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Chile y Haití después de los terremotos: tan diferentes y tan parecidos…

category bolivia / peru / ecuador / chile | miscellaneous | portada author Wednesday March 03, 2010 18:47author by José Antonio Gutiérrez D. Report this post to the editors

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Destrucción en Chile

Chile ha sido una vez más golpeado por un terremoto de magnitudes apocalípticas, como lo fueran los terremotos de 1938, de 1960 y de 1985. Las secuelas que este terremoto dejará para el pueblo chileno son terribles. Se estima que hay, en estos momentos, 2.000.0000 de personas que han perdido sus hogares y están literalmente, en la calle. José Antonio Gutiérrez, anarco-comunista de Chile, examina los efectos, las diferencias y las similitudes de los recientes terremotos ocurridos en Haití y en su propio país

Pero también Haití y Chile se parecen, pues ante la necesidad aflora ese instinto esencial de apoyo mutuo que permite al pueblo sobrevivir, avanzar y constituirse en un actor en derecho propio ante la historia. Corresponde a los sectores populares desarrollar esas tendencias a la organización del pueblo, a la solidaridad, para que se desarrollen y vayan más allá de la mera supervivencia. Para que se puedan constituir en una sociedad diferente, una sociedad solidaria, una sociedad libertaria, que se despoje del pesado lastre del individualismo impuesto por el modelo neoliberal feroz aplicado por la dictadura y profundizado por la “democracia vigilada”.

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Chile y Haití después de los terremotos: tan diferentes y tan parecidos…

I.

Chile ha sido una vez más golpeado por un terremoto de magnitudes apocalípticas, como lo fueran los terremotos de 1938, de 1960 y de 1985. Con la precisión de un reloj suizo, el centro-sur del país es azotado cada 25 años por un movimiento sísmico que pone al país en honda conmoción. El terremoto que hemos visto el 27 de Febrero fue uno de los más fuertes registrados en toda la historia: 8,8 grados en la escala de Richter, 9 en la escala de Mercalli.

La angustia de no saber nada de nuestros seres queridos, de no poder comunicarnos con ellos, ha seguido a la destrucción, a la incomunicación y a la muerte o desaparición de muchas personas. La impotencia es una sombra que se cierne sobre el corazón. El conteo de muertos ya va por sobre los 700; hay quienes dicen que es esperable una cifra final de unos 2.000 apenas se conozca el cuadro completo de la devastación; no se sabe nada aún de muchas de las provincias afectadas en las regiones del Maule y Bío Bío. Cuando se manejaba la cifra de 300 muertos, se conoció que el tsunami de Constitución se había tragado a unos 350 habitantes, y eso duplicó la cifra de muertos. Se sabe de otras localidades donde también hubo tsunamis pero aún se desconoce la magnitud de los daños que provocó.

Las secuelas que este terremoto dejará para el pueblo chileno son terribles. Se estima que hay, en estos momentos, 2.000.0000 de personas que han perdido sus hogares y están literalmente, en la calle. Estamos hablando de más del 10% de la población, lo que da una idea de la tarea titánica de reconstrucción que hay por delante.

II.

Mucho se ha hablado de las diferencias entre Chile y Haití, porque el terremoto en la hermana república caribeña arrojó una cifra muy superior de muertos (300.000) y un daño, tanto en términos absolutos como relativos, mucho mayor. Se ha hablado de razones geológicas y sismológicas, como la mayor profundidad del epicentro y el área en el que ocurrió, y ellas, desde luego, han jugado un rol muy claro. Pero sobre todo hay que buscar en las razones políticas, económicas y sociales la explicación de por qué un terremoto de mayor magnitud en Chile tuvo un impacto mucho menor.

Ciertamente, Chile es un país difícilmente comparable con Haití: tiene una infraestructura muy superior, una economía muchísimo menos dependiente y menos atrofiada que la haitiana (mientras que Haití es un caso extremo dentro del contexto latinoamericano, Chile gozó de medio siglo de experiencias nacional-desarrollistas que dejaron su impronta hasta el día de hoy) y una capacidad de respuesta institucional ante las catástrofes naturales, muchísimo mayor. La miseria en Chile no alcanza niveles tan sórdidos como en Haití donde la población en los suburbios capitalinos tenía que recurrir a comer galletas de barro para engañar al hambre. Obviamente nada de esto se debe a una inexistente “superioridad” chilena, que el chovinismo criollo saca a relucir mediante comparaciones tan falaces como odiosas (el chileno es más trabajador, es más ingenioso, es más esto, es más lo otro), sino que se debe principalmente a las diferentes historias relativas de ambas repúblicas -historias que son divergentes aún desde tiempos coloniales, amen del hecho que Chile no ha sido convertido en un país plantación, ni en un país maquila, ni ha sido directamente intervenido ni saqueado por los EEUU. Chile, además, es un país con un largo historial de movimientos sísmicos, hecho que lo ponía “en ventaja” ante Haití.

