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Breve nota a los resultados electorales de las municipales 2012.

category bolivia / peru / ecuador / chile | la izquierda | opinión / análisis author Friday November 09, 2012 00:42author by Vladimir Benoit Report this post to the editors

en torno a la reflexión estratégica

El presente artículo pretende señalar varios temas de interés que hoy deberían preocupar a los sectores de intención revolucionaria. Al tratarse de un mero artículo, es casi imposible dar respuesta a muchas inquietudes, pero apostamos sólo a señalar, esperando poder desarrollarlos en el futuro.

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Hay política y política. Hay una que es meramente “epifenómenica”, es decir, que obedece sólo a reacciones casi mecánicas, determinadas por el conjunto social, que no representa la emergencia de una novedad bajo el sol, ni expresa movimientos significativos de las correlaciones de fuerzas entre las clase; pero así también hay manifestaciones políticas que logran expresar las contradicciones más profundas del capital y las nuevas correlaciones de fuerzas que vienen a tensar el actual estado de cosas.

Es por eso que es en este campo donde más cuidado hay que tener a la hora de valorar los hechos. En ese sentido, no tememos decir que las actuales elecciones municipales son un epifenómeno. Esto, porque a un nivel más bien tectónico, el poder de la burguesía sigue incólume y sin variaciones de ningún tipo, o al menos ninguna significativa. Por más que el régimen se descascare en su forma, eso no se ha traducido sino en movilización de masas, pero sin horizonte político claro. En esta fase de aprendizaje y desarrollo damos golpes que descascaran el régimen, pero aún no logramos penetrar con fuerza el cascaron de la vieja sociedad. Más allá de los alertas que expresan sus “think-tanks”, o comentarios “progresistas” de “los partidos del orden” la política de la burguesía se articula en la misma dirección y con la misma intensidad que lo ha hecho desde el golpe militar, logrando ese perverso equilibrio entre violencia económica y extraeconómica, característico de los regímenes neoliberales. Esto que puede sonar obvio es relevante para no perderse en la espectacularidad de la política institucional, permitiendo lograr un sentido de realidad importante respecto del peso efectivo de las pasadas elecciones municipales. La superficialidad de la institucionalidad política “representativa”, su carácter estrecho, el estar completamente copada por la burguesía y sus expresiones partidarias limita la sensibilidad del aparato de estado –más específicamente los órganos de la democracia burguesa- respecto de las correlaciones de fuerza entre las clases, por lo que nos parece limitado como “analizador” (Lourau) del estado actual de su lucha. Si bien el estado es un importante catalizador de la lucha de clases, esta se diversifica por el resto de la sociedad civil –por atrofiada que esté, como por ejemplo pasa en la educación. Por lo tanto, el análisis de las municipales es más relevante en relación al despliegue político de los partidos reformistas y sus intentos por ampliar la institucionalidad burguesa. En otras palabras, se vuelven una suerte de “analizador” del reformismo. Todo en el marco de una estrategia de construcción específica que, dentro de los sectores de intención revolucionaria, se vuelve clave combatir si deseamos construir una alternativa socialista y libertaria en oposición al estado capitalista y la burguesía.

Los altos grados de abstención:


