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La paz del pueblo y para el pueblo

category venezuela / colombia | imperialismo / guerra | opinión / análisis author Thursday September 27, 2012 18:10author by CILEP Report this post to the editors

El 19 de agosto de 2012 Álvaro Uribe denunció por segunda vez que el gobierno de Juan Manuel Santos estaba negociando con las FARC-EP a través de la mediación de Venezuela. Entonces, el corrillo que se alimentaba desde diferentes lugares y al que incluso desde acá le hicimos eco, se hizo tormenta mediática y ocho días después Santos, en una alocución austera y certera, confirmó los ya anunciados acercamientos. Desde entonces los acontecimientos se precipitaron: los partidos políticos, las fuerzas armadas, la comunidad internacional y un sector de los gremios, ventilados por los medios masivos, manifestaron su agrado y respaldo a la decisión del gobierno nacional. Las FARC han tenido tres apariciones publicitadas y el ELN volvió a los medios masivos con una entrevista; ambos fueron criticados con elitismo y arrogancia por los editorialistas de El Espectador, Semana y El Tiempo: ‘dogmáticos, anticuados, caducos con discursos obsoletos sobre la oligarquía’ les dijeron. Como si la lucha de clases hubiera caído con el muro en el 89. Los sectores sociales populares, ignorados por los medios y el “país mediático”, a medias sorprendidos y agradados, hemos entrado en círculos intensos de discusión. Sin duda es una coyuntura importante en sí misma y, más allá de su desenlace, no deja de ser una coyuntura en el proceso estructural que significa la construcción de la paz. Reflexionar sobre ésta será nuestro breve propósito.

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El 19 de agosto de 2012 Álvaro Uribe denunció por segunda vez[1] que el gobierno de Juan Manuel Santos estaba negociando con las FARC-EP a través de la mediación de Venezuela. Entonces, el corrillo que se alimentaba desde diferentes lugares y al que incluso desde acá le hicimos eco, se hizo tormenta mediática y ocho días después Santos, en una alocución austera y certera, confirmó los ya anunciados acercamientos. Desde entonces los acontecimientos se precipitaron: los partidos políticos, las fuerzas armadas, la comunidad internacional y un sector de los gremios, ventilados por los medios masivos, manifestaron su agrado y respaldo a la decisión del gobierno nacional. Las FARC han tenido tres apariciones publicitadas y el ELN volvió a los medios masivos con una entrevista; ambos fueron criticados con elitismo y arrogancia por los editorialistas de El Espectador, Semana y El Tiempo: ‘dogmáticos, anticuados, caducos con discursos obsoletos sobre la oligarquía’ les dijeron. Como si la lucha de clases hubiera caído con el muro en el 89. Los sectores sociales populares, ignorados por los medios y el “país mediático”, a medias sorprendidos y agradados, hemos entrado en círculos intensos de discusión. Sin duda es una coyuntura importante en sí misma y, más allá de su desenlace, no deja de ser una coyuntura en el proceso estructural que significa la construcción de la paz. Reflexionar sobre ésta será nuestro breve propósito.

Lo primero, debe recordarse, es que la negociación para el cese del conflicto no es sinónimo de paz; que la paz no depende de una firma o de un acuerdo, sino del trabajo de hormiga, de construcción permanente de quienes quieren otro país y forjan otras realidades. Que no hay llave que abra la puerta del escondido paraíso de la paz, sino ruta de articulación que traza el camino para su espinosa construcción.

Así, una cosa es la negociación que está a un mes de abrirse y otra la construcción de la paz. La paz es una apuesta política y utópica del pueblo colombiano, del pueblo que tiene proyectos de país opuestos a los proyectos de la oligarquía, a los de los neoliberales que se visten de socialdemocracia y a los proyectos regionales de los patrones que gobiernan sus fincas departamentales. Sobre la negociación patinamos y las agendas ocultas hacen el espacio incierto. Podemos decir, por ahora, que es un acuerdo entre un sector de la insurgencia y la oligarquía rodeada por la clase política y el establecimiento para discutir dos temas: i) la violencia política y ii) el modelo de país. Llegar a un acuerdo que incluya los dos ámbitos será el objetivo de la mesa[2].

