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La organización anarco-comunista en Chile (4ª Parte): Acerca de la Organización Revolucionaria Anarquista (Noviembre 2000 - Agosto 2001)

category bolivia / peru / ecuador / chile | historia del anarquismo | opinión / análisis author Monday July 01, 2019 10:26author by José Antonio Gutiérrez D. - Hombre y Sociedad Report this post to the editors

Estos documentos son parte de una serie de entregas a cuentagotas sobre los debates en torno a la organización anarco-comunista que marcaron el período clave para esta corriente en Chile entre 1999 y 2004, de los cuales ya hemos entregado tres: sobre la re-estructuración orgánica del Congreso de Unificación Anarco-Comunista, sobre el Proyecto de Reforma Orgánica de esta organización, y un debate más de fondo sobre su norte político. Con estos dos artículos que ahora damos a conocer como parte de la cuarta entrega de esta serie, damos un paso atrás y volvemos a los momentos de formación del Congreso de Unificación Anarco-Comunista y a las discusiones en torno al por qué de una organización política de los anarquistas. Estos dos artículos, llamados "Acerca de la Organización Revolucionaria Anarquista" (Primera y Segunda Partes) aparecieron originalmente publicados en la Revista Hombre y Sociedad (HyS). El primero, fue publicado en el No.10, Noviembre del 2000, y la segunda parte apareció en el No.13, Agosto del 2001.

El primer documento, había sido escrito un año antes, en Octubre de 1999, de cara al Congreso de Unificación Anarco-Comunista que tuvo lugar en la sede sindical de FETRACOMA en la calle Almirante Latorre en el centro de Santiago de Chile el 27 y 28 de Noviembre de ese año. Ese documento fue mi contribución, escrita a título personal, para la discusión sobre organización política, que era el tema clave a discutir en ese Congreso. Ahí, perfilaba la necesidad de una organización política anarquista que se planteara el trabajo popular en el corto plazo, un programa específico de transformaciones a mediano plazo, y objetivos revolucionarios a largo plazo. Esta visión de la organizacion política, estaba en debate con otros modelos de organización que otros participantes llevaban en mente, como establecer una especie de "colectivo" ampliado, o una coordinadora de colectivos (que era la fórmula favorecida por la JA! -Jóvenes Anarquistas- de la Universidad Católica, que estuvieron en el proceso hasta aproximadamente Mayo del 2000, cuando optaron por seguir aparte como colectivo). También estaban en debate las formas específicas que adoptarían los núcleos locales de la organización (organización por frentes, que era lo que favorecíamos quienes veníamos del grupo alrededor de HyS, por comisiones que era favorecido por los militantes del Centro y Sur de Santiago, u organizaciones de carácter territorial, que era lo que planteaba el grupo que venía de Comunitancia, donde estaba Mario Celis, que se inspiraban en el municipalismo libertario de Murray Bookchin). Este articulo dejaba espacio abierto a las variaciones en las formas específicas que adoptaría la organización según las preferencias y las discusiones de los asistentes al Congreso. Sin embargo, era imprescindible para nosotros dejar en claro los principios fundamentales que debía adoptar la organización política -los principios contenidos tanto en la Plataforma del Grupo Dielo Trouda y el Manifiesto Comunista Libertario de Fontenis. Ese era para nosotros el debate central y crucial en ese momento.

Cuando uno lee la primera parte del documento, no deja uno de pensar en el estado del movimiento en esa época que se debía discutir de temas tan básicos y de no pocas obviedades, que sin embargo, encendían acaloradas polémicas -como ser la disciplina básica de acatar las decisiones mayoritarias y los mecanismos de toma de decisiones colectivos. Un aspecto clave era para nosotros el mostrar que esto no era una "desviación" provinciana nuestra, sino que éramos parte de algo mucho más grande que estaba creciendo en todo el mundo: esa era la época de auge del "plataformismo", con organizaciones consolidadas en Italia, Irlanda y Francia, y organizaciones emergentes en Suiza, Europa del Este, Sudáfrica, Turquía, etc. Anclar nuestra apuesta organizativa en un movimiento emergente global y en una tradición histórica que hilaba momentos claves de las luchas revolucionarias del siglo XX: Rusia, España y la resistencia anti-fascista, reflejaba nuestra ambición de ser más que un colectivo y de tener raíces profundas en un país donde, salvo nuestro contacto con algunos veteranos del movimiento de décadas pasadas, se había perdido la linea de continuidad del anarquismo militante, existiendo un hiato de casi medio siglo. En el mismo número 10 de HyS, en otro artículo, haciendo una reseña del primer año de vida del C.U.A.C., aclaro esto que para nosotros se había convertido en algo fundamental: no éramos un grupúsculo, sino "un proyecto histórico (...) portador de la herencia legada por toda una vertiente del pensamiento socialista, por generaciones de luchadores y por las esperanzas de igualdad, libertad y fraternidad de todo un pueblo", con la "responsabilidad de situar todo este legado histórico en el presente y proyectarlo hacia el futuro".

