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Reflexiones sobre los diez años de anarco-comunismo en Chile

category bolivia / peru / ecuador / chile | historia del anarquismo | opinión / análisis author Tuesday August 12, 2014 18:54author by José Antonio Gutiérrez D. Report this post to the editors

La siguiente es una reflexión sobre los diez años del Congreso de Unificación Anarco-Comunista, organización fundada en Noviembre de 1999 que fue un importante hito en la articulación de un movimiento libertario inserto en las luchas sociales y parte integral de ellas en el Chile post-dictadura. Estas reflexiones fueron escritas hace más de cuatro años, para el número 25 de la publicación Hombre y Sociedad, la cual nunca vio la luz del día, junto a contribuciones hechas por toros compañeros. La reproducimos acá porque creo que hay elementos que aún se mantienen en el balance, particularmente en lo relativo a la asimetría entre el desarrollo político-social en comparación con lo político-organizativo.

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Reflexiones sobre los diez años de anarco-comunismo en Chile

El 29 de Noviembre de 1999 concluía en Santiago un proceso de aproximadamente un año durante el cual un reducido número de anarco-comunistas, que venían de diversos espacios, se plantearon la necesidad de avanzar a mayores niveles de organización en el anarquismo y de dar un proceso de maduración política que volviera a poner a esta doctrina en el corazón de las luchas populares. Una de las vertientes de las cuales se nutrió esta nueva experiencia fue un sector de anarquistas que nos habíamos nucleado en torno a esta publicación, Hombre y Sociedad, y que desde hacía un par de años veníamos trabajando en el movimiento estudiantil y sindical. Mis opiniones respecto al proceso que llevó al nacimiento del Congreso de Unificación Anarco-Comunista aquel caluroso día hace más de una década, están, obviamente, marcadas por esta trayectoria que recorrimos colectivamente.

La génesis

Desde principios de los ’90 se vivía una especie de crecimiento explosivo de colectivos anarquistas en todo el país y de una creciente identificación de sectores de la juventud con el anarquismo, a veces de manera intuitiva, a veces con un discurso más o menos articulado. Desde mediados de esa década comienzan intentos de unificarse y coordinarse que terminan en fracaso. El epicentro de todas esas tentativas gravitó en Santiago, ciudad a la que llegué en 1996 y desde entonces me sumé a las tentativas por avanzar hacia una organización anarquista que pudiera canalizar este potencial principal, pero no exclusivamente, juvenil. Después de participar a comienzos del ’97 en un encuentro para organizar a los anarquistas que estuvo caracterizado por la improvisación y por la nula preparación, decidimos que uno de los aspectos fundamentales que debíamos trabajar era la formación militante, tener una prensa libertaria de calidad, que fuera más que una hoja mal fotocopiada, que pudiera repartirse en diversos espacios y con una cierta masividad. Así fue como nació Hombre y Sociedad a mediados de 1997, apareciendo un primer comunicado público en Octubre y nuestro primer número en Noviembre de ese año.

En paralelo veníamos trabajando junto a otros compañeros con los que eventualmente llegamos al Congreso del ’99 en espacios como el estudiantil y en menor medida el sindical. Estas experiencias de trabajo concreto –por ejemplo, en lo que fue la efímera Coordinadora Autónoma Estudiantil nacida durante las tomas universitarias de 1997- fueron las que cimentaron una visión del anarquismo en quienes participamos de ella que iba muchísimo más allá de la contracultura o de la irrupción espectacular en las marchas. Estas experiencias nos acercaron y pavimentaron el camino a la posterior unidad –proceso que no estuvo exento de roces, distanciamientos y lejos de cualquier noción de proceso lineal. De hecho, para fines de año muchos de ese piño nos habíamos distanciado y volcado a fortalecer nuestros propios procesos y espacios.

Para fines de 1998, nos acercamos distintos sectores que habíamos confluido en la crítica a la situación presente del anarquismo, al que veíamos continuamente mordiéndose la cola en una autocomplacencia aterradora. A fines de ese año, habiendo acumulado un poco más de experiencia, habiendo hecho algunos nuevos contactos en el camino, y habiendo vuelto a recomponer las confianzas que se habían perdido al calor de los tropiezos de los dos años anteriores, comenzamos el proceso de convergencia libertaria, que se dio en paralelo a la definición del anarco-comunismo en Chile.