III.

Aún así, se habla poco de las similitudes. La más obvia, es el hecho de que quienes más sufren son los pobres. Aún cuando el terremoto golpea a todos por igual, unos están mejor preparados que otros para recibir el sismo y para lidiar con las dificultades que sobrevienen después. Chile no ha sido una excepción a esta regla y los sectores más dañados son barrios populares, casas de adobe; por lo demás, hemos sabido, por testimonios fiables, que la ayuda ha llegado tarde e insuficientemente a las barriadas populares que no han sido prioridad para nadie, aún cuando son los sectores donde se debiera concentrar la ayuda debido a su precariedad.

Segundo, que gran parte de la devastación se debe a infraestructura inadecuada. Después de una nutrida experiencia sísmica y de que medio país se haya caído en 1985, hubo cierta conciencia de crear infraestructura que soportara los embates de una zona de actividad tectónica como lo es Chile. Sin embargo, a mediados de los ’90, la Concertación, que siguió profundizando el nefasto modelo neoliberal heredado de la dictadura, comenzó con la privatización y subcontratación de empresas para obras públicas –muchas de ellas trasnacionales, las cuales jamás responderán por puentes, autopistas y carreteras destrozadas las cuales inmovilizaron al país y dejaron a miles de personas desamparadas mientras iban de viaje. Es de destacar que muchas de las obras realizadas por el MOP hace varias décadas siguieron en pie, mientras que costosas carreteras construidas hace tan sólo algunos años, por las cuales se han pagado excesivos peajes, se rompieron como si fueran de papel. Puedo dar testimonio personal de la razón tras la fragilidad de estas obras viales: a inicios del 2003 trabajé en el by pass de Rancagua, en el sector Doñihue. Cuando el geólogo recomendaba descampar 1,80 metros, 2 metros en ciertos tramos por la inestabilidad del terreno, para ahorrar costos, se ordenaba a la retroexcavadora (una que llamaban la trabilla) no bajar más de 30 centímetros. Sabíamos que esos caminos no durarían más de 10 años. Ahora el terremoto será una excusa muy oportuna para explicar su destrucción, pero el hecho que la infraestructura pública quedara en pie, mientras la infraestructura privatizada colapsara haciéndose añicos, es un hecho incontestable.

Lo mismo puede decirse de la vivienda: desde fines de los ’90, con los escándalos de las casas COPEVA, que a los meses comenzaban a agrietarse, rajarse y lloverse, teniendo sus dueños que forrarlas en plástico para pasar el invierno (muchas de las cuales fueron sencillamente demolidas poco después), está claro que la política de vivienda (anti)social en el país –y de la vivienda en general- es solamente un negocio para los capitalistas inmobiliarios. Un negocio, por lo demás, facilitado mediante toda clase de corrupciones y negligencias desde los mismos gobiernos concertacionistas, algunos de cuyos personajes participaron directamente en este negociado tan lucrativo. Recordemos que el escándalo de COPEVA tiene el nombre un ex ministro del interior demócrata-cristiano, Pérez Yoma. Hoy vemos muchas construcciones modernas, muchos conjuntos habitacionales de personas que con grandes sacrificios lograron el “sueño de la casa propia”, por el suelo, con daños estructurales graves que las hacen inhabitables. El caso más dramático fue el del edificio de 15 pisos que en Concepción se desplomó con alrededor de un centenar de personas en su interior. Un edificio nuevo, aún con habitaciones en venta. Es verdad que un terremoto tan poderoso siempre ocasionará daños y nunca podrá hacerse suficiente para evitar víctimas; pero resulta injustificable que sean precisamente las obras más modernas las cuales hayan sufrido más daños.

Al igual que en Haití, es probable que ningún capitalista jamás deba responder por estos actos criminales. Por ello es necesario que el pueblo se movilice y exija justicia, pues la política privatizadora de obras públicas, inmobiliarias y viales es una política abiertamente criminal, como lo demuestra este terremoto. Acá hay responsables y si el pueblo no exige una respuesta por parte de ellos, jamás la tendrán.

IV.

