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Negociación, construcción de paz y la acción política de los movimientos sociales

category venezuela / colombia | la izquierda | opinión / análisis author Saturday December 22, 2012 22:29author by Carlos Andrés Manrique y Laura Quintana Report this post to the editors

Más allá de la importante y oportuna distinción entre la negociación con miras al término del conflicto armado y la construcción de paz, tal vez haga también falta pensar mejor las imbricaciones entre estos dos procesos, en la medida en que algunos de los obstáculos que se pueden presentar en el primero, tienen que ver con condiciones de posibilidad de la futura construcción de paz en un sentido más amplio.

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Quizás uno de los puntos más álgidos en los debates que se han suscitado en torno al esperanzador desarrollo de la mesa de negociación entre las delegaciones del gobierno y de las FARC, tiene que ver con dos maneras distintas de entender el proceso mismo de la negociación, y el papel de éste en otro proceso más amplio, de mayor alcance y profundidad, que es el de la así llamada “construcción de paz”.

El “Acuerdo general…” firmado en agosto pasado en la Habana, concibe la terminación del conflicto como la “condición esencial” para la “construcción de una paz estable y duradera”, y al hacerlo traza, de manera prudente y sin embargo un tanto indeterminada, la diferencia entre estos dos procesos. Ahora bien, el trazado de esta diferencia abre un amplio espacio de ambigüedad en el cual han entrado ya en disputa, implícita o explícitamente, diferentes interpretaciones no solamente de lo que puede implicar la “construcción de paz” en nuestro país (lo que era de esperarse), sino también, de los alcances de la misma mesa de negociación con miras a este objetivo. Se ha generado así una tensión entre dos maneras distintas de entender la negociación: por un lado, el énfasis en la necesidad pragmática de mantener las conversaciones y los resultados en la mesa dentro de ciertos plazos expeditos; y, por otro lado, la necesidad de atender a la complejidad de los desacuerdos que están en juego sobre lo que supone, justamente, la construcción de la paz en un sentido amplio. Así, con el énfasis en los plazos rigurosos y expeditos para la consecución efectiva de un acuerdo que ponga fin al conflicto armado, desde la perspectiva del gobierno la negociación pareciera querer enfocarse cada vez más en la mera inserción de las FARC en los canales institucionales ya dados, otorgando garantías de participación política a algunos de sus cuadros en los procesos electorales, tras la reinserción en la vida civil. Por otro lado, desde la posición de las FARC, pareciera insistirse en que la negociación debe introducir temas sustanciales de fondo sobre el proyecto de sociedad que está en juego en la posición de cada una de las partes (el problema de la tierra, por ejemplo), y ello supondría entonces que debe conducir a algunas transformaciones, así sean modestas, de los marcos institucionales y las estructuras sociales y económicas ya existentes.

Ahora bien, en contrapunto con esta tensión (expresada de manera acentuada en la diferencia de tono y de perfil de los pronunciamientos de la delegación del gobierno y de las FARC en la apertura de la mesa en Oslo), es fundamental tener en cuenta el papel de las reivindicaciones y luchas que han venido adelantando desde hace muchos años los movimientos sociales en nuestro país, en toda la pluralidad de sus discursos y manifestaciones. En efecto, uno de los elementos cruciales para trazar la distinción entre el proceso de negociación y el proceso de construcción de paz, es que mientras el primero se lleva a cabo principalmente por los actores directamente implicados en el conflicto armado, el segundo debe entenderse como un camino de largo aliento y alcance en el que resulta decisiva la participación de los movimientos sociales y populares en el planteamiento de los problemas y la propuesta de soluciones con respecto a diversos factores económicos, políticos, culturales, ambientales, en particular la desigualdad económica y la exclusión social, que han estado en el centro del conflicto armado. Con respecto a esta participación de los movimientos sociales parece haber algunos interrogantes sobre los que valdría la pena pensar más detenidamente.