En general, al estado se le considera una institución que se levanta como respuesta a las contradicciones de clase. Al mismo tiempo que se pretende por sobre lo social, apuesta a ser el árbitro de los conflictos de intereses. Actualmente, esta “separación” respecto de la sociedad civil se expresa de forma caricaturesca en los altos grados de abstención, denunciando en parte el carácter meramente “gerndarmeril” del estado neoliberal. De los 13 millones que componemos el nuevo padrón, se abstuvo al menos el 56,9%, es más, la cantidad de gente que fue a las urnas (aproximadamente 5 millones y medio) es menor que aquella que componía el padrón anterior (de uno 7,2 millones aproximadamente y que nunca varió de forma significativa entre 1988 y el 2009). Esto es sólo la constatación de algo que ya todo el mundo sabía con certeza: la institucionalidad burguesa actualmente vigente no opera bajo el horizonte de la representatividad política, sino de la mera gestión de lo establecido que, por lo demás, se muestra como incólume e incuestionable, exorcizando el alma de la política como tal, patentando que detrás de esta política sin alma solo yacen los administradores del modelo, una maquinaria muerta que, por poderosa que sea, sólo repite los patrones de normalización y pacificación burguesa. Esto nos indican que, queramos o no, la política se haya en otra parte, desfalleciendo al mismo tiempo que da señales de vida bajo formas impensadas y a la espera de ser revitalizada. Desde el 2001 que los trabajadores y demás sectores del proletariado, bajo diversas expresiones, padecemos este rearme. La burguesía, mórbida de tanto gobernar, dejó de pensar en la política como arma de dominación para sustituirla por el despotismo tecnócrata y la gestión. No concilia, no negocia, sólo sabe conservar el poder por la fuerza, la violencia y el despliegue de la maquinaria. Su morbidez no da espacio para otros. El desdén de los expertos abre el espacio a otro instrumento de dominación, que pretende sustituir o compensar la capacidad de captura del estado; así, ha sido el mercado –esta suerte de sustituto de la sociedad civil tradicional- el que ha asumido las funciones vitales de representación, pero bajo formas limitadas y estrechas, incapaces de generar dialogo e inclusión social, como son la promoción de “estilos de vida” transables y toda una cultura del consumo. Aun así, esta “institución” no puede, ni podrá, asumir todas las inquietudes de los trabajadores. Estos, más temprano que tarde, agotarán totalmente la ilusión de buscar salidas al interior del mercado. Este, a lo largo de los años, no da soluciones a las contradicciones patentes del modelo. La ausencia de la política en el estado sólo hará que está aparezca en otro lado (conflictos ambientales, la educación, huelgas), con otras formas (asambleas, acción directa) y con nuevas potencialidades (nuevos colectivos, espacios de coordinación, crecimiento de las pequeñas organizaciones políticas), esto si el proceso de acumulación de fuerza política se mantiene bajo los mismo parámetros y el reformismo no logra su cometido: ampliar los mecanismos de domesticación burguesa.

¿Despolitización o el primer paso para una política independiente de la clase trabajadora?


Como era de esperar, los medios burgueses y demás intelectuales a sueldo se han alarmado con los resultados de la abstención, señalando que esta ha sobrepasado las expectativas, que se vuelve necesario remarcar el delicado estado de la democracia chilena, etc. Así también, se señala que es en las comunas más pobres donde la abstención propende a aumentar, así como en la juventud, dando esta impresión de que nos encontramos flotando en medio de una masa de consumidores que se resisten a ser ciudadanos. Apáticos y atónitos en el flujo irrefrenable de mercancías, los chilenos olvidamos nuestra “responsabilidad”. ¿Será ese el problema? Difícil.

Si consideramos el nivel de participación en las pasadas movilizaciones estudiantiles y Aysen (sólo por nombrar los más emblemático) así como la aprobación y aún viva crítica a la educación en Chile y la patente indignación en torno al incumplimiento por parte del Estado de garantizar los derechos sociales que se consideran básicos, difícilmente podemos estar hablando de una ciudadanía despolitizada, al contrario, las masivas movilizaciones son expresión de que las cosas no son iguales que hace una década. El poder popular es incipiente, prácticamente inexistente, está como latencia, como una mera fuerza potencial, pero ya da señales tenues de realidad, las semillas empiezan a dar con tierra húmeda.

Por otro lado, lo que sí es innegable es el sostenido rechazo a la institucionalidad burguesa correlacionado con este proceso de politización. Basta recordar los altos índices de desaprobación del parlamento y demás poderes del estado, así como de los representantes partidarios de la burguesía (Alianza y Concertación). Esto porque los trabajadores, en su gran mayoría desorganizados y dispersos, comprenden que las dificultades en la generación de nuevos canales de redistribución de ingresos y reformas políticas no tienen que ver directamente con quién lleva adelante las transformaciones, sino en dónde estás son posibles o no, y al parecer, la institucionalidad ha demostrado su impotencia, así como que comprenden que su participación individual no tiene peso frente a individuos más pesados. La igualdad formal emerge como ficción al ser tan evidente la desigualdad real. Varias décadas de experiencia en torno al estado capitalista actual y de su importante fracaso respecto de la re-distribución del ingreso (la desigualdad es alarmante), la cobertura de los derechos sociales básicos (salud, educación, vejez, etc.) y un largo etc. han demostrado la diferencia radical entre la formalidad de las instituciones y su rol efectivo. Cada día que pasa va quedando claro el perfil casi oligárquico del estado chileno, la estrechez institucional y de que los trabajadores y demás sectores del pueblo no tenemos cabida en él. De tenerlo, la misma institución se encarga de enfilar y disciplinar a los que se muestren más proclives a la “diferencia”.