El segundo documento, fue escrito en el transcurso del 2001, cuando ya se comenzaban a definir las estructuras de la organización, "en torno a la asamblea general, instancia ejecutiva, y a los trabajos prácticos desarrollados por comisiones, áreas en las cuales quienes se encuentran desarrollando alguna experiencia social, pueden abrirla al resto de sus compañeros y trabajar por hacer presentes las líneas de la organziación, decididas por todos en las discusiones de la asamblea" ("Año I del Congreso de Unificación Anarco-Comunista, C.U.A.C., José Antonio Gutiérrez D., HyS No.10, Noviembre 2000). Sin embargo, para entonces nos empezaban a quedar claras las limitaciones tanto de una asamblea en paralelo a la inserción social de la organización, así como de comisiones que en la práctica, funcionaban como colectivos con escasa coordinación. Así, comenzábamos a explorar la necesidad de cualificar la organización y dejar de actuar como un colectivo grande. Buscando debates y referencias en la literatura anarquista clásica, con los cuales fundamentar ideas y posiciones en la discusión de cómo construir organización político-revolucionaria, cuál era su rol, etc. nos encontramos con un gran vacío en la literatura anarquista en cuanto a los fundamentos teóricos de la organización. Notábamos que se hablaba mucho de organización, pero se decía muy poco de cómo construirla, dándosela por sentado. Incluso en la misma "Plataforma" y en el "Manifiesto", se habla de los principios estructuradores de la organización, y de su finalidad, pero -pese a ser dos de los documentos en la tradición libertaria que más desarrollan el tema- no se habla demasiado de su fundamentación -por qué la organización, en que sustrato social se da, cómo interactúa con otras expresiones organizativas, cómo distinguir una organización político-revolucionaria de otras formas orgánicas, etc. En cierto sentido, sentíamos que abordar el tema era un complemento a las propuestas que se venian haciendo desde quienes plantaban la reorganización por Frentes, y los planteamientos de Mario Celis, quien hacía muchas contribuciones sobre la presencia y la inserción social de la organzación, pero tampoco podíamos dejar de lado la organización política. Así nació este documento: como un intento de dar mayor fundamento a la necesidad de la organización político-revolucionaria y entender mejor las bases clasistas en las cuales sustentábamos nuestro proyecto, como un sector específico de un pueblo necesariamente heterogéneo. Si los otros documentos que hacen parte de esta serie de entregas son mucho más contingentes y coyunturales, estos dos artículos forman parte de las ideas centrales que estábamos desarrollando en torno a la cuestión organizativa. Ambos documentos, aunque fueron escritos a título personal, reflejan, en mayor o menor medida, discusiones colectivas que estábamos desarrollando con compañeros en Puente Alto y La Florida, con compañeros que venían de distintas luchas y trayectorias durante todo el período de la llamada "transición democrática" (sic), y de compañeros con quiénes nos encontrábamos en espacios sindicales y estudiantiles.

Estas reflexiones informaron muchas de las decisiones políticas que tomaríamos en el transcurso de ese año y que nos llevarían, como sector mayoritario del C.U.A.C., a replantearnos el relacionamiento de nuestra organización con el mundo popular y con las organizaciones sociales en las que actuábamos, en las que teníamos incidencia, y en las que comenzábamos a tener protagonismo e incluso dirigencia -principalmente en los sectores estudiantil y poblacional, pero con algunos intentos cada vez más serios en el plano sindical. Creo que muchas de estas reflexiones son importantísimas hoy, cuando, casi 20 años después de formado el C.U.A.C., el movimiento libertario en Chile ha logrado tener un acumulado de experiencias en luchas y organizaciones populares nada despreciable, pero los intentos de organización politica siguen siendo esquivos, cayéndose frecuentemente en la fragmentación, cuando no en desvaríos autoritarios. Retomar estas discusiones político-teóricas es un primer paso para replantear el debate y seguir con esta deuda pendiente que tenemos los anarco-comunistas criollos con la organización revolucionaria anarquista.

José Antonio Gutiérrez D.
1 de Julio, 2019

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ACERCA DE LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA ANARQUISTA

(Primera parte -Octubre 1999/Noviembre 2000)

Frente a los acontecimientos que conmueven al país y al mundo, es hoy, más que nunca, imperioso que los anarquistas alcemos nuestra voz para expresar una opinión clara y comprometida con la situación de la clase obrera de este país, dentro del concierto global, así como de unir los esfuerzos de quienes luchan por transformar la sociedad de opresión en una de libertad.

La organización a la que nosotros convocamos, tiene el rol de definir tal opinión, así como de aunar los criterios en pos de un programa de lucha en el cual pongan manos a la obra todos los ácratas de acción en Chile.

Sólo tal organización puede ser efectiva y puede, al menos por hoy, allanar el camino para las victorias populares en contra de un régimen cada vez más desprestigiado. Debemos ser capaces de levantar la voz de forma valerosa y unitaria, ya que debido a nuestro escaso número, si queremos no sólo levantar la voz, sino que golpear al enemigo, debemos hacerlo de la forma más concertada posible, si queremos ser efectivos.

Los principios que en los talleres de “Hombre y Sociedad” hemos definido para la organización, se encuentran en la línea legada por los más grandes exponentes de la práctica libertaria, alimentada por las experiencias revolucionarias en las que éstos participaron. Esa línea es la seguida por el grupo Dielo Truda, por el Ejército de Campesinos Insurgentes de Ucrania y por los Amigos de Durruti. Estos grupos se encontraban en primera fila en los eventos revolucionarios, tanto de Rusia, como de España. Y es en base a esta experiencia acumulada, en base a la lectura que hicieron de los hechos desde el comunismo-anárquico, es que los compañeros definieron ciertas pautas de utilidad a la hora de establecer la intención de organizarse. Esta línea fue, durante mucho tiempo, dejada de lado, mientras el anarquismo se vio arrastrado a una serie de discusiones estériles, y a concepciones cuasi-liberales por parte de ciertos elementos que lo redujeron a un “estilo de vida”, y vaciándolo de su práctica y concepciones revolucionarias.

Pero es desde hace un tiempo, que se revitaliza un nuevo movimiento anarquista, joven, sin lloriqueos, sin esnobismos y dispuesto a dar pelea al capitalismo hasta derrotarlo, que esta línea es retomada por los anarquistas como guía útil para la conformación de un movimiento anarquista que tenga los pies en la tierra. Fue la Federación Comunista Anárquica[1] de Francia quienes primero la retoman y la aplican, creando una de las piezas claves de la literatura anarquista, como es el “Manifiesto Comunista Libertario” de Georges Fontenis (traducido recientemente al español y publicado por el servicio de publicaciones del Grupo Malatesta-FAI, y por las Ediciones Hombre y Sociedad). Luego viene una serie de grupos que comienzan a estudiarla y a aplicarla. De éstos, el que lleva más tiempo de vida es el WSM de Irlanda (fundado en 1984). Otras son WSF de Sudáfrica y grupos de Italia, Suiza, Polonia, Turquía, etc… Por tanto huelga aclarar que hoy más que nunca tiene vigencia esta metodología para la organización.

Los cuatro puntos definidos por esta metodología (expresada por primera vez en “La Plataforma para una Unión General de Anarquistas” del grupo Dielo Truda, en 1926), son:

1. Unidad Ideológica: Los miembros de la organización comunista anárquica, deben compartir una serie de postulados y definiciones de carácter teórico y doctrinario, emanadas de las discusiones generales, de la tradición histórica del movimiento libertario, y de la constante discusión en torno a ellas. Las discrepancias pueden y deben existir, pero es en lo esencial, en el marco y médula de la doctrina social del anarquismo, en donde debe existir una unidad en cuanto a la utilización de términos y conceptos, en cuanto a métodos de análisis y en cuanto a las diversas concepciones de importancia emanadas de la discusión colectiva.

