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Por el fin de la ocupación de Haití

category américa central / caribe | imperialismo / guerra | non-anarchist press author Thursday May 21, 2009 06:26author by Henry Boisrolin - CDH (A) Report this post to the editors

Sólo queremos poner énfasis en la necesidad de concentrar esfuerzos, energías y voluntades, para conformar un Frente de Liberación Nacional y Social. Instancia más que necesaria, ya que no existe por el momento organización alguna capaz por sí sola de llevar a cabo tal tarea histórica. El fracaso del campo popular no ha de ser disfrazado, menos aún con análisis que apuntan a culpar a los demás para presentarse como los únicos capaces, honestos y revolucionarios.

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Entre las ruinas de una nación destruida hace más de 200 años, es imprescindible y perentorio reconocer que la gran revolución antiesclavista (1791-1804) ha sido derrotada desde el triunfo de la contrarrevolución que tuvo un punto de inflexión importante el 17 de octubre de1806 con el asesinato de Jean-Jacques Dessalines, el Padre de la Patria. Se trata de una revolución inacabada. Se trata de una derrota que determinó una sucesión constante de frustraciones a pesar de los sacrificios y las luchas populares. Buscar artilugios para enmascarar tal derrota, es evitar el ejercicio de una auténtica autocrítica por parte de los verdaderos patriotas y revolucionarios y, al mismo tiempo, prolongar el sufrimiento de millones de nuestros compatriotas. Sin duda, las razones de la catástrofe que padecemos remontan también a aquella época gloriosa. Un profundo estudio de la lucha de clases desatada para poner fin a la esclavitud nos tiene que ayudar a aprehender mejor lo que ha sucedido. Por ejemplo, es obvio que todos nuestros líderes revolucionarios tuvieron serias limitaciones en su formación, sumadas a las limitaciones del tiempo histórico que les tocó vivir, para imaginar y poder construir una sociedad fuera del marco neocolonial. En distintos aspectos, se puede constatar al revisar los documentos históricos que se copió de forma mecánica algunas estructuras y superestructuras de los países dominantes, tal como ocurrió también en los demás países latinoamericanos después de la proclamación de la Independencia. Mecanismo que condujo a una cierta alienación de las propias capacidades creadoras del proceso revolucionario que había triunfado en 1804, abriendo así las puertas a una situación de dependencia con respecto a las metrópolis europeas en aquel tiempo. En este sentido, no sería superfluo profundizar -más adelante- algunos estudios ya realizados acerca de la construcción de otras estructuras económicas, de otras visiones de construcción de la nueva sociedad manejadas o esbozadas por los cimarrones, quienes chocaron muchas veces con los líderes de la revolución por tener concepciones diferentes. No pretendemos, más allá de admitir estas limitaciones, enjuiciar a Toussaint o Desssalines, sino esforzarnos por retomar sus banderas, corregir errores y enfrentar el presente sobre bases históricas y políticas más sólidas.

¿Por qué afirmamos que la revolución haitiana ha sido derrotada? La respuesta se basa sobre hechos y datos concretos. Haití, a través del tiempo, y muy en particular desde la capitulación del dictador Jean-Pierre Boyer ante las exigencias de indemnización de Francia para reconocer la Independencia, se ha transformado en una nueva colonia donde el dominio foráneo es indiscutible y cada vez más contundente, aumentando de manera alarmante la miseria y la marginalización de la inmensa mayoría. Su paroxismo fue la primera ocupación militar norteamericana de Haití (1915-1934), que transformó a nuestro país en una perfecta neo colonia de los EE.UU. El desamparo, el hambre, la miseria, la pobreza, el analfabetismo, la ignorancia, que padecen la mayoría de los haitianos, no surgieron de la nada. Esas calamidades no nos cayeron de un día para el otro, o a partir de decretos. La impericia de los dirigentes que se sucedieron en el poder no es pura casualidad, tampoco su necedad y su cinismo. Inclusive, hay resabios de la esclavitud todavía vigentes en aquellos que aceptan la indignidad de las condiciones infrahumanas de existencia de las masas explotadas. La sola presencia de tropas extranjeras de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) avasallando nuestra soberanía, representa un indicador sobresaliente de esta dominación foránea –salvo para aquellos que pretenden confundir ocupación con ayuda humanitaria para seguir gozando de ciertos privilegios a expensas de los explotados y condenados de nuestra tierra-.

