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Friday June 22, 2012 18:28 by Alfredo Molano Bravo - El Espectador
![]() No hay duda: una de las cartas que está jugando Santos es la de la paz. También la de la guerra, por supuesto. Es decir, todas las formas de lucha legales. Las ilegales siguen su curso aunque no sean manejadas por el Estado. Tampoco son controladas por la Fuerza Pública. La oposición a cualquier negociación crece. Uribe trina, El Colombiano da alaridos, José Obdulio y Fernando Londoño disparan columnas. La Ley de Víctimas, el Marco Legal para la Paz, el fuero militar son para ellos concesiones a las Farc. Creen a pie juntillas que Santos quiere poner a Timochenko en la presidencia del Senado. Todo les sabe a entrega de patria, a traición, a derrota, a deshonra. La condición previa que exigen para la paz es que las guerrillas entreguen las armas y acaten la ley. Lo mismo que han pedido siempre los “enemigos agazapados de la paz”, que por lo menos hoy dan la cara: la de Uribe y sus cinco áulicos. Hay otros que firman sin cédula y otros más que organizan operativos. Santos no los ignora. Trata de negociar con todos ellos en público: señores oficiales, no le teman a la paz; señores empresarios, la paz traerá más inversiones. Sabe que el miedo que tienen los militares no es a la paz sino a la merma de privilegios que traería, por definición, un arreglo definitivo con la guerrilla. Cierto que ese detrimento en honores e ingresos también se produciría si ganan la guerra. Por eso, una de las explicaciones sobre la duración de nuestro conflicto —en buena hora reconocido en la Ley de Víctimas— es la de los privilegios del estamento militar. La otra, sin duda, la parcialidad política del Estado en favor de los intereses del establecimiento, condensados en el Plan de Desarrollo. |