2. Unidad Táctica: En base a la unidad ideológica, debe definirse una línea de acción, prioridades de la organización y una forma de actuar unitaria. Así mismo, debe definirse nuestra actitud y propuesta frente a los diversos espacios en los que podemos irrumpir o que ya estamos ocupando. Con esto, no se niega la actividad individual de los militantes, sino que se busca el actuar de forma más unitaria posible para hacer que nuestros golpes sean lo más efectivos posibles, a la vez que se proviene de que la actividad individual de los militantes, en el caso de darse, lo cual es plausible, no sea amorfa, sino que se condiga con las políticas generales de la organización, y esté englobada en un todo, que sean las actividades del conjunto del movimiento anarquista organizado. De tal modo, se evita la contradicción entre la organización y los militantes individuales, del todo y de las partes.

3. Acción colectiva y disciplina: Estas son dos caras de una misma moneda. Cuando definimos líneas tácticas, debemos esmerarnos en que la acción no sea puramente individual (lo que tiene como ventaja la extensión de la influencia), sino que tome provecho real, además, de las ventajas de la asociación. Y para esto es necesaria la coordinación y la acción colectiva de sus miembros. Como corolario, esto no es posible de no ser por la más férrea disciplina de los militantes de la organización. Disciplina quiere decir que de forma seria y responsable, cumplimos con los acuerdos por nosotros mismos formulados y contraídos. La diferencia entre la disciplina militante y la disciplina militar, es que ésta última responde a un imperativo externo dentro de un marco de relaciones jerárquicas; la disciplina nuestra, en cambio, responde a un imperativo interno dictado por la conciencia de clase, y asumido sin coerción alguna, en el marco de relaciones en el cual todos y cada uno tienen plena participación en todo momento. Pero a la hora en que la resolución ya fue tomada, no queda más que el estricto cumplimiento de nuestras tareas, salvo circunstancias excepcionales.

4. Federalismo: Ya es hora de dejar de lado las concepciones burguesotas y atomistas del federalismo; esto significa la unidad de los miembros en pos de una causa común, que les concierne a todos, dejando autonomía a las partes en sus espacios propios, siempre que estas no entren en flagrante oposición a las líneas generales adoptadas por la organización. Pero la organización debe funcionar como un todo, no como una mazamorra hecha con poxipol en una mano, y con tijeras en la otra. Es necesario plantearnos más allá de los grupos de amigos, de afinidad o de las simples coordinadoras, y demostrar que el anarquismo es capaz de generar una orgánica seria. Es decir: entre todos tomamos las decisiones, entre todos definimos políticas, a nadie le llega cortado desde arriba lo que tiene que hacer en su espacio, sino que es la misma gente de este espacio la encargada de formular trabajos y luego, discutirlos y conversarlos con los compañeros, para que estos aporten su experiencia, hagan observaciones (enriqueciendo así, las posiciones del todo, que emanan de la experiencia de todos sus militantes) y aporten si la situación lo requiere. Pero esto, a su vez, implica respeto por los acuerdos generales de la organización. En esta lógica, se requiere de una organización estructurada de abajo hacia arriba, en la cual los cargos administrativos sean únicamente eso, y no ejecutivos, haciéndose cargo de que los camaradas lleven a cabo lo asumido voluntariamente.

Las armas de esta organización (acción directa), así como sus métodos de decisión (asamblea) son por todos conocidos y es este congreso el cual se encargue de definirlos apropiadamente. Qué forma asuma la organización: es esto a lo que esta línea organizativa no da respuesta, ya que esto debe ser evaluado por los compañeros dependiendo de la realidad en que se encuentre tanto su movimiento, como de la realidad nacional e internacional. Si la organización se establece por frentes, por comisiones, por territorio, etc… esto debe ser definido por el congreso en atención a estas realidades. Pero debe siempre tenerse en cuenta las recomendaciones que nos han dejado nuestros compañeros a través de estos cuatro criterios, por la utilidad que presentan como guía para la conformación del movimiento anarquista revolucionario, dando respuesta a todos quienes hoy buscan el cambio por fuera del verticalismo partidista, que algunos enajenados ven hasta cono virtud.

CON EL EJEMPLO DE BAKUNIN, DURRUTI, MAGÓN, MAKHNO Y LUIS OLEA, ¡SALUD, ANARQUÍA Y REVOLUCIÓN SOCIAL!

*Escrito en Octubre de 1999 con motivo del Primer Congreso de Unificación Anarco-Comunista de Chile.

[1] Esta organización era, naturalmente, la Federación Comunista Libertaria francesa, que tradujimos mal como Federación Comunista Anárquica porque ese era el término que favorecíamos en Chile en ese momento.


(Segunda Parte -Agosto 2001)

El anarquismo es organización, organización y más organización...
(Errico Malatesta)

Hay un mito bastante difundido, tanto en la población en general como entre muchas personas involucradas en el movimiento popular. Según este mito, los anarquistas somos enemigos de la organización y preferimos, en cambio, la acción puramente espontánea; del mismo modo se dice que somos individualistas fanáticos. Estas dos afirmaciones son por completo falsas y nacen algunas veces de ignorancia y otras veces de una clara mala intencionalidad política por parte de ciertos sectores. Lo trágico, es que muchas veces son los propios “anarquistas” los encargados de difundir tal mito. Esto, porque con una práctica inorgánica estimulan toda suerte de interpretaciones anti-organizativas, y porque muchas veces reconociendo la necesidad de la organización de forma discursiva, en la práctica actúan en contra de ésta.

Lo cierto, es que no es mucho lo que sobre la organización anarquista se ha escrito, cosa que no deja de sorprender, ya que el anarquismo constituye una crítica a los fundamentos de la sociedad de clases, que apunta tanto a sus aspectos de organización económica, como a los aspectos de su organización política. En ese sentido, no deja de sorprender que en los clásicos muchas veces el tema de la organización quede simplemente soslayado en unas cuantas frases, explicando de forma superficial muchas veces, el carácter que debe adoptar la organización anarquista: su organización de abajo hacia arriba, evitando la excesiva centralización, sin caer en el atomismo (contentándose otras veces con descripciones al borde del infantilismo sobre mundos fantásticos sin ninguna clase de restricción).