En primer lugar, es importante atender con toda seriedad, y resaltar, las manifestaciones expresas de los movimientos sociales con respecto a su necesidad de mantener una posición de total autonomía e independencia con respecto a las partes de la negociación. Si los movimientos han de ser escuchados en la mesa, ello ha de realizarse sobre la premisa del reconocimiento de la singularidad de su historia de lucha y de movilización; una historia que se caracteriza por el valiente e invaluable esfuerzo de haber abierto un espacio de acción política que no puede ser cooptado por ninguna de las partes en la mesa. Ni por el gobierno, pues este espacio de acción política se lo han abierto los movimientos en una actitud sostenida de crítica ante la estrechez e insuficiencia de los canales estatales y electorales existentes; ni por las FARC, pues este espacio de acción política se ha abierto también a través de movilizaciones que han adoptado otras vías, prácticas y estrategias de crítica, y de desafío, al status quo, marcadamente distintas al camino de la lucha armada. Es importante resaltar esta posición de autonomía e independencia de los movimientos sociales frente a las partes de la mesa de negociación, por varias razones: primero, porque en los discursos y pronunciamientos de los negociadores de las FARC, es claro que éstas están buscando presentarse como voceras, o defensoras, de la causa de los movimientos sociales hasta el punto de hacerlo una de las banderas centrales de su agenda de negociación. Frente a esto, es necesario defender la singularidad de los movimientos, y de su historia de lucha, como uno de los principales impulsores de una construcción de paz a largo plazo, justamente porque en estas luchas distintos sectores sociales han encontrado formas de organización política al margen de las estructuras de la democracia “representativa”. Su riqueza política, y su enorme potencial de contribuir a la construcción de paz, tiene que ver con su no ser representados por nadie, y con el haber creado espacios y formas de acción política alternativas a través de sus modos directos, muchas veces inventivos, de manifestación, de organización, de movilización.

Pero, así mismo, es también necesario afirmar y resaltar el modo como la historia de lucha de los movimientos sociales, en su ya en sí misma ejemplar pluralidad de orientaciones y estrategias, les da una perspectiva de autonomía e independencia que problematiza y desestabiliza el conformismo y la auto-complacencia institucionalista que caracterizan la posición de la delegación del gobierno en la mesa de negociación. Si se insiste en la importancia del papel de los movimientos sociales en la construcción de paz, más allá de la negociación del término del conflicto armado, es necesario precisar lo que supone tal participación. Ésta no puede ser reducida simplemente al objetivo de garantizar las condiciones institucionales y jurídicas que permitan la participación de actores previamente excluidos, en los canales estatales y electorales ya dados. Por el contrario, se trata más bien de posibilitar que tales voces excluidas permitan reconfigurar el proyecto de sociedad de tal manera, por ejemplo, que la participación y la acción política no se puedan restringir a la inclusión en los procesos electorales de la democracia representativa ya instituida, sino que se legitimen en una escala diferente a la actual los escenarios de participación ya creados, laboriosamente, por los movimientos. Escenarios que implican la puesta en juego de otra noción de “democracia”, que, entre otras cosas, privilegia aquellas formas de manifestación y movilización en las que sectores sociales marginados han venido reivindicando por años, de manera directa, su potencial de reconfigurar los trazados de lo común, las relaciones y estructuras sociales, el proyecto mismo de país.

Ahora bien, si de lo que se trata a la hora de pensar el papel que pueden jugar los movimientos sociales en la construcción de paz, y por lo tanto, en la mesa negociación como un primer paso en la dirección de ese camino, es de atender a la singularidad de las formas de acción colectiva que éstos han cultivado laboriosamente, la pregunta esencial es: ¿cómo se está pensando y ejerciendo la acción política desde los movimientos sociales mismos? Y al confrontar esta pregunta, nos encontramos con un espacio de ambigüedad e indeterminación, que, bien manejado, puede ser sumamente productivo: por un lado, tal acción parece concebirse en un sentido más estrecho como propuestas de reforma en el orden jurídico, bien sea para garantizar la participación política de todos los sectores sociales en pie de igualdad, bien sea en el marco de una justicia retributiva para reparar daños de la violencia; pero, por otro lado, en el discurso de los movimientos sociales también hay una noción de acción política más amplia, pensada como “transformación” de los modos de vida (la noción de “buen vivir”), y del tejido social (la construcción de “un renovado sentido de lo público”); transformaciones de las formas de vida y del tejido social que trascienden las fronteras del orden jurídico. Valdría la pena entonces preguntarse cómo el nivel de las prácticas mismas de los movimientos sociales –dimensión que parece no ser tenida en cuenta en los debates actuales como una dimensión política significativa- es fundamental para entender la acción política en un sentido más amplio de transformación de las formas de vida y de los trazados de lo común. También habría, por otro lado, que pensar esa transformación excediendo la dicotomía entre “reformismo jurídico” y “transformación plena de lo social” (en sentido revolucionario) para sugerir otro vocabulario de lo político y otra forma de entender lo institucional.