Creo que es importante ser muy claro en que cuando formamos el grupo organizador del Primer Encuentro Anarco-Comunista de Chile, teníamos una noción más o menos vaga de qué queríamos y esa noción fue definiéndose mediante reuniones frecuentes en las cuales los compañeros de ese grupo organizador compartíamos lecturas, reflexiones, experiencias y al calor de ese debate, fuimos definiendo lo que entendíamos por anarco-comunismo. Indudablemente se fundamentaba en los innegables aportes de la Plataforma del Grupo Dielo Trouda y del Manifiesto Comunista Libertario de Fontenis, pero no era una aplicación mecánica, sino que una experiencia original, en la cual recogíamos no solamente los elementos más lúcidos de la tradición anarquista revolucionaria, sino que además, recogíamos los elementos propios de la experiencia revolucionaria en Chile –lo cual incluía las luchas que nosotros mismos habíamos dado. Creo que es importante enfatizar el elemento original de esta experiencia, que en ningún caso rechazó aportes de la tradición, pero que la renovó al calor de nuestra realidad concreta.

Uno de los elementos que sabíamos era imprescindible si queríamos llegar a buen puerto, era tener una organización con bases reales, que no estuviera suspendida en el aire: por tanto, nos propusimos que la organización estuviera compuesta por compañeros con trabajos sociales reales. Junto a ello, planteamos temas como el clasismo, la lucha revolucionaria y el compromiso con la construcción de una organización. Así fue que nacimos, con muchos proyectos y con mucha ambición. Y así también creció la organización, terminando por absorber a los compañeros más comprometidos de otra organización llamada Fuerza Libertaria que eran más cercanos a un anarquismo un poco más laxo y que en un primer momento nos había demonizado.

El Congreso de Unificación Anarco-Comunista

El desarrollo de la organización en sí, fue el desarrollo de una serie de contradicciones que surgieron de la puesta en práctica de nuestro proyecto organizativo. Una de las primeras contradicciones se dio ante el peso que la teoría abstracta debía tener según diversos militantes. Mientras unos creían que la organización debía ser una “escuela de anarquistas”, otros mayoritariamente sostenían que la organización sin descuidar los aspectos de formación, debía pensarse como una organización de lucha y de construcción popular ante todo. Pero esa no fue ni con mucho la contradicción más importante.

Creo que fue en los momentos en que comenzamos a definir una estrategia colectiva de “inserción social”, es decir, de determinar una presencia colectiva y decididamente libertaria en diversos espacios sociales en los que participábamos (social, estudiantil, poblacional) cuando se comenzaron a ver las primeras grietas. Algo por lo demás natural, pues el choque con la realidad de la lucha social concreta es lo que al final determinaba lo que había de real y de superfluo en la organización. Una de las primeras discusiones fue en torno a qué tan democrática y representativa era la asamblea general de la organización en la cual se decidía por fuera de los espacios organizativos de lucha. En realidad, cuando se planteó la reforma orgánica, lo que se hizo fue cambiar el eje de la organización hacia los espacios de inserción, hacia los frentes, con lo cual se dejaba sin piso a quienes tenían tribuna solamente desde la asamblea general. Pero además, aplicábamos un modelo realmente federativo, superando la visión que hasta entonces primaba de un colectivo más o menos grande. Lamentablemente, como respuesta por parte de algunos sectores de la organización, comenzaron las purgas y un mal sano disciplinamiento de muchos compañeros que a veces se equivocaban precisamente porque se atrevían a llevar sus ideas a la práctica o porque no tenían siempre tiempo de bajar al centro desde su población o desde su frente. Algunos frentes, particularmente sindical y estudiantil, fueron injustamente atacados en este proceso.

Por otra parte, algunos sectores de la organización comenzaban en paralelo a forzar realidad artificialmente y a fundar “feudos” en lugar de frentes, y desde ellos se planteó la idea de fomentar un proceso de unidad con otros sectores anarquistas, desde lo “anarquista” y no desde la “lucha”. Eso, en momentos en que veníamos fortaleciendo nuestro trabajo de frentes y, particularmente desde el estudiantil veíamos la posibilidad de avanzar en un proceso de convergencia no desde lo político-abstracto, sino desde nuestro espacio de lucha concreto. Teníamos así la situación a comienzos del 2003, en que por una parte un par de personas en la organización impulsaban una mesa de unidad con otros anarquistas, y por otra parte, otro sector veníamos trabajando en un proceso de convergencia nacional de los estudiantes libertarios a raíz del trabajo conjunto que habíamos dado durante las movilizaciones estudiantiles del 2002. ¿Quién estuvo en lo correcto? Creo que el desarrollo ulterior del Frente de Estudiantes Libertarios comparado con el proceso abortado de la Mesa de Coordinación Anarquista habla por sí solo.

