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Libia… ¿liberación o nuevo despotismo?

category África del norte | imperialismo / guerra | opinión / análisis author Sunday August 28, 2011 05:29author by José Antonio Gutiérrez D. & Esteban Ferreira Report this post to the editors

Esta agresión imperialista, pues indudablemente lo ha sido pese a la poco convincente retórica del intervencionismo humanitario, ocurrió en un contexto regional de levantamientos e inestabilidad política, en medio de una rebelión popular de inspiración democrático-burguesa. Una serie de consideraciones geoestratégicas y económicas, los llevó finalmente, y no sin vacilaciones, a poner su peso detrás del bando anti-Gaddafi.

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Libia… ¿liberación o nuevo despotismo?

Los “rebeldes” libios, después de varios meses de estancamiento en el frente militar y de escasos progresos, que llevaron a la profundización de las grietas en su alianza, lograron el fin de semana pasado llegar a la capital, Trípoli, a dar la “batalla final” contra la dictadura de Gaddafi. Sus avances durante las últimas dos semanas, a diferencia de lo ocurrido en los pasados seis meses, fueron vertiginosos, lo que fue posible solamente gracias a un involucramiento mayor de las potencias imperiales de la OTAN, las cuales facilitaron este avance, mediante un incremento de los bombardeos, movilización de tropas “rebeldes” por mar, mayores entregas de armamento y presencia en terreno de fuerzas especiales, al menos por parte de Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Por otra parte, el régimen de Gaddafi, que el domingo parecía desmoronarse irremediablemente, ha montado una astuta estrategia de ceder terreno en lo territorial para ganarlo en lo político-militar, implementando una encarnizada guerra de guerrillas que los medios internacionales en gran medida invisibilizan. Obviamente, el dictador vio la película sobre la caída de Hussein y del Talibán y sacó las conclusiones necesarias para encarar lo que se veía venir.

Mientras el debate en la izquierda internacional se polarizó entre los que respaldaron a Gaddafi como un líder popular en lucha contra los imperialistas, y los que apoyaron la intervención humanitaria de la OTAN contra un tirano sangriento, la realidad es bastante más compleja en el terreno y escapa a dicotomías demasiado simplistas. Sin lugar a dudas que la rebelión de Libia comenzó como un movimiento espontáneo del propio pueblo libio, o por lo menos de importantes sectores del pueblo libio, plenamente a tono con los vientos de la Primavera Árabe que soplaban fuerte en sus fronteras. Pero eso no quiere decir que en el curso de la lucha militar por el poder ese carácter popular, espontáneo y propio siempre se mantuvo, aún cuando indudablemente existan sectores entre los “rebeldes” dispuestos a mantenerlo. De la misma manera, Gaddafi en el siglo XXI no puede ser considerado el mismo campeón del anti-imperialismo que fue en la década de los ’70 y ’80, y si momentáneamente terminó en contradicción con el imperialismo, tal cual otros dictadores pro imperialistas del pasado como Hussein o Noriega, eso no significa en absoluto que sea progresista.

Tampoco la intervención de la OTAN puede ser vista, de manera simplista, como una agresión imperialista solamente para obtener el petróleo libio. De hecho, las petroleras italianas, británicas, francesas y estadounidenses, solamente para nombrar los cuatro principales países de esta alianza, ya operaban con grandes privilegios en Libia desde antes de la intervención. Esta agresión imperialista, pues indudablemente lo ha sido pese a la poco convincente retórica del intervencionismo humanitario, ocurrió en un contexto regional de levantamientos e inestabilidad política, en medio de una rebelión popular de inspiración democrático-burguesa. Una serie de consideraciones geoestratégicas y económicas, los llevó finalmente, y no sin vacilaciones, a poner su peso detrás del bando anti-Gaddafi.

Hechas estas aclaraciones haremos un breve balance de ciertos elementos sobre los eventos de Libia, cuyo impacto será muy profundo tanto en lo regional como en lo global.

¿Gaddafi el anti-imperialista?

A principios de los años ‘90, el dictador libio comenzó un largo proceso de normalización de las relaciones con las potencias imperiales, que lo convierten en un pilar de occidente en el mundo árabe.

