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opinión / análisis
Wednesday May 09, 2012 03:16 by Felipe Ramírez
![]() Artículo de opinión de Felipe Ramírez, militante del Frente de Estudiantes Libertarios (FEL) y secretario general de la FECH. La unidad de los que luchan: único camino del movimiento popularEl primero de mayo recién pasado ha estado cruzado por innumerables llamados a la unidad de parte de representantes de un sinfín de organizaciones sociales, políticas y sindicales. Y es que a la luz de las diferentes movilizaciones, luchas del 2011 y lo que va del 2012 –de pobladores, estudiantiles, regionales, sindicales, medioambientales- se hace evidente que el movimiento social chileno no podrá avanzar en sus demandas – que apuntan cada vez más a aspectos estructurales – si no abandona una perspectiva meramente sectorial para desarrollar una agenda común que genere fuerza suficiente para ganar de la mano de una crítica profunda y articulada al modelo. Esta es una lección que nos deja la experiencia misma de las luchas que se han desarrollado en los últimos años. Tal es el caso del movimiento estudiantil del 2005 y 2006 en la lucha contra de la ley de financiamiento y la LOCE, en la cual no se ganaron nuestras demandas a pesar de toda la fuerza demostrada en las calles. Es más, estos procesos terminaron con sendos retrocesos para las fuerzas populares gracias al acuerdo Confech-Mineduc –que significó la creación del crédito con aval del Estado, el cual fue firmado por el entonces Presidente Fech Felipe Melo[1], y a la firma de la LGE el año 2008, con aquella memorable foto de la Concertación de la mano con la derecha. Si bien luego de las movilizaciones del 2011 el movimiento no firmó su derrota como las veces anteriormente mencionadas, manteniéndose abierto el conflicto tanto a nivel secundario como universitario, las limitaciones para un triunfo popular continúan siendo las mismas, en un contexto en el que el gobierno implementa una transformación del crédito y una reforma tributaria ampliamente beneficiosas para los grandes empresarios y el bloque en el poder. Por su parte, las movilizaciones sindicales se enfrentan a obstáculos mucho más complejos, en la medida en que parten de un piso material más bajo que el movimiento estudiantil. El asfixiante marco legal que surge del código laboral, las sistemáticas políticas antisindicales de la mayoría de las empresas, las bajas tasas de sindicalización, y con una burocracia dirigente que desde el fin de la dictadura ha preferido negociar por arriba con el empresariado en vez de fortalecer los sindicatos y que está al servicio de los intereses de los partidos políticos tradicionales, entre muchos otros factores, mantienen al sindicalismo nacional en un estado embrionario. A pesar de esto, muchas luchas se han dado, en especial desde sindicatos de base y en sectores estratégicos de la economía. Las grandes huelgas de los subcontratistas del cobre –que llegaron a quemar los buses de Codelco el 2006-, de los forestales en una inédita (e ilegal) negociación por rama productiva el 2007 y que se enfrentó a una descomunal represión que terminó con el asesinato de Rodrigo Cisternas, de los portuarios el 2011 y 2012, de la construcción en obras emblemáticas como el hospital de Rancagua o el mall en el centro de Concepción ahora último, así como innumerables huelgas en el comercio y la banca, así como en otros sectores, demuestran un ánimo de lucha que va a contramano con lo dictado por la dirección de la CUT. Los pobladores no se han quedado atrás, articulando desde el 2005 y 2006 grandes luchas en torno a la deuda habitacional, a los allegados, y desde el 2010 también exigiendo la reconstrucción en las zonas afectadas por el terremoto. Sus formas de lucha han ido desde acciones mediáticas, como subirse a señaléticas viales o grúas, a la toma de terrenos, el corte de rutas y el enfrentamiento con Carabineros. Lamentablemente, ninguno de estos conflictos ha podido vencer los obstáculos estructurales a los que se enfrentan, más allá que en una u otra lucha se haya logrado alguna reivindicación particular. Es más, podemos decir que en algunos aspectos se ha retrocedido, como por ejemplo con el cambio propuesto por el Mineduc al crédito estudiantil, eliminando por decreto la educación pública y entregando dinero a las Universidades sin distinción de propiedad, o con el acuerdo CUT-CPC firmado hace poco, que se limitó a temas tan “relevantes” para nuestros trabajadores como “cursos de capacitación, campaña publicitaria sobre seguridad en el trabajo, minúsculos cambios al seguro de desempleo, subsidio al primer empleo, cambios formales a la negociación colectiva y un par de comisiones bipartitas”, tal como lo afirmó Juan Luis Ugarte en “Punto Final” N°754. Y de algunas necesidades básicas de los