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Las historias de los nadie: reflexiones sobre la violencia y los medios de comunicación en Colombia

category venezuela / colombia | género | enlace a pdf author Thursday June 28, 2012 20:19author by Centro de Investigación Libertaria y Educación Popular - CILEP Report this post to the editors

Boletín Perspectiva Libertaria Express, No.5, del Centro de Investigación Libertaria y Educación Popular (CILEP), Junio 2012

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Las historias de los nadie: reflexiones sobre la violencia y los medios de comunicación en nuestro país

En la madrugada del jueves 24 de mayo, Bogotá y el país en general despertaron conmocionados por la noticia de la muerte, tortura y violación de Rosa Elvira Cely. La trágica y sádica muerte de la mujer ha provocado un conglomerado de desprecio e indignación de grandes magnitudes que se hacen manifiestas en la forma en que esta historia se perfila como un hito de las luchas que propenden y defienden la vida y dignificación de la mujer, logrando de esta forma convocar a miles de personas que repudiaron la sevicia que dio muerte a Rosa.

A pesar de esto pareciera que la conmoción que erigió el presente hecho no responde unívocamente a una solidaridad y conciencia alrededor de los actos de violencia, tan cotidianos en nuestro país, por parte de la mayoría de la población colombiana. Si fuese así no habríamos dejado el luto y la lucha por redimir estos actos desde hace tiempo atrás, lucha que renace temporalmente ante coyunturas como éstas, pero que con el tiempo desaparecen ante la, aparente, perpetua violencia en que nos sumergimos y la oprobiosa habilidad de los medios para redirigir nuestra atención.

En el reconocimiento de este panorama se hacen presentes otras razones de conmoción que no emanan de los actos de muerte y de violación como tal, sino más bien del contexto en que se inscribe el presente acontecimiento, de lo cual hablaremos más adelante, y de la acción simbólica que refiere un campo de inseguridad y de violencia explícita frente a nosotras. Es decir que parte de esta conmoción responde al escenario en el cual sucedió: la ciudad. Sucedió en la “inmutable” seguridad que permite a los ciudadanos crear imaginarios de una violencia mitificada que pocas veces percibimos frente a nosotros, si no es por las noticias de robos, atracos y algunas que otras peleas que están lejos de equiparar la situación de asesinatos y violaciones en los términos en que se viven en las periferias urbanas y en los campos del país. Aunque no hay que desconocer que existe una violencia latente en la ciudad, sin contar las periferias, muchas veces esta violencia se transfigura en métodos sutiles de difícil percepción que no permean de forma explícita los escenarios de nuestras vidas al punto de motivarnos a salir a marchar a las calles. Nos referimos aquí a la violencia que se percibe cuando criminalizan y asesinan a estudiantes y profesores, a la violencia a la que están expuestas las juventudes populares, e incluso a la cotidianidad de muchas familias que aún mantienen el orden anacrónico del macho golpeador y violador; escenarios no desconocidos para gran parte de la población pero sí ignorados por la naturalidad que se le ha otorgado.

Es necesario reconocer que lo que se percibió en las entrañas de la ciudad no fue la novedad de un “psicópata” que inauguró modalidades de muerte, sino por el contrario fue una pequeña, pero cruel, representación de prácticas que se viven de forma sistemática en el campo y en las periferias de las ciudades [1]. Estas prácticas son las mismas que nos acostumbramos a ver en periódicos y noticieros con la pasividad y complicidad de los expectantes, prácticas que realmente nos aterrorizan cuando se dan en las particularidades de nuestros barrios o en los lugares en los que cotidianamente adquirimos el papel de transeúntes, pero que difícilmente nos inmutan si suceden en regiones del país de las que difícilmente escucharíamos si no fuesen por la violencia latente o por los proyectos de carácter extractivista que emprenden grandes transnacionales en estas regiones.

Olvidamos repetidamente que estos acontecimientos se enmarcan como realidad histórica de nuestro país, realidad que viven día a día los y las jóvenes de los barrios periféricos, realidad que se impone como cotidianidad en pueblos de Antioquia, Magdalena Medio, Meta y Caquetá , por nombrar sólo algunos, y peor aún, es una práctica que no proviene unívocamente de individuos con “problemas mentales”, como se ha declarado al asesino, sino que en su mayoría proviene de una lógica sistemática y (para)militar que ataca de manera audaz e ingeniosa, ya que aquellos que son víctimas y testigos son invisibles a la realidad de los ciudadanos “de bien”. Muy bien lo dijo Galeano hace tiempo, ésas son las historias de “los nadie”.