Está claro el sometimiento actual de los haitianos a una llamada Comunidad Internacional mediante la fuerza de las armas y la complicidad de los dirigentes y de las clases dominantes que son cada vez más repugnantes. Nos quieren hacer creer que nuestra población no posee la capacidad necesaria para discernir, reflexionar, organizarse y decidir acerca de lo que le conviene. Se estableció una política de engaños para negar la realidad, para favorecer así la ocupación del país imponiendo de hecho un protectorado bajo control de la ONU. Nuestro pueblo, por ejemplo, tiene que consentir que un militar extranjero sea juez de sus acciones, de su vida, y tenga el pleno derecho a detenerlo con impunidad, a reprimirlo en nuestras calles, a cometer crímenes de lesa humanidad en los barrios populares, a violar a sus mujeres. Esto tiene un solo nombre: conquista. Esto es recolonización. Y no es un simple episodio transitorio en nuestra historia.

Por otra parte, en la incapacidad de desarrollar una economía basada en la producción industrial como tampoco una economía agroexportadora de importancia por parte de las clases dominantes, Haití revela no sólo una marcada debilidad de las relaciones mercantiles y capitalistas de producción, sino sobre todo padece de una economía fuertemente distorsionada por la dependencia. De ahí la importancia de una verdadera reforma agraria integral en vez de plantear un desarrollismo en un país donde ni siquiera se desarrolló una burguesía nacional. Además, como sabemos que una economía puede ser dependiente, y en consecuencia, no responder a las necesidades del pueblo –independientemente del desarrollo del sector primario o secundario exportador-, necesitamos, entonces, poner énfasis en la transformación de las relaciones de producción, y no creer ciegamente que una economía agroexportadora por sí sola pueda resolver nuestra vulnerabilidad alimentaria, por ejemplo. Resolver los problemas fundamentales del campesinado pobre desarrollando una política campesina revolucionaria, constituye un imperativo imposible de ser ignorado en la lucha por la liberación. En Haití, no existe un acelerado desarrollo del proletariado, pero sí un enorme sector laboral de reserva (70% de la población activa de Haití se encuentra sin trabajo fijo). De hecho, se registra una valorización cada vez más decreciente por parte de los EE.UU. con respecto a Haití en referencia a sus debilidades económicas y una supuesta imposibilidad de un triunfo revolucionario a corto o mediano plazo, según los análisis de varios sectores de poder en los EE.UU. Elementos que contribuyeron a la propuesta de la creación de la MINUSTAH hecha por el representante de los EE.UU. ante el Consejo de Seguridad de la ONU , para reemplazar a las tropas norteamericanas, francesas, canadienses y chilenas que habían ocupado el país luego de la salida forzada del presidente Aristide en febrero de 2004. La MINUSTAH tomó el relevo en junio del mismo año.