Esta negociación aparece luego de que en febrero de 2012 se cumplieran 10 años del cierre de los diálogos del Caguán; entonces, en la mesa estaban sentadas unas poderosas FARC frente a un apocado, débil e ilegítimo Estado oligárquico, que pedía una pausa para concretar la ayuda del poderoso amigo gringo embuchado por el discurso antiterrorista. La clase política rodeó al hábil vocero político del paramilitarismo y le asignó la tarea de pacificación y despojo. Álvaro Uribe, el capataz, asumió con firmeza su sueño, puso el aparato institucional -con el beneplácito y el apoyo de los Santos, los Gaviria, los López, los Lleras, los Ospina y los Pastrana- en sintonía con el aparato paramilitar y, por ocho años, estuvo dando gritos, emitiendo amenazas y mandando la guerra.

No obstante el modelo se agotó y a finales del segundo mandato de Uribe, cuando éste chapoleaba para reelegirse, el panorama cambió. El boom minero, que comenzaba a estallar, el cambio de estrategia insurgente, las reorientaciones del capitalismo internacional y los intentos de reactivación de un movimiento popular fragmentado y venido a menos desde los 90, modificaron las condiciones del momento y la caducidad del proyecto uribista se hizo palpable para los dueños de la finca. De todas formas el trabajo sucio se hizo: la máquina de guerra, que dobló el pie de fuerza, había acorralado la insurgencia, apabullado y fragmentado el movimiento social y los territorios se disponían, ya despojados, a ser explorados para el saqueo. Estrella del gobierno Uribe, lagarto incansable del Partido de la U, de la primera reelección y miembro plenipotenciario de la oligarquía, Juan Manuel Santos cabalgó sobre el prestigio y el desgaste del uribismo y resultó elegido con nueve millones de votos, en mayo de 2010, para consolidar el gobierno de la prosperidad.

De esta forma, creemos que es una negociación de la que el gobierno espera poder salir con una solución a los atentados a infraestructura minero-energética, al personal de las multinacionales, al transporte de los hidrocarburos, pero en general actúa como una herramienta de gobernabilidad para el capital. No arriesgará el modelo de país extractivista que ha venido proyectado. Así, sólo podemos hacer preguntas ¿Qué significa la negociación para las FARC-EP?, ¿qué esperarán de ella?, ¿qué tanto cederá el gobierno?, ¿cómo será la participación del ELN? El desarrollo del proceso mismo irá dando las respuestas.

A pesar de esta incertidumbre, desde los sectores organizados que construimos la paz hemos venido construyendo claridades sobre lo que significa esta coyuntura, lo que esperamos y lo que exigimos de ella. Lamentamos que el “país político” no cuente con el pueblo colombiano para la construcción de la paz; que crean que la sociedad civil la representan los gremios económicos o el Estado, como si fuéramos un solo actor con intereses comunes y homogéneos. Exigimos a mil voces la participación del pueblo organizado, que mandata y construye país y territorios. Sabemos adicionalmente que el gobierno va a intentar ganar lo más, ceder lo menos y lograr la anhelada paz para el capitalismo; por eso es necesario que la agenda y los puntos planteados en ella se amplíen. La Ruta Social Común para la Paz y el Congreso para la Paz son nuestras apuestas como Congreso de los Pueblos y organizaciones pertenecientes.

Porque la paz son cambios y transformaciones, porque la paz es desde el pueblo y para el pueblo, el CILEP y la Red Libertaria Popular Mateo Kramer vemos con optimismo y esperamos buenos resultados en la mesa de negociación, pero ratificamos nuestra voluntad inclaudicable de construir un país para la vida digna, por medio del poder popular y la organización de la juventud.


[1] Para las anteriores denuncias consultar: 13 de mayo http://www.eltiempo.com/politica/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_....html, 16 de mayo http://www.elespectador.com/noticias/politica/articulo-...havez,
[2] No creemos que el gobierno quiera discutir el modelo de país por iniciativa propia, pero creemos que si quiere ponerle fin a la violencia de la insurgencia, como creemos que quiere, debe entrar a discutir el tema del modelo de país, por condición de ésta.

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