Irlanda: los límites de la oposición a la Unión Europea
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opinión / análisis
Tuesday November 03, 2009 05:12
by José Antonio Gutiérrez D.

Artículo sobre la aprobación, en un segundo referéndum, del Tratado de Lisboa por el electorado irlandés en su versión completa. Este artículo apareció originalmente editado, por razones de espacio, en la Revista Diagonal, Lunes 19 de octubre de 2009. Número 111.

[Nota introductoria de Diagonal: Con la reciente aprobación irlandesa en referéndum del Tratado de Lisboa, el proyecto de la UE sale reforzado. Un proyecto no construido desde abajo, democráticamente, sino para y desde los poderosos. Cerca del inicio del semestre español para presidir la UE, conviene analizar la oposición a este proceso.]
La nueva y eficiente Europa que, según las promesas del gobierno irlandés presidido por Brian Cowen, supuestamente llegará después de la aprobación del Tratado de Lisboa, tuvo una demostración práctica en el referéndum celebrado el 2 de Octubre en Irlanda. Y hay razones para estar muy preocupado, ya que lo que presenciamos fue un acto profundamente anti-democrático, en el cual, junto a amenazas, mentiras descaradas, desinformación al por mayor y millones de euros en propaganda, los principales sectores empresariales y todo el status quo político pasaron por encima del pueblo irlandés para volver a lanzar el referéndum de manera ilegítima para que esta vez se dé la respuesta “correcta”.
Esta experiencia práctica de la democracia europea, demuestra que para la UE, la democracia solamente vale cuando el pueblo vota de acuerdo a los intereses de su clase dirigente. Si tal cosa no ocurre, como cuando en Francia y Holanda rechazaron la Constitución Europea el 2005, los mismos contenidos son empaquetados en una presentación diferente (Tratado de Lisboa) y de manera tal que se pueda evitar, a futuro, nuevamente consultar su opinión. O como en el caso irlandés, después de rechazar de manera categórica el Tratado el año pasado, se nos hace votar hasta que por cansancio o por amedrentamiento, votemos como ellos quieren que lo hagamos. Esta no es la primera vez que tal cosa ocurre: cuando el Tratado de Niza fue rechazado en el 2002, la historia fue la misma: una nueva votación para que esta vez la gente si votara de otra manera. En el caso de Niza, al menos, hubo un argumento técnico y fue la escasa votación durante el primer referéndum. En el caso de Lisboa, no hay tal argumento: el primer referéndum fue rechazado por un amplio margen y con una votación elevada.
Desde el momento del rechazo, los altos dirigentes de la UE venían hablando del problema irlandés, como si el problema estuviera en Irlanda y no en la UE, de cómo solucionarlo e inmediatamente se habló de repetir el referéndum. Eso, en su momento, causó justa indignación en la población y aún ciertos políticos que se habían alineado al Tratado de Lisboa (como los camaleónicos laboristas) rechazaron la posibilidad de un segundo referéndum. Es muy probable que si lo hubieran tratado de realizar de nuevo en los meses siguientes al referéndum, lo hubieran perdido por un margen aún mayor. Así las cosas, el líder de los laboristas, Eamon McGilmore, pronunció al Tratado de Lisboa como oficialmente difunto.
Pero era difícil esperar que la UE se cruzara de brazos: en realidad, las consultas que la UE realiza son por decir lo menos de carácter simbólico, ya que la ruta de la UE como un supra-Estado cada vez más centralizado en lo político y liberalizado en lo económico, está firmemente trazada y no va a cambiar de orientación porque los ciudadanos opinen lo contrario. La UE ha dado pruebas de ser uno de los organismos políticos más autistas en todo el planeta. Inmediatamente comenzaron a ver la manera de poder presentar lo impresentable nuevamente: y en eso, llegó la crisis económica.
La crisis, en casi cualquier otro país, hubiera sido una razón más para rechazar las propuestas de la Europa del Capital que, efectivamente, es la responsable del desastre social que nos agobia. Pero en Irlanda la realidad es otra: con un analfabetismo político asombroso y con un bajísimo nivel de organización o movilización social, el pueblo mordió el anzuelo que el gobierno lanzó diciendo que la crisis ocurrió porque el Tratado de Lisboa no se había aprobado. Cuatro millones de irlandeses caprichosos y renegones, habían sido, según ellos, responsables del desastre financiero. Y luego de eso, vino la debacle económica y social: el “tigre celta” fue devorado por las vacas flacas, el desempleo volvió a subir como en los buenos viejos tiempos de la depresión económica crónica irlandesa, a los empleados públicos se les recortó el salario en un 10%, al resto de los trabajadores nos impusieron un nuevo impuesto para poder ayudar de manera caritativa a aquellos “honrados y esforzados” banqueros, cuyo salario de un año equivale al salario de cien años de quien escribe (no estoy exagerando –un ejecutivo del Banco de Irlanda gana dos millones de euros anuales).
