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El militante que nunca pudo (o nunca quiso) dejar de escribir

category argentina/uruguay/paraguay | cultura | non-anarchist press author Tuesday March 27, 2012 20:47author by Mariano Pacheco - Marcha Report this post to the editors

La literatura, la política y la militancia en la vida y obra de Rodolfo Walsh. De "Operación Masacre" a la "Carta Abierta a las Juntas Militares". Con un compromiso tan firme como crítico y la palabra como arma de combate.
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Cuando se enfrentó a tiros con la “patota” de los Grupos de Tareas de la Junta de Comandantes, aquel 25 de marzo de 1977, tenía 50 años. Hacía apenas dos meses los había cumplido. Ya había perdido a su hija María Victoria. También, a su amigo y compañero de ruta en la literatura, la militancia y la vida, Francisco Paco Urondo, a quien le dedicará otra de esas estremecedoras cartas que escribirá durante 1976. Era, más allá de las críticas que tenía, hoy conocidas a través de los denominados “papeles”, un Oficial segundo de Montoneros. Es decir, no era un integrante más, sino el Segundo, el que seguía al Oficial mayor Horacio Campiglia (alias Petrus), en la estructura de inteligencia de la organización guerrillera que llegó a contar con la mayor capacidad de movilización entre sus pares de América Latina.

En la actualidad, luego de tantos trabajos realizados en torno a su figura y su experiencia militante, ya no hay dudas respecto de todo esto. Sin embargo, hay algo un poco teleológico en el relato, en la visión que presenta a Rodolfo Walsh como un escritor que se fue politizando al grado de abandonar por completo la escritura, dedicándose exclusivamente a la militancia, expresando de ese modo el compromiso político de un modo cabal.

Por otro lado está la versión light, que es cierto que ya ha perdido bastante actualidad, pero que fue muy hegemónica en años anteriores, que pretende caer en una especie de olvido respecto de los años montoneros de Walsh (e incluso, de su proceso de politización y de peronización que se fue dando desde mediados de la década del 60), resaltando sus dotes de cuentista y dramaturgo, o poniendo un énfasis excesivo, creo, en el costado literario de los textos políticos (que los hay, por supuesto, y son brillantes).

Pero no creo que sea la actitud de recostarse sobre algunos de esos polos (la literatura/la política) la que mayor potencia reflexiva aporte en torno a una biografía que hoy, de hecho, no deja de interpelarnos, por ser ya una de las figuras clave en la historia de nuestro país. Es más, el esfuerzo interpretativo (que por supuesto, escapa a las escasas líneas de esta nota, y aún del propio cronista, puesto que seguramente será una tarea generacional) debería llevarnos a recorrer la tensión que se estableció históricamente, en Walsh, en su generación, entre literatura y política, para poder pensar los actuales desafíos de la producción literaria y política y sus respectivas relaciones e implicancias.

***

Está claro que Rodolfo Walsh adquiere estatuto histórico como figura, en gran medida, por dos de sus textos clave. Me refiero a "Operación Masacre" (OM) y “Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar” (CA); que son –a su vez– las que inician y finalizan su carrera como escritor y como militante. Porque si bien cuando publicó la primera edición de O.M (tiempos en los que pensaba ingenuamente que “el periodismo era libre”) él aún seguía sosteniendo ser un “partidario del estallido de septiembre de 1955”, de la “Revolución Fusiladora” –como él mismo la llamará tiempo más tarde– y de cuestionar el mal desempeño de los individuos en sus tareas al frente de los “organismos represivos del estado” y no a los Aparatos Represivos del Estado como tales, a pesar de todo esto –decía– él mismo dirá más tarde que “haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”. Amenazante mundo exterior que, tanto en nuestro país como en América Latina y otras importantes regiones del planeta, darán paso a procesos de emancipación por parte de los pueblos. Y Walsh, por supuesto, no será ajeno a todo ese eso: su incorporación plena primero a las Fuerzas Armadas Peronistas y luego a Montoneros, sus viajes a Cuba y Palestina, por nombrar los ejemplos más conocidos pero no por ello menos importantes, son una cabal muestra de que esa investigación sobre los fusilamientos de José León Suárez y los intentos por denunciar a los responsables para redimir a las víctimas, darán paso a un proceso de politización y peronización creciente.

