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Friday October 03, 2008 22:35 by José Antonio Gutiérrez D.
![]() Sobre el Asesinato del bebé Luis Santiago Lozano (Chía, Cundinamarca) Como se ve, el crimen de este bebé dejó al desnudo la hipocresía de una institucionalidad que se horroriza por conveniencia con ciertos infanticidios, mas no así con otros. Pero también reveló este infanticidio el nivel de violencia de la sociedad colombiana, donde la muerte, el asesinato, la venganza son desayuno de todos los días y donde la vida humana se ha reducido a su mínimo valor. El reciente asesinato atroz de un bebé de tan sólo 11 meses por parte de su padre en la localidad de Chía (Cundinamarca), remeció a la sociedad colombiana, más allá de lo escabroso del crimen mismo. No es que el infanticidio sea una cosa inusual en Colombia –en lo que va del año, más de 70 menores de 5 años han sido asesinados-, pero esta vez los medios, con RCN, Caracol y El Tiempo a la cabeza, se encargaron de explotar los aspectos más macabros de este crimen en su batalla diaria por vender el acontecer noticioso. Con un morbo asqueroso invadieron lo más íntimo del dolor de esa familia, entregaban información contradictoria y daban tribuna a una muchedumbre hambrienta de Circo Romano: desde los que pedían la pena de muerte hasta los que pedían, sin rodeos de ninguna clase, linchamiento. Pero aparte del Circo Romano al que estamos tan acostumbrados en los medios colombianos (cadáveres, manos amputadas, tripas y sangre son pan de cada día), los medios también mostraron a los pantalleros políticos del gobierno, aliados ellos mismos a los más sanguinarios criminales en Colombia (paramilitares y narcotráfico), utilizando el horrendo infanticidio como una manera de robar cámara y aumentar su alicaída popularidad. Medios y para-políticos se dieron la mano para explotar al máximo, sin ningún sentido ni de la ética ni de la decencia, el dolor de esta familia y la trágica muerte del “angelito”. El fiscal Iguarán aullaba ante los medios que los asesinos no eran sino “hienas”[1] y el presidente Uribe, con rostro hipócritamente compungido partía a Chía a “acompañar” a la familia. En Chía, Uribe, junto con recomendar que cada colombiano se convirtiera en un guardián de los niños, decía, soltando lágrimas de cocodrilo: “Esto es tan duro que lo deja a uno sin palabras. Difícil reaccionar. Es una atrocidad que lo deja a uno atónito, en silencio. Esto que ha pasado es una atrocidad que nos hace quedar muy mal en el medio de la familia colombiana. Ojalá, con el esfuerzo de todos, esto no se vuelva a repetir en nuestra Patria”[2]. Detrás de su Supremo Líder, todos los uribistas aullaban de una manera que nunca antes lo habían hecho ante otros infanticidios. Pues bien, el abuso a menores en Colombia no es algo que recién se haya descubierto, y como en toda sociedad cruzada por un conflicto armado, los niños, junto con los demás sectores sociales vulnerables son lo que se llevan lo peor de la violencia. Uribe, que en Chía jugó a protector de la infancia, prefirió ignorar de su discurso los niveles de desnutrición infantil de Colombia, que son una forma de maltrato institucional a causa de un modelo económico criminal. La imagen de muchachitos famélicos, con cabellos peroxidados por la desnutrición, jugando en la basura, es una imagen demasiado familiar en Colombia. En el 2006, a nivel nacional, el 12% de los niños menores de 5 años sufrían de desnutrición, mientras que el 33% sufrían de anemia[3]. Este problema lejos de solucionarse desde entonces, se ha ido, más bien, agravando, como lo refleja un estudio del Programa Mundial de Alimentos presentado recientemente, en Agosto de este año. Esta investigación tiene por mérito, además, centrarse en mapas regionales de la desnutrición, pues el problema empeora notablemente dependiendo de la región en que nos encontramos. Según este estudio, en la Costa Atlántica, un 60% de los menores de 4 años sufren de desnutrición; en Cauca y Nariño la cifra es de 18,7%, mientras que en el Cesar y en Magdalena alcanza al 16,5%[4]. Entre los indígenas colombianos, la desnutrición infantil alcanza al 70% de los niños[5]. También olvidó Uribe mencionar del efecto que tienen los cercos militares sobre las áreas de influencia guerrillera, con los cuales, a fin de hambrear