Bastaría con recordar la muerte y violación de 3 niños de Tame Arauca por parte del Subteniente Raúl Muñoz Linares de la Brigada Móvil Cinco a finales del 2010. O que en el 2003 paramilitares entraron a una comunidad indígena en los llanos orientales violando a una joven de 16 años embarazada a quien posteriormente asesinaron y le sacaron el feto. O el hasta ahora recordado caso de de Nevis Arrieta, joven embarazada de 18 años que fue violada y empalada en la masacre paramilitar de “El salado”, y así podríamos continuar revelando la larga lista de homicidios de este tipo que hacen parte de la historia de nuestro país a las que se le suman las constantes violaciones y desapariciones de niños, niñas, hombres y mujeres que sólo figuran en las listas de desaparecidos o como N.N en medicina legal.

Lo anterior es un esbozo que permite abrir campo a la pregunta sobre las lógicas en que se inscriben las prácticas de violencia ¿por qué las conmociones e indignaciones se hacen manifiestas hasta estos días y logran ganar gran cobertura televisiva, y en los medios de comunicación en general, si casos como los de Rosa se han convertido en la cotidianidad latente de territorios diferentes a las grandes urbes? Sencillamente porque se invisibiliza una realidad que es peligrosa porque demuestra la gestión activa de un aparato militar y estatal que asesina constantemente al pueblo colombiano, porque cuando se procuran abrir discusiones sobre casos que demuestran la forma sistemática en que el militarismo actúa en contra de la dignidad y de la vida, estos procesos son entorpecidos con la complicidad de muchos gestores públicos y figuras legales, con mentiras y engaños, como: “esos muchachos de Soacha eran terroristas que pertenecían a las FARC”.

En resumidas cuentas nuestra indignación como colectivo por el caso de Rosa es inmensa, pero reconocemos que ni la violencia ni la violación ni el empalamiento nacieron esa noche de miércoles, lo que hace parecer que el real impacto que ha significado este acontecimiento fue la lejanía, en términos de la lógica en que se inscribe, que deja a este acto al margen de las prácticas sistemáticas del militarismo y del paramilitarismo. Paralelamente a lo anterior se suma el hecho de que este acto significó una agresión directa a los espacios en los que vivimos en nuestra abstracción de ciudad, olvidamos que en los campos se desplazan, matan y violan repetidamente y con tácticas similares como la del empalamiento y en ocasiones más crueles, también que los jóvenes de los barrios populares son blancos de un cuerpo guerrerista que los condena y asesina repetidamente partiendo de su clara condición de pobreza.

El campo y las periferias urbanas colombianas se han convertido en escenarios explícitos de violencia, y no sólo de una violencia fácilmente identificable y relacionada con los asesinatos y las violaciones, sino de una violencia estructural que se manifiesta en las condiciones de vida de los habitantes que, además de soportar repetidas amenazas ejercidas por el militarismo, deben soportan una vida condenada a la miseria que los ha empujado a vivir en cambuches alrededor de las ciudades, porque ahora el campo pertenece a las grandes transnacionales que promueven el monocultivo-violento de la misma forma que han impuesto la monocultura desde hace 500 años. Esa pobreza, que es consecuencia de esa violencia militar y paramilitar que defiende la opulencia de pocos en detrimento del pueblo, “no puede ser vista en abstracto, ahistorica, sin actores, sin responsables ni víctimas; la pobreza del pueblo Colombiano y latinoamericano es producto de empobrecimiento histórico. El capitalismo empobrece, despoja, explota, excluye, etc. En este sentido, los barrios pobres de las periferias (y los campos) latinoamericanas, colombianas y bogotanas, no (viven en la miseria) porque la suerte ha destinado que así lo sean, lo son en el marco de una historia de despojo y desplazamiento” (CILEP)

¡Por la dignificación y el descontrol de nuestras vidas, a recuperar nuestra historia y nuestra memoria!


[1] Aquí no deseamos expresar que el presente hecho responda a una de esas lógicas sistemáticas, pero creemos necesario reconocer que lo acontecido está lejos de ser una primicia y, por no ser parte de una sistematicidad, ha colaborado para que esta historia gane espacios en los medios masivos de comunicación.

Related Link: http://www.cilep.net/perspectiva%20libertaria%20express...5.pdf
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