Pero la forma de organización que deben adoptar los anarquistas para sobrellevar el rol revolucionario que nos corresponde hoy, no aparece claro en ninguno de los clásicos. Bakunin no se adentra mayormente en el tema, y en la práctica opta por las sociedad secretas en boga entonces en el siglo XIX, lo cual dista bastante de ser una solución libertaria al problema de la organización revolucionaria. Para Kropotkin, el tema brilla por su ausencia, ya que la revolución se vuelve algo inevitable y a los anarquistas no nos resta más labor que la propaganda. Malatesta da unas cuantas declaraciones sobre constituir al anarquismo en Partido Revolucionario, pero no da mayor fundamentación al asunto.

Son los anarcosindicalistas los que primero darán una respuesta al tema de la organización revolucionaria: pero su salida no apunta específicamente a los anarquistas, sino que al conjunto del proletariado como clase. Ellos dan respuesta al problema de la organización mediante el sindicato revolucionario, nacido principalmente en Francia al calor de las Bolsas de Trabajo, que posteriormente darán origen (hacia fines del siglo XIX) a la CGT. Luego, su ejemplo será seguido por los IWW de EEUU, que luego se expandirán por el mundo llegando incluso a Chile, y por un sinnúmero de sociedades en resistencia que surgirán en todo el mundo (la FORA argentina, la FORU uruguaya, la FAUD alemana, la CNT española, etc... en Chile, las sociedades en resistencia formarán primero la IWW, luego vendrán la FORCh y la CGT). Pero los anarcosindicalistas solucionaban, en cierta medida, el tema de la organización revolucionaria para el conjunto del proletariado como clase, pero no para la particularidad del proletariado que se asume como parte de la militancia anarquista. Para ellos, en muchos casos, la organización anarquista no debía ser más que un puñado de personas unidas por afinidad con el único fin se sacar a luz la propaganda; la organización de veras revolucionaria quedaba en manos del sindicato.

Pero el tema de la organización anarquista quedará presente, e intentará ser resuelto por dos vertientes: la vertiente de la “síntesis” (propuesta fundamentalmente por Sebastián Fauré), la cual en cierta medida es heredera de esa concepción puramente propagandística del grupo anarquista por afinidad. Según esta corriente, los anarquistas de las diversas tendencias (obviando el hecho de que muchos “anarquistas” no tienen más en común entre sí que un simple alcance de nombre) debieran organizarse mediante grupos de afinidad y federarse sin necesidad de que haya más en común que la chapa de anarquistas (después de todo, son todos enemigos de la Autoridad....).

La otra vertiente que dará respuesta al tema de la organización anarquista, es la corriente heredera de la “Plataforma” desarrollada por el grupo de ucranianos Dielo Trouda, luego de la experiencia de la revolución rusa y el fallido intento libertario en Ucrania, que fue sangrientamente reprimido por los bolcheviques. Sus tésis sobre la organización anarquista las desarrollan a raíz de una profunda crítica que hacen del estado organizativo del anarquismo, y de la crítica a la debilidad teórica en que se contentaba un movimiento en el cual prácticamente todo valía, con tal de que llevara el apellido “anarquista”, el cual muchas veces era vaciado de todo contenido. A raíz de esta crítica, proponen que la unidad de los anarquistas no podía nacer como una simple adición de individualidades y grupos con un idéntico denominador (“anarquista”), sino que debía nacer de una unidad ideológica y táctica fruto de una profunda reflexión y discusión, hecha al calor de la puesta en práctica de los métodos y de las ideas. Por su parte, la organización, debía estar cohesionada por dos ejes principales: la responsabilidad colectiva y el federalismo. Es este aporte, el cual consideramos que entrega una respuesta real al tema de la organización revolucionaria anarquista.

Creemos necesario destacar, que en América Latina, específicamente en Uruguay, se constituyó en 1955 la FAU, la cual tomando la necesidad de dotar a los anarquistas de una organización político-revolucionaria, que fuera más allá de lo puramente propagandístico, pudiendo tomar en sí tanto la acción reivindicativa como la propiamente revolucionaria desarrolló tésis semejantes a las contenidas de la Plataforma. Lo que da mayor riqueza a esta experiencia, es el hecho de que nace, sobre todo, de un análisis (fundamentado en una práctica), de la realidad latinoamericana.

Las tésis de la Plataforma las he analizado de forma más detallada en Hombre y Sociedad nº10. Por ahora, me remitiré a la fundamentación misma de la organización revolucionaria anarquista; creo que sólo comenzando un debate y un esclarecimiento de posiciones respecto al tema, podremos sentar de forma clara la posición de los anarquistas ante la organización, ahuyentando de tal modo, definitivamente, los fantasmas del espontaneísmo y de la acción inorgánica.

PROLETARIADO Y MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO

Existe un sólo movimiento revolucionario: el movimiento del proletariado como clase en contra del sistema capitalista. Es el proletariado, el cual representa por su propia condición objetiva, la potencialidad revolucionaria para negar al capitalismo. En palabras de Albert Meltzer: “Sólo una clase productiva puede ser libertaria por naturaleza, ya que no necesita de la explotación”[1].

Sin embargo, el proletariado se encuentra lejos de constituír un bloque homogéneo y, a decir verdad, en términos subjetivos presenta una fragmentación “objetiva”, innegable; esto, al margen del rol que juega la penetración de la ideología burguesa en nuestra clase. De esa forma, comprobamos que en el seno del proletariado -explotados y oprimidos- existen distintas sensibilidades, distintos niveles de conciencia y de profundidad en la comprensión de la problemática social. Estas diferencias en el plano subjetivo, pueden tener un asidero en ciertas condiciones tanto objetivas (diferencias entre el proletario de cuello y corbata y el manual) como ideológicas. Pero lo fundamental, es comprender el hecho de que si bien el proletariado presenta, a grosso modo, una serie de características que objetivamente los hacen formar una clase (condición asalariada, el no ser propietarios de los medios de producción, etc...), subjetivamente presenta una notable heterogeneidad, distintos niveles de conciencia y distintas formas de concebirse dentro de lo social.