Sin embargo, cabe recalcar que dicho desarrollo raquítico del régimen capitalista de producción, la sobrevivencia de relaciones precapitalistas de producción en varios lugares del país y fundamentalmente la imposición de un modelo de desarrollo extremadamente deforme y dependiente e insostenible, han acumulado durante 200 años contradicciones insalvables, y han transformado a Haití en el país más empobrecido del hemisferio y, al mismo tiempo, en el eslabón más débil de la cadena de dominación imperialista. Asimismo, nadie se puede sorprender, ante la profundización de esas contradicciones, que las formas de dominación se cimentaron mucho más en la fuerza que en el consenso. Como tampoco del surgimiento de serias contradicciones en el seno de las clases dominantes, de la profunda crisis de los aparatos del Estado neo colonial y de los partidos que representan abiertamente a ese esquema de dominación. Crisis estructural, crisis de hegemonía, crisis de credibilidad, que explican en gran medida la incapacidad de las clases dominantes y sus amos de poner fin –a pesar de las masacres- a las protestas populares generalizadas y varias veces combativas, reforzando cada vez más la visión antiimperialista de las masas. Esas protestas permitieron cierta acumulación de fuerza del campo popular, y contribuyeron, por ejemplo, a la caída de la dictadura duvalierista como así también a la victoria electoral de Aristide el 16 de diciembre de 1990. La rebelión popular es un fantasma que recorre todos los rincones del país, y ahora se apoyan sobre la MINUSTAH para derrotarla. Pero la posibilidad cada vez más cierta del estallido de dicha rebelión plantea un problema de fondo para las clases dominantes y el imperialismo. De ahí, también, su afán en proteger al actual presidente René Garcia Préval para mantener la precaria estabilidad lograda después de varias masacres en los barrios populares. Pues saben que toda pérdida del control que ejerce el actual gobierno, significaría la apertura de una crisis política de incalculables consecuencias. Todas las mascaradas electorales –como la última “elección” para renovar el tercio de los miembros del Senado el 19 de abril último pasado- son maniobras apuntadas a mantener el statu quo sin perturbaciones.

Pero la escasísima participación popular a la misma (11,70% según datos oficiales, pero 5% según datos no oficiales), demuestra que el régimen está lejos de lograr sus objetivos, y que los habituales mecanismos de lavado de cerebro y de cooptación no funcionaron.

Ciertamente, la ocupación actual es una forma feroz de dominación impuesta para mantener a Haití bajo la tutela norteamericana con la complicidad de la oligarquía. Pero como la situación de las masas se agrava día tras día de manera alarmante, configurando un estado de miseria espantosa que no puede ser aliviada ni siquiera por la acción tan engañosa de centenares de organizaciones no gubernamentales que pululan por doquier en Haití, la insurgencia popular se siente en el aire –ya tan “irrespirable”- de Port-au-Prince a Cap-Haïtien pasando por Gonaïves, como así también de Port-au-Prince a Jérémie pasando por Les Cayes. En Haití, el país más empobrecido de América Latina y uno de los más empobrecidos de todos los países periféricos, el 80% de sus habitantes están bajo la línea de pobreza. Los que tienen empleo, ganan de11 a 12 céntimos la hora. El salario oficial del país es de 1 dólar con 80 centavos por día, pero, según el FMI, el 55% de los haitianos reciben sólo 44 céntimos de dólar al día, una cifra que ante el costo de vida resulta imposible vivir. Ahora, luego de varias luchas obreras, el gobierno va a otorgar un aumento para llegar a 200 Gourdes (unos 4 dólares y moneda). Haití tiene una fuerza laboral de 3,8 millones, pero casi 2/3 están en el subempleo o desempleo. Tiene un PBI (nominal) de aproximadamente 8.000 millones de dólares. Ese PBI por sectores se distribuye de la siguiente manera: agricultura 28%; industria 20%; comercio y servicios 52%. En el año 2007 sus exportaciones alcanzaban unos 554,8 millones de dólares, pero sus exportaciones unos 1844 millones de dólares. Tiene una deuda externa de casi 1500 millones de dólares. Además, es el país más desigual del hemisferio.

Según Pablo Gentili: “Algunos pocos kilómetros del Mar del Caribe separan Cuba de Haití. En la década del cincuenta, ambos países tenían altísimos índices de exclusión y segregación educativa. A mediados de los años setenta, en el contexto de los profundos cambios políticos promovidos por su proceso revolucionario, Cuba estaba cerca de superar el promedio latinoamericano de oportunidades de acceso y permanencia en el sistema escolar. Haití, por su parte, tenía sólo 25% de la población infantil matriculada en una escuela. En el año 2000, Cuba tenía una tasa de escolarización de 97% en su educación pre-primaria. Haití no disponía de datos al respecto, aunque se supone que no por buenos motivos. Hoy, la totalidad de los niños y niñas cubanos van a la escuela primaria. En Haití, 79% de ellos. Cuba posee 82% de los jóvenes matriculados en instituciones secundarias. Haití, 20%. No se disponen de datos sobre la tasa de escolarización en la educación superior haitiana. El sistema universitario cubano es uno de los más democráticos del mundo en sus oportunidades de acceso, permanencia y gratuidad. Actualmente, entre la población con más de 15 años, Haití tiene una tasa de analfabetismo, de 53,2%. En Cuba, 99,8% de la población se encuentra alfabetizada. Haití posee, en el nivel primario, 31 alumnos por docente. Cuba, 11. En Cuba, la esperanza de vida en el sistema educativo (para quienes acceden a la educación primaria y secundaria) es de casi 13 años. En Haití, la escolaridad obligatoria es la más baja de América Latina y el Caribe (6 años), y pocos llegan a cumplirla. Una relación semejante a la que existe en las esperanzas de vida de haitianos y cubanos. Los hombres haitianos viven, en promedio, 47 años; las mujeres, 51. Los hombres cubanos, 74 años; las mujeres, 78”.