Por otro lado, la historia de lucha de los movimientos sociales nos enseña que es importante mantener separadas la lógica del consenso, y la lógica del conflicto político, y seguir pensando la acción política en este último registro. Una comprensión agonística de lo político, como la que parece atravesar las luchas y formas de reivindicación de los movimientos sociales, reconoce el carácter conflictivo de lo social, y asume que todo consenso y trazado de lo común produce exclusiones que habrán de tener que ser confrontadas, de nuevo, políticamente. Por otro lado una lógica del consenso como la que mayormente respalda las formas estatales, asume que hay unas posiciones, reglas de juego o principios que les pueden permitir a las partes implicadas llegar a una perspectiva común integradora, máximamente inclusiva. Consideramos, empero, que una traba para el actual proceso de paz es pensar que el acuerdo debe darse en término de un consenso que integre las partes a un marco común ya dado, y no como un escenario de negociación que permite precisamente reconfigurar las posiciones hegemónicas en juego. Un claro ejemplo de esto han sido las reacciones mayoritarias de rechazo que el discurso polémico, confrontador, de Iván Márquez generó en el consenso de la así llamada “opinión pública”; ello muestra la prevalencia de una cultura política orientada justamente hacia el consenso e incapaz de aceptar que el conflicto social y su transformación en conflicto político implica la escenificación de verdaderos desacuerdos. De la mano con el esfuerzo de fracturar la cultura bélica que se ha incorporado a nuestra realidad social, sería importante también pensar en la tarea de construir una cultura política del desacuerdo, que confronte la prevaleciente cultura política del consenso.

Más allá, entonces, de la importante y oportuna distinción entre la negociación con miras al término del conflicto armado, y la construcción de paz, tal vez haga también falta pensar mejor las imbricaciones entre estos dos procesos, en la medida en que algunos de los obstáculos que se pueden presentar en el primero, tienen que ver con condiciones de posibilidad de la futura construcción de paz en un sentido más amplio. Por ejemplo, cuando en respuesta al discurso polémico de Iván Márquez, Santos tilda al discurso de las FARC como anacrónico, en tanto que el Gobierno ya ha avanzado en la agenda política y le está quitando las “banderas” a las FARC con proyectos de ley como “la ley de víctimas y restitución de tierras”, ello supone desconocer que el punto de partida de la negociación es un verdadero conflicto o desacuerdo sobre las estructuras vigentes del Estado, sus instituciones y su papel en la construcción de paz. Frente a este desconocimiento, y atendiendo a las enseñanzas que nos debe dejar la historia de las luchas de los movimientos sociales, es menester asumir que la negociación exige un tratamiento de un conflicto político que, en lugar de propender por la integración de una de las partes a un consenso ya dado, sea capaz de abrirse a una reconfiguración de los discursos y las posiciones de ambas partes, para trazar otro marco de lo común, y otros posibles modelos de sociedad y de país.

Carlos Andrés Manrique
Laura Quintana

Publicado en la revista digital "Palabras al Margen"

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Sat 07 May, 08:29

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Este artículo apareció originalmente en la revista CEPA (año IX, Vol. II, No.19 –Agosto/Diciembre 2014) y fue escrito entre abril y junio de 2014 cuando se conmemoraba el medio siglo de vida de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP). El objetivo de este artículo no era ni hacer una historia exhaustiva de este movimiento insurgente, ni una apología, ni una exposición sistemática de la ideología y la práctica del movimiento guerrillero. El objetivo, en realidad, era mucho más simple: demostrar que la resistencia no ha sido estéril ni en vano. Quería salir al paso a una determinada línea argumentativa en un sector liberal y socialdemócrata de la izquierda que plantea, de manera simplista, que la lucha armada, en el mejor de los casos, ‘no ha servido para nada’ o, en el peor de los casos, ha sido el principal factor del estancamiento de la izquierda colombiana –a esto último lo he llamado la tesis de la “guerrilla-tapón”, que bloquea el aparentemente “inevitable” cauce de la izquierda legal al poder–. Ambas tesis parten de la discutible base de que la resistencia armada fue sencillamente una opción que se asumió dogmáticamente en medio de un abanico de oportunidades que la izquierda tenía a mediados del siglo XX. En este sentido la gran responsable de la violencia en Colombia sería, en realidad, el movimiento guerrillero y no el Estado. De esta manera, estas reflexiones deben ser entendidas como una contraparte de una polémica previa,¿Qué paz para Colombia?, escrito con un amigo y colaborador que prefirió usar el seudónimo de Uriel Gutiérrez.