Este hecho, esta heterogeneidad subjetiva, se cristaliza en los programas históricos de los diversos sectores de la clase, organizados políticamente [2]. Está de más aclarar que estos programas aglutinan en torno suyo a distintos sectores de la clase, por las razones ya expuestas; por tanto, necesariamente estos programas se deben establecer de forma organizativa. El Anarquismo representa al programa que reúne en torno suyo a un sector, a un movimiento histórico dentro de la misma clase, que se identifica con los aspectos fundamentales del pensamiento y de la práctica libertarios; en este sentido es que, al igual que Malatesta, afirmamos que el anarquismo se debe constituír como Partido Revolucionario; vale decir, debe ser capaz de agrupar en una orgánica determinada a un segmento de la clase, que se identifica con los presupuestos centrales del programa anarquista en su sentido amplio (sociedad sin clases y sin Estado, autogestionaria, federativa, etc...). Por partido revolucionario no queremos decir ni una organización jerárquica ni una organización que se haga copartícipe del sistema democrático-burgués a través del juego electorero. Lo que queremos decir, es generar una organización que no nos agrupe ni por nuestra exclusiva afinidad en términos personales (como el colectivo o el grupo de afinidad), ni por nuestra sola pertenencia a la clase (como el sindicato) o a algún grupo social determinado (centros de madres, comités de cesantes o cualquier organización de masas por el estilo). A lo que nos referimos es a una organización, con sólidas bases clasistas, pero que nos agrupe en función de este programa anarquista, es decir, a una organización de carácter político-revolucionario.

Si bien muchos clásicos han hablado del Partido Anarquista y muchos los han, de hecho, formado, hoy esta palabra, por toda una historia política que no vale la pena traer a colación, ha caído en descrédito y su uso se presta a equívocos si es usada hacia el público en general, por los conceptos estrechos que vulgarmente se manejan de partido. Sin embargo, es necesario, para una discusión política más amplia, el rigor terminológico, y los anarquistas debemos estar siempre alertas a no caer en el tabú de las palabras cochinas y estar siempre atentos al contenido de lo que está en discusión.

LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA Y SU SUSTRATO CLASISTA

Debemos dejar en claro que el arraigo de una determinada organización en una clase social dada, está dado por cual es el origen que ésta tiene y por los objetivos que se plantea, así como por cual es el público al que dirige centralmente su discurso. Vale decir, la relación entre clase y organización va dada por el origen del programa, por el medio en el que se desarrolla y por los objetivos que persigue.

La teoría anarquista, por tanto la organización revolucionaria fundamentada en su programa, no es una una teoría exógena al proletariado; ésta se desarrolló como una fuerza viva, orgánica en las primeras asociaciones de la clase, en sus primeras experiencias de lucha, configurándose el anarquismo como una práctica real de combate, como una interpretación de los deseos y aspiraciones de la clase ante un sistema de opresión, a la vez que como una crítica a la institucionalidad burguesa y estatal. Estas fuentes del anarquismo, arraigadas en la misma lucha de clases, fueron interpretadas y sistematizadas por los clásicos del anarquismo, principalmente por Bakunin y Kropotkin. El anarquismo no nace como fruto de “profundos” estudios de ciencias sociales; antes bien, los clásicos utilizaron los progresos del siglo XIX en las ciencias sociales para ser puestos al servicio de este movimiento que se desarrollaba en el segmento más lúcido del proletariado. Es por este servicio que debemos tanto a los clásicos, quienes dieron orden y coherencia a esta teoría que crecía al calor de huelgas e insurrecciones, que se expresaba instintiva y radicalmente en la prensa obrera de la época.

En palabras del propio Kropotkin: “Como el socialismo en general y como cualquier otro movimiento social, el anarquismo nació del pueblo. Y sólo conservará su vitalidad y su fuerza creadora mientras siga siendo popular” [3]. Podemos decir con propiedad, entonces, que el Anarquismo es fruto de la experiencia acumulada por el proletariado en la lucha de clases.

El anarquismo también hace despliegue de su sustrato clasista en la medida en que identifica muy bien cual es el sujeto principal al que dirige su atención y su discurso: la clase proletaria. No puede ser de otro modo, dado que este público está determinado en gran medida por el origen del anarquismo, así como por los objetivos establecidos en su programa. Además, como ya habíamos expuesto, es en la clara comprensión de que las contradicciones sociales que tanto atacamos no existen en el aire, sino que se encuentran concretamente expresadas en las clases. Así, la potencialidad revolucionaria reposa en la clase productiva, en la clase que no necesita explotar ni oprimir para existir en cuanto tal. En la clase que es explotada y pisoteada. Por ser ella la portadora de las cadenas, es la única que puede zafarse de ellas. No se trata de ser mecanicista y suponer que TODO miembro del proletariado es claramente conciente de la necesidad de la revolución; por lo general, este sector no está exento de la ideologización por parte de la burguesía y puede, de hecho, mostrar valores profundamente reaccionarios y conservadores. De lo que se trata es de la existencia de un potencial, que se adhiere sencillamente en las condiciones objetivas de su existencia, que en determinadas circunstancias gatilla el despertar de la conciencia de clase [4], y en el hecho de que no tienen privilegios que defender en la medida de la burguesía. Y sus pocos privilegios, no están nunca seguros, y siempre pueden ser arrebatados en momentos de crisis. Del mismo modo, es necesario aclarar que hablamos del proletariado como clase, y no del trabajador como sujeto.

Resulta obvio que el sujeto trabajador asalariado está contenido en la clase, pero la clase en sí abarca a un número mucho más amplio, que son todos aquellos que en mayor o menor medida dependen del trabajo asalariado (sea el estudiante que se mueve con las monedas que le caen del sueldo de su padre, de la dueña de casa, del pensionado que recibe parte de lo que le robaron en años de trabajo, el cesante que vive con lo que alcanzó a ahorrar o de algún pariente, etc...), y que en definidas cuentas juegan su rol también en el aparato productivo, sea abaratando la mano de obra, como el cesante, aportando a la reproducción de la fuerza laboral, como la dueña de casa, o siendo la “banca” de la futura inversión en mano de obra, como el estudiante.