Es en este contexto en el que debemos entender el resultado del segundo referéndum de Lisboa. El pueblo irlandés fue sometido a un auténtico aluvión de propaganda terrorista, en la cual se amenazaba que de rechazar al Tratado de Lisboa nuevamente, se nos expulsaría de la UE, se irían los pocos trabajos que quedan y hasta se nos impediría volver a participar de Eurovisión (esto último no sería después de todo tan malo). Y se revistió al Tratado de Lisboa de una serie de cualidades casi mesiánicas, dándosele capacidad de revertir mágicamente la situación calamitosa de nuestra economía. “Si a la Recuperación Económica”, “Si a los Trabajos”, “Si a los Derechos de la Infancia”, fueron todos lemas utilizados de la manera más cínica y deshonesta por la campaña pro-Lisboa. De qué manera exactamente Lisboa daría la dichosa recuperación económica o crearía nuevos empleos, es algo que no se aclara. Mucho menos se aclara cómo Lisboa va a proteger a la infancia precisamente cuando sus directivas estimulan la privatización del derecho más importante de la infancia, que es el de la educación. Pero la propaganda no dejó de tener un hondo impacto. La gente quiere recuperación, quiere trabajos, quiere que se proteja la educación: y en el actual contexto de crisis, creyó en las promesas vacías del gobierno y de la oposición espuria que le secunda. Fue una reacción desesperada y que, hay que volver a insistir, era muy esperable en un país con una izquierda minúscula y con una tradición de activismo ciudadano (ni siquiera de luchas populares) prácticamente inexistente.
Por otra parte, la campaña a favor del NO, no estuvo en condiciones de revertir esta situación: con la crisis jugando en su contra, sin los millones de euros en propaganda que contaba la campaña del SI, si siquiera la más mínima unidad en el discurso, era muy difícil que pudiera revertir esta situación. Hay que ser claros: la misma situación fue cierta durante el primer referéndum, pero el contexto era otro. Mientras la inoperancia y los argumentos risibles del gobierno y de sus secundones políticos y empresariales entonces no pudieron convencer al pueblo, en esta ocasión esos argumentos sirvieron para manipular los temores e inseguridades más básicos de la población. Mientras el bando del SI afinaron las baterías y reforzaron su presencia, el NO tuvo una propaganda mucho más pobre que en la primera ocasión, aún cuando, de haberse hecho una campaña más didáctica, más clara y más coordinada, podría haber usado a su favor el nuevo contexto, en el cual claramente tanto Dublín como Bruselas tienen bastante de qué responder. Es impensable que pudiera haber habido una única coalición por el NO: recordemos que detrás de este voto estaban la izquierda y sectores de derecha, empresarios “atlanticistas” como Declan Ganley, y ultra-conservadores religiosos cuya motivación para oponerse era que temen que la UE fuerce la aprobación de leyes que regulen el aborto. Pero no hay ningún argumento válido para que los sectores de izquierda a favor del NO, no hubieran sido capaces, pese a las diferencias, de poner tres ideas fuerza en común y trabajar en función de ellas para mandar un mensaje sólido a la población (aún cuando hubieran mantenido la posibilidad de hacer propaganda por separado ante otros aspectos que no fueran de acuerdo).
Lamentablemente, este nivel de madurez político no existe en Irlanda: cada partido, cada grupo, cada movimiento, cada colectivo se contentó en sacar su propio volante fotocopiado y en liderar su propia campaña. Todos estos grupos prefirieron ser cabeza de ratón a ser cola de león, y con ello demostraron por qué no existe una tradición de izquierda significativa en Irlanda -la lógica siguió siendo la que prima en absolutamente todas las actividades que la izquierda irlandesa realiza: captar votos, captar militantes, captar la atención por un segundo, en vez de realizar cambios políticos y sociales contundentes y significativos. La falta de ambición de la izquierda irlandesa es abismante y eso es exactamente lo que se reflejó en esta ocasión.
El voto a favor del NO demuestra que la oposición a Lisboa es una oposición de clase trabajadora. Sin embargo, la izquierda republicana (ie, Sinn Fein) es la única que tiene un asiento de alguna importancia en los sectores populares. La izquierda no republicana es, fundamentalmente, de clase media y durante esta campaña predicó en el desierto, ya que la clase social a la que su discurso llegó estaba completamente detrás del SI. Un trabajo más coordinado y decidido podría haber logrado que la clase trabajadora en su conjunto se inclinara a favor del NO, lo cual podría haber torcido la mano a este segundo referéndum.
Si el primer referéndum fue un obstáculo momentáneo para el proyecto de la Europa del Gran Capital, al desnudar la falta de consenso y de apoyo social real que hay detrás de él, este nuevo referéndum demostró las limitaciones de quienes se le oponen. Es más necesario que nunca generar espacios de unidad desde la base, en los cuales pueda darse cuerpo a esos niveles de cooperación mayores que son necesarios para golpear a un modelo que se está imponiendo con una maquinaria legal, política y económica enorme. Creo que aún cuando hubiéramos derrotado por segunda vez a Lisboa, a fin de cuentas, hubieran encontrado la manera de implementar esas reformas y no hubiéramos logrado más que demostrar una vez más la crisis de legitimidad de esta UE. Pero, ¿y después qué? La izquierda europea pierde terreno por su incapacidad, por una parte, en concretarse en alternativa, y por otra, por su incapacidad de confrontar, en términos reales, a la Europa del Capital. La izquierda europea, aún con un pesado sopor a rancia socialdemocracia, intenta patalear de manera respetable, y ni siquiera parece capaz de indignarse. Mucho menos, de romper con los mecanismos de encuadramiento de clase a los cuales ha sido sometida en treinta años de derrotas sistemáticas: los partidos de “izquierda” en descomposición o casa vez más pro-business y sus sindicatos que hace mucho rato que no de trabajadores no tienen ni el tufo sino que representan exclusivamente a los intereses empresariales y son, en el mejor de los casos, aparatos de Estado vaciados de base que apenas sirven para negociar el “pacto social” (estos sindicatos, dicho sea de paso, dieron su respaldo inequívoco al SI, demostrando una vez más, su obediencia a los intereses de la patronal). Para derrotar a la anti-democrática Europa del Capital, tendremos que aprender a romper con estos lastres y perder el miedo a confrontar, en la calle, de manera enérgica, al orden impuesto. No queda otra.
José Antonio Gutiérrez D.
4 de Octubre, 2009