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Chile, significado de un golpe

category bolivia / peru / ecuador / chile | historia del anarquismo | debate author Thursday November 03, 2011 06:18author by Georges Fontenis Report this post to the editors

O cómo los trabajadores y los revolucionarios pagan la impotencia legalista

Artículo publicado en el nº6 del periódico francés «Guerre de classes», correspondiente a octubre de 1973
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Las fuerzas presentes

Es indispensable recordar las condiciones en las que se ha desarrollado la «experiencia» de la Unidad Popular en Chile. El gobierno, instalado después de la llegada al poder de un presidente elegido por una minoría (en virtud de una peculiaridad de la Constitución) y cuya elección es aprobada por un parlamento en el que la oposición de derechas es mayoritaria, cuenta incontstablemente con el apoyo de amplias masas de trabajadores. Este gobierno reúne a pequeños partidos reformistas que representan las aspiraciones de ciertas capas de la burguesía nacional que quieren distanciarse del imperialismo estadounidense desarrollando la economía nacional a base de nacionalizaciones en los sectores clave. La sinceridad o el humanismo de Allende y de otros sólo pueden encubrir, más o menos, esta realidad.

Frente al gobierno, una derecha ferozmente ligada a sus privilegios y apoyada por los Estados Unidos, organiza un saboteo económico estudiado y eficaz, que la geografía de Chile favorece: en este país estirado sobre 4000 Km entre el Pacífico y los Andes, el contrabando, la evasión de productos esenciales, de rebaños esencialmente, hacia los países vecinos (Bolivia y Argentina sobre todo), la organización del mercado negro, son sumamente fáciles. La huelga de los camioneros será peculiarmente destructora. Esta derecha propiamente dicha ayuda a los comandos terroristas de extrema derecha y beneficia del juego sutil habitual de la democracia cristiana, que sabe que puede apostar sobre las vacilaciones de Allende y su legalismo casi obsesional.

Pero el verdadero poder de la derecha reside en las fuerzas armadas que van a apoyarse, hasta el desenlace que van a imponer, sobre su reputación de neutralidad política y de respeto de la Constitución, de manera que su poder nunca fue mayor que con este gobierno de Unidad Popular, que les confiere cada vez más el papel de árbitro de la situación.

Y sólo la derecha puede tener una política autónoma pues la Unidad Popular está bloqueada entre las empresas de la reacción y las presiones ejercidas por los trabajadores, y estos están bloqueados entre su voluntad de pasar a medidas revolucionarias y su deseo de no ayudar a una derecha que ya conocen contra una Unidad Popular que les parece de «izquierdas», que promete el socialismo y a la que apoyan a pesar de sucesivas desilusiones.

Los trabajadores y la Unidad Popular

Llegamos aquí al corazón del problema: un proletariado animado por un coraje y una conciencia de clase incontestables (a los que las tradiciones sindicalistas revolucionarias de la clase obrera chilena han contribuido sin duda alguna) se encuentra en la incapacidad de delimitar realmente el problema del Estado y del poder y se remite, mayoritariamente, a las ilusiones reformistas que les van a conducir a la masacre.

Sin embargo, un empuje autogestionario se manifiesta en numerosos sitios, y los «cordones» que, en condiciones poco favorables, intentan prepararse a una lucha armada que sienten inevitable, son la prueba de una notable lucidez y las primeras manifestaciones de un paso a una situación de doble poder.

Pero el legalismo a toda costa de Allende y de los partidos que le apoyan (el partido llamado «comunista» se distinguirá particularmente en la denuncia y la represión de todos los brotes extra-legales) no permite a las masas ir muy lejos, paraliza sus iniciativas (ocupación de tierras o de fábricas, constitución de milicias armadas), mientras que se niega a reprimir seriamente las intrigas de la reacción, deja las fronteras abiertas a los peores tráficos, sufre la huelga patronal de los camioneros, refuerza el prestigio y el poder del ejército llamando a los generales al gobierno, se somete en definitiva a las exigencias del estado mayor. El mismo Allende que declara «ocupar las tierras, es violar un derecho», es incapaz impedir que la policía dispare sobre los habitantes de las poblaciones. En ningún momento dará a los trabajadores, ni les dejara crear, los medios para ejercer el poder.

No se puede uno impedir un acercamiento entre las capitulaciones de Leon Blum en Francia en 1936-37 y las de un Allende, cuales quiera que sean las diferencias de situación y de época. Ambos hombres, de hecho, liberales, humanistas, llenos de un sacro-santo respeto de la legalidad burguesa, sólo son en estos casos una encarnación de la esencia de la doctrina social-demócrata.

Las lecciones de un naufragio

Hoy, en todas partes, precisamente los social-demócratas de todo tipo («socialistas» o «comunistas») se lamentan y lloriquean, proclaman el heroismo de Allende a modo de análisis del naufragio de la Unidad Popular. Porque lo que no harán es sacar la verdadera lección del desastre, del golpe fulminante cuyos miles de víctimas son también las víctimas de las ilusiones creadas y mantenidas por Allende y sus partidarios. Mejor aún: Duverger llega en el diario francés Le Monde a considerar que ¡Allende ha ido demasiado lejos y demasiado rápido!

Lo decimos brutalmente: el bando de los llorones es también el bando de los culpables de la derrota e, indirectamente, de una represión salvaje.

Cierto es que en un país sub-desarrollado, minado y amenazado por el imperialismo, en un ambiente negativo, el proletariado chileno no podía derrocar el poder del imperialismo y de la burguesía nacional, ni establecer e forma duradera su propio poder sin el recurso de un desarrollo revolucionario más amplio. Pero el mantenimiento y el refuerzo de las posibilidades revolucionarias suponía el desarrollo de los órganos de doble poder, la superación constante de las ilusiones alimentadas por la Unidad Popular, el paso al poder obrero real: el poder de los Consejos. Sólo dentro de tal dinámica el contagio y la solidaridad revolucionarios hubieran cesado de ser meras palabras. Ir lo más lejos posible, después de haber deshecho sin piedad las fuerzas reaccionarias y su sistema militar, era la única vía abierta, independientemente de las dificultades, hacia otra cosa que el aplastamiento total de las fuerzas vivas de un proletariado que ni siquiera ha dejado tras de sí la experiencia de un intento revolucionario desarrollado.

Las vacilaciones, las ilusiones, la defensiva miedosa y mediocre del legalismo han dejado intacta la potencia de la burguesía, y dejan tras de sí aún más muertos, ruinas y desesperación que un asalto que hubiese fracasado.

Pero por negativa que sea, la derrota chilena constituye una nueva y brillante demostración de la imposibilidad fundamental del paso al socialismo por vías pacíficas, de la ceguera del legalismo, del falso realismo de vistas cortas de la social-democracia. Ha quedado demostrado, una vez más, que sólo el poder ejercido por los trabajadores puede ser auténticamente revolucionario.

Traducido del francés por Lorenzo Mejías.

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