Otra similitud con Haití es la respuesta represiva y la militarización de la respuesta humanitaria. Aunque ambos casos son obviamente diferentes (en Haití la militarización humanitaria ha profundizado la ocupación del país y ha entregado un importante enclave geoestratégico a los EEUU, algo que tiene pleno sentido desde su plan de militarización de la región Caribe y de recomposición hegemónica en América Latina), en ambos casos se ha jugado con la histeria ante los “saqueadores” para justificar una presencia de fuerza que proteja los intereses de clase de la elite.

En Concepción, por un día y medio, mucha gente no vio ninguna clase de ayuda. Esto es principalmente cierto en los barrios populares donde hasta la fecha ha llegado poco o nada. Ante la desesperación, el pueblo aplica sencillamente el impulso más básico del ser humano que es el de la conservación. El pueblo entró a supermercados, estaciones de bencina, farmacias, para proveerse de los elementos y artículos más básicos para alimentar a sus familias. ¿O podíamos esperar que el pueblo se quedara de brazos cruzados, soportando fatiga, hambre y sed, mientras los supermercados estaban repletos de bienes? Esto era puro pueblo, gente común y corriente, madres, padres, jóvenes que arrancaban con cajas de leche, de arroz, con lo que pudieran recuperar.

“Saqueo” gritaron las autoridades para demonizar el justo reclamo del derecho a vivir, a comer a calmar la sed, a cuidar a sus hijos. Distorsionaron la historia al punto de que, según ellos, los “saqueadores” no tenían ninguna necesidad, porque estaban robando exclusivamente artículos suntuarios, eléctricos o cds y dvds, cuando la verdad es otra. Bastó, por ultimo, que se tocara un par de bancos y ahí la histeria ya fue absoluta. “Lumpen” volvieron a gritar, para deshumanizar al pueblo hambriento y necesitado, pues con esta palabra elástica desde siempre se justifica el asesinato policial. En la época de Pinochet les llamaban “humanoides” –el término cambia, la lógica política represiva se mantiene.

El mismo “lumpen” de Nueva Orleáns, de Puerto Príncipe ahora aparecía en las calles de Concepción, y desde el primer momento el presidente electo Sebastián Piñera, junto a sus secuaces en los gobiernos locales, como la doctora Van Rysselberghe en Concepción, se escandalizaban ante lo poco que los rotos respetaban la propiedad de las grandes cadenas de supermercados. Y mientras la ayuda tardaba en llegar, no hubo ningún problema para movilizar unos cuantos miles de milicos para hacer efectiva la ley marcial en Concepción. Mientras no llegaba agua para las bocas sedientas, no costó nada llenar los tanques de los guanacos para reprimir al “lumpen” que “saqueaba” a los “honestos” negociantes como Lider (Wal Mart) y Santa Isabel. El gobierno decretó el Estado de Sitio y Toque de Queda, haciéndose eco de la derecha política y de los grandes empresarios y negociantes que, mientras se llenan la boca hablando de “solidaridad” no son capaces de poner unos cuantos paquetes de arroz en sus supermercados a disposición del pueblo. Este recurso no se utilizaba desde 1987 –para los que tengan mala memoria, desde épocas de la dictadura. Eso demuestra que ciertos hábitos autoritarios no se han desvanecido tras dos décadas de “democracia vigilada”.

A los ciudadanos de bien ahora les toca hacer cola, pasar hambre y sed, y mamarse el llanto de sus hijos. El orden se ha restaurado nuevamente gracias a la bota militar. La gran propiedad privada ha vuelto ha ser intocable.

Es en momentos de crisis cuando el sistema muestra realmente su cara. Y en Concepción, al igual que en Puerto Príncipe, la ha mostrado con toda su crueldad: la propiedad de los capitalistas es más importante que la vida y el bienestar de cientos de miles de personas necesitadas. No es casual que al capitalismo se le agregue con frecuencia el apellido de “salvaje”.

V.

Pero también Haití y Chile se parecen, pues ante la necesidad aflora ese instinto esencial de apoyo mutuo que permite al pueblo sobrevivir, avanzar y constituirse en un actor en derecho propio ante la historia. Corresponde a los sectores populares desarrollar esas tendencias a la organización del pueblo, a la solidaridad, para que se desarrollen y vayan más allá de la mera supervivencia. Para que se puedan constituir en una sociedad diferente, una sociedad solidaria, una sociedad libertaria, que se despoje del pesado lastre del individualismo impuesto por el modelo neoliberal feroz aplicado por la dictadura y profundizado por la “democracia vigilada”.