a los insurgentes, el ejército evita el ingreso de alimentos, con consecuencias catastróficas para la población civil. Tal práctica, contraria al derecho internacional humanitario, la comprobamos el 2006 en la Sierra Nevada de Santa Marta, en el marco de la Misión Internacional de Verificación de los derechos de los pueblos indígenas de Colombia: había restricción al ingreso de alimentos por sobre una cierta cantidad a la Sierra por parte del Ejército (cumpliendo órdenes de los paramilitares), como una manera de acosar a los guerrilleros, lo cual ha tenido consecuencias devastadoras para todas las personas de esa región. Sin embargo, no es solamente en la Sierra Nevada donde se ha aplicado esta práctica, sino que esta también ha sido moneda corriente en otras áreas como el Chocó. Y también olvidó hablar de los horrores del paramilitarismo, su aliado político desde épocas en que era gobernador de Antioquia, cuando impulsó las CONVIVIR, que darían paso a la unificación paramilitar en las AUC. Recién este domingo (28 de Septiembre) aparecía una fosa con doce cadáveres en Santander, entre los cuales, se encontraba el cuerpecito desmembrado de un bebé de apenas cuatro meses[6]. Esta masacre se habría realizado entre el 2002 y el 2003[7], es decir, estando ya Uribe en el poder, y estando en él, precisamente, gracias al apoyo de los paramilitares como el mismo ex-jefe de las AUC, Salvatore Mancuso, lo ha señalado[8]. La victimización de las familias de los insurgentes, así como de quienes hayan sido señalados de ser simpatizantes de la insurgencia o siquiera de la oposición, ha sido una constante del conflicto, entregando horrores apenas concebibles para alguien en su sano juicio. Sin ir más lejos, el pasado 24 de Septiembre, en Medellín, la compañera feminista Olga Marina Vergara fue asesinada junto a su hijo, su nuera y su nieto... de tan sólo 5 años[9]. La violación de hijos de campesinos, el degollamiento y el descuartizamiento de niños frente a sus padres, ha sido un horror hecho realidad en más de una ocasión por los paramilitares en alianza con el “glorioso” ejército colombiano, y aún no hemos escuchado un pronunciamiento enfático por parte del “protector de la infancia” de Uribe. Aún tenemos recuerdos frescos de los horrores de la masacre de San José de Apartadó, en Antioquia, en Febrero del 2005, donde entre los masacrados se encontraban tres menores de 11 años, 5 años y 21 meses respectivamente, los cuales fueron asesinados con la mayor sangre fría por 60 paramilitares en connivencia con la Brigada XVII del Ejército. El sadismo de la masacre se desprende de los relatos de uno de los “desmovilizados” de las AUC: "Los niños estaban debajo de la cama. La niña era muy simpática, de unos 5 ó 6 años y el peladito también era curiosito (...) Propusimos a los comandantes dejarlos en una casa vecina pero dijeron que eran una amenaza, que se volverían guerrilleros en el futuro (...) 'Cobra' tomó a la niña del cabello y le pasó el machete por la garganta (...) el padre de la niña degollada les suplicaba de rodillas que no mataran a los menores". Además contó (ed. el paramilitar) cómo la niña creyó que se trataba de un paseo y le guardó a su hermanito una muda de ropa para el viaje. "Le decía adiós con la manito"[10]. Este escalofriante relato es una historia vivida en innumerables ocasiones en todo el país, donde el paramilitarismo extendió hacia la infancia su guerra contra-insurgente demencial y su estrategia de terror hacia la población civil. Uribe encubrió este crimen culpando falsamente a las FARC-EP de su autoría, llegando incluso a armar un espectáculo con un supuesto desmovilizado fariano incluido, en el cual por todo el país decían que la masacre era obra de los insurgentes[11]. Nunca antes, un presidente se había dedicado de manera tan sistemática a obstruir las investigaciones que dieran con los verdaderos responsables: 15 militares y 60 paramilitares[12]. Por todo esto, Uribe ni siquiera ha pedido perdón. El columnista de El Espectador, Francisco Gutiérrez, llamando la atención sobre el doble estándar de los políticos uribistas ante el infanticidio, hizo los siguientes certeros comentarios: “El senador Hernán Andrade, (...) sugirió que se citara al consejo de política criminal para considerar el aumento radical de penas a matones de