Creo que es importante volver a rescatar el significado de la resistencia armada en la historia reciente colombiana de una visión condenatoria a priori, precisamente, porque esa visión sirve para que el Estado oculte su responsabilidad histórica fundamental ante los horrores experimentados en más de medio siglo de violencia “desde arriba”, y en consecuencia, se diluya en el imaginario público la urgencia de reformas estructurales para garantizar una superación a las causas que están en la raíz de este ciclo del conflicto social y armado. De paso se quiere endilgar toda responsabilidad a la insurgencia, como ya se está viendo en la elaboración del discurso post-conflicto –que pudo ser ensayado con ocasión del sincero acto de perdón del comandante de las FARC-EP Pastor Alape en la comunidad de Bojayá–, donde la reconciliación pasa porque la sociedad “perdone” a la insurgencia, precisamente, por el acto de rebelión, no por hechos puntuales. La reconciliación de la oligarquía consiste en que el hijo descarriado vuelve a casa, el padre sacrifica un cordero, y todos felices en la finca. William Ospina lo señalaba en un artículo con su prosa fina y a la vez desgarradora:
“la astuta dirigencia de este país una vez más logra su propósito de mostrar al mundo los responsables de la violencia, y pasar inadvertida como causante de los males. A punta de estar siempre allí, en el centro del escenario, no sólo consiguen ser invisibles, sino que hasta consiguen ser inocentes; no sólo resultan absueltos de todas sus responsabilidades, sino que acaban siendo los que absuelven y los que perdonan” [1].

Dentro de esta estrategia de amnesia histórica es fundamental quitar cualquier piso de legitimidad al accionar de la insurgencia. Ahí es donde el discurso de que la resistencia de décadas fue en vano juega un rol clave pues resta todo sentido a más de medio siglo de lucha insurgente. Dice el sociólogo Charles Tilly que
“el hecho trágico y fundamental, es sencillo: la coerción funciona; aquellos que aplican una fuerza considerable en contra de sus semejantes obtienen obediencia, y gracias a esa obediencia obtienen múltiples ventajas, dinero, bienes, deferencia, acceso a placeres que le son negados a las personas que tienen menos poder” [2]. El consenso que se ha generado en ciertos círculos y el proceso de recomposición gradual de la hegemonía del Estado colombiano, es indisociable del terror paramilitar, del desplazamiento masivo, de los falsos positivos, de las desapariciones en masa de activistas sociales, en fin, de todo el repertorio de violencia física y estructural a disposición del Estado colombiano y fortalecido por el Plan Colombia. El consenso en importantes sectores sociales, que incluye a importantes sectores de izquierda o “progresistas”, de que la resistencia armada ha sido inútil o una anomalía histórica, es el resultado de esa coerción. Aunque nos encante la idea de pensar que vivimos en un mundo de leyes, de estado de derecho, de derechos inalienables que portamos todos por igual desde que nacemos, la verdad es que todo esto es una ficción: en el mundo real, la fuerza siempre antecede a la razón. Las ideas dominantes lo son porque reflejan el dominio de la clase en el poder, no por sus cualidades intrínsecas.

Mi intención con este ensayo era demostrar que Tilly tiene razón, pero que su argumento es incompleto. Así como la coerción de los poderosos funciona, también funciona la resistencia de los de abajo [3]. La acción colectiva, la resistencia, en todas sus vertientes y expresiones, que incluyen la lucha armada, pero que no se agotan ni mucho menos en ella, también han sido creadoras de realidad. Debido a la asimetría de las partes en conflicto, las FARC-EP han tenido un rol limitado, muy limitado, en la dirección de los eventos que han dado forma a Colombia en las últimas décadas. Pero su sola existencia, ha puesto un cierto límite al poder absoluto que la oligarquía colombiana habría tenido de otra manera. La resistencia ha tenido un impacto enorme en ciertos derechos conquistados y en ciertos beneficios que hoy se dan por sentado. Si bien ese impacto ha sido, como es apenas lógico, más fuerte en las zonas rurales donde la influencia insurgente ha sido mucho mayor, incluso hegemónica en algunos casos, la impronta de las reformas que han sido sacadas mediante la resistencia al establecimiento se ha hecho sentir en todo el país.