En primer lugar, se amistó con los círculos empresariales de los países europeos que requerían del petróleo libio: tanto EEUU, como Inglaterra, Francia y sobretodo Italia, controlaban importantes inversiones en ese país antes de iniciado el conflicto. Por su parte, el régimen tenía participación en millonarias inversiones, tanto en Italia como en Inglaterra. Además, Libia fue un importante mercado para el armamento de las empresas europeas, que seguían vendiendo armas a Gaddafi cuando la represión comenzó en Febrero. De hecho, la edición del The Economist del 5 de Marzo (p.36), no dejó de ironizar respecto a la reciente estridencia contra Gaddafi de quienes hasta hace poco habían sido sus mejores amigos: "¿Recuerdan lo disimulado que fue Gordon Brown con la liberación de Abdelbaset al-Megrahi, el libio que estaba preso de por vida en Escocia por su participación en el atentado de Lockerbie en 1988? ¿O las imágenes de Silvio Berlusconi besando la mano de Muammar Qaddafi? En la lucha por un pedazo de la riqueza petrolera libia, muchos más se han salpicado. Los petrodólares libios, más aún, se han abierto paso a las instituciones y empresas europeas en toda Europa, desde el equipo de fútbol Juventus a la Escuela de Economía de Londres."

En segundo lugar, su colaboración en la Guerra contra el Terrorismo de Bush, lo posicionó como un nuevo aliado de los intereses geopolíticos de Estados Unidos en la región. Gaddafi combatió a los jihadistas vinculados a Al Qaeda en Libia (muchos de los cuales terminaron peleando en Irak y Afganistán), con lo cual se ganó los favores de los halcones de Washington. También participó en la red internacional de centros de detenciones clandestinos de la CIA, donde torturó a distintos secuestrados ilegales por la inteligencia militar norteamericana, supuestamente por cargos vinculados al “terrorismo”. La Secretaria de Estado de la administración Bush, Condolezza Rice, sin ir más lejos, el 2005 llamaba a Gaddafi un "ejemplo a seguir" para otros mandatarios árabes que no eran lo suficientemente firmes con el islamismo político y que no eran tan excelentes colaboradores en la cruzada anti-terrorista. Gaddafi desde el 2004 que ya no figura en la arbitraria lista del Departamento de Estado de EEUU de “gobiernos que apoyan al terrorismo”; recibió a todos los mandatarios imperiales que hoy lo bombardean en Trípoli, a los cuales regaló lujosos obsequios; a la vez que también pudo presentarse, sin ningún contratiempo por la ONU o por reuniones del G-20, donde fue aclamado por todos quienes hoy se distancian de él.

La Primavera Árabe cambia los equilibrios políticos

En realidad, la perspectiva imperialista sobre Libia cambia después de que los vientos de la Primavera Árabe comienzan a soplar en Libia. Luego de la caída del régimen autoritario de Ben Ali (Túnez) y Mubarak (Egipto), el imperialismo se percató que sus aliados estratégicos en la región, cual más cual menos, tienen pies de barro. Más aún: las "democracias occidentales" fueron evidenciadas como cínicas por su apoyo irrestricto a los regímenes más abyectos del planeta, mientras toda su retórica sobre democracia y libertad se revela huera. Es por ello que según la citada edición del The Economist: "Ahora los líderes europeos están buscando la manera de distanciarse de varios años de realpolitik, y tratan de hacer como si las demandas árabes fueran las suyas propias". No es curioso que Sarkozy liderara los llamados a "defender al pueblo libio" en su rebelión contra la "tiranía de Gaddafi", a quien alguna vez él también consideró un hombre respetable. Esto, porque durante la rebelión de Túnez su gobierno fue visto como un aliado de la dictadura cuando se evidenciaron los vínculos personales y de negocios de su ministra de asuntos exteriores, Michele Alliot-Marie, con el tirano Ben Ali. Al punto que ella estaba de vacaciones en las playas tunecinas mientras el pueblo era masacrado en las calles.... obviamente, para salvar la cara, ella fue removida del cargo, pero el daño quedó hecho al evidenciarse el celo “democrático” de Francia.

Una cosa era apoyar a Gaddafi cuando su régimen parecía estable; otra muy diferente era hacerlo cuando había una importante movilización popular para derrocarlo. Esta reconfiguración, en cierta medida, de la correlación de fuerzas -la cual hasta el momento se manifiesta desfavorable para las potencias occidentales-, es necesaria para entender la intervención de la OTAN en Libia, solapada con la etiqueta de “intervención humanitaria”.