En ese sentido, la crisis de la democracia es más precisamente una crisis de la democracia burguesa, es decir, en la incapacidad de las clases dominantes de hacer del estado un espacio de compromiso político entre clases, de dar cabida efectiva a sus propios enterradores que, si bien no pueden ser suprimidos, podrían ser mitigados por medio de alguna concesión política o económica, algo que la burguesía, definitivamente, no está dispuesta a dar –hasta la fecha. El estado burgués muestra todas sus limitaciones, deja caer su careta democrática y patenta de forma aún más clara su carácter de clase. Dicho de otra forma, los altos grados de abstención pueden ser un indicador de que los trabajadores no están buscando ya constituirse como sujetos desde las estructuras del estado burgués, ni que buscan una política institucional, sino que se tornan un espacio de disputa política mucho más susceptibles a las alternativas, ya sea para el socialismo revolucionario, para el reformismo o los partidos burgueses.

Aun así, los pequeños sectores organizados están en un silencioso trabajo de hormiga que, si bien se ve dificultoso, lento y sin resultados inmediatos, sí intenta pensar y realizar soluciones efectivas al actual drama que significa ser trabajador en el Chile contemporáneo, pero, con tantas tareas pendientes, no hay nada que asegure su devenir como expresión política de la mayoría trabajadora. Pero, lo que vale analizar a continuación es el cómo se perfila el reformismo ante este espacio disputable.

Ese salvavidas de la burguesía: el reformismo


Encarnado en el PC, la avanzada electoral del reformismo se ha traducido en 6 alcaldías, un estrecha derrota en Estación Central y un centenar de concejales, quedándose con un 6,44% de los votos, un 1,41% más que el año 2008. En el miserable marco de la política burguesa, estos “logros” implican que el PC ha dado un salto en sus relaciones con los partidos de la clase dominante agrupados en la concertación, ha mejorado su correlación de fuerzas y ha consolidado sus alianzas con el PPD y PR, señalando un próximo pacto por omisión o algún otro tipo de acuerdo político de importancia. Pero, más relevante aún, es que hay que considerar que el PC, queramos o no, es un partido de composición obrera, con una importante presencia en el mundo de los trabajadores y otros sectores del pueblo y se ha vuelto, con el tiempo, una importante correa de transmisión y de negociación con los partidos de la burguesía, lo que se traduce en un dique político que buscará desviar la fuerza de los trabajadores hacia el aparato de estado, en el marco de seguir ampliando su capacidad de presión a la institucionalidad burguesa, esperando lograr un nuevo estado de compromiso. De ahí, por ejemplo, su alegría ante el triunfo “democrático” que representa la salida de Labbé, Zalaquett y Sabat (El Siglo, nº 1.635), “tres alcaldes que representaban un reto a la democracia” (ibíd.), o bien su insistencia sobre la necesidad de “restablecer la educación cívica en los colegios” (ibíd.) como un mecanismo de formación de ciudadanos. Los comunistas, verdadero paladines de la democracia con brillantes armaduras amaranto, siguen en la senda de “construir programas que sustenten las candidaturas al parlamento y La Moneda” (ibíd.), apostando a la “unidad amplia para provocar los grandes cambios” (Ibíd.), pero no los fundamentales. En definitiva, por medio de la insistencia del PC por hacer entrar a los trabajadores en el juego institucional, estrecho por lo demás, merman la capacidad de los mismo para generar una alternativa política independiente, de clase y anticapitalista, que no apunte a las formas de administración del estado burgués, sino al estado burgués como tal, a su núcleo de clase. En otras palabras, castrar a los trabajadores la posibilidad de tomar el poder (no el estado) e imponer el socialismo de la única forma posible: organizaciones de poder, capaces de expropiar y socavar de forma sistemática el régimen burgués.