Entre los múltiples mensajes solidarios de amigos y compañeros en estos momentos tan angustiantes, quiero destacar los no pocos mensajes solidarios que he recibido de hermanos haitianos. En medio del dolor que ellos mismos sobrellevan, guardan un momento para solidarizarse del dolor del pueblo chileno. Nosotros hicimos nuestro el dolor suyo, y ellos hoy hacen suyo nuestro dolor.

Un compañero de Grandans me escribía el mismo sábado: “Estimado José Antonio, le agradezco los esfuerzos de solidaridad con el pueblo haitiano. Hoy me siento muy tocado con el violento y tremendo terremoto en Chile. Deseo que tu familia salga sana de tal sismo y que tu país se recupere rápido Lo poco que tenemos está listo para compartirlo con Uds. si es necesario. Hasta pronto, Maxime Roumer”.

Mensajes como este me recuerdan que la solidaridad es la ternura de los pueblos.

José Antonio Gutiérrez D.
1 de Marzo, 2010


Ver también:

Campaña urgente de solidaridad
A parar el saqueo en Chile: re-nacionalizar el Cobre
Campaña por Llolleo (Quinta Región-Chile)
A parar el saqueo en Chile: re-nacionalizar el Cobre
Comunicado Comité de Solidaridad Popular "Sólo el Pueblo Ayuda al Pueblo"
Castigos colectivos de la autoridad a barrios populares en Concepción, Chile
Terremoto en Chile: Son culpables, y con dolo

author by Igor Goicovic Donosopublication date Sat Mar 06, 2010 05:32author address author phone Report this post to the editors

El terremoto y posterior tsunami que afectó a una parte importante del territorio de Chile en la madrugada del sábado 27 de febrero, y que hasta la fecha ha provocado la muerte de más de 800 personas, puso al descubierto una serie de problemas que la prensa oficial ha denominado, eufemísticamente, como “terremoto social”. Miles de personas, especialmente en las ciudades más afectadas por la catástrofe (Concepción, Talcahuano, Lota, Coronel, Constitución, entre muchas otras), salieron a las calles a recuperar por cuenta propia los alimentos y el agua que las autoridades y las cadenas de supermercados, se negaban a distribuir rápida y eficientemente.

En su desesperación y angustia, y dando cuenta de una profunda tradición histórica, los más pobres, y a la vez los más golpeados por el desastre, no se contuvieron. En una explosión desbordante de rabia y necesidad arrasaron con todo lo que encontraron a su paso. Ello, evidentemente, favoreció el exceso y, en algunas circunstancias, el despliegue de conductas delictivas. Pero estas conductas puntuales no pueden encubrir el problema de fondo: Quienes salieron a las calles a reclamar y recuperar de hecho lo que necesitaban fueron las más pobres. Hombre, mujeres y niños, muchos de ellos agrupados como núcleos familiares o como redes comunitarias. Aquellos que sistemáticamente el capitalismo ha explotado, reprimido y excluido. Aquellos que en las visitas oficiales de autoridades extranjeras y en el discurso público son sistemáticamente encubiertos. Aquellos a los cuales se pretende integrar precariamente a través del trabajo ocasional y del consumo marginal. Aquellos que son recluidos en liceos gueto donde se les condena reproducir el fracaso del sistema educacional. Aquellos que no reciben prestaciones de salud de calidad, porque la medicina se convirtió en mercancía y los médicos, hace mucho tiempo, perdieron su “vocación social”. Aquellos para los cuales se organizan planes cuadrantes y cárceles concesionadas. Aquellos que en los informes de MIDEPLAN y del PNUD continúan representando un 14% de la población. Una población a la que generalmente no queremos ver y cuando se nos configura en la cotidianeidad mediática lo hace transgrediendo el “orden burgués”.

No es extraño, entonces, que ante el “clamor ciudadano” (aquel que fue inducido por los medios de comunicación burgueses y que expresó la demanda de la derecha y del capital), el Gobierno haya decretado el Estado de Catástrofe Nacional, medida que, a su vez, permite la imposición del toque de queda y el despliegue de fuerza militares en las ciudades afectadas por el vendaval popular. Así, las imágenes del pasado dictatorial retornaron nuevamente al escenario del Chile actual: Milicos armados hasta los dientes deteniendo y golpeando a los más pobres; poniendo cerco a las principales poblaciones populares y custodiando los centros comerciales y financieros del gran capital. Da pena y rabia comprobar que las demandas de los pobres, expresadas en contingencias críticas, continúan siendo enfrentadas con la fuerza de las armas. La paradoja radica en que los delincuentes que inmediatamente después de la catástrofe comenzaron a subir los precios de los artículos de primera necesidad o aquellos que comenzaron a acaparar recursos básicos para posteriormente medrar con precios más altos, no han sido denunciados y mucho menos sancionados como se lo merecen.