Es esta serie de contradicciones, sumado a las malas prácticas por todos conocidas, que la organización terminó por agotarse a mediados del 2003, entrando a un proceso de discusión y de profunda re-evaluación política que llevó en el 2004 al nacimiento de la Organización Comunista Libertaria de Chile. De ahí, esta organización sigue otro proceso, tampoco exento de contradicciones al cual no me referiré, pero también creo importante que los compañeros que participaron de ese proceso orgánico puedan hacer una evaluación crítica.

A modo de conclusión

Independientemente de los errores que se hayan podido cometer en el CUAC y de los golpes bajos que se recibieron en el proceso de un debate viciado y malintencionado, no podemos perder de vista la naturaleza política de estos dos debates en torno a la cuestión de la construcción de organización y de nuestra política de unidad y de alianzas. Creo que estos elementos dejan importantes lecciones para el presente.

Se ha celebrado el décimo aniversario del Primer Congreso Anarco-Comunista y nuevamente se vuelve a plantear el tema de nuevas coordinaciones, de nuevas convergencias, de nuevas orgánicas de unidad. Tales proyectos no dejan de ser alentadores, particularmente si tomamos en consideración el grado de atomización y dispersión que se vive en Santiago. Pero no podemos caer en los mismos errores de ayer de apresurarnos en el proceso de unidad. Debemos ir paso a paso, discutiendo a todo momento, y sobre todo, debemos evitar, al igual que como lo evitamos el 2003, privilegiar una unidad meramente superestructural, una unidad de orgánicas políticas, sin un correlato en la práctica. La política que definimos entonces y que creo que a la luz de los hechos se ha mostrado como una política correcta, fue la de Unidad desde Abajo y en la Lucha, es decir, potenciar los espacios de base, los trabajos de frentes, y desde esos espacios potenciar la unidad política de los anarquistas para que ésta sea un proceso orgánico, no artificial.

No quiero dejar de resaltar una contradicción aparente, y es que mientras en 1999 nos propusimos fundar entonces una organización política, hoy es este nivel en el cual presentamos mayor debilidad. Creo que nuestra principal fortaleza es el trabajo de frentes, el trabajo al nivel político-social y siendo esa nuestra fortaleza, es natural que cualquier proceso de convergencia a nivel política deba ser tomando como eje estos sólidos cimientos que se han establecido en las luchas estudiantiles, poblacionales y en ciertos espacios sindicales.

Además, semejante proceso de convergencia debería pasar necesariamente por la recuperación de las confianzas, por el abandono de las actitudes arrogantes y soberbias, por tirar por la borda los exclusivismos y por fundar algo que hasta el presente hemos sido incapaces de tener: una cultura de debate constructiva, sana y de altura. Espero que esta revista siga siendo un foro que facilite la creación de esa cultura.

Creo que, por último, es importante tener en consideración algunos elementos no menos importantes para el futuro de nuestro movimiento y que nos llenan de optimismo: cuando comenzamos este camino hace una década, teníamos muy poco que mostrar en términos de lucha concreta, en términos de presencia social. Hoy, aunque falta mucho, hay un acumulado de luchas, de experiencias importante, ha habido efectivamente un proceso de construcción en el que hemos vuelto a hacer al anarquismo patrimonio del pueblo. Eso se reflejó bien durante el encuentro, pese a “ausencias” que creemos que también debieran aportar a este proceso colectivo. Otro hecho notable, es la importante participación de mujeres como se vio en el encuentro: cuando fundamos el CUAC, las compañeras podían contarse con media mano. Eso también demuestra que algo se ha ido avanzando para hacer al anarquismo más inclusivo y un poco más “para todos y todas”. Hoy, pese a todo, podemos hablar efectivamente de un movimiento, el cual retoma la ambición compartida de transformar al mundo.

José Antonio Gutiérrez D.
27 de Enero, 2010

Related Link: http://hyscomunistaanarquica.blogspot.ie/2010/12/encuen....html
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