Hay razones para sospechar que los cálculos estratégicos hechos por el imperialismo no fueron fáciles de hacer. La respuesta de las potencias imperialistas tardó en llegar. Solamente Francia y después Inglaterra, se apresuraron en llamar a intervenir, durante las primeras tres semanas de represión; no parece que las potencias imperialistas estaban esperando la oportunidad para tumbar a Gaddafi, quien culpó de los “desórdenes” primero a Al Qaeda, no al imperialismo. Las potencias imperialistas, por su parte, tenían buenas razones para desconfiar inicialmente de los rebeldes, los cuales son una variopinta colección de desertores, ex aliados de Gaddafi, islamistas, liberales, etc. En los primeros días de la revuelta, surgieron muchos comités populares en todo el país, algunos con claro contenido revolucionario, emulando los discursos de Egipto o Túnez, mientras que otros incluso fueron la resurrección de comités populares formados afines de los ‘70 por el propio Gaddafi. Por ello la reticencia del imperialismo en un primer momento a apoyar a los “rebeldes”, o a darles armas, o siquiera a intervenir.

Francia comenzó a dar los primeros pasos en encausar la rebelión según sus propios derroteros al reconocer a un gobierno de transición en Bengazi a comienzos de Marzo, al cual casi nadie entonces reconocía. En una entrevista realizada a un camarada sirio, él nos explicaba que “Aún no existen instituciones estatales propiamente dichas en las áreas liberadas. Hay quienes están intentado consolidar su liderazgo elitista, pero sin éxito por el momento. Hace poco, la prensa yanqui y la prensa árabe pro-yanqui, comenzaron a hablar de un consejo interino en Benghazi, el cual estaría liderado por un ex ministro de gobierno de Gadaffi, solamente para resaltar su posición favorable a una posible intervención de los EEUU. Aparte de este supuesto consejo interino, ninguna otra fuerza o grupo de las zonas liberadas, acepta tal intervención.” Luego, que se logró un cierto respaldo internacional y diplomático para este consejo, fue más fácil imponerlo al resto de los “rebeldes”, aún cuando está claro que, hasta la fecha, fuera de Bengazi, este consejo es visto con recelo por otros alzados en armas. De ahí, a fines de Marzo, este Consejo Nacional Transitorio, CNT, redactó un programa de transición (en inglés, no en árabe) el cual hizo llegar a Inglaterra, Francia y EEUU en el cual manifestaban el espíritu neoliberal que los animaba y prometían respaldar y recompensar a las potencias extranjeras por su apoyo, por supuesto mediante petróleo y contratos públicos. Las negociaciones del CNT, desde comienzos de Marzo, en las cuales mostraron que serían un aliado aún más fiable que Gaddafi, fueron pavimentando el camino para que la OTAN se resolviera a entrar en escena.

Hegemonía y petróleo

Una vez que la OTAN lanzó su fuerza bélica, ya no hay vuelta atrás: ahora, ya hecha la apuesta por los “rebeldes”, lo que estaba en juego no solamente eran los contratos públicos, la reconstrucción y el acceso de la última década al petróleo, sino que también el prestigio imperial. Una vez que la OTAN se involucró, era claro que si los rebeldes perdían, perdían también los intereses corporativos de estas potencias imperialistas, las cuales los “rebeldes” se comprometieron a cuidar y proteger. Pero también la OTAN perdía su prestigio disuasivo, suficientemente dañado en Irak y Afganistán.

Tras el supuesto de colaborar en la construcción de un gobierno democrático, están las intenciones de crear un escenario donde rápidamente el imperialismo pueda recuperar su hegemonía erosionada en la región. A fin de cuentas, la victoria militar de la OTAN en Libia, que aún no es absoluta, servirá no solamente para ganar una plataforma de control e intervención política en la región, también es una forma de garantizar que el petróleo siga fluyendo a las corporaciones de los “países correctos” y, además, es una manera de rehabilitar el alicaído concepto de “intervención humanitaria” y de remozar el prestigio de las intervenciones imperialistas en el siglo XXI.

Si bien es posible considerar como un análisis simplista el que se hace por parte de cierto sector de la izquierda anti-imperialista, que reduce la intervención en Libia al intento de acceder a su petróleo (al cual, como hemos visto, ya tenían acceso privilegiado de todos modos), evidentemente es innegable que el “oro negro” juega un rol para nada despreciable en esta nueva aventura imperialista.

