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Tareas del movimiento popular vasco

category iberia | la izquierda | non-anarchist press author Tuesday March 27, 2012 20:36author by Iñaki Gil de San Vicente Report this post to the editors

Artículo de colaboración para Borroka Garaia da!

El debilitamiento teórico-crítico de amplias franjas de la militancia abertzale en los últimos años, sobre cuyas causas no nos extendemos, es una de las razones que explican las oscilaciones que ha sufrido el movimiento popular hasta hace muy poco tiempo.
"...este embrionario poder popular que vigile y combata todo riesgo de asimilación y de burocracia, ha de asentarse en la ágil interacción entre la lucha obrera, feminista, juvenil y popular..."
"...este embrionario poder popular que vigile y combata todo riesgo de asimilación y de burocracia, ha de asentarse en la ágil interacción entre la lucha obrera, feminista, juvenil y popular..."

Podríamos excusarnos diciendo que si bien existe mucha palabrería sobre los “movimientos sociales”, en realidad existe relativamente poca sistematización teórica sobre los movimientos populares en el sentido que tienen en Euskal Herria. Semejante dificultad se ha sumado al retroceso intelectual citado resultando de todo ello una especie de desilusión y pesimismo en algunos sectores independentistas sobre la misma posibilidad de recuperación del movimiento popular aquejado, según se cree a simple vista, de la aparente dificultad de tener que luchar en varios campos diferentes y hasta aislados los unos de los otros, desde la amnistía hasta la cultura y la lengua, pasando por el deporte, la ecología, las drogodependencias, el urbanismo, etc. Se cree que esta diversidad incapacita al movimiento popular para poseer una unidad interna que dote de coherencia a cada una de esas luchas y le impide a la vez tener un objetivo común, básico, a todas ellas, como los tienen el movimiento obrero, el feminista y el juvenil.

Se cree que por eso el movimiento popular debe estar supeditado a un partido que dirija sus reivindicaciones por los vericuetos de la acción institucional y electoral. Es cierto que la lucha sindical, la juvenil y la feminista se enfrentan a enemigos precisos, concretos y muy notorios: la patronal, el poder adulto y el sistema patriarcal. Pero ¿qué unifica al movimiento popular? La respuesta la encontramos en nuestra historia: desde su origen allá en lo más plomizo de la dictadura franquista, por no retroceder más en el tiempo. A diferencia de los “movimientos sociales” nacidos en la década de 1960, los movimientos populares ya habían fusionado desde antes las reivindicaciones del pueblo en muchas luchas vitales para su cotidianeidad, con una clara identidad vasca cada vez más coherente y precisa, de manera que, mediante esa fusión, estos segundos fueron una poderosa fuerza de masas decisiva para superar la trampa de la llamada “transición democrática”.

Los movimientos populares se enfrentan al Estado en todas aquellas áreas cotidianas en las que la explotación burguesa y la opresión nacional superan lo estrictamente económico, patriarcal y juvenil, para abarcar el resto de la cotidianeidad del pueblo, sus vivencias. Si bien en sus formas externas la amplísima gama de injusticias cotidianas presenta una variedad deslumbrante, una mirada atenta nos descubre cuatro constantes que las recorren internamente. Una es la dependencia hacia los planes estratégicos del Estado ocupante y de la burguesía colaboracionista, muy en especial en las largas crisis globales como la actual, cuando el Estado descarga en los pueblos trabajadores que domina el grueso de los costos de la crisis, como sucede ahora mismo. Debido a esto, se endurece la totalidad de las injusticias cotidianas, desde la opresión lingüístico-cultural hasta la sanidad. De aquí que una de las tareas fundamentales del movimiento popular sea la de sacar a la luz cómo el ataque socioeconómico empeora las problemáticas concretas de cada movimiento popular.