En ese marco se delinean dos estrategias políticas radicalmente diferentes. Una revolucionaria, que busca ganarle espacios al estado burgués (lo que va más allá del mal ejemplo tópico de estar “dentro” o “fuera” del estado), desarrollando su independencia de clase, mientras obliga a la burguesía y a los sectores cooptados, representada en los partidos políticos burgueses y reformistas, a hacer concesiones a los trabajadores vía movilización de masas y acción directa; y una vía reformistas, que buscará por todos los medios obligar a los trabadores a entrar a disputar cuotas de poder en los marcos de la institucionalidad burguesa, una juego que ya implica apostar con los dados cargados para un lado de la lucha de clases. Obviamente, lo que aquí está en cuestión es un concepto de estado y de lo político, básico a la hora del delineamiento estratégico de la lucha de clases en una formación social dada. En términos generales, el reformismo suele concebir al Estado como una instrumento, una institución que varía según los designios de quién la administra, al mismo tiempo que conciben el desarrollo de la conciencia de clase como uno que avanza por etapas, donde la consumación de las tareas democráticas precede a la conciencia socialista –ideario vinculado, además, al cómo se comprende la acumulación capitalista en general-; mientras que los revolucionarios conciben el estado burgués, al igual que al capital, como una forma social de poder, una forma específica y determinada de estructurar el poder de la burguesía, al mismo tiempo que conciben el desarrollo del capitalismo como uno no lineal Por lo tanto, la estrategia de poder popular (revolucionario), no puede ser sino una que apueste a la disputa del poder del estado por vía de organizaciones independientes de la clase obrera en una forma no estatal o tensando constantemente los límites de la institucionalidad burguesa hasta superarla ahí donde exista fuga, como ya de hecho lo han logrado sectores de trabajadores y los estudiantes –lo que no se traduce necesariamente y de forma inmediata en una forma consiente y partidaria de organización o su permanencia en el tiempo. Obviamente, esto no excluye que se tenga relación con el aparato de estado de la burguesía, al contrario, se le asume como un problema directo y actual, como un problema a resolver, no como un ente externo, sino como la forma específica y predominante del poder burgués.

Por lo tanto, el reformismo no expresa sólo una política específica, sino una forma determinada de comprender la realidad capitalista, una teoría precisa. Es por eso que a la lucha política contra el reformismo, es necesario sumarle la lucha teórica e ideológica, una deuda aún pendiente entre los revolucionarios y más aún entre los anarquistas.

En definitiva, y volviendo al carril principal, los avances del PC consolidan y hacen pensar que este continuará en la senda de transar con la burguesía (hoy expresada tanto en la Concertación y la Alianza), de buscar que el movimiento social encause sus fuerza dentro de los marcos de la institucionalidad burguesa (por estrecha que sea) y de capitalizar buscando ampliar los márgenes del estado hacia un nuevo compromiso institucional de clase. Esta alternativa tiene todas las posibilidades de triunfar, a pesar de su predecible fracaso (si comprendemos las limitaciones estructurales del actual patrón de acumulación capitalista), si los trabajadores revolucionarios no somos capaces de, en la lucha, hegemonizar a esta enorme masa de trabajadores que no se reconocen aún en las estructuras de la ciudadanía burguesa.

Una pequeña mención merece el Partido igualdad (PI) que, obnubilado en las viejas tácticas, equivocadas incluso para otras formas de estado dio una penosa muestra de impotencia. Frente al actual descrédito de la institucionalidad burguesa, el PI debería, al menos, llevar a discusión a sus bases sobre lo realista que es intentar conquistar la estreches democrática, las reales alternativas que el posicionarse de los gobiernos locales y, más importante aún, los costos político que tiene el ser parte de la revitalización de la institucionalidad burguesa. Paradójicamente, la falta de realismo, el voluntarismo político, le ha jugado malas pasadas a este partido compuesto por notables cuadros sociales y luchadores abnegados y honestos. En términos estratégicos y programáticos, la política del PI no es radicalmente diferente del PC, sino un matiz en la experiencia del reformismo. La asfixia neoliberal está lejos de acabarse vía institucional. Al corto plazo, de verdad que la lucha electoral se muestra como un enorme desgaste de fuerza de combate y como una gran ilusión política que, en el mejor de los casos, ampliará los marcos de la democracia burguesa, para que esta opere, en determinados momentos, como una gran camisa de fuerza a la acción autónoma y directa de los trabajadores.