El sistema capitalista se sostiene en base al crudo y es por ello que las revueltas populares de los países árabes, que son el principal productor de petróleo del mundo, agravan la profunda crisis interna que viven gran parte de las potencias del hemisferio norte. El precio del crudo, desde los inicios del conflicto social y la inestabilidad política del Mundo Árabe, ha fluctuado de U$84 al inicio de las protestas en Enero, a U$110 e incluso a U$120 en el mes de Abril. Las consecuencias de esta alza, son devastadoras para las perspectivas de “recuperación económica” en Europa y EEUU. En este sentido, recuperar el control de los países productores de petróleo y estabilizarlos es fundamental para bajar y estabilizar el precio del crudo y garantizar así la supervivencia del imperialismo. En esta perspectiva, intervenir Libia (un importante productor de petróleo y un influyente socio de la OPEP) como una manera de controlar el proceso político de ese país y evitar un período prolongado de inestabilidad, a la vez que influenciar y controlar a la nueva elite que emerja de este proceso armado, también es un instrumento para la “necesaria estabilidad de la región”. También, en un sentido estratégico, esta intervención pudo considerar un intento por extinguir el contagio popular y posibles salidas armadas a manos del pueblo en otros países, como por ejemplo Yemen.

En este sentido, es posible plantear que el imperialismo se jugó todas sus opciones en esta intervención, ya que sólo así puede dominar desde adentro los cambios en el regimen, obtener un pilar en el control de la región, reacomodar gran parte del mapa a su favor, intentar estabilizar su economía y el precio del petróleo y a su vez acercarse, a través de un terreno mucho más favorable, a los sectores que actualmente detentan el poder transitorio, tanto en Túnez como en Egipto.

Intervención imperialista: excusas y realidades.

La Intervención militar planificada por la OTAN se sustentó en la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU (17 de Marzo), según la cual se debían tomar “todas las medidas necesarias (…) para proteger a los civiles” en Libia. Esta resolución incluía la imposición de una zona de exclusión aérea. Lo primero que es necesario destacar es la redacción deliberadamente elástica y ambigua de la resolución: ¿cuáles son todos los medios necesarios? Aparte de la zona de exclusión aérea, ¿qué otras medidas eran aceptables o no aceptables? Obviamente, el imperialismo, a través de la OTAN, interpretó a su manera esta resolución, desfigurándola hasta convertirla en un argumento para una intervención abierta, que, a diferencia de la invasión a Irak, podría reclamar un asidero en el derecho internacional. Podemos hacer un breve recuento de cómo la OTAN no solamente no cumplió con la obligación de “proteger civiles” sino que incluso activamente los masacró:

• La OTAN cambió el objetivo de la resolución de la “protección de civiles”, al “Cambio de régimen”.
• La “protección de civiles”, se convirtió en la protección y el apoyo ofensivo a una fuerza beligerante a la cual finalmente armaron hasta los dientes y asesoran con inteligencia y estrategas: los llamados “rebeldes”.
• La “protección de civiles” no parecía contar a los civiles masacrados por las fuerzas “rebeldes”, las cuales estuvieron involucrados en ataques contra trabajadores inmigrantes, civiles acusados de gaddafistas y actos de limpieza social en las zonas por ellos ocupadas. En estos momentos, existen denuncias de que en Trípoli se han llevado acabo saqueos, violaciones, masacres y ejecuciones sumarias.
• Tampoco la “protección de civiles” parecía contar a los asesinados por los bombardeos indiscriminados de la OTAN a zonas residenciales bajo el control de Gaddafi, principalmente en Trípoli. Día tras día se nos informaba de civiles, mujeres y niños asesinados por los bombardeos de la OTAN, los cuales ni siquiera eran señalados como “daño colateral”. Sencillamente se informaba del bombardeo, de las víctimas sin que nadie se molestara siquiera en dar explicaciones.
• La “protección de civiles” fue interpetada como excusa para bombardear las instalaciones de la TV estatal libia, con el argumento de que ese era un instrumento en la campaña contra los civiles libios. Digamos que aparte que el argumento carece de lógica, se asesinó a varios periodistas.
• La “protección de civiles” tampoco comprendía entregar asistencia humanitaria y médica a los civiles en áreas controladas por Gaddafi. Por el contrario, en Trípoli y otros centros urbanos, se bombardearon hospitales y se les bloqueó toda clase de asistencia, como una manera de volcar la población contra el régimen.
• Mucho menos, la “protección de civiles” comprendía dar refugio y asistencia a quienes en embarcaciones improvisadas zarpaban a alta mar, buscando escapar a los enfrentamientos. Nada de eso; las embarcaciones de la OTAN ignoraron embarcaciones a la deriva, cuando no atacaron y hundieron algunas. Cientos, sino miles de civiles, murieron por acción u omisión de la flotilla de la OTAN.

