra era mayor que los siervos disponibles en Europa. Tentativas semejantes fueron desarrolladas por españoles y británicos también. Al contrario de lo que se quiere hacer creer a veces, no hubo nada de natural o lógico en que los africanos hayan terminado siendo esclavos, sino que una serie de circunstancias económico-sociales determinaron tal desenlace de los acontecimientos (ver “Haiti in the World Economy”, Alex Dupuy, pp.18-20, Westview Press, 1989)
[4] Durante el siglo XVII, Francia carecía de una burguesía mercantil importante y tuvo que depender de las compañías navieras holandesas para desarrollar el comercio y la importación de esclavos. Recién en 1664 comienza a desarrollar su propia fuerza mercantil, pero para el siglo XVIII ésta ya estaba plenamente desarrollada, como el resto de su clase burguesa que se desarrolló durante ese siglo y el previo a un ritmo vertiginoso. Dupuy, op.cit. p.12
[5] “Making the Black Atlantic”, James Walvin, pp.156-161, Ed. Cassell, 2000.
[6] CLR James, op.cit., p.46
[7]
http://www.bbc.co.uk/history/british/abolition/
[8] En un comienzo, los europeos cambiaban caballos por esclavos (hacia 1550 los portugueses cambiaban un caballo por cinco esclavos); el desarrollo progresivo de la industria fue desplazando a los caballos del circuito, el cual terminó basándose fundamentalmente en las manufacturas. Esto es la prueba de que, mientras Europa se desarrollaba, África, por la naturaleza misma del intercambio, quedaba rezagada.
[9] Es mérito de Basil Davidson el analizar en profundidad, en un libro pionero, escrito en 1961 (“Black Mother”, luego renombrado “The African Slave Trade”) el impacto de la esclavitud y del tráfico atlántico en las sociedades africanas y del rol de ciertos líderes africanos en esta execrable actividad. Los medios para hacerse de esclavos usados por los europeos consistieron en incursiones esclavistas dirigidas por reucidas bandas de europeos, el estímulo del conflicto inter-tribal como medio para obtener prisioneros de guerra como esclavos y, por último, por alianzas comerciales con ciertos líderes africanos. Las dos últimas opciones, requirieron del consentimiento, y en ocasiones, de la participación activa de ciertos líderes o reyes africanos (pp.100-101). Muchas veces, mediante la estimulación de conflicto, muchos líderes fueron arrastrados al circuito esclavista. El impacto que esta participación tuvo fue notable en estimular estructuras políticas autocráticas en África y en desarrollar la dependencia que llevará al desarrollo posterior del colonialismo.
[10] Davidson, op.cit. p.274
[11] Cit. en Walvin, op.cit. p.160
[12] Davidson, op.cit., p.82
[13] El trabajo de Eric Williams (Capitalism and Slavery, “El capitalismo y la esclavitud”, publicado en Londres en 1944) es pionero en este sentido.
[14] El resto, provenía de países donde el algodón era trabajado por mano de obra libre, como Turquía. Thomas, op.cit. p.515
[15] Walvin, op.cit., p.161
[16] Thomas, op.cit., p.540
[17] Davidson, op.cit. p.79
[18] Walvin, op.cit., p.125. Birmingham fue la ciudad en Inglaterra que alcanzó gran notoriedad en la manufactura de armas de fuego.
[19] “Enslavement and Industrialisation”, Robin Blackburn, p.4,
http://www.bbc.co.uk/history/british/abolition/
[20] La dependencia de la importación de alimentos es uno de los efectos más devastadores de la monoproducción y del desarrollo económico centrado hacia la exportación primaria. Ni hace falta mencionar que tal panorama, desafortunadamente, es aún demasiado familiar en América Latina.
[21] Dupuy, op.cit., p.16
[22] Davidson, op.cit. p.77
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Jump To Comment: 1[23] CLR James p.40
[24] Dupuy, op.cit., p.22-23
[25] Thomas, op.cit., p.521
[26] Dupuy, op.cit. pp.22-23
[27] CLR James p.39
[28] Walvin, op.cit., pp.160-161
[29] Pese a que la esclavitud no constituya un modo de producción, en estricto rigor, capitalista, sino que pre-capitalista, resulta claro que la esclavitud desarrollada en el Nuevo Mundo estaba plenamente incorporada al circuito capitalista, no era ajena al mercado capitalista y estaba regida por las leyes del capitalismo.
[30] Thomas nos dice en su libro que la esclavitud no se relaciona con la industrialización, argumento que le parece “chocante” (p.795), citando como ejemplos el caso de Portugal y España. Este ejemplo muestra el prisma grosero con el que entiende la realidad, siendo incapaz de entender las dinámicas económico-sociales más allá del estrecho marco de las ganancias y las pérdidas. Es muy cierto que, para el análisis histórico (si se pretende algo más que la mera historiografía) no basta conocer los datos, sino que hay que tner ciertas nociones básicas de sociología. Thomas, ciertamente, conoce bien los datos y estadísticas de su tema de estudio; de lo que carece es de conceptos elementales de política.
[31] En gran parte, debido a una explosión demográfica de la población mestiza. Thomas, op.cit., p.503
[32] Ibid, p.540
[33] Ibid, pp.530-531
[34] Ibid, p.543
[35] Ibid, p.541
[36] “Eres tú quien nos hizo de una manera diferente a otros negros”
[37] Davidson, op.cit., p.98
[38] 'The Volume and Structure of the Transatlantic Slave Trade: A Reassessment', David Eltis en William and Mary Quarterly 58, Enero del 2001, cit. en http://www.bbc.co.uk/history/british/abolition/ Ver también Davidson, op.cit., p.98
[39] “Negros en Perú. De la Conquista a la Identidad Nacional” Edgar Montiel, p.215, en “Presencia africana en Sudamérica” (coord. Luz María Martínez Montiel), México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, pp. 213-275.
