La cólera en los tiempos del amor
Como en el caso de las madres y los padres de las mujeres asesinadas y/o desaparecidas en Ciudad Juárez y otras ciudades que padecen del mismo síndrome, y el de l@s familiares de l@s desaparecid@s polític@s en México durante la llamada "guerra sucia" de los años setenta, ochenta, noventa y actuales, el principal estímulo de la gente que reclama justicia por la tragedia en Hermosillo, así como por la masacre de Acteal, es el amor.
Mi cólera se nutre de vívidas imágenes, de ruidos y rudos sonidos que alteran los sentidos y saturan el aire; de gritos y llantos infantiles que irrumpen y rompen el silencio de la noche, lo despedazan; de llamas que enrojecen el negro manto de la madrugada, lo desgarran y desangran; de una oscura nube que asombra y ensombrece a la pálida luna y enturbia la mirada... Quisiera que mis palabras hablaran por miles de personas, millones inclusive, y decir que mi cólera prenderá miles de antorchas, millones inclusive, y éstas a su vez harán arder en llamas el recinto de la Suprema Corte de Inmundicia y Absoluciones a Genocidas y Pederastas, monumento a la impunidad y la corrupción, la ignominia y la abyección, así como el edificio de la Procuraduría General de que el Crimen Organizado sea Intocable, otro símbolo del poder como sinónimo de putrefacción y podredumbre, de violencia organizada como articulación indispensable para el sistema social en México, su régimen político y su desorden económico de asimetría y desigualdad que los ideólogos del capitalismo siguen llamando libertad.
Quisiera que mi cólera fuera el infierno para quienes pudieron hacer algo y no lo hicieron, para quienes tenían obligaciones morales y no las cumplieron, pero viven de la riqueza de este país gracias a la pobreza de su gente, pero son miserables parásitos y sanguijuelas, porque la gente aquí permite eso y más: el estado de excepción como regla general, la militarización de la vida pública y privada (atada, para colmo, a los hilos del Pentágono), la reducción de los derechos civiles y la ampliación del fuero de guerra, la cancelación de las garantías individuales y colectivas, la eliminación de los programas sociales, el IVA a los alimentos y las medicinas, la inflación y la carestía en general, la privatización de todo lo existente, la pérdida millonaria de empleos, la imposición de gobernantes y servidores "públicos" al servicio, más bien la servidumbre, del intereses privados, mandatarios bajo el mandato del dinero, a las órdenes de su dictadura, vía el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, el poder fáctico delincuencial o criminal, como dice Lydia Cacho, tras el poder formal, la colusión de políticos y empresarios como prestanombres de los cárteles del tráfico de narcóticos, armas, pornografía y prostitución infantiles y órganos humanos, el comercio de influencias, enfermedades y muerte, las arbitrarias leyes del mercado trasnacional del hambre y la ignorancia... gracias a una sociedad agazapada por epidemias de miedo inducido, anestesiada por la televisión y aturdida por la euforia de los dos goles contra uno en el partido de futbol entre México y Estados Unidos, lo que significa el escalón de este país de cuarto mundo al campeonato mundial de Sudáfrica en septiembre, mes de la patria, de los festejos patrios, de la ebriedad patriotera y la exaltación del embrutecimiento de las masas no encefálicas, sino microcéfalas, de cabezas que no sirven más que para portar un sombrerote y comportarse como bestias, pues cabeza que no piensa, embiste... Mes de la apoteosis tequilera / cervecera y pirotécnica, de engentar el zócalo de cada ciudad y olvidar nuestras desgracias y tragedias, jubilosos de amnesia histórica, histérica, etílica, ruidosa, desbordados por la pequeñez masiva, la insignificancia tumultuosa, la mediocridad multitudinaria... Mes del grito: ¡Viva México, cabrones! Mi cólera se nutre también de todo eso y de la indolencia, la indiferencia y la pasividad, así como del protagonismo vedette que nunca desaprovecha la oportunidad de atraer la atención pública, pero repele a la gente participativa y solidaria desde el anonimato, la repliega en sus casas con la misma efectividad que la influenza.