¿Guerra popular o empantanamiento guerrerista?

Esta intervención se supone que duraría 90 días y, sin embargo, los bombardeos de la OTAN se prolongaron por casi seis meses. La misión fue, finalmente ampliada hasta septiembre de este año debido a que los “rebeldes” eran incapaces de avanzar militarmente sobre el terreno. Esta incapacidad no debe ser leída solamente en términos militares, como se hace desde la prensa oficial, que se quejaba de su indisciplina y falta de experiencia. Después de todo, tenían entrenamiento y asistencia de potencias extranjeras, y en sus filas se contaban combatientes experimentados, tanto en la guerra de guerrillas (jihadistas con experiencia en Irak y Afganistán) y militares desertores de las tropas leales a Gaddafi, principalmente del Este libio. Esta incapacidad militar debe ser leída políticamente: lo que impedía avanzar a los “rebeldes” era la falta de apoyo decisivo en otros lugares fuera del Este libio, donde parecían gozar de un respaldo hegemónico. Obviamente, el conflicto es mucho más complejo que la mera visión simplista de Occidente que veía al “pueblo libio” contra el régimen. Acá hay en juego lealtades tribales, contradicciones políticas aún entre los “rebeldes”, regionalismos, etc. La experiencia de toda guerra popular, demuestra que sin suficiente respaldo de masas, una fuerza insurgente no sobrevive. Eso parece ser el caso en Libia, donde la llegada de los insurgentes a Tripoli tuvo más celebraciones en Bengazi que por parte de los “liberados”.

La exasperación de la OTAN se agravó a fines de Julio con el asesinato del general de división Abdul Fatah Yunis, una de las figuras clave del régimen de Gaddafi que se pasó al bando rebelde pocos días después de que comenzara la revuelta, pero siempre desde una posición critica a la acción de la OTAN y a los interventores de la CIA. Este asesinato evidenció las fracturas y las grietas en la alianza “rebelde”, sobretodo cuando su asesinato se tradujo en enfrentamientos internos entre las tropas “rebeldes” e incluso, tiroteos en Bengazi.

Esto puso el grito de alerta en la OTAN, la cual también venía sufriendo su propio desgaste interno, pues parecía que los plazos no se cumplirían y que en Septiembre tendría que renovarse el mandato de la misión ante la incapacidad de derribar a Gaddafi. Pero muchos países ya habían puesto en duda su voluntad de involucrarse en un conflicto más prolongado. Debido a la propia crisis económica interna de los países miembros de la OTAN, tampoco la intervención en Libia ha contado con gran popularidad de la ciudadanía europea o norteamericana, quienes sin sentir mayores simpatías por Gaddafi, consideran que tienen suficientes problemas internos como para estarse involucrando en los de otros.

Estos factores precipitan una intensificación de los bombardeos y un involucramiento mayor de la OTAN en el conflicto, para garantizar que tuviera un pronto desenlace que evitara que los “rebeldes” se volcaran unos contra otros en una lucha antropofágica, a la vez que la OTAN tampoco se erosionara con un conflicto interminable.

Pero no solamente los bombardeos masivos fueron claves para el ingreso a Trípoli: también lo fue el traslado por vía marítima de tropas “rebeldes” (lo cual estaba muy por fuera del mandato de proteger civiles, sobretodo cuando Amnistía y otros insisten en que hay plena evidencia de que estas tropas han cometido saqueos y masacres contra civiles en la capital) y en mucho mayor medida, la entrada en escena de tropas de élite de EEUU, Francia e Inglaterra, quienes han reconocido que tienen a varios cuerpos de élite SAS hoy día involucrados en seguir la pista del paradero de Gaddafi.