No hace falta, entonces, ser muy perspicaz para darse cuenta que no se puede mediatizar la lucha popular, las reivindicaciones de los explotados de nuestra tierra, mediante procesos electorales en los que ya ningún haitiano bien nacido cree. Los enfrentamientos con las tropas de la MINUSTAH y las fuerzas policiales haitianas serán inevitables –tal como ocurrieron en abril de 2008 para poner fin a las movilizaciones en contra del alto costo de la vida, la pobreza y la ocupación, y recientemente para disolver la marcha organizada por diversas organizaciones populares que quisieron conmemorar el 1º de mayo de 2009 con un criterio de clase, en contra de la ocupación y a favor de las reivindicaciones populares-. La radicalización de la lucha de clases, es sólo cuestión de tiempo-. Y con la amenaza de que el próximo período de huracanes podría golpear al país como el año pasado, donde algunas ciudades ya casi destruidas correrían el riesgo de desaparecer definitivamente bajo las aguas o el lodo, la situación en perspectiva se pone más densa y preocupante ante la sabida impericia de los gobernantes y la hipocresía de la llamada Comunidad Internacional que nos brinda sólo “ayuda humanitaria” desde 2004.

Por otra parte, cuando casi el 70% del presupuesto de un país, del dinero disponible para hacer funcionar una sociedad, depende de dádivas provenientes de otros gobiernos, de organizaciones internacionales no gubernamentales y de las remesas de dinero enviadas por los emigrantes, la conclusión no puede ser otra. Y cuando los gobernantes de un país mantienen a la mendicidad como línea política para combatir la pobreza, para hacer frente a tan desastrosa situación, no hace falta ser experto en política para entender que están viviendo en la indignidad, y que seguramente fracasarán. No tienen nada que ver con Dessalines, con su lucha, con su ideario anticolonialista y antiesclavista. Y hablar de democracia, de vigencia de los derechos humanos, de elecciones libres y democráticas, en medio de tal traición a los principios de la gran revolución 1791-1804, es simplemente un crimen. Es volver a asesinar a Dessalines. Es traicionar al heroico pueblo que luchó en contra de la dictadura de la familia Duvalier (1957-1986) -la más larga y sanguinaria de nuestra historia-, provocando la huida de Jean-Claude Duvalier el 7 de febrero de 1986. Es sepultar los sueños de tantos millones de compatriotas que aspiraban a un futuro de libertad y progreso aquel 7 de febrero.

Se nos desplomó, entonces, la maravillosa realidad que había transformado a nuestro país en la cuna de la libertad en el continente, ya que la independencia de los EE.UU. en 1776 no había puesto fin a la esclavitud. Esta gran revolución que supo aplicar un espíritu revolucionario internacionalista al ayudar, por ejemplo, con armas, municiones, víveres y voluntarios, a Miranda y a Bolívar, a los hermanos Miguel y Fernando Carabaño, a Francisco Javier Mina, a Toledo y Herrera, a Antonio Maceo y a Gregorio Luperón, para la Independencia de varios países hermanos.