[40] Davidson, op.cit., p.271
[41] Para más detalles ver “Questioning Slavery”, James Walvin, Ed. Routledge, 1996.
[42] CLR James, op. cit., p.291.
[43] Luego de la Independencia, ambas partes de la misma isla conservarán su frontera, constituyendo la Republica de Haití y República Dominicana, repsectivamente.
[44] “Cimarrones y Palenques en el siglo XVII”, María Cristina Navarrete, p.26, Ed. Universidad del Valle, Cali, Colombia, 2003. Este libro, contiene una buena discusión de distintas rebeliones de esclavos, así como de los diversos mecanismos que utilizaron para rebelarse.
[45] “The Making of Haiti –The St. Domingue Revolution from Below” Carolyn E. Fick, pp. 46-48, University of Tenessee Press, 1997.
[46] Fick, op.cit. pp.59-67
[47] El término cimarrón viene del nombre que los españoles daban al ganado que se escapaba hacia los montes, volviéndose salvaje. La utilización de este término hacia los esclavos que se arrancaban muestra hasta qué punto un esclavo africano no era considerado más que un animal potencialmente salvaje. Pero aún ante este patente racismo, la humanidad inherente al esclavo, desquiciaba a la sociedad esclavista. El Consejo Supremo de Le Cap, en St. Domingue, emitía la siguiente opinión en sus actas de 1767: “Es su habilidad de pensar y no el instinto del animal doméstico que huye de un amo cruel (...) lo que le impulsa a escapar”, (cit. en Fick, op.cit. p.50). Aún cuando en su racismo no vieran al bozal escapado más que como un animal salvaje, la humanidad inherente a este acto es demasiado obvia para que aún el peor de los racistas no repare en ella.
[48] Navarrete, op.cit. p.28
[49] Navarrete, op.cit. pp.28-32, 75.
[50] Fick, op.cit. p.52; ver tambien CLR James, op.cit, p.30
[51] Navarrete, op. cit. p.22 trata con esta discusión en los términos planteados por sus exponentes y defensores.
[52] No olvidemos que fue el general Petion (Papa bon ké) quien recibió a Simón Bolívar en la República de Haití, y le ayudó con hombres y fondos para desarrollar la gesta libertaria contra el dominio colonial Hispano.
[53] CLR James, op.cit., p.174
[54] Walvin, op.cit., p.145
[55] CLR James, op.cit., p.298
[56] El temor más grande de la burguesía es la acción de los mismos oprimidos para sacudirse su yugo. En su opinión, el movimiento revolucionario debe ser reemplazado por el humanismo puro y simple de los opresores que, dando cuenta de que aún les queda algo de corazón, se apiaden algún día de las víctimas de sus injusticias y les otorguen alguna forma de atenuación en sus sufrimientos. Pero ay de que los oprimidos osen a alzar su voz de forma autónoma: el horror con el que se describen los actos de los revolucionarios, sólo es comparable a la admiración que esos mismos liberales y burgueses sienten hacia los actos más odiosos cometidos en nombre del poder. El revolucionario es un criminal, mientras que el asesino en uniforme es un héroe.
[57] ¿Y por qué no también, de la responsabilidad que nos cabe a los pueblos de Latinoamérica ante la actual ocupación de Haití?
[58] CLR James, op.cit., p.37
[59] Dupuy, op.cit., p.21
[60] Davidson, op.cit., pp.89-90
[61] CLR James, op.cit., p.43
[62] Ibid, p.43
[63] Thomas, op.cit., p.513
[64] Davidson, op.cit. p.89
[65] Thomas, op.cit., p.529
[66] Walvin, op.cit., p.158; ver también Thomas, op.cit., p.530
[67] Ibid, p.145
[68] CLR James, p.109
[69] Raynal llama la atención, con esta cita, sobre el rol que jugaron las principales religiones de la época (anglicana y católica) en justificar el tráfico esclavista y en ocasiones en jugar un rol activo en él. Es en los sectores protestantes disconformes ingleses y ciertos sectores disidentes de las principales religiones “oficiales” donde la burguesía moderna encontrará el argumento moral contra la esclavitud.
[70] Walvin, op.cit., p.153
[71] En 1774, el reverendo Wesley publicaba sus “Pensamientos sobre la Esclavitud” donde atacaba duramente a este regimen de trabajo.
[72] “Non-conformists”, nombre dado en Inglaterra a los protestantes que defendían la libertad religiosa y se oponían al Acto de Uniformidad de 1559 que decretaba al anglicanismo como religión oficial inglesa
[73] Thomas, op.cit. p.461
[74] Ibid, op.cit., p.490
[75] Ibid, p.492
[76] Ibid, pp.505-512
[77] Ibid, p.495
[78] Ibid, p.520
[79] Clarkson, entre otras cosas, trabó contacto con Vincent Ogé, revolucionario mulato que lideró una insurrección mulata en contra del regimen pigmentocrático en St. Domingue, y luego le ayudó con financiamiento y armas para desarrollar la rebelión en octubre de 1790. CLR James, op.cit., p.59. James hace bien en preguntarse si acaso Clarkson habría financiado semejante empresa en Jamaica...
[80] Ibid, pp.519-520