Si bien la clase a la que apunta el discurso anarquista es el proletariado, hay, ciertamente, individuos provenientes de una posición social más acomodada que abrazan esta doctrina. El genial padre del anarquismo, el ruso M. Bakunin, es claro al referirse a la constitución del movimiento revolucionario, en situar en el lugar correcto el aporte de estos sectores. Refiriéndose a la progresiva aceptación de las ideas socialistas y revolucionarias entre la pequeñoburguesía europea, la cual veía su condición empeorar día tras día debido a la concentración del capital en manos de los monopolios, señala:

“...Pero no debemos hacernos ilusiones: la iniciativa del nuevo desenvolvimiento no le pertenecerá a ella, sino al pueblo en Occidente, a los obreros de las fábricas y de las ciudades; entre nosotros, en Rusia y en Polonia, y en la mayoría de los países eslavos, a los campesinos. La pequeña burguesía se ha vuelto demasiado tímida, demasiado medrosa, demasiado escéptica para tomar por sí misma una iniciativa cualquiera; se dejará arrastrar, pero no arrastrará a nadie; porque al mismo tiempo que es pobre de ideas, le faltan la fe y la pasión. Esa pasión que rompe los obstáculos y crea mundos nuevos se encuentra exclusivamente en el pueblo. Por consiguiente pertenecerá al pueblo, sin duda alguna, la iniciativa del nuevo movimiento.”[5]

En otros escritos suyos podemos encontrar igual lucidez para tratar el asunto de las capas medias, de la pequeñoburguesía y de individuos de clase acomodada en el movimiento revolucionario:

...concluyo que si un hombre nacido y educado en el medio burgués quiere convertirse sinceramente y sin frases en el amigo y en el hermano de los obreros, debe renunciar a todas las condiciones de su existencia pasada, a todos sus hábitos burgueses, romper todas sus relaciones de sentimiento, de vanidad, de espíritu con el mundo burgués y, volviendo la espalda a ese mundo, convertirse en su enemigo y declararle una guerra irreconciliable, debe lanzarse enteramente sin restricciones ni reservas en el mundo obrero.” [6]

“...los socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca, piensan... que no pueden llegar a ese fin (la liberación, ed.) más que por el desenvolvimiento y por la organización... de las masas obreras, tanto de las ciudades como de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de las clases superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran reunirse francamente a ellas y aceptar íntegramente su programa”[7]

Queda claro que estos individuos deben adoptar el programa revolucionario anarquista y supeditar sus inclinaciones de clase a la concreción político-revolucionaria del movimiento obrero. Esto, en relación a los elementos provenientes de la burguesía queda claro por su propio antagonismo; en relación a los elementos provenientes de las clases medias, esto se debe a la carencia de un proyecto de clase propio. En virtud a esto, la clase media o se deja arrastrar por el proletariado, o por la burguesía (como aclara Bakunin en relación a la pequeña burguesía). No tiene autonomía, precisamente por su propia condición intermedia. Resulta un error, por tanto, el suponer que se pueda ganar para la causa a las clases medias suavizando el discurso y la práctica. Antes bien, resulta preciso mostrar claridad y decisión, fuerza con la cual jalar hacia nuestro lado a este sector de las población.

Es necesario, ahora, aclarar la relación entre el sustrato clasista del anarquismo y el fin social que persigue, en definidas cuentas, de los objetivos finales de su programa. Un programa político cualquiera, ve sus fines condicionados por la clase a la que apunta y por la clase que le sirve de cuna para su gestación. Con esto, resulta evidente que los programas generados en la parte patronal, jamás tendrán por objetivo que la clase trabajadora mejore su condición (si tal cosa ocurriese en un sentido relativo, lo cual siempre ocurre a expensas de otros grupos de trabajadores -como en las relaciones imperialistas- debiera ser considerado como un efecto colateral y en ninguna medida como el fin último del programa), sino que el fin que perseguirán será como incrementar la ganancia de los empresarios. Un programa proletario, deberá apuntar, necesariamente, a la superación definitiva de la condición explotada y oprimida de esta clase. Cualquier programa que no tenga por fin la abolición de las clases (y con esto no me refiero a lograr fórmulas para una “suavización” moméntanea e inestable de éstas, sino que a la supresión revolucionaria de las condiciones que las originan) no puede ser considerado necesariamente como un programa revolucionario del proletariado. Así, tenemos los objetivos finales del programa anarquista -colectivización y autogestión de los medios de producción y distribución, con la consecuente abolición de la propiedad privada de éstos; fin a las ventajas relativas del trabajo intelectual por sobre el manual, así como propender, mediante la educación y el desarrollo de los consejos técnicos de gestión a la integración de éstos; buscar optimizar, bajo control obrero, la producción y orientarla en función de las necesidades de la población, para lograr la abolición del salariado, y lograr la satisfacción plena de los individuos en función de sus necesidades e intereses; reorganización del aparato político de abajo hacia arriba, teniendo por base la comuna libremente federada, que dé plena participación a todos los miembros, lo que equivale a decir abolición del Estado, como un ente burocrático, vertical y enajenador del poder de las masas. Los objetivos del programa anarquista tienen por fin lograr la emancipación de la clase proletaria de sus cadenas, que le impiden su libertad y la igualdad; en ese sentido, se opone a los programas de la burguesía cuyo fin es la conservación de sus privilegios, sea en sus variantes más radicales y neoliberales, o en sus vertientes supuestamente rupturistas de la socialdemocracia, las cuales conservan las causas de la explotación intactas, pero aplican algunas reformas cosméticas por aquí y otras por allá, con un discurso de ayuda al “honesto y sacrificado” pequeño empresario (que puede surgir gracias a la explotación despiadada y sin ninguna regulación a sus sacrificados empleados, muchas veces en posición más desfavorable que sus compañeros de condición de empresas más grandes).

Es necesario recalcar la falacia sembrada por la Democracia Cristiana respecto a ser un partido con un proyecto de las “clases medias”, falacia que es repetida hoy por la Concertación. Las clases medias y la pequeñoburguesía, como ya hemos visto, no pueden tener un proyecto autónomo. Debido a la inestabilidad a que las somete el capitalismo, con la amenaza constante de la proletarización, que las condena a una especie de purgatorio, en el que oscilan frecuentemente entre el cielo y el infierno, entre la burguesía y el proletariado, a la pequeño-burguesía no le quedan más que dos alternativas: o se suma al proletariado y lucha con ellos en contra del sistema, o se suma a la defensa de la propiedad individual y su fomento, vale decir, se pasa definitivamente al bando de la burguesía. Por lo general, los discursos falaces que dicen representar a la clase media, no hacen más que defender los intereses del gran Capital. Pero el heco de no asumirlo explícitamente le vale, en la práctica, una contradicción permanente en sus cada vez más mermadas bases. Recordemos que en la crisis del sistema de los años ´70, la DC se divide, en la Izquierda Cristiana (sectores que optan por la revolución y el socialismo) y lo que queda de la DC se pasa de plano a la derecha.