El tono es polémico y lo prefiero así: hay veces, cuando el contradictor exagera, en que la mesura no es aconsejable. Insisto, este ensayo no pretende ser un balance completo, ni una exposición exhaustiva de los objetivos de la insurgencia, ni un análisis crítico de lo coherente o no que han sido, ni una historia de éstas. Tampoco pretendo acá defender tal o cual acción, o forma de acción, ni una determinada estrategia o falta de ella, ni defender los avances o los silencios en el proceso de paz en La Habana. Mucho menos pretendo defender todo lo que la insurgencia ha hecho o dejado de hacer. El objetivo, como lo he dicho, es mucho más humilde, pero a la vez más apremiante. Es hacer un ejercicio de memoria histórica y echar por suelo la tesis reaccionaria que se ha incrustado aún en sectores de izquierda, de que medio siglo de luchas ha sido en vano. Es demostrar que la resistencia, nos guste o no, ha sido un motor de la historia colombiana y que ha dado frutos para algunos de los sectores más oprimidos, explotados y marginalizados del país. Ahora que estamos prontos a presenciar el cierre de un ciclo histórico para Colombia, la historia y las ciencias sociales nos pueden servir de brújula para ver por dónde seguir transitando en la larga marcha hacia una sociedad emancipada.

José Antonio Gutiérrez D.
8 de Enero 2016

image[Colombia] Nada Se Ha Perdido Queda Todo Por Ganar Nov 03 by Colectivo ContraInformativo Sub*Versión 0 comments

“Que el mundo va a cambiar, nos dicen…
que cuando votemos, nos escucharán.
Si en cambio no votáis, nos dicen…
los del otro lado nos aplastarán,
y así se quedarán, nos dicen,
con las manos libres para hacer su plan.

Malditas elecciones, decimos,
si la voz rebelde se domesticó.
Malditas elecciones, decimos,
quieren el gobierno,
y nosotros no…”

-Chicho Sánchez Ferlosio-

image[Colombia] ¡Nuestros sueños no caben en sus urnas! Oct 12 by Grupo Estudiantil Anarquista 0 comments

En un par de semanas, el domingo 25 de Octubre del año en curso, se realizará una nueva jornada electoral donde se impondrán los nuevos alcaldes, concejos municipales, gobernaciones departamentales, asambleas de diputados, y en el caso distrital, edilatos de localidades. En los últimos días esta contienda se ha ido calentando con explosividad, especialmente en lo que refiere a la elección del alcalde o alcaldesa de Bogotá (segundo cargo burocrático de importancia en el país), mostrando con agresividad las campañas a través de los medios de comunicación hegemónicos (sobre todo en la guerra sucia y las encuestas, que terminan definiendo gran parte del contingente electoral indeciso), la publicidad callejera y el despliegue de las maquinarias que, al igual que hace décadas en Colombia, buscan votos en los barrios y veredas a través de prácticas de clientelismo, compra de votos y el trasteo de votantes, entre otras sucias artimañas.

imageHabemus presidente: mandato por la paz con injusticia social Jun 17 by José Antonio Gutiérrez D. 2 comments

El triunfo de Santos no debería sorprender a nadie: las elecciones no definen nada, sino que sancionan apenas, con un tenue barniz democrático, lo que ya estaba decidido. Con el respaldo del capital financiero, de los empresarios, de los EEUU y de la Unión Europea, era imposible que Santos perdiera. Aunque es discutible el peso de la izquierda en el resultado electoral, lo cierto es que la izquierda tuvo un rol clave no en decidir las elecciones, sino en ayudar a lavar la imagen de Santos ante la opinión pública. Además, al personalizar –junto a los santistas- el proceso de paz en la figura del presidente, han ayudado a que la paz, originalmente una conquista del pueblo movilizado (y en últimas hasta un deber constitucional), pueda ser redefinida en este segundo período de gobierno en los términos de Santos. El presidente tiene las llaves de la paz, ahora sí, bien guardaditas en su bolsillo y no las compartirá con nadie, a menos que sea hacia la derecha.