“Mientras, la izquierda revolucionaria…”


De un tiempo a esta parte, la izquierda en general, en este marco de desarrollo soterrado de crisis política institucional y grietas en la hegemonía del capital (que no coincide necesariamente con la política de la burguesía), se ha ido habituando a la lucha. Esto ha acelerado sus procesos políticos y coloca en entre dicho sus pequeños avances y reflexiones. Nadie puede negar que estemos a la cola de los sucesos y que tengamos claras dificultades para diseñar y presentar los puntos de fuga que se abren bajo los pies de la sociedad de clases. Esto nos coloca en cierta orfandad estratégica que se traduce en una deriva táctica. En consecuencia, varios luchadores honestos han optado por las filas del reformismo apelando a su sentido de realidad, es decir, el reformismo es verosímil, la construcción revolucionaria, no. Tales virajes y ensanchamiento de las filas de la reforma han traído a la vida los viejos debates al interior de los pocos sectores organizados de clase obrera. No deja de repetirse, así, la difícil relación entre estrategia y táctica, estrategia y teoría revolucionaria, entre reforma y revolución.

Hoy, la miseria teórica de la izquierda, de la cual ninguno salva, da cuenta de un proceso que se ha dado con formas parciales, pero con un desarrollo desigual y difícilmente combinado. Dentro de la izquierda de intención revolucionaria aún no es posible dar con una instancia que agrupe no sólo a los diversos sectores en lucha, sino a las pequeñas capas de intelectuales revolucionarios. Si bien muchos dirigentes sociales apuestan al desarrollo de la independencia de clase, a la autonomía de las organizaciones, no existe un proyecto estratégico que alimente esas formas de realización del combate y, por el otro, no existe un vínculo orgánico que oriente de forma más precisa las reflexiones de los intelectuales. Por un lado se agrupan los dirigentes fogueados en la lucha reivindicativa, por otro se forjan aquellos que se esfuerzan por penetrar la lógica del capital en su actualidad. No puede extrañar que en la orfandad, tantos unos como otros apuesten al reformismo como alternativa, ya sea de “realización” política o de “realismo analítico”.

El problema de la vinculación de la táctica con la estrategia no tiene sino como mediación el desarrollo de la teoría revolucionaria. Sólo así la táctica es realizable como eslabón necesario entre reflexión y proyecto, es decir, praxis. Por lo tanto, en tanto que praxis, esta no debe ser sólo objetivos realizables, sino objetivos que develen las limitaciones estructurales de una formación social dada. Es en ese sentido, de lo irrealizable por el sistema se expresa en lo inmediato como “una derrota”, pero, tal como vieron pensadores como Rosa Luxemburg, es de tales acumulaciones de “derrotas” que se descubre la totalidad de las relaciones sociales capitalistas y sus impases históricos, que nace la claridad programática y necesidad política del socialismo. En otras palabras, es en esta “forma negativa” que los socialistas podemos expresar con claridad los intereses del proletariado en su conjunto, aunque no la única, por cierto. Ojo que no se está diciendo que debemos organizarnos para la derrota, sino que se debe asumir una dialéctica de desarrollo de la fuerza del proletariado que implica, de todas maneras, el choque contra las limitaciones estructurales. Estos encuentros permiten retroceder y afinar las armas, fortalecer el ariete y volver a la carga con más fuerza, hasta hacer estallar las correas que nos atan a la prehistoria de la humanidad. El análisis de la derrota, del impase estructural, es también acumulación de fuerza. En otras palabras, las derrotas nos permiten medir con cierto sentido de realidad las dificultades de la tarea. De la misma forma, el realismo de lo imposible no es sino un punto de fuga que nos deja ver, como clase, lo que hay que poner detrás del telón.