Es necesario siempre tener en cuenta la naturaleza y el arraigo clasista de los programas para no caer en alianzas equívocas, ya que en toda alianza policlasista, se corta el hilo por el lado más fuerte: las alianzas con sectores supuestamente “progresistas” de la burguesía ha significado históricamente, posponer los objetivos del proletariado, y se han traducido en una nueva forma de sometimiento. Es necesario comprender que el proletariado no se puede seguir sumando a posiciones de Frentes Populares con la burguesía nacional; el proletariado debe alcanzar la madurez suficiente para lograr independencia programática y no hacer más que frentes de clase, en los cuales sean sus intereses como clase los hegemónicos.

LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA NO ES UNA CAJA DE RESONANCIA

De las afirmaciones que hacemos en relación al sustrato clasista de la organización revolucionaria, se puede extraer la conclusión tan errónea como dañina de que ésta no es más que una simple caja de resonancia para cualquier inquietud o posición al interior de la clase. Tal cosa sería caer en una suerte de populismo, en la cual consideramos que nuestra organización existe al margen del mundo popular y de que no tenemos un rol activo y dinámico al interior de éste. Del mismo modo, se supone que en la clase no existen influencias burguesas; las conclusiones, inquietudes o pensamientos que en ella podamos encontrar pueden ser muchas veces erróneos por efectos de la influencia burguesa, por efectos de la inexperiencia, por inmediatismo o por cualquier otra razón. Fontenis nos dirá que tal posición es caer en una nueva forma de misticismo y en suponer que el obrero es todo virtud y ningún defecto[8].

Nosotros no somos populistas. La organización revolucionaria anarquista no tiene por qué hacerse eco mecánicamente de cualquier idea en el seno de la clase, sino que representa en derecho propio las opiniones de un sector de ésta. Y tenemos el deber de expresar nuestra opinión al interior de la clase y de participar activamente en la organización popular para enfrentar al capitalismo y luchar por el mundo nuevo de libertad que tanto anhelamos. Porque estamos convencidos de que la organización del ala libertaria del proletariado, que no pretende insertar nada de forma artificial en la clase, sino que pretende desarrollar las tendencias libertarias presentes en ella, es una necesidad para el éxito del pueblo en sus luchas. La clase sin la organización revolucionaria que agrupe a las tendencias libertarias en torno al programa anarquista, se verá condenada a la espontaneidad y a sus consecuencias erráticas y azarosas, o a soportar nuevas formas de autoritarismo. Del mismo modo, la organización, sin una retroalimentación con la clase, se verá condenada a quedar reducida en una secta y a la práctica política alienada. Vemos que es necesaria la existencia de esta relación, la cual, llevada en sus justos términos no puede hacer más que enriquecer nuestras experiencias de lucha y asegurar una mejor posición para la victoria.

Es necesario hacer hincapié con Fontenis [9], que el objeto de esta interacción con el pueblo debe ser lograr que estas tendencias libertarias que representamos se desarrollen hasta el grado de pasar a ser las predominantes. Es lograr que nuestra influencia adquiera el carácter más amplio posible hasta lograr que el pueblo y su organización anarquista se confundan en uno solo.

LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA NO ESTÁ COMPUESTA DE ILUMINADOS

Y no sólo representamos, como minoría activa, en derecho propio a un sector de la clase, sino que además no podemos en ninguna circunstancias entendernos por fuera del mundo popular, cayendo en el iluminismo en el que a veces incurren algunos de nuestros compañeros que se creen ajenos a los defectos de la clase. Nosotros, lejos de todo elitismo, tenemos los defectos de nuestra clase, pero también sus virtudes.

Y debemos trabajar duramente y en estrecha relación con el pueblo para ir produciendo una superación moral de nuestros defectos, en esta sana y necesaria interacción. Porque la organización anarquista debe potenciar, hacia sus militantes y de éstos hacia el resto del pueblo, el desarrollo de una auténtica moral revolucionaria, la cual potencie aspectos positivos y las virtudes del pueblo (prácticas solidarias, ej.) y combata sus defectos (vicios, ej.) No se trata, por tanto en dejarlo simplemente como un asunto de cada cual, sino que la organización debe ser capaz de producir la superación de sus militantes en todo sentido. Del mismo modo, no se trata simplemente de aceptar los defectos en el mundo popular y dejarlos ahí (machismo, ej.); de lo que se trata es de comprender que el proceso de superación del mundo popular, indisociable de su crecimiento en la lucha, es un proceso muy dinámico y rico que nos involucra de manera directa, ya que no somos ajenos a estos mismos problemas, y debemos estar prestos a comprender que sólo mediante el trabajo en el mundo popular codo a codo y no como marcianitos bajando con la verdad desde el espacio, sin sectarismo ni con rechazos a primera, podremos lograr éxitos en combatir los defectos populares.

¿PARA QUÉ SIRVE LA ORGANIZACIÓN REVOLUCIONARIA?

Como ya he expresado en anteriores ocasiones, la principal utilidad de la organización revolucionaria anarquista, es agrupar en torno a un programa libertario a diversos sectores de la clase, a los sectores con conciencia más clara y con decisión revolucionaria. Esto, con el fin de desarrollar las tendencias libertarias en el seno del pueblo.