La segunda es que cada movimiento popular debe elaborar alternativas concretas en su campo de intervención, proponiendo soluciones inmediatas pero también mediatas, no limitándose al presente sino conectándolo con avances posteriores que deben ser debatidos democráticamente. Si siempre es un error limitarse a enseñar los objetivos inmediatos sin señalar los de más largo alcance, en el contexto de la devastadora crisis actual este error es catastrófico. Uno de los grandes enemigos de toda práctica concienciadora, además del miedo a las represiones varias, es el de la ausencia de una perspectiva de futuro, la creencia de que no existe alternativa mejor por la que luchar a largo plazo. Este error hace que muchas luchas se desinflen y aletarguen nada más haber logrado una mejora de las condiciones presentes, creyendo que la lucha ha terminado o que es imposible continuar avanzando. Y las alternativas las han de elaborar los propios movimientos, porque ellos conocen mejor que cualquier burocracia de partido lo que ocurre y cómo solucionarlo.

La tercera es que los movimientos populares han de relacionarse entre ellos por la sencilla razón de que su enemigo es uno, el bloque formado por el Estado y la burguesía colaboracionista, en última instancia, el enemigo es el capitalismo. Por esto, todos los movimientos han de mantener relaciones de debate y elaboración común para perfeccionar la dialéctica entre sus específicas luchas y la intervención común contra el mismo enemigo. Pero esta interrelación ha de abarcar también al movimiento obrero, al movimiento feminista y al movimiento juvenil. La sociedad burguesa se vertebra sobre la explotación de la fuerza de trabajo social, y cuando se llega a un nivel de choque serio entre el pueblo y la burguesía, entonces es de vital importancia la unidad de todas las formas de expresión de la fuerza de trabajo social, sea asalariada o no.

Y la cuarta y última, es que el movimiento popular tiene que ser el embrión del poder popular en su triple manifestación de, por un lado, una de las bases autoorganizativas del pueblo trabajador; por otro lado, una fuerza teórica radical que aporta alternativas y soluciones no asimilables por el capital ya que surgen de lo más profundo de las aspiraciones del pueblo, de su vida misma; y por último, una fuerza antiburocrática y de crítica constructiva contra las tendencias objetivas hacia el burocratismo dirigista y sustitucionista, tendencias que se refuerza por la innata capacidad de asimilación en el orden del capital que tiene la democracia burguesa por muy limitada que esté, y por muy extranjera que sea. La triple característica ha de reafirmarse frente al propio Estado vasco independiente, que debe ser vigilado desde fuera por el poder popular autoorganizado. La experiencia histórica es demasiado concluyente como para despreciarla: todo partido político, toda política institucional y electoralista, y todo aparato estatal tienden hacia su burocratización.

Si durante la lucha contra el capital y su Estado el movimiento popular ha de potenciar la capacidad crítica de su militancia, única garantía de su radicalidad teórica y política, tanto más lo ha de hacer conforme el pueblo avance en las cotas de poder conquistado. A la par que se van consiguiendo niveles de gobierno municipal, foral, institucional, en ese mismo proceso el movimiento popular ha de irse constituyendo como embrión del poder popular independiente con respecto a las instituciones burguesas y extranjeras de gobierno pensadas para pudrir toda conquista social. La independencia del poder popular es imprescindible para evitar todo riesgo de absorción por el agujero negro de la trituradora institucional burguesa y española. No existen instituciones neutrales y asépticas, y aunque no tengamos más remedio que recurrir a ellas y usarlas, debemos asegurarnos nuestra independencia organizativa propia, nuestro poder popular regido por los principios de la democracia socialista. Este embrionario poder popular que vigile y combata todo riesgo de asimilación y de burocracia, ha de asentarse en la ágil interacción entre la lucha obrera, feminista, juvenil y popular, solamente así podrá ser la fuerza de masas garante del desarrollo del independentismo socialista, garante además de que nuestro necesario Estado vasco no empiece a degenerar en un poder ajeno al pueblo trabajador. para terminar siendo su enemigo.

Iñaki Gil de San Vicente

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