niños, pues se trata de prácticas intolerables. Válido. Pero creo que se trata del mismo Andrade que, sólo hace unos poquitos meses, decía con toda la sangre fría que no había que “demonizar” (literal) la relación de políticos con paramilitares, esos grupos cuyas atrocidades inenarrables (que incluyen asesinatos y violaciones de niños y mujeres embarazadas) al parecer no le quitaban el sueño. Creo que el primer asunto que tendrá que considerar el consejo de política criminal en su próxima reunión será la lógica, de lesa humanidad, del senador Andrade”[13]. Las lágrimas de cocodrilo de Uribe en Chía son detestables por su hipocresía, por el manejo político que hizo del dolor de una madre (no es primera vez que juega con el dolor de las víctimas), por la manipulación de toda la situación y porque sabemos que, en realidad, la vida del bebé Santiago Lozano le vale exactamente lo mismo que las vidas de los niños de San José de Apartadó, o sea, nada. Como se ve, el crimen de este bebé dejó al desnudo la hipocresía de una institucionalidad que se horroriza por conveniencia con ciertos infanticidios, mas no así con otros. Aún no vemos a los parapolíticos expresando su horror cuando exhuman los cadáveres desmembrados de infantes en las fosas que el paramilitarismo ha sembrado en toda Colombia. Ni cuando enterraron a Olga Marina en Medellín acribillada junto a su nieto. Aún esperan los vecinos de San José de Apartadó y de tantos otros escenarios de masacres atroces, que Uribe pida perdón... ¿se atrevería este para-presidente a dar un discurso semejante al de Chía ante la comunidad de San José? Pero también reveló este infanticidio el nivel de violencia de la sociedad colombiana, donde la muerte, el asesinato, la venganza son desayuno de todos los días y donde la vida humana se ha reducido a su mínimo valor. Esta violencia es alimentada por una violencia estructural, cotidiana, que se expresa desde los cercos militares, hasta el salario de los trabajadores, pasando por la coerción estatal mediante los mecanismos legales e ilegales. Violencia que es atizada por los medios sensacionalistas. Dejó este infanticidio en evidencia también la concepción de la “justicia” de esta sociedad que se nutre, precisamente, de estos valores de violencia, siendo el eje central de su quehacer el castigo, relevando a segundo plano la compensación de las víctimas y la prevención. Porque mal que mal, los crímenes en contra de la infancia se reproducen en medio de una sociedad excluyente, injusta, que ha secuestrado el futuro de millones de muchachos: 750.000 menores de edad abandonan anualmente la educación básica en Colombia. Y muchos de esos menores de edad, terminan siendo expertos en el uso de un revólver y prestando servicios como sicarios, mientras apenas saben qué hacer con el lápiz y con el papel. Esta sociedad, fundamentada en la explotación de los muchos en beneficio de unos pocos, es la factoría donde se producen al por mayor los abusos y el ambiente de marginalidad en que éstos tienen lugar. Cierto es que la sociedad tiene el derecho a defenderse de los individuos que representan un peligro para sus semejantes: pero si la justicia no parte de la base, es decir, garantizando condiciones básicas de justicia social, seguirán en pie las bases que permitieron que este drama tuviera lugar. José Antonio Gutiérrez D. 03 de Octubre de 2008 [1] http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-fu...tiago [2] http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-ca...ninos [3] http://www.rel-uita.org/sociedad/hambre/conde_desnutric...l.htm [4] http://www.caracol.com.co/nota.aspx?id=656973 [5] http://www.etniasdecolombia.org/actualidadetnica/detall...=5309 [6] http://www.elespectador.com/articulo-encuentran-fosas-d...tares [7] http://www.wradio.com.co/nota.asp?id=679681 [8] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-...ncuso [9] http://www.anarkismo.net/article/10042 [10] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-...rtado [11] http://alpha.mindefensa.gov.co/index.php?page=407&id=1650 [12] http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?idArt=110492 [13] http://www.elespectador.com/columna-el-pueblo-exige-jus...ticia |
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Jump To Comment: 1 2Estremecedor el panorama... sin comentarios.