Perspectivas sombrías para Libia

Mientras la prensa internacional festeja la caída de Trípoli con un triunfalismo y una borrachera pro-imperialista que no se veía desde la caída de Bagdad en el 2004, creemos que no existen razones para ser optimistas ahora tampoco. Por lo menos no desde la perspectiva del pueblo libio.

Nosotros, desde el primer momento, saludamos con entusiasmo la rebelión libia, de la misma manera que saludamos la rebelión en Túnez y en Egipto. No es nuestro rol como libertarios defender dictaduras y siempre nos posicionaremos del lado del sector del pueblo que lucha por mayor libertad y bienestar. Pero no se trata solamente de si el dictador cae o no cae, sino cómo cae. La caída de Noriega mediante la invasión norteamericana de Panamá (1989) marcó un viraje aún más reaccionario para ese país, cerrando las puertas a una salida revolucionaria. En el curso del combate en Libia y con la incorporación de otros intereses, el espíritu de la rebelión parece haberse desvanecido en promesas desde los “rebeldes” a las empresas extranjeras y compromisos con los Estados imperialistas.

La lucha pasó de ser una lucha contra una dictadura a una lucha fratricida, en la cual no habrá sino perdedores, salvo por la élite que se erigirá en “legítimo gobierno” y los patrones imperiales, que se llevarán la tajada de león del botín de guerra. Mientras que los combatientes “rebeldes”, se están pagando con saqueos a viviendas y edificios públicos, por su parte las empresas, se pagarán con contratos para la reconstrucción libia y con petróleo. Todo tiene su precio y el imperialismo no interviene jamás, por razones altruistas.

Obviamente que no nos corresponde a nosotros decir al pueblo libio qué es lo que tiene que hacer con su destino, aún cuando parece claro que cualquier opción revolucionaria no estará en la agenda política por un cierto tiempo. De hecho, las perspectivas para el pueblo libio se ven bastante pesimistas y no parece que el conflicto vaya a terminar ni siquiera a mediano plazo: la fácil entrada en Trípoli, al parecer, se ha convertido en una hábil estrategia de guerra de guerrillas de los gadafistas que se puede prolongar por bastante tiempo.

Además, en la medida en que el CNT intenta imponer su autoridad en el resto del país, comienzan ya a perfilarse múltiples fracturas en su alianza. Con toda seguridad se viene un futuro sombrío de guerra civil, de corte tribal, político, regional y religioso. Por su parte, los islamistas no se cruzarán de brazos ante los liberales pro-occidentales, y la derecha tampoco se callará ante la izquierda. Mientras que el Este libio tampoco querrá ser relegado ante el Oeste.

Al calor de estas fracturas y luchas de poder al interior del posible nuevo gobierno transitorio, no es casual, que en la búsqueda de la estabilidad y para permitir que el petróleo vuelva a fluir como de costumbre, el imperialismo se vea forzado a reconocer que la presencia de la OTAN continuará por un tiempo indefinido, arrogándose de esta forma el derecho a convertirse en guardián de la pax romana. Aún cuando los “rebeldes” declaren que no habrá bases militares de la OTAN en Libia, es evidente que esta no es más que palabrería y demagogia sin sentido. De manera alternativa, la perspectiva de una misión de “paz” de la ONU tampoco luce mucho más optimista si observamos por ejemplo su intervención en Haití, la cual ha garantizado la ruina del país y una sangría interminable.

Lo cierto es que Libia es solamente un país dentro de un complejo contexto internacional. También están las sublevaciones en curso de Yemen, Bahréin, Siria, y los procesos de rebelión en curso más pequeños, pero no por ello menos significativos, en Jordania, Arabia Saudita o Marruecos. Además, la situación revolucionaria en Túnez y Egipto aún está abierta. El futuro de Libia depende del futuro de todos esos procesos de rebelión abiertos, de la misma manera que el futuro de esos procesos también será afectado por los sucesos de Libia.

Hoy es posible pensar que el imperialismo cuenta con una victoria a su favor, pero es una victoria espuria, que no se traducirá en una recomposición de su hegemonía fracturada en la región, ni tampoco se traducirá en una euforia entre los ciudadanos del Primer Mundo agobiados por su crisis económica y política interna y exasperados por ver cómo hay dinero para bombardear mientras se cierran hospitales. Y que, lamentablemente para el pueblo libio, difícilmente se traducirá en un proceso de “transición democrática”, precisamente porque la democracia jamás ha estado en la agenda del imperialismo.