Tampoco, hasta el momento, han recibido el castigo que se merecen aquellos que con negligencia criminal (en la Armada y el Gobierno) no informaron adecuadamente a la población del litoral central del tsunami que posteriormente afectó a la población ribereña. Ellos son los responsables directos de la muerte de más de 500 personas en esta catástrofe. En relación con ello cabe consignar que ninguna persona ha muerto como consecuencia directa de los saqueos llevados a cabo por la población.

No se trata de justificar la violencia criminal del lumpen que, regularmente y en su extrema cobardía, no ataca al capital y a sus defensores (salvo cuando replegado en la masa actúa sobreseguro); por el contrario, estos cobardes, habitualmente, atacan a los más pobres y de ellos medran a través del narcotráfico, imponiendo en las poblaciones la ley del más fuerte (que no es otra que de la aquel que porta las armas). Esos parásitos sólo se merecen el desprecio. Tampoco se debe desconocer que en estos actos participaron activamente sujetos provenientes de estratos sociales más acomodados; aquellos que se desplazaban en camionetas y camiones y que se dedicaron sistemáticamente a robar artículos electrónicos, de línea blanca e incluso maquinaria pesada. Distinto es el caso de los sectores populares que agobiados permanentemente por la miseria y afectados coyunturalmente por la catástrofe, han salido a las calles a recuperar por su propios medios los recursos que necesitan para subsistir. Su legítimo accionar ha puesto al descubierto todas las inequidades e injusticias que el sistema neoliberal, montado por la Dictadura y afianzado por la Concertación, ha instalado en nuestro país. No sólo ha develado, una vez más, la existencia de la pobreza; también ha puesto de manifiesto que hace mucho tiempo late en el seno del pueblo más pobre una rabia contenida que episódicamente se desborda, poniendo en jaque la institucionalidad y los valores más preciados del orden burgués. Y ello tiene que ver con el Chile que sistemáticamente se nos ha querido imponer y del cual ahora, como en otras etapas de nuestra historia, las clases dominantes se horrorizan. El Chile escindido. Aquel que no toma vacaciones en el Caribe, sino que con surte va un domingo de febrero al balneario local. Aquel que se apiña solidariamente en 40 mts.2 construidos, pero que eventualmente conoce los departamentos de 6.000 UFs de las principales ciudades del país, porque presta servicios de aseo o jardinería para la burguesía. Aquel que cotidianamente ocupa entre 2 y 4 horas de su vida para desplazarse desde su hogar hasta su empleo en micros atestadas, mientras sus patrones y gerentes utilizan automóviles último modelo. Aquel que percibe como salario mensual el mismo dinero que su patrón se gasta en una noche de diversión. Estas inequidades no sólo han sembrado frustración y desesperanza; también han engendrado un profundo odio de clase del cual, al parecer, sus instigadores materiales no son conscientes. Por ello cuando la plebe insurrecta emerge desde la periferia urbana se aterran; y sus corifeos, en los medios de comunicación, desatan la letanía criminalizadora de siempre; terroristas ayer, anarquistas y encapuchados más tarde, saqueadores hoy día. La misma putrefacta monserga de siempre para banalizar o encubrir los problemas estructurales que arrastra esta sociedad desde hace más de tres décadas.

No se trata tampoco de idealizar el reventón popular y pretender que éste, en sí mismo, adquiera el estatuto de hecho político. Efectivamente, en estos momentos esa rabia carece de orientación política y de metas claras; es pura pasión e intuición popular. En consecuencia le resulta fácil al Estado burgués y a sus organismos represivos encuadrarla y reprimirla. De esta manera, tras el vendaval de ira popular los más pobres retornan nuevamente a su miseria, pero esta vez más golpeados y heridos. La ira popular es sólo la expresión de una malestar profundo y es también la demostración inveterada de que el pueblo movilizado ha constituido históricamente una fuerza social y política de grandes proporciones. Le corresponde, entonces, a las aletargadas organizaciones revolucionarias chilenas, ensimismadas en un diletantismo retórico estéril, en el caudillismo y en cortoplacismo, ponerse a la cabeza de la rabia popular y convertirla en fuerza social y política revolucionaria. De lo contrario no habremos aprendido nada, como en otras ocasiones, de esta dolorosa tragedia.

Quilpue, 4 de marzo de 2010

 
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