Por otra parte, la organización revolucionaria es la encargada de mantener viva y fresca la experiencia que el proletariado ha ido adquiriendo en su historia de luchas, y ser capaz de traducirla en un plano práctico. Nada puede quedar a la improvisación, ya que nuestra historia se ha hecho a costa de innumerables sacrificios y de mucho dolor. La organización revolucionaria debe ser capaz de extraer los aspectos positivos de nuestros éxitos, así como de evaluar las derrotas y extraer de éstas, las lecciones de la historia. Sólo así, nuestras derrotas de ayer, mañana serán nuestros triunfos. La organización revolucionaria debe ser un órgano de preparación para la revolución, en todo sentido; es éste el carácter fundamental que la debe distinguir del resto de los partidos y organizaciones funcionales al sistema. Quienes, por vicio espontaneísta o por dogmatismo, dejan de lado la necesidad de aprender de nuestras experiencias y la labor preparatoria de la organización, dejando campo fértil a la improvisación, obran de forma irresponsable, ya que pudiendo ahorrar sufrimientos al pueblo, no le “previenen” de repetir errores pasados o de caer en prácticas las cuales pueda ser fácilmente previsible que conducirán al fracaso. Nuestro enemigo, la burguesía y el Estado, se encuentran siempre preparados para combatir cualquier aire de sublevación; ante tal enemigo, nosotros debemos estar igualmente preparados y prestos. Así, el rol de la organización revolucionaria en este sentido, así como en su combate a la simple improvisación, resulta fundamental.

Otra utilidad de la organización revolucionaria, es que permite mantener un trabajo regular en el seno del pueblo. Vale decir, la organización, pese a que se vea de hecho afectada por las fluctuaciones en la militancia y la actividad popular, es más regular y puede tener más continuidad que muchas organizaciones sociales las cuales son, por lo general, bastante dependientes de la coyuntura. De este modo, se mantienen latentes las condiciones que facilitan un resurgimiento de las organizaciones sociales luego de períodos de reflujo (como el que hoy atraviesa el país). Del mismo modo, representa un referente para quienes comiencen a cuestionarse sobre el actual estado de cosas.

También, la organización revolucionaria permite conectar las realidades parciales de la lucha en una perspectiva global y unificadora. Todos sabemos, que la realidad del movimiento sindical, estudiantil, poblacional, así como de distintos grupos de activismo que puedan generarse, no van siempre de la mano. Cada uno de estos movimientos, con todos sus diferentes grados de desarrollo, representa una visión particular, sobre un campo limitado, de una realidad social que les es transversal y que les une como clase. Si nos perdemos en uno sólo de estos segmentos de la clase (entendiendo que en sujetos policlasistas como el poblacional o el estudiantil, nos interesan fundamentalmente los sectores proletarios), perdemos una visión total, unificadora, que es la única que nos puede orientar por la línea correcta.

Generalizar a partir de una situación particular, nos puede llevar a conclusiones erróneas y a una práctica equívoca. Las prácticas equívocas muchas veces son aprovechadas por la burguesía para fragmentar a la clase y para explotar las contradicciones secundarias al interior nuestro, que dilatan nuestra unidad en contra del enemigo común (trabajadores peruanos contra trabajadores chilenos, hombre contra mujeres, etc...). De esta forma, nos someten en el atomismo, que se produce gracias a la exaltación de nuestras diferencias por sobre nuestros puntos de unidad. Ahora, la organización revolucionaria, precisamente por agrupar en cuanto clase y no como sujetos (y en torno a claros ejes políticos), permite este espacio de convergencia de los distintos sectores de la clase, de las diferentes realidades particulares en función de un único proyecto que abarque las demandas y los análisis de todos. Conecta las realidades distintas dentro de la clase y las agrupa en una corriente coherente con la cual se hace posible la formulación de un programa estructurado que responda a las necesidades de la clase globalmente. Además, sirve como una escuela en la cual aprendemos unos de otros de nuestras distintas experiencias.

Lo anterior se relaciona con otro punto de primera importancia de la organización revolucionaria: es que ésta permite superar la inmediatez de las luchas. Nos eleva por sobre el “aquí y el ahora”. Esto significa que enriquece nuestra práctica y nuestra comprensión de los fenómenos con la luz de las experiencias históricas, así como de las experiencias desarrolladas en otros lugares, más allá de nuestra inmediatez física. De más está aclarar la importancia de este hecho en cuanto al desarrollo de una línea política correcta.

La organización revolucionaria anarquista es por excelencia (no pudiendo serlo ningún otro espacio del mismo modo) el punto de encuentro entre la teoría y la práctica. Por su unidad y cohesión teórica, así como por llevar adelante tareas de carácter reivindicativo, de organización, de ruptura y de lucha, es la cual permite mejor que ninguna otra instancia la aplicación de nuestras doctrinas en la realidad.

De este modo, logramos de forma operativa que nuestro anarquismo, que nuestra teoría revolucionaria, sirva en efecto, con resultados concretos y palpables, para la transformación social, para la transformación de nuestra realidad de opresión.

Hacemos que sea de verdad una herramienta de liberación. A la vez, el contraste con la realidad es el que permite que nuestra doctrina revolucionaria se supere, que mejore sus postulados, que refine sus imprecisiones, que supere sus errores. Es en esta relación de mutua afectación entre teoría y práctica, que superamos la contradicción entre el “decirse” y el “ser” anarquista.

También la comprensión de la organización anarquista como una escuela, va más allá del simple contacto con gentes provenientes de diversas experiencias populares, el cual por cierto, es de primerísima importancia y de lo más enriquecedor para el conjunto de la organización y su programa. También pasa por la formación doctrinaria y moral de los militantes. La organización, es el espacio en el cual se deben exaltar y desarrollar, en solidaridad y verdaderas relaciones de confraternidad y camaradería, las facultades intelectuales y morales de los compañeros. Es un espacio para potenciar las virtudes de los militantes y para superar sus vicios y defectos.

La organización es un espacio en el que el proceso de aprender no se debe dar nunca por terminado; en ella, todos tenemos algo que aportar, algo que enseñar, y a su vez, todos tenemos algo que aprender.

José Antonio Gutiérrez D.

[1] A. Meltzer, “Anarchism, arguments for and against”
[2] Entendiendo “políticamente” en su sentido más amplio, como la participación en las cuestiones sociales de forma organizada.
[3] P. Kropotkin, “La Ciencia Moderna y el Anarquismo”
[4] Vale decir, la conciencia clara de su condición social objetiva, de sus intereses (en tanto miembro de esa condición social, de esa clase) y los pasos necesarios para superar su situación.
[5] M. Bakunin: “Federalismo, Socialismo y Antiteologismo (Socialismo)”
[6] M. Bakunin: “El Imperio Knuto-Germánico y la Revolución Social (Primera Entrega, 1871)”
[7] M. Bakunin: “La Comuna de París y la Noción de Estado”
[8] George Fontenis: “Manifiesto Comunista Libertario”
[9] George Fontenis: ídem

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