También es un crimen hacer creer que la izquierda haitiana está en el poder, porque el actual presidente René Préval y sus colaboradores viajan a Venezuela y a Cuba, y mantienen excelentes relaciones con los dirigentes de esos países. Porque varios de los actuales gobernantes militaron años atrás en organizaciones de izquierda en diferentes partes del mundo, y que mantuvieron no hace mucho un discurso antiimperialista. A nuestro juicio, jamás una verdadera izquierda hubiese aceptado la ocupación de su país para llegar al poder. Nunca hubiese aplicado las recetas neoliberales como programa de gobierno, privatizando empresas estatales, firmando la ley HOPE, obedeciendo a las directivas de los imperialistas. Cabe consignar para los farsantes, que una izquierda progresista y revolucionaria no se autoproclama, sino se demuestra en la lucha de clases defendiendo los intereses de los explotados.

Una verdadera vanguardia siempre está conformada por hombres y mujeres capaces de desarrollar y expresar pensamientos de libertad plena, de actuar para transformar en realidad la liberación humana. Mujeres y hombres capaces de sentir en lo más hondo de su ser, el dolor por los atropellos a los demás, a la vida misma. Además, toda vanguardia debe poseer la capacidad de hacer progresar de manera ofensiva el proceso revolucionario, es decir hacerlo pasar de una etapa a otra superior. Debe encontrar de manera creativa –y no dogmática- todas las formas de lucha para dirigir el proceso hasta la victoria, consolidarla y construir la nueva sociedad, sin traicionar los principios fundamentales de la revolución misma. De ahí, la importancia de la madurez política e ideológica, como así también de la formación teórica y práctica de los militantes. Caso contrario, aparecen las desviaciones, los engaños, las teorías supuestamente “realistas” o el estancamiento del mismo proceso. Incluso, hasta se puede llegar a la descomposición del movimiento revolucionario.

En este contexto, queda claro que ni Lavalas ni Lespwa pueden ser consideradas como organizaciones de izquierda.

Reconocemos que existe actualmente una preocupante confusión en el seno del campo popular. La propia preeminencia del Movimiento Lavalas entre las masas empobrecidas, es un indicador inconfundible de la misma. Un Movimiento que ni siquiera puede ser calificado de populista, porque ha servido de rueda de auxilio para la imposición de las políticas imperiales -sobre todo desde 1994 con el desembarco de 20.000 soldados norteamericanos ocupando nuestro país con el pretexto de acabar con la dictadura militar que había usurpado el poder mediante el golpe de octubre de 1991, y restaurar a Aristide como presidente-. Ese hecho trascendental en nuestra historia moderna, puso de manifiesto las verdaderas características de varios dirigentes de Lavalas, y fue determinante para llegar luego -con la complicidad de muchos opositores a Aristide- a la presencia desde junio de 2004 de la MINUSTAH. Presencia avalada plenamente por Préval y su partido Lespwa actualmente en el poder. Recordemos que Préval proviene de Lavalas. Ha sido Primer ministro del primer gobierno de Artistide –de febrero de 1991 a setiembre de 1991-. Luego ejerció la presidencia de 1996 a 2001, aplicando varias medidas de corte neoliberal. Pero, luego de su victoria electoral en febrero de 2006, varios pensaban que iba, por lo menos, a obrar para terminar con la ocupación. Falsa ilusión, ya que a través de los años demostró su total adhesión a esta nueva forma de colonización.

A nuestro entender, la recolonización de Haití es un hecho innegable. La cuestión central, entonces, pasa no sólo por reconocer dicha realidad sino también cómo actuar para acabar con esa infamia. Tenemos la obligación de analizar las causas de la actual debacle y, fundamentalmente, encontrar el camino hacia la recuperación de nuestra soberanía. La expulsión de la MINUSTAH es el punto de partida, para luego poder construir una sociedad justa, libre, democrática y soberana. Es menester señalar aquí que la MINUSTAH está integrada mayoritariamente por tropas de países latinoamericanos. De ahí, salta a la vista que la izquierda latinoamericana –salvo raras excepciones- tiene que asumir su responsabilidad, dejando su indiferencia hacia la lucha del pueblo haitiano. Y ante tal desafío histórico, cabe reconocer otra verdad insoslayable: el atraso de nuestras organizaciones de izquierda. Hasta ahora, queda en evidencia que la lucha en contra de la presencia de la MINUSTAH ha de alcanzar un nivel mayor en contundencia y organicidad, más allá de los sacrificios de varias organizaciones y de la heroica resistencia ofrecida por los habitantes de algunos barrios populares. Y esto, lo decimos con sincero respeto y profunda admiración hacia esos luchadores por la liberación de Haití.