La victoria de la OTAN, en última instancia, da solamente un poco de aire a las pretensiones intervencionistas del imperialismo, y, aún cuando no tengamos ninguna razón para llorar por la caída de Gaddafi, si hay muchas razones para estar preocupados por un imperialismo cada vez más agresivo, envalentonado. Aún cuando no logre, ni ante los ojos de sus ciudadanos ni de los del mundo, rehabilitar el decadente concepto de “intervencionismo humantiario”, puede pretender encontrar en Libia, como la encontró en Kosovo en la última década, la respuesta última sobre su “mandato divino” para moldear al mundo según sus caprichos e intereses corporativos.

José Antonio Gutiérrez D.
Esteban Ferreira

26 de Agosto, 2011

author by daddy yankeepublication date Tue Aug 30, 2011 17:26Report this post to the editors

Lo que ocurre en Libia es un escandalo, ahora mismo los mercenarios de la otan estan alrededor de Sirte amenazando con uso indiscriminado de fuerza, mientras los aviones bombardean y matan indiscriminadamente a civiles y asesinan selectivamente a personas que intentan escapar de este infierno. Es asi como protegen civiles estos hipocritas? lamentable que ahora Sirte este en la misma posicion que Bengazi en marzo, lo que se viene es una masacre y quien defiende a esos civiles? nadie, porque son los civiles del bando equivocado. Me parece demasiado repugnante como para expresarlo con palabras.

author by noticiasdelarebelion - noticiasdelarebelionpublication date Sun Sep 04, 2011 01:14Report this post to the editors

Hola. nos gustan tus análisis. hemos publicado varios de tus artículos en nuestra web. nos gustaría contactarte para que colaboraras con nosotros. si lo deseas puedes hacerlo mediante nuestra web

saludos combativos

Related Link: http://www.noticiasdelarebelion.info
author by telampublication date Sun Sep 04, 2011 06:53Report this post to the editors

Trípoli, 3 de setiembre (Télam). Un archivo hallado en Trípoli por un grupo de periodistas y miembros de Human Rights Watch (HRW), revela los estrechos vínculos que hubo entre la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA), los servicios secretos británicos (MI6), y el espionaje del régimen kaddafista entre 2002 y 2007, informó hoy el diario The New York Times.

Los documentos, cuya autenticidad no fue verificada hasta ahora, demuestran que la CIA envió a Libia a sospechosos de terrorismo para ser interrogados, lo que coincide con lo que se conoce sobre los `vuelos de la CIA`, informó la agencia Europa Press.

En uno de los documentos se enumeran hasta 89 preguntas que los interrogadores libios debían hacer a un sospechoso de terrorismo.

En algunos de los textos se insta a las autoridades a respetar los Derechos Humanos de los detenidos, pero grupos como HRW denuncian el historial de torturas y violaciones de los Derechos Humanos del régimen de Muammar Kaddafi.

"El programa de vuelos era para entregar a estas destacadas figuras vinculadas con Al Qaeda para que fueran torturadas y conseguir la información que se buscaba", explicó, Peter Bouckaert, un miembro de HRW que pudo estudiar los documentos, en declaraciones al periódico estadounidense.

Estos documentos corresponden al periodo en el que Musa Kusa, hasta hace poco ministro de Asuntos Exteriores de Kaddafi, ocupaba el cargo de director de la Organización para la Seguridad Externa de Libia.

The New York Times relata que los documentos fueron hallados ayer en un inmueble abandonado utilizado anteriormente por Kusa, quien huyó recientemente a Londres, después de la sublevación contra Kaddafi.

Entre los documentos hay varios textos en inglés, incluido lo que parece un borrador del discurso para Kaddafi en el que anunciaba su renuncia a la obtención de armamento no convencional, hecho que se produjo en 2004 e impulsó radicalmente la mejora de las relaciones del coronel libio con Estados Unidos y sus aliados.

Una portavoz de la CIA, Jennifer Youngblood, no quiso comentar ningún caso específico, pero pidió que nadie se escandalice por estas informaciones.

"No es ninguna sorpresa que la Agencia Central de Inteligencia colabora con gobiernos extranjeros para ayudar a proteger nuestro país del terrorismo y otras amenazas mortíferas", indicó el funcionario de seguridad. (Télam)

 

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