imageNo Voto por la Paz, Tampoco por la Guerra Jun 15 by Steven Crux 0 comments

En medio de locas de naranjas e hijos no prestados para la guerra transcurre el actual circo electoral, que llega a su tercer clímax después del 9 de marzo y el 18 de mayo. Al igual que en las anteriores oportunidades hoy salen los payasos protagonistas: desde mujeres de la “clase media”[1] trabajando para Uribe hasta, quienes con la alternativa no tan “Clara”, llaman a votar por el Santismo Positivo. Todo un espectáculo, donde a las de abajo se nos ve de nuevo como simples espectadoras cuyo único rol será legitimar por medio del voto su “democracia”, es decir, la explotación y la miseria durante por lo menos 4 años más.

Este articulo pretende analizar brevemente este panorama, pero también proponer líneas de acción y elementos con los cuales podamos romper este guion ya escrito, escapar de él para ser nosotras mismas –las históricamente excluidas- quienes llevemos las riendas de nuestras vidas y nuestras comunidades, barriendo hoy con el bochornoso espectáculo de derechas peleándose e izquierdas tibias cargándole ladrillos al enemigo.

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imageApuntes ante la actual coyuntura de destitución del Alcalde de Bogotá Dec 17 0 comments

Posicionamiento del Grupo Libertario Vía Libre ante la destitución e inhabilitación del alcalde bogotano Gustavo Petro.

image¡Ni con Petro ni con Ordóñez! Dec 15 Grupo Estudiantil Anarquista 2 comments

Sin lugar a dudas uno de los sucesos que más ha dado de que hablar en los últimos días es la destitución de Gustavo Petro como alcalde de la ciudad de Bogotá y su inhabilitación para ejercer cargos públicos durante 15 años según un fallo emitido por la Procuraduría General de la Nación. Según este órgano de vigilancia estatal, la medida obedece a las presuntas irregularidades presentadas en el cambio de esquema para la recolección de basuras implementado mediante un decreto en Diciembre del año 2012. La decisión fue dada a conocer a la opinión pública en boca del procurador Ordóñez a comienzos de esta semana y desde ese momento las distintas reacciones no se han hecho esperar.

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Desde la madrugada del pasado miércoles 20 de febrero un sector importante de las trabajadoras de planta y por prestación de servicios, de la sedes de Bogotá y Palmira de la Universidad Nacional de Colombia, se han declarado en Asamblea Permanente, decidiendo un cese total de actividades laborales, que incluye el bloqueo de todos los edificios académicos de las respectivas sedes, acciones permanentes de denuncia y jornadas de movilización diaria.

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En ese pueblo multitudinario que sale a la calle en Venezuela hay expresión de dolor, sentimiento de pérdida de algo querido. Al mismo tiempo dentro del dolor marcan que hay un rumbo a seguir, que quedó una línea trazada. Así lo viven, lo sienten y lo dicen. “Nuestro deber hoy es seguir más a fondo con el socialismo, con la lucha del proyecto que nos legó el comandante”, responde a un reportero un entrevistado al paso. Otros dicen cosas parecidas y mencionan lucha y socialismo una y otra vez. ¿Qué subjetividad produjo esta experiencia social en los de abajo? Difícil para responder y menos rápidamente y hoy. Se vive en le dimensión de la emoción, la angustia, el sentimiento aporreado. También la rebeldía. Que trajeron estos vientos tan fluidos, con tanta contradicción, con tanto de esperanza para amplios sectores de los de debajo de verdad. Lugar donde fue más extenso el respaldo a Hugo Chavez. ¿Qué elementos ideológicos se produjeron? ¿Cómo se expresarán estos elementos en el mañana cercano?

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Como anarquistas, siempre consideramos a Chávez un compañero, un hermano, uno más en nuestras trincheras de lucha. A pesar de nuestras diferencias y de nuestras críticas mutuas, siempre fue la unidad del pueblo y la potencialidad de su organización las consignas que mantuvieron articuladas nuestras acciones. Son tiempos de continuar la lucha iniciada el 27F de 1989. Son tiempos de reivindicar el sendero de la lucha por la vida, por el comunismo libertario, por la revolución, por la verdadera revolución.

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