Un saludo.
¿A QUIÉN NO VA A ENTRISTECER EL asesinato de un niño? ¡Ah!, tal vez al papá que lo mandó matar, como en el caso —que pronto será olvido— de Luis Santiago Lozano.
Pero llegar a esa suerte de paroxismo mediático, mezcla de feria y circo, con lamentaciones de fiscales y jueces y psicólogos y especialistas en infancia y presidente y un eterno etcétera, sí es una muestra de pantallera desmesura. El mismo despliegue falta, por ejemplo, ante los asesinatos de centenares de niños o los más de 25.000 desaparecidos en los últimos dos decenios en Colombia.
No sé si la desaparición de muchachos de Soacha, cuya cifra exacta aún se desconoce, merezca un “clamor nacional” similar. Y más aún cuando, se cree, muchos de aquellos y otros desaparecidos (que aparecieron muertos) hacen parte de falsos positivos del Ejército que los presenta como “dados de baja en combate” y que llevó, lo que ya es mucho decir, al Ministro de Defensa a declarar que había uniformados que cambiaban condecoraciones por cuerpos.
Lo del niño de Chía causó histeria masiva y los noticiarios aprovecharon para escarbar en la emotividad, para encuestar acerca de la pena de muerte, en un país en el cual, hace rato, ésta existe de manera ilegal, claro. O si no, cómo explicar que por esas mismas jornadas se denunciaron las ejecuciones de desaparecidos asesinados en Ocaña y otras ciudades. El evento parece que dejó sin palabras a los medios —y aun al Presidente de la República— que poco o casi nada se refirieron a tales horrores.
Ese populismo noticioso no se ha dejado ver, ni tampoco se han convocado marchas y manifestaciones de repudio, por ejemplo en el caso del maltrato que el sistema y esta sociedad de degradaciones les dan a los niños que no pueden ejercer su infancia porque están en los semáforos y en los buses vendiendo buhonerías, a los que trabajan en las minas, a los desplazados. No se nota ninguna emotividad cuando se sabe de los miles de pelados que ejercen la prostitución y son víctimas de las mafias del comercio sexual.
En Colombia sucede que hay miles de niños muertos, no por su papá, sino por el hambre, la pobreza, los desamparos sin fin. Y esto poco se analiza o difunde en los medios ni salen por eso a aullar los ministros ni los empresarios. No hay llanto de algún funcionario frente a las cámaras. No suele suceder que esos mismos gritos y lamentos se den cuando se sabe sobre el exterminio de sindicalistas o las tropelías de alguna transnacional.
Ante la infamia del desplazamiento forzado, que aumenta cada día en el país, no hay tales reacciones, ni se ha visto, por ejemplo, que el mandatario nacional —así sea en el ejercicio de la demagogia— los visite en sus nuevos lugares de desarraigo y tragedia. Bueno, es que para qué, si como dice algún consejero palaciego, esos son migrantes. El eufemismo como parte de la hipocresía y el enmascaramiento de la realidad.
Ante el crimen del bebé de Chía, los plañideros oficiales se rasgaban vestiduras y comentaban acerca de lo execrable del acto. Pocas lágrimas se han derramado cuando aparecen decenas de fosas comunes, las cuales, según las declaraciones del paramilitar alias H.H. fueron idea del Ejército para que los muertos no estuvieran por ahí, a la intemperie. Pobrecitos. Poco alboroto causan, digamos, las violaciones permanentes a los derechos humanos, a los derechos de los trabajadores, y, en especial, las desgracias de tantos niños sin niñez.
Tal vez el asesinato de Luis Santiago debe llevar a una reflexión general: la pena de muerte debe aplicársele a este sistema, productor de tantos desafueros, iniquidades, infamias e injusticias. Y, sobre todo, de tantos criminales y mentirosos.