Las dificultades de esta relación turbulenta demanda muchos esfuerzos por parte de los revolucionarios, esfuerzos que no sólo se consuman en una elección o en la compleja lectura de un libro escrito en difícil, sino en el esfuerzo colectivo por pensar la realidad, sus contradicciones y los difíciles caminos que se hace ese viejo topo, ese topo que siempre apuesta a salir, a sorprendernos con las dificultades de sus mandatos del porte de la historia, obligandonos a ser sus protagonistas.

Los debates pendientes


De lo anterior se pueden desprender varias preguntas o temas pendientes que los revolucionarios –y aún más los anarquistas- debemos abordar de forma bastante urgente. Por un lado, lo más importante es la apertura del debate estratégico. Digo “apertura del debate”, porque creo que hoy, más que definiciones cerradas, construidas de forma parcial y aisladas en cada feudo político, es necesario abrir la discusión, logrando acercar a los sectores de más activos que comprenden la necesidad de activar el debate estratégico, vinculados al movimiento social -capaces de integrar a este a la discusión-, organizados en expresiones políticas, y sectores de la intelectualidad revolucionaria. Un espacio de intercambio político, una “esfera pública proletaria”, como le llamaron algunos compañeros, es más que urgente. Sin embargo, vale aclarar que el ya archi-repetido “debate estratégico” no es sólo UN debate, sino que son una serie de tópicos que deben articular la discusión de la izquierda revolucionaria y su lucha con el reformismo y la dominación burguesa. Temas que van desde la caracterización de la lucha de clases internacional y nacional, el actual estado del capitalismo mundial y como este determina la configuración nacional, las fortalezas y debilidades de la clase obrera mundial y la especificidad de los trabajadores chilenos en el marco de esa relación global, etc. dentro de estos tópicos hay debates más precisos, que tienen una interminable cantidad de matices, desde lo más práctico a lo más concreto (en un sentido marxiano), como es por ejemplo el tema del estado, en tanto que forma social, pasando por su especificidad nacional (cómo se configura en una formación social específica) así como las alternativas de poder efectivas que deben desarrollarse dadas las condiciones impuestas por la lucha de clases y que relación adoptan respecto del estado burgués. Obviamente, esto implica una revisión exhaustiva de las experiencias revolucionarias anteriores, de las derrotas y medias victorias. Así también, esta definición estratégica, en su construcción va configurando las formas definidas de partido que la clase obrera necesita, no sólo en su estrategia, sino en su diseño interno, su composición, etc. lo que puede implicar no sólo la conformación de un campo político obrero, con diversas expresiones, sino condensadores de la política de los trabajadores que no necesariamente adquieran la forma de un partido tradicional, pero cumplan la misma función social. Es decir, se vuelve relevante que todos los sectores que estamos construyendo partido de clase obrera (desde los anarquistas hasta el reformismo) entren en un debate que permita, al calor del mismo, moldear tanto el proyecto político de los trabajadores como sus formas concretas. Como es obvio, esta titánica tarea (como es la revolución socialista) no puede ser un trabajo de unos cuantos, sino de un campo amplio. Una sola organización no puede agotar ni resolver estas temáticas, sino que sólo una dinámica inclusiva y colectiva puede hacerlo, un espacio público, de cara a los trabajadores y a demás sectores del proletariado. Estos debates que pueden parecer “tan abstractos” para algunos, son vitales. La comprensión de nuestra época, de nuestros desafíos históricos emergen de una compleja relación que ya mencionamos más arriba, de la praxis, de las diversas formas que la conforman como actividad social colectiva y transformadora de la clase trabajadora, la que no adquiere una pura expresión, ni una puro forma de desarrollo, sino que es diversa y heterogénea, más en sus inicios, donde la fragmentación, la dispersión y la falta de coherencia hace gala. Aun así, al ser prácticas vivas, al compartir espacios comunes, esta praxis tiene la potencialidad de converger y consolidarse como apuesta de poder, deviniendo propuesta histórica. Pero tal complementariedad no es mecánica, sino que nace de la voluntad política de aquellos que, suspicaces y fundamentales, logran visualizar las tareas del presente, pero, más relevante aún, realizarlas.

Vladimir Benoit
Noviembre 2012.

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