Porque como muchas mujeres y hombres de su generación, Walsh también tomó como un desafío existencial la máxima sartreana que sostiene: “Llega el día en que la pluma se ve obligada a detenerse y es necesario entonces que el escritor tome las armas... La escritura lanza al escritor a la batalla”. Y eso hizo, aun antes de los 70: fundó y se puso a dirigir el diario de la CGT de los Argentinos y redactó su convocatoria del Primero de Mayo, además de su anterior trabajo en el marco de la Agencia Prensa Latina, lanzada por los cubanos para contrarrestar la “prensa libre” antirevolucionaria de todo el mundo (el desciframiento de las actividades de espionaje norteamericano para lanzar la Invasión a la Isla será seguramente una de las anécdotas que más perduren en el tiempo, además de que sin ella es difícil de entender todo el trabajo contrainformativo y de inteligencia que Walsh realizará con la Agencia Clandestina de Noticias y la Cadena Informativa, cuando comience el Proceso de Reorganización Nacional).

Sin embargo, esa militancia, esa politización, no lo alejarán de la escritura de ficción ni le ahorrarán conflictos y debates internos. En 1968, por ejemplo, luego del reconocido éxito de sus libros de cuentos de 1965 y 1967 (Los oficios terrestres y Un kilo de oro), el prestigioso editor Jorge Álvarez lo contrata, con un salario mensual, pera que escribiera esa novela que –según la crítica– todo gran escritor debía tener publicada para ser un escritor consagrado. Walsh, gastando todas sus energías –pero también todo ese dinero– sin llegar a entregar nunca esa novela, recibe como una puñalada los comentarios de Raimundo Ongaro, que le dijo que escribía para burgueses y que no se le entendía nada. Y lo sentía como una puñalada, precisamente, porque le importaba tanto la opinión de un dirigente sindical clasista como las posibilidades de gestar una literatura que, en contraposición a las formulaciones de Ongaro, no fuera “fácil y comprensible” (criterio utilitario, típicamente burgués), sino una literatura que aportara al proceso de emancipación de la clase trabajadora.

Podría pensarse entonces en Operación Masacre –esa “novela policial para pobres", como la denominó alguna vez Ángel Rama– que dará paso luego a El caso satanowsky y ¿Quién mató a Rosendo? Pero no alcanza con contraponer la serie de investigaciones-testimonio-denuncias. Porque Walsh continuará insistiendo con la ficción. Y porque la literatura que le interesa está bastante lejos del policial negro, y se encuentra mucho más cerca de Borges que de Raymond Chandler.

Este será uno de los grandes motivos de su desgarramiento interno, situando a la tensión, claramente, como el punto de contacto entre la literatura y la política. En los textos recopilados por Daniel Link en el libro titulado Ese hombre y otros papeles personales puede leerse la historia este desgarramiento. Porque si nos basamos en sus posiciones públicas (por ejemplo, en la entrevista que Ricardo Piglia le realiza en 1973), las cosas no parecen ser tan complicadas. Walsh le dice a Piglia, por un lado, que nadie le pide a Jorge Luis Borges que escriba una novela, y por el otro, que “evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte”. Algo similar parece sostener en una de sus anotaciones, escribe: “La novela es el último avatar de mi personalidad burguesa, al mismo tiempo que el propio género es la última forma del arte burgués, en transición hacia otra etapa en donde lo documental recupera su primacía”. Sin embargo, en esas mismas notas que no estaban destinadas a la publicación, afirma: “Pero tampoco estoy seguro de esto, que puede ser una excusa para mi momentáneo fracaso”.

El mismo año, publica la mejor pieza que –sostengo– es la mejor lograda del autor: “Un oscuro día de justicia”, el tercero, el que cierra la serie de cuentos “de los irlandeses”. Y finalmente, cuando su casa es allanada por una patota a la las ordenes de la Junta de Comandantes, secuestran varios de sus borradores, hasta hoy –como su cuerpo– desaparecidos. Uno de esos textos era un cuento, “Juan se iba por el río”, que durante el verano de 1977 le lee entusiasmado a su compañera Lilia Ferreyra.

En este sentido, las oscilaciones y las tensiones en Walsh respecto a la militancia y la escritura de ficción serán permanentes. Y lo fueron porque como en todo gran hombre, los reduccionismos no tienen un lugar en su producción y en su forma de pensar. Tal vez por eso Walsh es el reverso de aquella situación expresada en la frase de Arturo Jauretche, repetida hasta el cansancio por gran maestro de polemistas David Viñas: “los intelectuales argentinos suben al caballo por la izquierda y bajan por la derecha”. Walsh, como él mismo lo dijo en más de una oportunidad, se acercó al peronismo por derecha, en 1945, cuando tuvo su breve paso por la Alianza Restauradora Nacionalista, porque lo llamaba más el componente nacionalista que el popular. Pero murió enfrentando a sus verdugos con un arma en la mano, tal vez, recordando la frase de su amigo Paco Urondo: “empuñé un arma porque buscaba la palabra justa”.

Mariano Pacheco

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