Mi cólera se nutre de un rojo resplandor y, al imaginar el dolor de l@s niñ@s sobrevivientes al techo en llamas que les cayó encima y estuvieron cerca de que además les amputaran brazos y piernas, me hierve la sangre. Quisiera ver al pueblo enardecido como yo y que arda también todo símbolo de poder corrupto, corrompido, putrefacto, podrido... Pero quizás este discurso incendiario sirva para que sea yo quien termine en la cárcel por incitar al odio y hacer apología de la violencia, según la hipocresía leguleya del "estado de derecho" torcido y servil del vil dinero, cuando en realidad o en mi delirio iracundo, que no tiene bastante con escribir estas palabras, que no es posible saciar con parrafadas, la causa de la violencia revolucionaria, la que destruye lo viejo y anacrónico para construir en su lugar algo completamente nuevo, a la altura de nuestro tiempo, en el caso de México es la violencia impune porque viene de arriba, porque la cadena de impunidad, más que un lugar común, es un sistema, un círculo de complicidades y favores mutuos, una mafia cuyas lealtades son un valor opuesto a la solidaridad, estratégico en tanto es garantía de continuidad y existencia perpetua.
A dos meses del genocidio que ha tenido como principal saldo la muerte de 49 niñ@s menores de cuatro años (más de la mitad tenía menos de tres), los ministros de la pomposamente llamada Suprema Corte de Justicia de la Nación, que ganan cerca de 400 mil pesos mensuales y gozan de privilegios inconcebibles, dejaron en libertad a veinte perpetradores de la masacre de Acteal y dentro de unos días dejarán a otros treinta en plena libertad de volver a matar y ultrajar los cadáveres de mujeres embarazadas, penetrándolas con palos y cañones de armas largas, arrancando sus pechos a machetazos, descuartizando sus vientres para luego aventar los fetos de machete a machete, gritando y escupiendo carcajadas con los ojos inyectados y espuma en la boca, tal como hacían sus maestros kaibiles, discípulos a su vez de la benemérita Escuela de las Américas. Los asesinos materiales de Ernesto Zedillo y compañía quedarán, como sus jefes, en libertad absolutoria y absoluta de pasear su impunidad bajo la protección del ejército federal y todas las corporaciones de policía, incluida la mayor banda paramilitar de este país, que es la Policía Federal Preventiva, para seguir sembrando terror y causar el desplazamiento de miles de familias sin casas ni cosechas porque fueron quemadas y las mujeres son obligadas a trabajar para ellos, hacerles de comer y humillarse antes de morir a balazos por la espalda.
El Supremo Poder del Crimen Organizado se burla de México y el resto del mundo porque aquí todo es posible, todo con excepción de la justicia, a no ser por propia mano y nada más en mi delirante imaginación.
Quisiera que mis palabras hablaran por miles de personas, millones inclusive, pero algo me hace sentir cada vez más solo en esta cólera incendiaria, esta incontinencia de violencia verbal, manantial de incontenible desahogo que, valga la paradoja, contiene fuego. Afortunadamente no puedo hablar más que por mí, con mi odioso odio como único estímulo, pues el motor de las madres y los padres de l@s niñ@s calcinad@s en Hermosillo es el amor. Como en el caso de las madres y los padres de las mujeres asesinadas y/o desaparecidas en Ciudad Juárez y otras ciudades que padecen del mismo síndrome, y el de l@s familiares de l@s desaparecid@s polític@s en México durante la llamada "guerra sucia" de los años setenta, ochenta, noventa y actuales, el principal estímulo de la gente que reclama justicia por la tragedia en Hermosillo, así como por la de Chenalhó, es un profundo amor, algo que algunos aquí somos incapaces de sentir. El amor en estos casos, especialmente en el de l@s niñ@s calcinad@s, es un Ave Fénix que nace de las cenizas, y la frase romántica del Ché Guevara resulta menos cursi que válida en este contexto: "Un revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor". ¡Por amor hay que prender entonces una enorme hoguera revolucionaria!