Ciertamente no es fácil, y no estamos descubriendo la pólvora. Sólo queremos poner énfasis en la necesidad de concentrar esfuerzos, energías y voluntades, para conformar un Frente de Liberación Nacional y Social. Instancia más que necesaria, ya que no existe por el momento organización alguna capaz por sí sola de llevar a cabo tal tarea histórica. El fracaso del campo popular no ha de ser disfrazado, menos aún con análisis que apuntan a culpar a los demás para presentarse como los únicos capaces, honestos y revolucionarios. Hace falta superar el sectarismo para buscar la convergencia alrededor de nuestros intereses comunes y fundamentales, fuera de toda lógica simplista y engañosa para no confundir el enemigo principal. En este contexto, es urgente tener en cuenta el rol de varios sectores de Lavalas; nos referimos a aquellos que ya han comprendido que varios de sus dirigentes han traicionado la lucha popular, y otros son seguidores de un modelo político agotado, sin perspectiva y que no puede ofrecer sino la colaboración, voluntaria o involuntaria, con el imperialismo. Se trata de trabajar, con la perspectiva de darle una verdadera conducción a todo el movimiento de masas. Un Frente capaz de reforzar el trabajo político en el seno de las masas explotadas, empezando también por adquirir capacidad de respuesta de autodefensa activa como parte de la lucha de masas, como complemento de la misma, si se quiere. Como complemento de las formas no violentas de lucha, ya que estas formas no son contradictorias, no existe incompatibilidad entre ellas.

Y cuando sabemos que en Haití existe la amenaza de una rebelión popular –como ocurrió en abril último pasado-, hay una crisis de hegemonía de las clases dominantes, una crisis económica indescriptible, una miseria infrahumana, es decir una situación potencialmente explosiva, dicho Frente ha de ser capaz de juntar alrededor de un Proyecto claro de Liberación Nacional y Social a sectores vitales de la sociedad tales como: los campesinos pobres y sin tierra, los obreros agrícolas e industriales, estudiantes e intelectuales patriotas y progresistas.

En este marco, entendemos que ha de existir una amplia alianza entre todas las organizaciones populares haitianas que rechazan la presencia de la MINUSTAH -incluidos sectores de Lavalas- y que luchan en contra del imperialismo y que se solidarizan con las luchas de los pueblos por su verdadera libertad. No pretendemos ser dueños de la VERDAD ABSOLUTA. Nuestra preocupación es: llamar a un debate franco, sincero y abierto, para retomar el camino trazado por Dessalines de la “unión hace la fuerza”.

Sin duda, para nosotros, esto se ha constituido en uno de los ejes claves de la interpretación y la acción política. Su sentido es, fundamentalmente, reafirmar la idea de que la liberación es una construcción mancomunada. También entendemos que esa comprensión va a requerir cantidad de esfuerzos, de retrocesos, de búsqueda permanente de nuevas explicaciones, y de la obligación de cada organización de escuchar a las otras. Hay una obligación de dialogar, debatir, discutir, y el derecho de discrepar dejando atrás toda egolatría, toda omnipotencia, todo sectarismo, para luchar y vencer. Pues la libertad de un pueblo no es un sueño, es una conquista. Y, al empezar por unirnos como en Bois-Caïman en 1791, o como durante el Congreso de Arcahaie del 15 al 18 de noviembre de 1803 que culminó, entre otras decisiones importantes, con la creación de nuestra bandera, seremos capaces de reiterar 1804 y dignos hijos de aquel pasado glorioso y único en la historia.

Por el Comité Democrático Haitiano en Argentina
Henry Boisrolin
Mayo de 2009

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