trabajadores como el multi RUT, el reemplazo de trabajadores en huelga, negociación colectiva por rama productiva, fortalecimiento de los sindicatos, fortalecimiento real de la negociación colectiva, ni una palabra. Es en ese escenario que el avanzar hacia una unidad entre diferentes sectores sociales que se encuentran desarrollando luchas y movilizaciones resulta indispensable para lograr revertir la actual correlación de fuerzas, que pareciera demostrar que la única salida a las luchas y las reivindicaciones populares es la institucional, y la mejor apuesta la electoral. Sin embargo, todavía es tiempo para que sea el mismo movimiento popular el que consiga avances concretos que le permitan acumular fuerza al mismo tiempo que se generan avances concretos en las condiciones de vida de la clase trabajadora y se fortalezca la organización social, permitiendo de paso sacarnos de encima el peso de unas direcciones muchas veces más interesadas en mantener el status quo que en realizar transformaciones estructurales. En esta línea, cobra sentido la necesidad de unidad concreta entre los distintos actores que hoy se encuentran desarrollando luchas sectoriales importantes, con el objetivo de levantar una agenda reivindicativa común. Entre estos se encuentran: -Los trabajadores nucleados en la Unión Portuaria de Chile[2], luchando por reivindicaciones particulares referentes al impuesto a la renta y la situación de los trabajadores de puertos prontos a licitarse, entre otras cosas. -Los pesqueros artesanales que se organizan y movilizan en contra de la ley de pesca. -Los mineros que luchan por la renacionalización de los recursos naturales. -Los pobladores que luchan en contra de la deuda habitacional y la reconstrucción. Estas reivindicaciones, todas desde su perspectiva sectorial, golpean en la base del modelo al cuestionar la estructura tributaria del país, la naturaleza pro empresarial de la legislación nacional, la relación del Estado con nuestros recursos naturales y la lógica crediticia como base del “desarrollo” y de acceso a los derechos básicos para la población trabajadora. De esta forma, el horizonte de lucha de estos sectores empalma con las exigencias de los estudiantes, ya sea a la hora de demandar una educación pública asegurada como derecho social y al servicio de las necesidades de las mayorías, como el fin de los créditos y la disputa de proyecto educativo. Por otra parte, las discusiones que se están desarrollando respecto a la reforma tributaria[3] y al sistema de previsión[4] en el país, permiten instalar temáticas que nos afectan a todos por igual, sentando las bases para generar un horizonte programático común para el conjunto de la clase trabajadora. La generación de una movilización conjunta, si bien no es una cuestión fácil, nos permitiría golpear con fuerza, revertir las reformas del gobierno a nivel estudiantil (que profundizan el modelo contra el que nos movilizamos todo el 2011) y tener un primer triunfo, por más limitado que sea, a nivel sindical y de pobladores. Sólo nuestra capacidad de asumirnos como un integrante más de una lucha mayor, que tiene como obstáculo para sus avances el modelo en su conjunto, ya sea en la educación como instancia de reproducción ideológica del mismo, o en su base económica, nos permitirá avanzar hacia una unidad real. El desafío es levantar espacios de convergencia no sólo a nivel de dirigencias, sino desde abajo, en donde se puedan sentar las bases de un proceso de unidad que vaya más allá de las luchas actuales, que necesariamente deben ser acotadas. La experiencia del Congreso Social por un Proyecto Educativo[5] el 2011 en varias ciudades del país, nos entrega un interesante ejemplo en esa línea. El período actual del movimiento popular, de reconstrucción de nuestras organizaciones, de regeneración del tejido social, de recién levantar una perspectiva común a nivel político y programático, nos demanda avances concretos y que tengamos la capacidad de sentar las bases de una lucha que es de largo aliento: la construcción de una alternativa nacida desde nuestras luchas, nuestras experiencias, discusiones, vivencias y organizaciones. Hace más de 100 años la clase trabajadora organizada en la I Internacional dijo que “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Tenemos la oportunidad y el desafío de comenzar a cimentar un camino que confirme dicha frase, fortaleciendo las organizaciones de base, profundizando nuestra crítica y nuestra propuesta desde la lucha, y siempre con la unidad como horizonte, porque como dijo el asesinado militante libertario de la IWW Joe Hill, “queremos que todos los trabajadores del mundo se organicen, en una gran unión, y cuando todos estemos unidos, el mundo para los trabajadores exigiremos”. Felipe Ramírez |
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